✍ Vidas paralelas [siglo I d.C.]

por Teoría de la historia

9788424928704Decía Flacélière, en uno de sus últimos artículos sobre Plutarco, que si de toda su obra solamente hubiera quedado ésta, podríamos conocer sin problemas los puntos fundamentales de su doctrina y pensamiento. Es, efectivamente, en las Vidas Paralelas donde encuentra su expresión más perfecta la rica personalidad de Plutarco y donde se funden el erudito, el filósofo, el moralista y el hombre interesado por el pasado, que busca en las grandes virtudes de sus héroes una aplicación práctica de sus teorías éticas. Por esta razón aparecen sus Vidas como obra cuidada en su prosa, adaptada, en expresión, a un público al que se quieren transmitir masajes morales más que una profunda investigación histórica, y fácil, por eso mismo, para dar entrada a digresiones e incisos que la enriquecen y logran que el lector penetre en el alma, y no sólo en los hechos, de los grandes artífices de la historia griega y romana. Culmina así Plutarco un proceso de literatura biográfica que, iniciada por los poetas en Grecia, dotada de una estructura propia gracias a la retórica y a la actividad cientifíca de peripatéticos y alejandrinos, y asimilada pronto por el carácter realista de los romanos, difícilmente prescindirá ya de ese fino análisis del alma humana que le es propio y que inspirará los espíritus más inquietos de la Europa medieval y moderna hasta el siglo XIX […] Hay que basar el análisis de las Vidas Paralelas en estos dos aspectos que caracterizan el género al que pertenecen: de un lado, su esquema formal, derivado de los esquemas retóricos que, a lo largo de cinco siglos, se han ido fijando para el encomio biográfico, junto con su método de investigación que, heredado de una tradición anterior fundamentalmente historiográfica, trata de dar a sus materiales esa pretensión de objetividad buscada por la historiografía, que la aleje del encomio y convierta la vida de los grandes personajes en ejemplo de imitación posible; o sea, que valorice suficientemente la tarea educativa del género. Y de otro lado, las técnicas de composición, que evidencian siempre ese leitmotiv de la biografía que es el carácter y personalidad del individuo, y la selección de los materiales históricos que se subordinan a dicho objetivo, y no a la inversa como sucede en la historiografía, pero que, en ningún caso, como en el encomio, se toman a título probatorio de unas cualidades o defectos previamente establecidos, sino que sirven como plataforma para la indagación de éstos y de aquéllas […] Que la intención de Plutarco al escribir sus biografías es en esencia didáctica y moralizante, no historiográfica, constituye un hecho que no requiere la aseveración del escritor. Se desprende de su propia vocación […] En cuanto a las razones por las que Plutarco recurre a este género literario como medio de expresión, hay que ponerlas, sin duda, en relación con su concepto del arte y la capacidad imitativa y didáctica del mismo, tal como reflejábamos al tratar sobre sus ideas estéticas. En la introducción del Pericles, cuando analiza las diferentes formas de imitación artística, afirma, referirse a los hechos de virtud, que su sola observación mueve a imitarlos: “Pues la belleza ejerce una viva atracción y genera, al punto, un deseo de actuar, conformando el carácter del espectador no por su capacidad imitativa, sino provocando, mediante el conocimiento de sus hechos, la vocación hacia ella”. El papel de la biografía es, por tanto, poner ante los ojos del lector esos ejemplos vivos de virtud para que prendan en su alma con la fuerza de la realidad misma. Por ello, en la redacción de sus Vidas, Plutarco adopta como método el del historiador; método que se refleja tanto en el procedimiento de composición como en el enjuiciamiento de su materiales en orden a reflejar una verdad histórica objetiva. Su forma de componer no es, en efecto, diferente de la de otros historiadores de la época. Condicionado por las limitaciones que impone la misma realidad física del rollo papiráceo, y al igual que ha demostrado la investigación sobre el modo de componer de Dión Casio y Dionisio de Halicarnaso, Plutarco sigue tres estadios en la elaboración de sus Vidas, explicitados por C. B. R. Pelling: lectura previa de las fuentes, elaboración de un hypómnema o borrador que se atiene, en general, a una sola fuente, y redacción definitiva en la que interviene principalmente su memoria. La ayuda prestada por esclavos y colaboradores no parece haber tenido gran influencia en el resultado final, donde siempre es visible la mano del biógrafo. En cuanto al método de enfrentarse a sus materiales, la preocupación por respetar la verdad es constante. Surge, incluso, en biografías como el Lúculo que, iniciadas con el entusiasmo del encomiasta, no le hacen caer, sin embargo, en los vicios de aquél. En su crítica a Heródoto, no exenta de maliciosa subjetividad, Plutarco expone las normas que debe seguir el buen historiador y que resumimos en los siguientes puntos:

  • Enjuiciamiento de los hechos y personajes históricos, de modo que no se caiga sistemáticamente en el elogio ni en la censura.
