✍ E. H. Carr. Los riesgos de la integridad [2000]

por Teoría de la historia

ehcarrEs posible que una biografía dedicada a Edward Hallet Carr (1892-1982) no tenga miles y miles de lectores. La vida de un historiador no suele ser excitante. Pero la existencia de Carr sí que fue activa, controvertida, audaz y, en cierto sentido, infausta. De entrada, la jornada de un académico no está repleta de acontecimientos vertiginosos. Por eso, un espectador o un lector ávidos de emociones fuertes no encontrarán diversión o entretenimiento en las páginas de su biografía. Pero la vida de E. H. Carr fue raramente entretenida, con empeños personales, con polémicas intelectuales. Entregado obsesiva y agotadoramente a la investigación y a la escritura de estudios monumentales, aún tuvo tiempo de tener amores desgraciados. Su vida no se presta al chisme, al cotilleo, pero sus matrimonios o sus relaciones algo desastrosas muestran la soledad emocional que el académico nunca pudo evitar. La trayectoria de un historiador, su formación intelectual, sus ocupaciones, su entorno familiar, sus sentimientos, etcétera, no suelen ser asuntos que interesen al público común. Las biografías de celebridades son de otra índole y también las audiencias a las que se destinan. E. H. Carr. Los riesgos de la integridad (PUV), de Jonathan Haslam, no tendrá ventas millonarias. Pero las cosas que en él se trata –el siglo que se narra, sus circunstancias diplomáticas, académicas y periodísticas– deberían interesar a cualquier ciudadano medianamente preocupado por su tiempo. E. H. Carr estuvo en lugares muy relevantes en los momentos más decisivos. Estuvo en la Primera Guerra Mundial, entre los diplomáticos británicos que asistían a su fin. Estuvo en Rusia y en algún Estado del Báltico tras la revolución bolchevique: a sus causas, a su desarrollo, a su impacto, a sus primeros años, le dedicó prácticamente su vida. Para ello escribió una monumental Historia de la Rusia soviética cuya erudición y precisión aún desconciertan. Ejerció de editorialista en The Times cuando ese periódico dictaba la opinión británica, cuando era la referencia dominante de Europa. Allí, en sus columnas firmadas con seudónimo, con nombre propio o anónimamente observó y subrayó, analizó las relaciones internacionales y el papel que el presente y el porvenir le reservaban a la Gran Bretaña. Estuvo en Cambridge como estudiante y luego como profesor cuando dicha Universidad era el centro académico del Imperio. Investigó en distintos archivos, becado por diferentes fundaciones, recolectando documentos e informaciones que eran imprescindibles para su trabajo. La consulta de un documento histórico no es algo rutinario o intrascendente. Bien mirado, ese acto de lectura exalta: el historiador descubre lo que ignoraba y eso que descubre tiene conexión con otros datos hasta formar con ellos una red de significados. Y toda esa emoción puede experimentarse en la soledad de un gabinete… Imaginemos la escena corriente, la vivida por cualquier investigador. Sentado a la mesa, con su escritorio repleto de notas, de textos, de fichas, de libros, de fotocopias, un historiador sólo se permite unas pocas escapadas: al archivo para documentarse, para ampliar conocimientos, para confirmar datos o hipótesis, para desmentir falsas impresiones. Los investigadores son gentes normalmente sedentarias que deben consumir horas y horas en silencio, quemándose las pestañas, consultando papeles polvorientos, legajos de otro tiempo. ¿Qué puede haber de aventurero en ese trabajo lento y minucioso? Un historiador no suele ser un hombre de acción: no interviene en el presente, no realiza o consuma su trabajo inmediatamente. Recluido en su gabinete emprende una operación muy rara, muy extraña: la de exhumar lo pretérito. O hacer como que exhuma lo que está inerte y enterrado. Propiamente hablando, el pasado no existe: de ese otro tiempo sólo quedan restos, vestigios escasos de un mundo ya desaparecido, de unos actos que ya se realizaron. El instante no dura y lo que hacemos ya es pasado en el momento en que se consuma o completa. Permítaseme una metáfora para explicar el papel del historiador. Al caminar, los seres humanos hendimos el suelo y dejamos huellas, pero eso que queda siempre es escaso, un negativo o el pálido reflejo de nuestro pie. O, si se quiere, lo superficial: la huella (o la prueba) es poco pero es un vaticinio, un examen retrospectivo de lo que fuimos o hicimos o pensamos al caminar. Un historiador, un