✍ Historia económica mundial. Desde el medioevo hasta los tiempos contemporáneos [2003]

por Teoría de la historia

cortes-conde-roberto-historia-economica-mundial_MLA-F-3692796812_012013Un texto docente, como esta Historia económica mundial de Roberto Cortés Conde, debe aspirar a transmitir ideas y datos y, a la vez, a enseñar a reflexionar sobre ellos, sin matar la curiosidad por el camino. Con las herramientas limitadas de la palabra impresa, y si acaso la ilustración gráfica, es una tarea sumamente difícil, y cualquier contribución al respecto debe contemplarse con agradecimiento y respeto. Así pues, el primer valor de esta obra es que su autor se haya atrevido a sintetizar un milenio y medio de historia económica en menos de 300 páginas de formato mediano, en una obra apta para dictar un curso semestral sobre esta materia. Un solo autor, además, lo que tiene la gran ventaja de proporcionar unidad de criterio en cuanto a la selección de los temas y su enfoque, de la que se deriva una mayor claridad. La segunda virtud es que el catálogo de los temas abordados apenas se aleja de lo que podríamos llamar el canon de estas asignaturas. Con la excepción, tal vez, de la llamada revolución agrícola del Neolítico —tan alejada en el tiempo que, pese a su importancia histórica, tiene mal encaje—, el libro de Cortés Conde aborda en nueve capítulos los principales asuntos que solemos explicar a los alumnos: el feudalismo, los primeros pasos del capitalismo en la Edad Moderna, la revolución industrial y la difusión de la industrialización por el mundo (con especial atención a América latina), el crucial período de entreguerras, las alternativas al capitalismo en el siglo XX (mezclando en un mismo capítulo el gobierno nazi y el experimento soviético) y, por último, un repaso a la “edad de oro” de la segunda posguerra mundial. Obviamente, en algunos aspectos se aparta algo del canon español (y diría que también del anglosajón). En parte porque la obra, editada en Argentina, se dirige inicialmente a estudiantes latinoamericanos; en parte también, seguramente, por la especialización del autor, como revela un largo capítulo cuarto dedicado a dinero y banca en el siglo XIX. Nada habría que objetar a tales personalizaciones del canon, que suelen enriquecerlo, si no fueran ligadas a algunos desequilibrios difíciles de justificar: catorce páginas para la revolución industrial, sólo en Inglaterra, frente a casi tres veces más para la banca en el XIX. Por otro lado, hay cuando menos tres lagunas importantes: nada se dice de la industrialización en otros países de Europa, muy poco de la segunda revolución tecnológica, de 1870 a 1914, y prácticamente nada de la evolución del Tercer Mundo y los problemas del subdesarrollo. La tercera cualidad del libro es que está organizado en torno a una tesis central: la del progreso material ligado al avance capitalista y la liberalización de los mercados, o, en palabras del autor “la historia de la evolución y el perfeccionamiento de los mercados”, partiendo de supuestos de teoría económica institucionalista. Se trata de una tesis que, aunque no sea compartida por muchos historiadores económicos, es sólida y, desde luego, aceptada por la corriente dominante del pensamiento económico. Para quien discrepe de esa tesis, o desee verla expresada con matices, este manual resultará poco convincente, aunque útil, de lectura asequible y coherente en sus planteamientos. Es cierto, no obstante, que según avanza el libro, el autor se va alejando del análisis de los marcos institucionales y su incidencia en los mercados, para prestar una atención preferente a los problemas monetarios y bancarios. Ello constituye un importante valor añadido del texto, aunque no siempre se expliquen con suficiente claridad estos asuntos, especialmente pensando en nuestro alumnado de primer curso. Así ocurre desde luego en el monográfico capítulo cuatro, pero también en el séptimo, dedicado a la depresión de la década de 1930. En ocasiones, además —como al explicar los problemas de la economía europea en el periodo de entreguerras–, este enfoque monetario apenas se completa con alusiones a los problemas de la economía real. Hasta aquí las virtudes del manual, que quedan sin embargo empañadas por algunas carencias. La primera la constituyen las lagunas y desequilibrios de los que he hablado antes. No se trata ya de que se privilegien los siglos XIX y XX frente a los trece anteriores, un desequilibrio habitual que suele justificarse apelando a la actualidad de los temas, su interés para los alumnos y su relevancia para entender cuestiones contemporáneas. El problema es que algunas de las piezas que faltan socavan precisamente esas funciones: por ejemplo, centrar la explicación desde la II Guerra Mundial sólo en los países desarrollados dificulta