  • No se debe atribuir la responsabilidad de los sucesos políticos exclusivamente a la buena suerte o al dinero, ni quitar importancia a sus causas verdaderas no mencionando la virtud, esfuerzo e inteligencia de sus protagonistas; aspecto éste que nos autoriza a calificarlos como magníficos y sobresalientes.
  • Se reprueban los elogios incondicionales del historiador hacia un personaje, como hizo Éforo respecto a Filisto: “Tampoco Éforo está en sus cabales al elogiar a Filisto; y aunque era experto en encubrir injusticias y caracteres miserables con decorosas razones, y en componer ornamentados discursos, él, personalmente, pese a todos sus artificios, no logró sustraerse a la acusación de ser el hombre más afecto a la tiranía a la que siempre envidió más que a nada, y admiró el lujo, poder, dinero y amoríos de los tiranos”.
  • Son modelo del quehacer histórico Tucídides y Jenofonte, que ni extreman la censura ni el elogio. Hay que contar, en efecto, todo lo que se tenga por verdadero y, ante varias versiones dudosas, no inclinarse por la peor, sino por la de más garantía.

Esto, por lo que se refiere a los materiales históricos. En cuanto a los míticos y que escapan a la lógica, cuando llegan a sus manos como explicación de los acontecimientos y actitudes de los personajes, Plutarco adopta una postura (expresada, a nivel teórico, en la introducción del Teseo) que, sin traicionar su método historiográfico, respeta sus ideas religiosas y su veneración por las tradiciones: someterlos a un proceso de racionalización que, en lo posible, los haga compatibles con la historia. Estas normas tienen su aplicación práctica en las Vidas Paralelas. Pero si el método podría llevar a la falsa creencia de que la biografía plutarquiana encaja dentro del género historiográfico, el enfoque de tales materiales históricos asegura su independencia frente a aquél. Efectivamente, la gran diferencia con lo puramente historiográfico se manifiesta en la técnica biográfica y, en particular, en la selección de los materiales, que convierte las Vidas Paralelas en una completa y magistral tipología humana. Tipos que se muestran no desde un planteamiento puramente descriptivo, al estilo de los Caracteres de Teofrasto, sino a través de la evolución, en su proyección pública y privada, del individuo, en la más pura línea de la ética aristotélica y de las ideas exprgsadas en los Moralia. Pues bien, este enfoque se expresa así con palabras del propio Plutarco: “Al disponernos a escribir la vida del rey Alejandro y de Cesar, el vencedor de Pompeyo, por la gran cantidad de hechos que realizaron, haremos solamente esta aclaración previa: pedir a los lectores que, si no lo contamos todo o, en concreto. algún hecho más conocido, de forma exhaustiva, sino recortando la mayoria de las cosas, no nos lo echen en cara. Pues no escribimos historias, sino vidas, ni es, por regla general, en las empresas de mayor gloria donde se hallan testimonios de virtud o vicio, sino que a menudo una situación pasajera, una frase o una broma, reflejan mejor el carácter que batallas de muchos muertos o los más vistosos ejércitos y asedio de ciudades. Por eso, lo mismo que los pintores aspiran a captar la semejanza con el modelo en la cara y en las expresiones de los ojos, donde se manifiesta el carácter, sin preocuparse, en realidad. de las otras partes, así también se nos debe permitir a nosotros que penetremos, más bien, en las señales del alma y que, a través de estas, configuremos la vida de cada personaje, dejando para otros la grandiosidad de los combates”. Con estas palabras expone Plutarco las líneas maestras de su técnica biográfica en relación con el tratamiento de los materiales históricos. Frente a la historiografía, que coloca en primer plano los grandes acontecimientos de la vida de los pueblos, el biógrafo