✍ Indios, mestizos y españoles. Interculturalidad e historiografía en la Nueva España [2007]

por Teoría de la historia

indiosmestizos01La colección de artículos que reúne este libro tiene como tema común proponer distintas metodologías para analizar la historiografía que en México denominamos “de tradición indígena”. Como es del dominio común, los pueblos nahuas —los artículos sólo analizan fuentes generadas en el marco de la tradición cultural de los nativos del altiplano central mesoamericano— tenían formas de registro del pasado tanto cronológicas —el calendario— como narrativas —textos que conjugan pinturas con glifos—. En esta colección encontramos posiciones interesantes, que parten de discutir cuáles fuentes podemos considerar como indígenas y cuáles no. He aquí el primer problema por resolver. La mayoría de las fuentes con las que contamos fueron elaboradas después de la Conquista, lo cual haría suponer que las únicas fuentes puramente indígenas con las que contamos son los pocos códices elaborados antes de la Conquista, y que se han conservado hasta la actualidad. No es esta la postura de los autores de los ensayos compilados en el texto que comentamos: antes bien, todos coinciden en señalar que ni la Conquista ni la evangelización consiguieron destruir por completo las formas de representación del pasado que desarrollaron los pueblos prehispánicos nahuas. ¿Cómo ocurrió esto? Y, ¿cómo podemos desentrañarlo de los textos coloniales, en el presente? Los ensayos de este libro contribuyen a contestar dichas preguntas. En primer lugar podemos mencionar que una de las propuestas básicas de los autores consiste en que ubiquemos el estudio de estas fuentes dentro del marco del fenómeno de la transculturalidad. En efecto, los nativos no fueron actores pasivos en los procesos de conquista y colonización. En un principio, los propios conquistadores aceptaron la veracidad histórica de los relatos de los indígenas. Ello significa que los conquistadores, así como los evangelizadores del siglo XVI, estuvieron dispuestos a aceptar los saberes indígenas siempre y cuando no chocaran con su fe cristiana. Más aún, el erudito y bellísimo artículo de Berenice Alcántara Rojas demuestra cómo, al intentar explorar las mejores vías para convertir al catolicismo a los nativos, los primeros misioneros, particularmente fray Bernardino de Sahagún, contribuyeron a que los indígenas, quienes desempeñaron el papel de informantes y traductores, pudieran preservar y transmitir sus propias formas de conceptualizar la realidad, así como describirla y narrarla. Desde luego, los nativos y sus descendientes, muchos de ellos mestizos, tuvieron que adoptar y ensayar diversas estrategias discursivas que, al mismo tiempo que permitían preservar sus formas tradicionales, también satisficieran a sus lectores españoles, fueran misioneros o autoridades civiles. Después de la Conquista y hasta el siglo XVIII, las comunidades indígenas debieron rescatar su historia y hacerla asequible a los españoles, para así conservar sus tierras y preservar sus privilegios, si es que los tenían. Las fuentes, por lo tanto, muestran el proceso de transculturación en ocasiones de manera muy evidente: por ejemplo, códices con pictoglifos que tienen glosas en castellano. Otros ejemplos de transculturalidad no son tan obvios, pues se encuentran inmersos en la estructura narrativa, donde podemos detectar influencias de los conquistadores a los conquistados y viceversa. Pero otra de las más ricas aportaciones que los textos compilados brindan a quienes no son especialistas en la materia consiste en que los autores, al argumentar sus tesis, llevan de la mano al lector a conocer y comprender la forma como se pueden leer las fuentes pictográficas. El libro tiene el gran acierto de incluir una buena cantidad de imágenes, muy bien editadas, las cuales, si bien es cierto que gran parte de la población latinoamericana las hemos visto alguna vez, no sabemos cómo interpretarlas. La mayoría de los ensayos que conforman el libro nos invitan a acercarnos a conocer estas fuentes y trabajar con ellas; claro, siempre que estemos dispuestos a aprender formas de comunicación diferentes de la que predomina en la educación escolar en nuestros países. Después de todo, este pasado indígena constituye un pilar fundamental de la cultura mexicana, pero gran parte de la población carece de la formación necesaria, ya no digamos para entenderla, pero tampoco, siquiera, para reconocer las imágenes. La lectura de este libro bien puede ser una de las mejores invitaciones para incursionar en el conocimiento y, ¿por qué no?, el estudio de nuestras raíces indígenas. El libro en sí mismo es también una prueba de la transculturalidad que vivimos cotidianamente en la sociedad contemporánea. Tres de los ocho artículos que componen este libro fueron escritos por investigadores extranjeros. El artículo del japonés Yukitaka Inoue Okubo, quien se refiere al problema de la clasificación de estas fuentes como indígenas o mestizas, nos revela el dominio del investigador tanto del castellano como del náhuatl, pues transcribe citas en este último idioma y nos proporciona la traducción al castellano. El manejo que demuestra de la historiografía sobre el tema es también envidiable. Su trabajo puede sugerirnos elaborar, desde América, un análisis historiográfico de cómo un japonés ha llegado a analizar con tal sensibilidad y conocimiento una cultura que a veces hasta a sus propios herederos nos resulta difícil de comprender. El artículo del inglés Gordon Brotherston nos invita a valorar los códices como una fuente histórica fidedigna, en la que si bien es cierto que encontramos mitos también encontramos historia. Brotherston combate, así pues, la convicción, que todavía prevalece entre muchos académicos, de que los códices sólo contienen fábulas, por la sencilla razón de que se leen de una manera diferente de como se leen los idiomas indoeuropeos. El tercer artículo, que es de producción latinoamericana, es el de Eduardo Natalino dos Santos, quien nos brinda también un delicioso artículo donde sostiene que el calendario mesoamericano tenía una función estructurante en los códices. Comprender la relación espacio-tiempo es fundamental en cualquier texto histórico; dos Santos nos muestra cómo funcionaba esta relación en la cosmovisión y la cosmogonía náhuatl. El investigador brasileño también evidencia una sólida formación, que le permite analizar las fuentes con tal profundidad que es capaz de sostener que una de las consecuencias de la conquista y colonización fue que el calendario mesoamericano perdiera esta función estructurante en los textos que se refieren al pasado indígena, pero que se produjeron después. Detenerme a comentar brevemente estos tres artículos de ninguna manera tiene como objetivo denostar el trabajo y la seriedad en la investigación de mis colegas mexicanos. Muy por el contrario, considero un gran acierto de los coordinadores del libro —Danna Levín Rojo y Federico Navarrete— que hayan invitado a investigadores extranjeros. El objetivo de mi comentario se dirige a invitar a todo el público a leer este libro, pues los temas que trata no son exóticos ni esotéricos; menos aún, insulsos: al contrario, la riqueza de las fuentes que nos dan cuenta de la historia de los nativos mesoamericanos tiene mucho que aportar al conocimiento del desarrollo humano en general. Aunque a veces creamos que esta herencia sólo nos pertenece a los mexicanos, este libro nos demuestra que la historia mesoamericana es un patrimonio mundial. Espero que este libro contribuya a que las sociedades latinoamericanas en general, y la mexicana en particular, revaloremos a las culturas nativas prehispánicas y sigamos trabajando para rescatar y difundir el conocimiento de esta parte de nuestro pasado.

[Martha ORTEGA. “Indios, mestizos y españoles. Interculturalidad e historiografía en la Nueva España, de Danna Levín Rojo y Federico Navarrete (coords.)”, in Fronteras de la Historia (Bogotá), vol. XIII, nº 2, 2008, pp. 407-409]

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