entender la economía globalizada de nuestros días. En segundo lugar, los planteamientos del libro no siempre están actualizados. No es que yo sea partidario de estar a lo que diga el último número del Journal o de Explorations, y enterrar a los clásicos bajo el peso de la ultimísima bibliografía. Al contrario, creo que debemos valorar las aportaciones historiográficas por su valor intrínseco y no por su fecha de publicación. Pero lo cierto es que en los últimos años el trabajo de los historiadores económicos ha dado algunos frutos interesantes que pueden y deben incorporarse a la docencia. No hablo de interpretaciones de frontera, sino de avances que cuentan con bibliografía traducida al castellano hace años y que claramente han mejorado nuestra comprensión de los problemas: me refiero, por ejemplo, al concepto de protoindustrialización y sus debates, a la dimensión regional de la industrialización, defendida sólidamente por Sidney Pollard, o a la crítica de Maxine Berg a los relatos de la revolución industrial basados en la fábrica y el vapor. Pueden ponerse muchos ejemplos, que se reflejan a las claras en la bibliografía, pero me limitaré a tres. En el capítulo medieval, lo más moderno es una reedición del libro de North y Thomas, y el resto Braudel, Spooner y López. Algo parecido pasa respecto de la Europa moderna (lo último sobre la revolución de los precios es un texto de McCloskey de 1972, y no se mencionan los trabajos de Morineau). En cuanto a la industrialización inglesa, aunque el autor incorpora algunas aportaciones recientes, se centra esencialmente en la medición macroeconómica del gran despegue sobre un esquema que sigue siendo básicamente el de Phyllis Deane. En ocasiones, además, el texto parece basado en un elenco muy limitado de fuentes: así, los análisis de la economía de la Alemania nazi y de la Unión Soviética descansan aparentemente sobre un solo autor (Overy) o tres de ellos (Hosking, Gregory y Davies), respectivamente. Por último, hay una objeción mayor relativa al logro de los objetivos que se propone el autor clara y expresamente, en una magnífica introducción donde aborda los conceptos de partida. Porque, si bien es evidente que en conjunto la historia económica que nos cuenta el autor se tiene en pie, no lo es menos que el material que presenta no siempre está debidamente articulado. El sesgo a favor de los problemas monetarios y financieros es un claro problema a mi entender. Lo mismo ocurre con la organización cronológica del material, homogénea pero con tres “monografías” cuya cronología corre por libre: el epígrafe dedicado América Latina (desde la conquista hasta la década de 1980), el de Japón (desde 1854 a 1914) y el de Rusia (de mediados del siglo XIX a 1945), que complican su inserción en el conjunto. Del resto del mundo, apenas se dice una palabra. Pero el problema fundamental, en mi opinión, radica en el giro de un enfoque institucionalista en la primera parte del manual a otro monetarista en el tratamiento de los problemas contemporáneos (con la excepción del capítulo sobre las economías no de mercado). Eso redunda en un giro en el enfoque y la selección de los temas que restan coherencia al conjunto. Una mención final merecen los aspectos formales, importantes en un texto para la docencia. Los apoyos gráficos y los cuadros son abundantes y en general útiles, pero los mapas son mayoritariamente —con la excepción de dos, en el primer capítulo— de contenido político, cuando fácilmente podrían incorporar contenidos económicos. También se aprecia escaso esfuerzo para castellanizar algunos de los términos empleados. No se trata de los lógicos y comprensibles giros argentinos (tan castellano, y casi más bonito, es costos de transar que costes de transacción), sino de emplear términos en inglés (manor, o manorial system, commodities, cocoa) cuando tenemos traducciones acuñadas. Es cierto que suele figurar junto al término su equivalencia en castellano, pero el uso frecuente de la terminología inglesa desdora la fluidez de la obra. Por último, la presentación de los cuadros (con abuso de abreviaturas no siempre transparentes) a veces hace difícil su lectura. Un libro como éste de Cortés Conde, pese a sus innegables méritos, revela la dificultad de abordar en solitario una panorámica tan amplia como la de la historia económica mundial, con una bibliografía que crece cada mes. Las ventajas que se derivan de la autoría individual, en este caso, tal vez no hayan superado los inconvenientes.

[Mauro HERNÁNDEZ. “Roberto Cortés Conde. Historia económica mundial. Desde el medioevo hasta los tiempos contemporáneos Buenos Aires, Ariel, 2003, 320 pp.”, in Investigaciones de Historia Económica. Economic History Research (Barcelona), 07/2013; 1 (3), pp. 184-186]

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