➻ Roberto Cortés Conde [1932]

por Teoría de la historia

corte condeRoberto Cortés Conde nació en Buenos Aires en 1932. Aunque inicialmente se graduó en Abogacía en la Universidad de Buenos Aires, su carrera se inclinó hacia la historia económica, campo en el que es uno de los principales referentes latinoamericanos y en el que se ha destacado tanto en el ámbito académico europeo como norteamericano. Desde su ópera prima “La formación de la Argentina moderna” en coautoría con Ezequiel Gallo y hasta su última obra “Poder, estado y política. Impuesto y sociedad en la Argentina y en los Estados Unidos”, ha sido autor de numerosos libros, artículos y series estadísticas. Recientemente retirado, fue profesor e investigador en diferentes universidades públicas y privadas de la Argentina, así como en Estados Unidos, Europa e Israel. En estas experiencias, Roberto Cortés Conde tuvo contacto con académicos de renombre internacional. Por ejemplo, fue consultado por el Comité que escogía los premios Nobel para la candidatura de Douglas Cecil North a la distinción que finalmente obtuvo junto a Robert Fogel en 1993. Además de haber sido uno de los fundadores y presidentes de la Asociación Argentina de Historia Económica, fue el primer presidente no europeo de la Asociación Intemacional de Historia Económica. Entre otros legados, creó un fondo de financiamiento para que los jóvenes investigadores de los países subdesarrollados pudieran asistir a los diferentes congresos como en Helsinki (2006), Utrecht (2009) y Stellenbosch (2012). Desde entonces, las becas llevan su nombre. Varios son los premios, condecoraciones y distinciones que forman parte de la amplia trayectoria de Roberto Cortés Conde, puesto que indudablemente ha dejado una impronta en las últimas cinco décadas en la forma de pensar el pasado económico.

Sin dudas, Roberto Cortés Conde es una de las principales referencias no sólo en la historiografía económica argentina sino también en América y Europa. ¿Cómo llegaste a dedicarte a la investigación en esta clase de temas?

Probablemente mis intereses intelectuales se dirigieron hacia esas disciplinas, pero inicialmente no me preparé para ello. Yo estudié en la época de Perón, cuando no había carrera de Economía y la carrera de Historia, que me había gustado siempre, se enfocaba sólo a la enseñanza secundaria y no estaba bien remunerada. Además, mi padre, que estudió en la Universidad de Buenos Aires, había sido profesor en el Instituto Nacional de Profesorado en Paraná y la gente de su generación -mi padre murió en 1944- había sido echada de la universidad. Entonces, no tenía confianza en hacer una canera docente dentro del sistema público y no había otro alternativo. Decidí orientarme al Derecho, una disciplina distinta a la economía o la historia, y digo distinta porque, era muy normativa, se trataba de interpretar textos y a mí me interesaba más conocer la realidad. A comienzos de 1960 apareció la oportunidad de hacer un curso de posgrado en Sociología. Yo ya había querido hacer otra carrera universitaria, pero no tenía tiempo ni la paciencia -además, me había casado-, para cursar todos los años que requería una licenciatura. Entonces, me inscribí en aquel posgrado, más breve, de sólo doce materias. Y, aunque luego no me dediqué a la sociología el curso me produjo “un cambio mental”. Me atrajo la propuesta de Gino Germani con su enfoque empírico que seguía a la sociología norteamericana. Ya adelantado, tomé un seminario sobre la “Inmigración masiva” y allí me propusieron colaborar en un proyecto que dirigían José Luis Romero y Germani pero que coordinaba Tulio Halperin Donghi. Así se inició mi vinculación con la investigación en historia.

Me contabas que estudiaste Abogacía, ¿ejerciste esta profesión?