experto, podrá analizar esos restos que han quedado: con su pericia, con su experiencia, con su formación en suma, presentará el curso de los acontecimientos; nos dirá quién caminó por allí y hacia dónde se dirigía. Si cuenta con más datos podrá conjeturar los motivos de aquel paseo, incluso las intenciones del paseante. ¿Recuerdan a Guillermo de Baskerville al principio de El nombre de la rosa? En la novela de Umberto Eco, el avispado monje se fija en la huella dejada sobre la nieve y con ese resto aventura lo que ha pasado y él averigua. Pero esta imagen que les propongo para explicar la tarea de historiador es quizá demasiado estática, la de un detective que escudriña y no interviene. En realidad, el historiador es un observador que mira un paseo que no ha acabado, un proceso al que él se ve arrastrado, una marcha multitudinaria que no se detiene, que afecta a todos, y cuyos pasos aún resuenan. En última instancia, ese observador no está emplazado en un lugar omnisciente: ve menos de lo que los protagonistas directos pueden ver cuando las cosas ocurren, pero ve más de lo que los personajes consiguen distinguir gracias al plano general que obtiene. Él aún está ahí, en medio de ese proceso en marcha… La imagen no es mía. La tomo en préstamo de E. H. Carr, de su obra más límpida, más enérgica, más cautivadora: ¿Qué es la historia? (1961). Ese volumen es una espléndida introducción a la historia, seguramente la más perdurable de todas las que se han publicado en el siglo XX. Estemos de acuerdo o no con todos sus enunciados, Carr muestra aquí, en sus páginas, toda su energía reflexiva, toda su ironía expresiva, toda su imaginación erudita, todo su humor polémico, todo su indomable individualismo, toda su experiencia intelectual, todo su agonismo. Es una delicia que se contagia, por ejemplo, al libro de Jonathan Haslam. No se puede escribir una biografía tediosa del historiador. Quien se atreve a contar la vida de Carr ha de estar a su altura o, al menos, en un lugar prominente, dispuesto a valerse de su figura y de sus cualidades. Investigar bien, profusamente, y, sobre todo, escribir con intriga y claridad, con documentos e imaginación. Carr no creó una escuela, no capitaneó una corriente historiográfica, no fue profesor de principio a fin, no completó la carrera diplomática en el Foreign Office, no ejerció el periodismo con dedicación exclusiva. Pero tanteó todo ello, los mejores trabajos intelectuales, aquellos que le permitían ser individuo y espectador, agente y analista, siempre situado en excelentes observatorios. Obró, pues, como un historiador y como interventor. La historia no es un proceso que todo lo arrastre y del que no podríamos escapar; la historia no es un devenir que todo lo aplaste, que fatalmente se imponga. Como inglés nacido libre, Carr no lo podía aceptar. Si la historia fuera eso, si la realidad sólo fuera eso, los individuos seríamos meros exponentes o autómatas, determinados por causas que ignoramos. En esa circunstancia viviríamos en una feliz irresponsabilidad, en un fatalismo servil. Pero la historia no es el acto individual incondicionado. Sobre esto, sobre esta cuestión insoluble, debatieron E. H. Carr e Isaiah Berlin: sobre la acción humana, sobre la causa como explicación, sobre la determinación, sobre el libre arbitrio. El volumen de E. H. Carr –que ha servido para ilustrar a varias generaciones acerca de la historia, que se ha empleado como introducción a los asuntos y a los debates de la historiografía, que, en definitiva, se ha utilizado para educar a varias cohortes de jóvenes historiadores– aborda en efecto el papel que cabe atribuir al individuo. Más aún, ese libro trata expresamente la cuestión del individualismo, dando soluciones y respuestas polémicas, tan controvertidas que llegaron a ser insatisfactorias incluso para el propio autor varios años después. Entre los diferentes individualismos de que se ocupaba podemos mencionar dos. Por un lado, el que para entendernos llamaremos individualismo moral; y, por otro, el que universalmente se llama individualismo metodológico. El primero lo abrazó Carr: como buen británico. Tomar al individuo como fin y no medio era, a su juicio, el único modo con que contamos para construir una sociedad decente: una sociedad que no se imponga sobre cada uno de sus miembros, una sociedad que tome a sus integrantes como metas y no como instrumentos. El viejo precepto kantiano, el aserto ilustrado, el viejo supuesto liberal, lo vemos