✍ La Atenas de Pericles [1971]

por Teoría de la historia

la-atenas-de-pericles-bowra_MLU-F-3222224975_102012Atenas y Pericles son fantasmas obsesivos para el político y el legislador y visiones con un sesgo enigmático para el historiador y el curioso. Representan, hasta alcanzar prácticamente el papel de símbolos, designios que, sin haberse podido llevar a cabo plenamente, dejaron tras de sí una semilla y una inquietud indelebles en la civilización occidental. El libro de C. M. Bowra, La Atenas de Pericles, pone ante el lector, especializado o no, la historia de una ciudad y de unos ciudadanos cuyos actos no han cesado de proporcionar material para la reflexión, la polémica y el anhelo político. En su penetrante, y a veces apasionada, exposición, los acontecimientos y sus protagonistas engarzan de modo que su análisis esclarece en la medida de lo posible el proceso democrático ateniense, situando en una perspectiva crítica las causas de su peculiar impotencia histórica. Partiendo de la gestión pública de Temístocles y de la formación de la armada ateniense, la democracia se centra en la figura de Cimón, quien, a pesar de su afición a la bebida y a celar su verdadero espíritu tras un talante frívolo y unos comentarios irónicos, supo ganarse el respeto y el homenaje de Cratino para el que fue, en todos sus aspectos, el más noble a los griegos. Su apogeo finalizó con la humillación frente a Esparta, al rechazar ésta los ejércitos atenienses enviados en su auxilio frente a mesenios e ilotas. Bajo la dirección de Efialtes la política ateniense sufrió un notable giro, en lo interior y en lo exterior, situándose en un plano antiespartano y de renovación de los antiguos planes de Temístocles relativos a la expansión ultramarina, definiendo lo que habían de ser las líneas que condujeron a Atenas tanto a la gloria como al fracaso. Ese nuevo empeño exigía unas reformas que, llevadas a cabo (privación de poderes al Tribunal del Areópago y establecimiento de remuneraciones a la actividad judicial), significaban un desafío a la clase conservadora que, aun contando con la posibilidad de condenar al líder al ostracismo, optó por asesinarlo. Su sucesor contaba con siete años para preparar una carrera política que se iniciará en un espacio tan elegante como sangriento. El ascenso de Pericles significó la entrada en la escena política de un hombre empeñado en un proyecto intelectual, entendiendo así una construcción abstracta, teórica, con respecto a la cual la vicisitud política no siempre se impuso por la fuerza de los hechos. El círculo de sus amistades define, hasta cierto punto, la inquietud espiritual de Pericles. De Damón (probable maestro de Sócrates e investigador de aquel principio según el cual ciertos ritmos musicales crean ciertos tipos de caracteres) recibió singulares consejos respecto a las reformas a emprender. Con Zenón de Elea se aficionó al razonamiento ingenioso y brillante. De Protágoras de Abdera aprendió el escepticismo y el respeto que puede contener una actitud religiosa, y de Anaxágoras recibió la noción de que todas las cosas y las disciplinas, incluida la retórica, requieren del estudio de la naturaleza. Su amistad con Sófocles y Fidias cerraba un esquema en el que se podía rastrear la índole de la trayectoria y el quehacer político de Pericles. Para Pericles el poder era algo digno de ejercerse por sí mismo, en la medida en que le permitía hacer cuanto a su juicio resultara beneficioso para la ciudad, poniéndola ante la verdadera naturaleza de sus posibilidades y en el camino para desarrollarla plenamente. En tal sentido, agotó los recursos en la búsqueda de la realización de todas esas posibilidades que veía en Atenas, impulsadas por la libertad y aseguradas por la ley, que habían de conducirla a la cabeza de un imperio definido según las virtudes de la ciudad que lo acaudillaba. En la perspectiva de Pericles, la razón de ese caudillaje radicaba en el carácter divino de la ciudad que, inexpugnable a la crítica y al desaliento, se sabía poseída de un coraje político con el que ninguna otra ciudad griega podía soñar compararse. Y, en