Hasta el año 1963 a tiempo completo. En 1963 empecé mi carrera docente en la Universidad del Litoral dictando una materia que se llamaba Economía y Sociedad en el siglo XX que la hice bastante teórica, por ejemplo, cuando trataba la crisis de 1930 explicaba Keynes. Hasta 1966 compartí esa cátedra con el trabajo de abogado que dejé definitivamente en ese año al irme a los Estados Unidos. Sin embargo, el conocimiento del derecho me ha servido mucho. En mi último libro (“Poder, estado y política. Impuesto y sociedad en la Argentina y en los Estados Unidos”) me ha dado la ventaja de entender los marcos normativos en el que se desenvuelven fenómenos sociales, en definitiva, la norma es un hecho social. El estudio de la Abogacía me ha servido para incluir la dimensión jurídica en los temas sobre las naciones, los nacionalismos, las identidades, etc. En general, en estas discusiones se olvida que estos fenómenos son también jurídicos.

Habiendo atravesado profesionalmente toda la segunda mitad del siglo XX y las vicisitudes de la misma, ¿te viste forzado a tener que abandonar la investigación y la docencia para trabajar en otros ámbitos?

Afortunadamente, me dediqué a la docencia y la investigación desde mi ida a los Estados Unidos y en 1970, cuando volví, fui contratado como investigador jefe del Centro de Investigaciones Económicas del Instituto Di Tella. Entre 1970 y 1974 y también entre 1980 y 1983, ejercí la dirección del Instituto Torcuato Di Tella.

Respecto a aquellas tareas gestión que realizaste, ¿cómo recordás tu paso por el Instituto Torcuato Di Tella?

Eran años difíciles: resolver los problemas económicos e institucionales, conseguir fondos, etc. Pero eso me enseñó también otras cosas que, probablemente, la gente que está meramente en el mundo intelectual desconoce… Tuve una relación muy dura pero efectiva con la realidad. Había mucho menos dinero y había que decidir si la institución cerraba o seguía y no se sabía con qué financiamiento. Me nombraron en 1970 cuando ya se habían cerrado los centros de arte, pero aún quedaban deudas y un déficit descomunal y el Instituto estaba al borde de cerrar. Entonces, había que bajar el gasto a más de la mitad, una tarea muy ardua e ingrata. Durante aquellos años me concentré en la gestión, no sólo académica sino patrimonial y logré salvar el Instituto y sus centros de ciencias sociales. En 1981, nuevamente smgieron los problemas, pues la crisis industrial había afectado al remanente de las empresas del grupo en la que el Instituto Di Tella tenía participación accionaria. Parecía que la institución se iba a cerrar y tuve que intervenir, a pedido de Guido Di Tella, directamente en el salvataje de empresas, con él vendimos dos de ellas y reconstituimos el fondo dotal del Instituto. Al año siguiente logré una importante contribución del Banco Interamericano de Desarrollo, el cual permitió no sólo continuar las actividades de investigación sino iniciar las de enseñanza de posgrados. Durante ese tiempo tuve que postergar varios proyectos de investigación que reanudé en 1983, los que culminaron con la publicación de “Dinero, Deuda y Crisis” que obtuvo luego el primer premio nacional de Historia. Finalmente, pienso que más allá de las adversidades, la experiencia fue buena. Además de las turbulencias que atravesó el ITDT, creamos con financiamiento del BID los posgrados con un grupo muy bueno de profesores que fueron la base de lo que fue la Universidad.

¿Qué autores influyeron en tus tempranas ideas sobre la historia económica?