indaga la personalidad de sus héroe; a través de los pequeños detalles en que se manifiesta su carácter. Si en la práctica esto es así o no, creemos que se ha discutido no siempre con razón. Una obra literaria no es un acto de creación espontánea e incondicionada; y mucho menos si, como en nuestro caso, tiene una proyección ética (no puro placer estético) y trata sobre personalidades comprometidas en el quehacer histórico. Individualidad e intereses del autor, documentación y peso de la tradición historiográfica son factores que van configurando la plasmación concreta de ese programa. Y es en la interacción de esos factores donde radica la originalidad, la fuerza y el atractivo que ejercen estas biografías tan ricas en contrastes y tan diversas en matices como la vida misma de sus personajes: A partir de ellas se desprenden una serie de valores (virtudes y vicios) que dibujan a la perfección el pensamiento filosófico-moral de Plutarco, pero este cuadro normativo no impone, aunque pueda condicionarlo, el análisis concreto de cada personaje, sino que tal análisis depende también de la labor histórica de los individuos, y su conducta obliga a veces al autor a reconocer la limitación de sus propias convicciones la; por otra parte, tal caracterización, lograda a base de los elementos más individualizadores del material histórico, no anula, con ser el objetivo principal, el gusto erudito por las explicaciones etiológicas, la natural inclinación hacia cuestiones científicas o filosófico-religiosas o la simple y-mecánica descripción de grandes batallas que le impone la fresca memoria del relato histórico. Bucher-Isler, con un catálogo de las virtudes y vicios que Plutarco menciona expresamente en los pasajes descriptivos de las Vidas, demuestra, sobre todo, la preocupación del biógrafo por presentar su documentación histórica bajo esa perspectiva ética que confiesa en los pasajes programáticos. Y los procedimientos de composición, recientemente sistematizados por C. B. R. Pelling, ratifican esa interdependencia antes aludida entre individuo e historia, con prioridad para aquél en la biografía plutarquiana. La comparación del relato de Plutarco con fuentes historiográficas que tratan el mismo tema y que, en algún caso, presumiblemente, han servido de base al biógrafo, demuestra, de hecho, que en él se sitúa el héroe como protagonista principal de los hechos históricos, y como referente para casi todos los componentes narrativo y descriptivos de la creación literaria. A nivel lingüístico, ese protagonismo se revela ya en el dominio de la 3ª persona del singular en el relato biográfico, frente al plural o impersonal de la narración histórica. En cuanto al manejo de los datos, ocurre con frecuencia que se atribuyen al personaje hechos o actitudes que los historiadores no mencionan, por no ser pertinente al conjunto de los acontecimientos, o no concretan como realmente suyos. Otras veces, estos datos se omiten, por carecer de interés para la personalidad del protagonista, o incluso se utilizan incorrectamente para subrayar su intervención en los hechos. Pero, lógicamente, donde mejor se observa esta función individualizadora de la técnica biográfica, es en la caracterización personal del héroe que, de acuerdo con el programa de la Introducción del Alejandro, se efectúa a través de las palabras, los gestos y las anécdotas. Esta caracterización es acometida, unas veces, directa y, otras indirectamente. Directamente se describen las actitudes y reacciones del personaje ante los hechos y se señalan o enjuician los rasgosplutarque amiot 003 del carácter que el biógrafo descubre en ellas; esto nos permite conocer, a menudo, la opinión que Plutarco tiene de su héroe. Otras veces, son frases en boca del propio personaje las que, en forma de opiniones y consejos, revelan las cualidades