efecto, Atenas alcanzó en el siglo V a. de J. C. una hegemonía que por sus características carece de parangón posible. El fervor popular, el impulso militar, el pensamiento político y las realizaciones culturales se unieron en una obra de envergadura prodigiosa: el imperio ateniense erigido sobre la Liga de los Aliados. Pero el apoyo estaba condenado. Una de las consecuencias del pensamiento político de Pericles era el absoluto descaro con el que buena parte del total de los tributos pagados por los aliados se gastaba en embellecer Atenas y mantener, durante la paz y mediante las obras públicas, un ejército que a la primera necesidad abandonaba las herramientas para empuñar las armas. Por otra parte, la democracia ateniense, una sociedad civil organizada sobre la libre expresión y planteamiento de las cuestiones políticas de acuerdo con la libertad del consenso ciudadano, resultaba odiosa, en su código para con el aliado, al que siempre consideró como un inferior poco digno de confianza. Así, el ideal de vida arrogante, libre y gloriosa que la democracia de Atenas inspiraba en sus ciudadanos, se veía contrastado por la renuencia y la desconfianza del aliado (que nunca llegó a serlo realmente); con lo que la gesta ateniense -dudosamente satisfactoria y escasa o nulamente beneficiosa para quienes debían compartirla- se veía condenada a un derroche de energía y coraje sobrecogedor, pero incapaz de superar la contradicción a que abocaba el sistema. La energía liberada por la democracia ateniense carecía de fórmulas para encauzar su impulso de manera coherente, y ello quizá porque su destino histórico fuera, precisamente, carecer de ellas (siendo éste, a mi juicio, el aspecto más fascinante y enriquecedor de la cuestión desde cualquiera de los puntos de vista). Y a todo esto se añadía la imposibilidad de afrontar la situación real: Atenas no podía defender ni controlar por tierra el imperio que conquistaba por mar. Al final de su vida, Pericles hubo de entender la escisión de la Hélade como testimonio del fracaso de un proyecto personal al que se había entregado por completo. Convencido de la imposible unidad griega, todas sus iniciativas finales se encaminaron a recortar la influencia espartana o a conducir a la ciudad rival a la hipotética situación en que admitiera un pacto ventajoso para Atenas. De hecho, lo que quedaba definitivamente en suspenso, por encima del mutuo temor y recelo de los rivales, era la idea de un Imperio unitario griego, cuya realidad habría cambiado la historia del Mediterráneo (esa realidad se logró más tarde, pero bajo los muy diferentes designios de Filipo de Macedonia). Si bien Atenas no pudo (o no supo) superar la realidad, su experiencia sí superó su fracaso, creando la imagen de una ciudad viva en un empeño41AZUX3npLL._SY344_BO1,204,203,200_ solidario y democrático cuya impronta influyó sobre el pensamiento y la acción, de manera que si la organización ateniense de la vida democrática carece de vigencia con respecto a una sociedad actual no transformada, no se puede decir lo mismo de la concepción humana que ese empeño traducía; y este concepto sí es vigente, y con capacidad para alterar el equilibrio indigno de las cosas. En palabras de Bowra: “Dondequiera que los hombres hayan pensado seriamente en un gobierno justo, han tenido, en el fondo de sus mentes, reminiscencias, no necesariamente amistosas, del descubrimiento ateniense de que la primera tarea del gobierno es tratar a los hombree como fines en sí mismos. Sanguinarios y bestiales sistemas de los tiempos modernos han hecho de esto el blanco de su odio destructor, y esto muestra cuán fundamental es. Detrás del respeto por el gobierno democrático yace el respeto por el individuo, y esta es la gran contribución ateniense para el mundo. A menudo ha sido olvidado, a menudo sumergido, nunca ha sido hecha sincera o completamente y no lo era ni siquiera en Atenas. Pero una vez que un ideal semejante ha sido traído a la vida, no puede ser totalmente eliminado”.

[Eduardo CHAMORRO. “La Atenas de Pericles”, in Tiempo de Historia (Salamanca), Año I, nº 1, 1974, pp. 96-97]