Cuando me inicié en la investigación histórica, se había extendido el interés por el marxismo como interpretación económica de la realidad. El marxismo era atractivo porque tenía un código para explicar casi todo en una forma supuestamente científica. Sin embargo, antes de llegar a Sociología yo buscaba respuestas más seriamente científicas. El marxismo era una especie de filosofía que explicaba todo, pero que no podía formular proposiciones operativas para una investigación científica y más bien se dedicaban a interpretar los textos de los maestros, sus comentaristas y seguidores. En la critica más de fondo, yo llegué a la conclusión de que la teoría de la plusvalía estaba equivocada porque suponía un monopolio de la demanda por parte de los propietarios de los medios de producción que condenaba a los trabajadores a percibir salarios de subsistencia, cuando en realidad la competencia no era entre los titulares de medios de producción (los empresarios) monopsónicos y los trabajadores, sino entre los capitalistas entre sí para obtener mano de obra. Tan pronto como me inicié en la investigación, entendí que debía leer mucho de Economía. Me daba cuenta de que en reconocidas obras sobre la historia argentina había grandes errores de interpretación como en las de Ricardo Ortiz o de James Scobie. Para investigar tuve que barrer con los preconceptos más divulgados en aquella época, los cuales tenían pocos fundamentos económicos. Entendí y defendí desde entonces que la historia económica no se podía hacer sin usar la teoría económica para poder entender los procesos de la realidad económica pasada y que esos fenómenos económicos debían medirse, por lo tanto, se necesitaba series estadísticas continuas y confiables. A partir de entonces a ello dediqué mi vida profesional. En mi preparación, también, al menos en sus comienzos, influyó la literatura sobre desarrollo económico y modernización que había aparecido en la segunda posguerra. Por ejemplo, Ragnar Nurkse y Gunnar Myrdall. Y, además, la interpretación cepalina que era relevante porque tenía un enfoque histórico. Fue muy impactante para mi la obra de Aníbal Pinto sobre el caso chileno, que alguna vez había llegado a un grado de desarrollo y luego había declinado. Es más, creo que la visión histórica de Raúl Prebisch se la debe a Pinto. Luego, me interesó el trabajo de Celso Furtado. Y más tarde llegó la obra de Aldo Ferrer.

Sin embargo, de alguna manera, tus primeras obras marcan una ruptura con este tipo de abordajes.

Fui observando que eran excesivamente esquemáticos. Con Ezequiel Gallo -publicamos un artículo en 1963 (“El crecimiento económico de la Argentina” en Demografia Retrospectiva e Historia Económica del Instituto de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad del Litoral, que dirigía Nicolás Sánchez Albornoz), que salió ampliado en 1967 como libro (“La formación de la Argentina moderna”) -, quisimos poner más contenido histórico. Buscábamos complejizar aquella idea en boga de que todo el desarrollo agrario argentino había sido malo y que se necesitaba industrializar al país. Pero, aún cuando teníamos nuestras divergencias con las ideas de la CEPAL, compartíamos algunas otras. Es claro, cuando uno se inicia en la investigación está más atado a lo que otros autores dicen, pero con el tiempo gana autonomía y se basa mucho más en sus propias investigaciones y conclusiones.

En este sentido, ¿en qué influyó tu paso por los Estados Unidos en la segunda mitad de la década de 1960?

La estancia en Estados Unidos (Universidad del Estado de California en Los Ángeles, Center for Latin American de Berkeley y la Universidad de Yale) me permitió conocer la literatura sobre la historia económica de los Estados Unidos y del Canadá y advertir que los países americanos tienen una evolución distinta a la de los europeos, lo que orientó mi línea de investigación futura. Esas obras están citadas en (“The First Stages of Modernization”, Harper and Row), mi tercer libro, que fue una síntesis de las clases que dicté en Yale. La idea de la industrialización como etapa más avanzada era propia de la Escuela Histórica Alemana y, por tanto, muy europea. Europa había transitado fases de economías locales, regionales, nacionales, etc. Y en América las economías habían empezado como economías que exportaban a los mercados trasatlánticos. Por ese tiempo, Ezequiel Gallo, quien en Inglaterra tuvo como maestro al australiano Ronald Max Hartwell, había llegado antes a una conclusión que seguía la teoría del bien primario exportable.

¿Cómo te iniciás en el estudio sistemático de las series estadísticas en historia económica?

Desde 1963, durante dos años recibimos financiamiento de la Fundación Marc Bloch de la École Pratique des Hautes Études de Francia. Era para hacer un trabajo part-time, generando series estadísticas confiables (y no repetir cuadros ya conocidos) comenzando con las de las exportaciones. Allí nació la serie que constituimos con Tulio Halperin Donghi y Haydée Gorostegui de Torres (cuyas copias carbónicas completas se encuentran hoy en la Biblioteca de la Universidad Torcuato Di Tella y en la Biblioteca de la Universidad de San Andrés).

Con los años las contribuciones de los diferentes pensadores se ven desde distintas perspectivas. ¿Reconocés algún autor cuya obra te haya impactado entonces y hoy lo siga haciendo con la misma fuerza?