de su alma; el biógrafo, entonces, apostilla el sentido ético de esas manifestaciones o deja inequívoca su interpretación al lector. Con frecuencia, tales expresiones van insertas o referidas dentro de contextos algo más amplios que insisten en el comportamiento del protagonista ante una determinada situación; o bien es tan sólo esa instantánea de su vida la que nos da la clave de su alma. Así la anécdota, con su estilo breve, puramente narrativo o, las más de las veces, comportando elementos mimético que la hacen más dramática y viva, fundiendo gestos, acciones y palabras, se convierte en recurso literario principal del estilo biográfico. Incluso los grandes acontecimientos, cuando contra los propios planteamientos teóricos del escritor entran en el hilo de la narración, se atomizan en pequeñas unidades que van configurando, como rápidas pinceladas de un pintor impresionista, la grandeza del general que asume así, casi con exclusividad, el papel responsable en esas gestas. Indirectamente, la caracterización se completa a través de los personajes históricos que van entrando en la esfera de acción del biografiado o son testigos de ella. Tienen gran interés, en este sentido, los juicios que emiten o la actitud que adoptan otras personas respecto al héroe. Con frecuencia figuras de probada calidad humana por su formación, edad o pertenencia a una determinada escuela filosófica ratifican, con su aprobación, las virtudes del personaje o ponen de relieve, con su critica los defectos de aquél. Si lo hacen caracteres negativos, arrastrados por una temeraria confianza en sus posibilidades, consecuencia de la juvenil inexperiencia, o por cálculos que se apoyan en la inconstante fortuna o en el arrebato de sus propias pasiones, la evolución fatal de los acontecimientos aprueba, generalmente, las virtudes del personaje principal y éstos quedan en ridículo o reconocen humildemente sus errores y rectifican, haciendo suyo el ejemplo que Plutarco trata de transmitir a su lectores. En esta línea, es de gran importancia la actitud del pueblo hacia sus gobernantes; actitud que es analizada siempre desde una perspectiva aristocrática, pero que, en todo caso, sirve al moralista para invocar esa metriopatía que mantiene al buen político distanciado prudentemente de la masa, pero cauto siempre ante la posible envidia popular que anula su autoridad y control sobre ella. En un plano estructuralmente más alejado, pero no menos eficaz como medio caracterizador, se presenta la descripción de personajes secundarios. Se trata, a veces, de pequeños retratos físicos o espirituales; otras, de cuadros más ricos en detalles que, por la convergencia en ellos de todos los recursos individualizadores de que venimos tratando, se convierten casi en esbozos biográficos. Pero siempre, sin embargo, son los rasgos del personaje principal los que, por contraste o analogía, justifican la presencia de estas descripciones dentro del relato biográfico. Al margen de estos procedimientos individualizadores, que diferencian el enfoque biográfico del historiográfico, encontramos, no obstante, otros materiales que, manifiesta o aparentemente, escapan a la esfera personal del protagonista. Tales elementos se justifican por el interés del filósofo en temas sugeridos por algún detalle de la vida del personaje (así, los excursos de carácter filosófico, moral o religioso); o bien se trata de anotaciones curiosas sobre costumbres y pueblos difícilmente eludibles para el erudito (por ejemplo, las explicaciones etiológicas, tan abundantes en las Vidas míticas). Pero, en no pocas ocasiones, constituyen el centro de atención en el hilo narrativo las descripciones de batalla con pormenorización de los movimientos tácticos de los.ejércitos, o con cifras sobre la magnitud de cada contingente o sobre los muertos, heridos y