reproducido sencilla y llanamente en un historiador que a la vez declara sus afinidades, sus simpatías con Marx cuando afirma la naturaleza científica de la disciplina y, por tanto, cuando predica la explicación histórica como una explicación causal. Pero, atención, lo vemos reproducido en un historiador nacido en la época victoriana que, a la postre, era hijo y deudor de la mejor tradición británica, aquella que se funda en ese mito del inglés nacido libre. El individualismo moral nos hace responsables a cada uno de nuestros actos y hace de la elección la condición de posibilidad de una vida digna para los seres humanos. Pero, fuera de esto, cualquier otra forma de individualismo le parecía objetable a E. H. Carr: justamente por eso se oponía con severidad y dureza a las defensas del individualismo metodológico que profesaba Berlin y que le hacían ponerse en guardia frente a la noción misma de causalidad histórica. Frente a esta posición y en sintonía con la cultura historiográfica europea de entonces, E. H. Carr rebajaba el papel del individuo en la acción histórica, el escaso efecto y el menguado relieve que el sujeto ejercería en el devenir y en los hechos históricos. Justamente por eso y como hegeliano sobrevenido, admiraba el proceso ineluctable de la historia: de la revolución rusa en particular. Un proceso histórico que es un progreso, que es el progreso: una convicción que no está tan9781859847336_p0_v1_s260x420 lejos de las viejas certidumbres victorianas. Carr nació en una familia de comerciantes, en el seno de la clase media. Por diversas razones, sus padres mantuvieron una distancia emocional que le afectó toda su vida. De hecho en su etapa infantil, el pequeño Ted será educado por una tía, la tía Amelia, que le mostró severidad y rigorismo. Creció, dice Haslam, como un “niño aislado (…) que ansiaba ser amado y que, sin embargo, al mismo tiempo aprendió a contener la mayor parte de sus emociones”. Su contacto con el mundo fue fundamentalmente libresco, documental, y esos observatorios que frecuentó (la diplomacia, el periodismo, la universidad, el archivo) le sirvieron para confirmar o corroborar lo que su inmensa erudición ya había reunido. A pesar de ser un hombre de mundo detestará la vida social y los peajes de la diplomacia cotidiana: es patético lo mal que se desenvolvía entre bambalinas. A pesar de casarse con varias mujeres (o tal vez por eso) evitará los vínculos emocionales firmes, duraderos: de hecho, su vida sentimental fue bastante desastrosa, como si Carr fuera la última víctima de la severidad victoriana. A pesar de ser tan británico y racionalista, a pesar de ser hegeliano en su madurez, será un firme admirador del alma rusa, de lo pasional, de lo extremado, de lo romántico. Vivió esas contradicciones, vivió con dolor y heridas, y sobrevivió con la firme convicción de su valía, de su inteligencia, de su destino… No toleraba lo flácido o lo inconsecuente: “antepuso la eficacia a la moralidad; detestaba cualquier muestra de debilidad; se mostraba intolerante ante la incompetencia”, señala Haslam. “Tal vez todo esto no resulte tan extraño en un hombre que fue educado para conseguir las metas más altas ya desde su infancia y que, durante algunas etapas de su juventud (un hábito que recuperaría en sus últimos años), solía leer a Nietzsche y a Spengler. Ya en su vejez, le irritaba incluso el que le sirvieran la comida dos minutos después de lo que él tenía previsto”, añade el biógrafo. “Sólo a través de la anulación de sus emociones y del desarrollo de una destreza intelectual en un vacío moral justificarían lo despiadado que podía llegar a ser en la defensa de sus opiniones excepcionales”. La obra de Jonathan Haslam es un perfecto ejemplo del género biográfico inglés. El volumen es un compendio minucioso e irónico de una vida. En sus páginas, el biógrafo evita juzgar con arrogancia y superioridad. No le afea su conducta. Le tiene simpatía y admiración a su personaje y, a la vez, sopesa sus errores y sus aciertos con cautela. Le tolera sus incongruencias sin por ello asearlo o mejorarlo. La prosa es ágil y la traducción de Belén Quintás no suele desfallecer. Les invito, pues, a atravesar el siglo de la mano de E. H. Carr. No encontrarán mejor guía. Eso sí: siempre que después reinicien la marcha por su cuenta. Como el propio Carr siempre hizo.

[Justo SERNA. “Jonathan Haslam: E. H. Carr. Los riesgos de la integridad (PUV, 2009)” (reseña), in Ojos de Papel (Castelldefels), 2 de octubre de 2009]