Por un lado, siempre he reconocido la influencia del enfoque de la staple theory. Por otra parte, me ha interesado la obra de Douglas North y su enfoque institucionalista. Ello no quiere decir que adscriba absolutamente a todo.

¿Qué impronta o legado considerás que has dejado a la historiografía argentina?

Creo que puse en cuestionamiento versiones muy divulgadas. Algo que demostré es que los obreros que llegaron con la inmigración no tuvieron salarios cada vez peores por no tener acceso a la propiedad de la tierra -como lo había sostenido Ortiz-, sino que sus salarios entre 1880 y 1914 subieron contantemente un 1 % por año en ténninos reales (es decir, en términos de su poder adquisitivo). Era absurdo que, en un país en el que la tierra era abundante y la mano de obra escasa, los salarios tendieran a bajar en términos reales. Otra contribución que hice es que hubo un diferencial muy grande entre los salarios reales de los trabajadores urbanos argentinos y los italianos -importante porque Italia era un país del que venía la mayoría de los inmigrantes. Esto lo hice construyendo varias series de salrarios nominales que fueron deflactados por el índice de precios. Sin embargo, quiero aclarar que una cosa es decir que los salarios en Argentina eran mejores que en Europa en términos relativos, y otra es sostener que la relación fue más favorable a los asalariados que a los propietarios de la tierra. Son temas distintos. Cuando escribí “El progreso argentino” no contaba con estimaciones de PBI para las últimas décadas del siglo XIX y las de CEPAL para la primera década del XX eran poco confiables. Una vez que construimos estimaciones del PBI 1975-1935 con Marcela Harriague en los años 1990, lo que noté es que si bien los salarios reales crecían al 1%, el PBI per cápita lo había hecho al 4%. Es decir, que los otros factores de producción habían estado mejor aún que el trabajo. Yo nunca dije que la distribución era más igualitaria, sino que los salarios reales habían aumentado y lo hubieran hecho mucho más si no hubiera llegado la inmigración masiva. Pero ello hubiera detenido el crecimiento, pues el beneficio se había concentrado y no se habían realizado inversiones. Justamente por estas confusiones insisto en que hay que conocer teoría económica básica. Otro aporte ha sido que en el mismo libro (“El progreso argentino”) puse de manifiesto que el mercado de tierras no era cerrado. Luego de las campañas militares de extensión territorial no se dio una concentración absoluta de la tierra, como señalara James Scobie. Mientras no hubiera ferrocarriles las tierras de la vasta extensión pampeana valían muy poco. En cuanto a la famosa discusión sobre la renta diferencial, los precios de los cereales americanos bajaron sostenidamente en los últimos veinticinco años del siglo XIX porque la producción en las tierras de aquí era más barata. Esto explica parcialmente la inmigración: quienes no soportaron la baja de precios fueron los europeos que debieron abandonar sus países de origen. Luego, creo que incorporé enseñanzas sobre la crisis de 1890. Las series previas no habían tomado en cuenta los depósitos, las notas metálicas que no eran metálicas sino papeles. Esto lo produje por una investigación empírica. La última investigación que hice, en este sentido, fue la estimación del Producto Bruto, que varía en mucho respecto a lo que establecían las series reconocidas y difundidas por la CEPAL.

¿Cómo percibís el panorama de la historiografía económica en la Argentina y en el ámbito europeo o norteamericano?

La historia económica pierde terreno en relación a otras fmmas de interpretación históricas. En los medios académicos de Estados Unidos cada vez menos personas se dedican a la historia económica porque se estudia generalmente en los Departamentos de Economía. Cuando hay alumnos brillantes en Economía, éstos escogen otros caminos más remunerativos o con mejores perspectivas en el mundo académico. Por otra parte, en las corrientes que provienen de la historia, la crisis del marxismo llevó al postmodernismo anticientífico y anti-positivista donde los datos son menos importantes y el discurso tomó el centro de la escena. Hacer historia económica es cada vez más dificil, especialmente por el trabajo que requiere un enfoque empírico. Se tiende últimamente a reproducir esquemas que se produjeron en el pasado y que hoy se repiten cual verdades absolutas. A lo largo de mi carrera, he defendido la idea de hacer una historia económica que explique con teoría los procesos económicos y que permitan ser cuantificados. Recuerdo que en el XIV Congreso Mundial de Historia Económica en Helsinki en el año 2006 enfaticé la necesidad de no dejar caer a la historia económica en una mera econometría histórica. Pues la historia económica desprovista de historia, y sólo como medición de variables, deja de lado aspectos fundamentales.