prisioneros. Se deleita, así, el historiador en los momentos más dramáticos de la contienda, haciendo sentir, con la aridez del paisaje o con la quietud del viento, esa tensión que precede al choque entre dos ejércitos formados frente a frente, o profundizando en la psicología de los soldados cuyo miedo se incrementa con la oscuridad de la noche, con el rugir del viento o con los prodigios que acentúan la soledad del hombre, que ve en ellos una prueba del abandono divino. Muchos de estos procedimientos y detalles ajenos al quehacer biográfico, tal como lo entiende Plutarco, son, pues, ecos de una tradición histórica que ha ido calando en él a través de sus lecturas y que se ha grabado fuertemente en su alma barroca, dotada, muy a pesar suyo, de cierta fina sensibilidad de poeta que trasciende el marco del detalle y la anécdota estimulándole, incluso, al planteamiento dramático, muchas veces, de sus temas […] La comparación de unos personajes con otros no es un recurso nuevo en la literatura griega. Plutarco fue precedido de una larga tradición que caracterizaba, por este procedimiento, a pueblos, individuos, actitudes y sistemas de gobierno. Pero, mientras, hasta el siglo IV a. C., tales comparaciones quedaban limitadas al terreno del mito o, como la tradición que adquiriría forma en el Agón de Homero y Hesíodo, servían de instrumento para la crítica literaria, será Isócrates el primero que aplique este recurso al campo de la historia con su comparación entre Evágoras y Ciro. Sistematizada, a partir de aquí, por los tratados de retórica, que la convierten en un elemento fijo de la técnica encomiástica, la historiografía helenística y romana la integrará también entre sus procedimientos literarios, sobre todo a partir de Posidonio y Polibio que amplían considerablemente sus posibilidades. De esta forma, a la época de Plutarco llegan ya una serie de parejas que facilitan a nuestro biógrafo el planteamiento general de su obra y, en algún caso, lo condicionan en la elección de sus personajes. Por otro lado, la confrontación más particular de personajes griegos y romanos, encuentra precedentes en Polibio y, aunque no suficientemente explotada, ése era el criterio básico de las Imagines maiorum de Varrón, desgraciadamente perdidas, y de Nepote. Pero, mientras, en Polibio, las circunstancias históricas y otras razones’ de oportunidad política condicionan la elección y enfoque de los personajes griegos a la exaltación de las virtudes romanas, la posición de Plutarco es diferente. Favorecido por el filohelenismo que se respira en Roma, sobre todo durante el reinado de Adriano, y gracias a su privilegiada situación dentro de la sociedad grecorromana de la época, Plutarco puede enjuiciar, en un plano de igualdad, la historia de ambos pueblos, sin traicionar la admiración por su patria romana ni la dignidad de su origen y convicciones como griego. Esta actitud, que convierte su tarea de biógrafo en un instrumento más para el buen entendimiento entre ambas culturas, es la que, junto con su vocación de maestro, define el carácter normativo de sus comparaciones. Carecen, por tanto, de fundamento las opiniones de los filólogos del XIX y principios de nuestro siglo que valoraban negativamente la forma y contenido de las synkríseis, tan admiradas, en cambio, en otras épocas. Y actualmente, a raíz de los excelentes trabajos de Focke y Erbse, el carácter de las comparaciones como elemento integral de las biografías de Plutarco ha quedado demostrado. Cierto que, a nivel de forma, es indiscutible el valor retórico de estas partes, demostrable con una sola ojeada a sus recursos técnicos y a los que, para la comparación, establecen los tratados de retórica: son frecuentes las preguntas retóricas, se sigue en general una estructura antitética y, no pocas veces, encontramos, al final, una