¿Qué ejemplo pondrías de una historia meramente anclada en datos y falta de reflexión analítica?

Por ejemplo, cuando cayó la inversión en los primeros años del siglo XX en la Argentina. Para analizar este fenómeno es importante recurrir a la historia. En el país hubo un alto grado de inversiones por los ferrocarriles especialmente en la primera década del siglo XX, pero una vez que la infraestructura fue construida, lógicamente no se requirió seguir haciendo vías férreas cada decenio. En la década de 1920, las inversiones se ubicaron en otros sectores, considerables para las transformaciones económicas, pero en magnitudes menos importantes, ya que no se replicó el ahorro que se precisó para hacer ese proyecto impresionante que fue la extensión de los 30.000 kilómetros de ferrocarriles. Este es un ejemplo del uso de la metodología. Las series de inversión que se usan, que son de la CEPAL, incorporan el total de los flujos de bienes de capital importados como la inversión nominal de ese año sin tener en cuenta la amortización. Y eso es lo que ocurría en las cuentas nacionales sobre las que se basó el estudio de la CEPAL. En suma, es preciso conocer los datos, estudiarlos con cuidado, descubrir cómo están compuestos y tener un gran conocinuento de la historia, saber qué es lo que estaba pasando…

¿Qué enseñanzas te ha dejado la formación de recursos humanos tanto en la docencia como en la investigación?

En los últimos veinte años estuve dedicado absolutamente a la docencia, tarea que hice por cincuenta años, desde 1963 hasta 2012 cuando me retiré definitivamente. Esta actividad ha sido de las más gratificantes. Si las personas se toman en serio su trabajo y quieren transmitir ideas, la docencia permite ordenar sus propias ideas. De hecho, la acción de poder contar las ideas a otros supone entenderlas y elaborarlas. Me ha gratificado dar clases porque compensaba las horas de soledad propias de la investigación. Hace unos meses me retiré y me llegaron mensajes de muchos ex alumnos. Ha sido muy satisfactorio para mí haber despertado en otros esa curiosidad por la historia económica. Recuerdo que cuando enseñaba en la Universidad de Yale en 1968 había un arreglo para dar cursos en la Universidad de Connecticut donde fui a dar un seminario un semestre. Había un estudiante graduado, Lyman Johnson, que tenía una visión muy tradicional de la historia, pero que la cambió después de asistir a mi curso y se transformó en un investigador muy importante en demografía histórica. Debo reconocer, sin embargo, que algo me decepcionaba. A la mayoría de mis mejores alumnos en Economía el mercado los llevó afuera de la historia económica o del país. Yo creo que historia económica se puede hacer si es un objetivo de las universidades, de lo contrario es muy difícil. En el fondo, ahora que me retiré, me queda una sensación de tristeza, pues no tengo una perspectiva optimista. Para dedicarse a la historia económica hay que ser “casi un héroe”. No veo incentivos suficientes…

Ya retirado, ¿a qué dedicás el tiempo que antes concentrabas en las clases?

Sigo escribiendo. Me piden en las editoriales que haga trabajos de divulgación sobre temas de los que ya he escrito. Como soy un lector ansioso, estoy dedicándome a leer mucho, de todo, mucho más de lo que leía antes cuando tenía planes de investigación concretos. De lo que estoy seguro es que no voy a encarar ya una investigación cuantitativa porque lleva mucho tiempo…

Gracias por las ideas.

[Agustina RAYES. “Entrevista a Roberto Cortés Conde”, in Boletín del Posgrado en Historia de la Universidad Torcuato Di Tella (Buenos Aires), nº 5, julio de 2013]

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