recapitulación al estilo de los progymnásmata. Incluso debe entenderse, en esta línea, la sistematización por temas que, marcada con palabras-clave, evidencia una fuerte formalización. Pero, por su contenido, concepción y función dentro del conjunto de cada par de biografías, las comparaciones de las Vidas Paralelas se nos presentan como un indispensable complemento, coherente tanto con la técnica como con la intención moralizadora de 05_03_plutarchPlutarco. En efecto, mientras en la «introducción» se exponen someramente los puntos básicos de su programa, y abundan las explicaciones sobre los motivos que han determinado la elección de uno u otro personaje y sobre las semejanzas que justifican la confrontación entre ellos, la synkrísis no repite estos temas, sino que pone de relieve la enseñanza que de ambas vidas se desprende, en consonancia con el ideal humano y político del biógrafo. Sirven los juicios que aquí emite Plutarco (ventajas de un personaje con respecto al otro, trascendencia de su obra política y militar, y conducta como individuo -vida privada- y como miembro de la sociedad -razones de su vocación, móviles de su actuación político- militar, actitudes en el éxito y el fracaso, etc.-) para que el lector tenga fresco el recuerdo de las enseñanzas que, a través de los grandes ejemplos de la historia, Plutarco pretende. He aquí, pues, su función complementaria: mientras la realidad de las actuaciones históricas, seguidas al ritmo temporal de la vida en cada biografía, sólo permiten esporádicas reflexiones sobre la conducta de los personajes (que tanto el escritor como los lectores sienten como digresiones que rompen el hilo narrativo); mientras las pequeñas pinceladas descriptivas (que tanto enriquecen literariamente esta obra de Plutarco), pese a su validez como normativa ética general, no se pueden desvincular del fuerte colorido individualizante que el momento concreto les confiere, la estructura formalizada de las comparaciones, permite, en cambio, al moralista tipificar las virtudes y defectos de sus héroes. Pensamos, así, que la presencia de estas partes en las Vidas Paralelas queda más que justificada por la intención didáctica y moralizante de Plutarco; queda justificada por las exigencias de objetividad que el método historiográfico impone a la biografía; pues el biógrafo debe limitar siempre sus manifestaciones de simpatía o antipatía ante los personajes para no caer en el terreno del encomio. Y pensamos, en fin, que la valoración de las synkríseis no ha de guiarse por criterios de interés historiográfico, sino por su adecuación al método biográfico. Desde este punto de vista, su enfoque y contenido es perfectamente válido, ya que en ellas se enjuicia a los personajes por sus valores éticos y políticos, y se entienden los acontecimientos históricos no en base a sus verdaderas causas o efectos, sino a las implicaciones que, en su evolución, tienen la participación y responsabilidad de los individuos como auténticos artífices de ellos.

[Aurelio PÉREZ JIMÉNEZ. “Introducción” (selección), in PLUTARCO. Vidas paralelas I. Teseo-Rómulo. Licurgo-Numa. Madrid: Gredos, 1985, pp. 71-100]

Vidas paralelas biografiadas por Plutarco

  • Teseo – Rómulo
  • Licurgo – Numa Pompilio
  • Solón – Publícola
  • Temístocles – Camilo
  • Pericles – Fabio Máximo
  • Alcibíades – Coriolano
  • Timoleón – Emilio Paulo
  • Pelópidas – Marcelo
  • Arístides – Catón
  • Filopemen – Flaminino
  • Pirro – Cayo Mario
  • Lisandro – Sila
  • Cimón – Lúculo
  • Nicias – Craso
  • Alejandro – Julio César
  • Agesilao – Pompeyo
  • Eumenes – Sertorio
  • Foción – Catón el Joven
  • Agis y Cleómenes – Tiberio y Cayo Graco
  • Demóstenes – Cicerón
  • Demetrio – Antonio
  • Dión – Bruto
  • Artajerjes y Arato – Galba y Otón.
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