✍ Juegos peligrosos. Usos y abusos de la historia [2008]

por Teoría de la historia

_visd_00BBJPG00I28Este libro enseña a los historiadores y a los no historiadores que el pasado siempre interesa y, por tanto, no sólo hay que conocerlo sino que también debemos estar alertas contra las manipulaciones que de ese pasado se hacen constantemente en cada sociedad. Sobre todo ahora, cuando a través de los poderosos medios de comunicación la historia se ha convertido en materia de entretenimiento, sea en forma de novelas históricas (en su inmensa mayoría de nula fiabilidad histórica) o en las series televisivas que también se apoyan en personajes o momentos históricos. La gran divulgación no está en manos de los historiadores profesionales y mandan sobre todo los relatos escritos por quienes usan y abusan del pasado para rescatar personajes o hechos históricos fabricados a conveniencia del negocio audiovisual y también de las ideologías del presente. Por eso, la historiadora canadiense Margaret MacMillan da el subtítulo de “Usos y abusos de la historia” a su libro Juegos peligrosos, un título que directamente es una denuncia de las múltiples formas en que puede ser distorsionado el pasado desde el presente. No cabe duda de que la memoria es una necesidad política en toda sociedad. Es una construcción propia de la polis y, por tanto, ensamblada con los diferentes poderes que existen en cada sociedad. Por eso siempre hay varias memorias en cada sociedad: la institucional u oficial, la silenciada, la memoria sumisa, la memoria de otros poderes rivales o alternativos, etc. Lógicamente toda memoria tiene características que la diferencian de la historia. La memoria es selectiva, selecciona los hechos del pasado que se ajustan a su necesidad, omite, por tanto, lo que no se ajusta a su lógica de recuerdo, incluso inventa o exagera. En consecuencia, toda memoria es política, responde a unas necesidades de recuerdo de un grupo social, cultural, ideológico, religioso, etc. Existe la memoria con independencia del saber histórico, porque la historia como ciencia social en gran medida está reñida con la memoria. Cada memoria santifica un determinado pasado y lo fosiliza con liturgias de recuerdo y conmemoración. Por el contrario, la historia, al ser una ciencia social, tiene como tarea desmontar y desvelar mitos y mixtificaciones. En consecuencia, las memorias en plural no coinciden con la historia que se pretende en singular como única ciencia por antonomasia del pasado. Ahora bien, las memorias y la historia tienen en común el pasado como materia compartida y unos poderes sociales que se solapan en torno a las memorias y a la historia para usar y abusar de los diferentes pasados. Esto significa que las memorias, por un lado, y la historia como construcción científica comparten unos mismos usos sociales y de ahí que se produzcan ensamblajes y solapamientos entre memorias e historia. Esto es lo que analiza Margaret MacMillan en doscientas páginas de muy ágil lectura, fruto de sus reflexiones sobre el oficio de historiadora, sembradas de múltiples ejemplos que testimonian su argumentación de modo didáctico, lo que hacen de este libro un modelo a seguir por los historiadores para explicar cuestiones complejas con sencillez y claridad, sin pedantería de pretendidas abstracciones ni con barroquismos estilísticos que confunden en lugar de iluminar. La autora escribe el libro porque defiende que debemos usar la historia “para comprendernos a nosotros mismos, y debemos usarla para comprender a los demás”. La historia no trata “artefactos polvorientos” sino realidades que nos conciernen, bajo el pasado laten nuestras identidades de grupo, nuestras justificaciones del presente y por eso tenemos tendencia a usar y abusar del pasado para elegir el ejemplo que nos interesa, la perspectiva que nos justifica. La autora analiza en primer lugar “la locura por la historia”, el creciente interés por el pasado en el que los poderes públicos desempeñan un papel determinante y, por supuesto, los medios de comunicación. Las televisiones tienen canales dedicados en exclusiva a la historia, los gobiernos levantan monumentos al pasado pues no hay país que no se precie de conservar la memoria de sus héroes, se celebran fiestas y días para recordar hechos históricos, se promulgan leyes de conservación de los patrimonios históricos, y también hay múltiples iniciativas de fascinación por el pasado, como el programa African American Lives (Vidas afroamericanas), emitido en una televisión norteamericana que buscó el ADN de afroamericanos famosos con sorpresas como la del profesor de Florida que descubrió ser descendiente de Genghis Khan. Más aún, incluso en los momentos de revolución, siempre se han justificado los cambios más radicales con el argumento de rescatar modelos del pasado. Esto ocurrió en la revolución francesa, también cuando Stalin rescató el ejemplo de Iván el Terrible y Pedro el Grande como predecesores suyos o el comunismo chino cuando recupera a Confucio. Detrás de este uso constante del pasado, la autora piensa que se recurre a “la historia como consuelo”, porque “enfrentarse a la incertidumbre no es fácil” y por eso nos aferramos a explicaciones históricas. Para las religiones la historia es el cumplimiento de los designios divinos, para los filósofos la historia marca el rumbo de la sociedad, para culturas como la china la historia no es lineal sino cíclica. En todo caso, el pasado respalda los valores del presente y en un mundo secularizado como el actual incluso la historia adquiere mayor protagonismo pues trata de mostrarnos ejemplos de virtud, de bondad o de maldad y de vicio ya que las religiones no tienen la preponderancia de otras épocas y, en su lugar, los modelos del pasado sirven para establecer normas en el presente. También se usa la historia para tratar de corregir errores de nuestros antepasados, y ahí se destapa otro tipo de abusos de la historia, cuando se enreda en las disculpas sobre los errores de nuestros antepasados, una cadena de las que tenemos múltiples ejemplos en todos los países. Es un asunto conflictivo, sin duda, el que aborda la autora y que desarrolla en un capítulo cuyas páginas deberían ser doblemente obligatorias para los españoles cuando pensamos que los asuntos de la memoria y las exigencias de disculpas por el pasado sólo nos afectan a nosotros porque sólo nosotros hemos tenido una historia traumática, sobre todo con la guerra civil. No es así, no hay país que no tenga similares conflictos de memoria e idénticos debates sobre el control del pasado. La autora, desde la atalaya de ser profesora en Canadá, nos ofrece los múltiples ejemplos que hay en todo el planeta, y esto puede servir a un lector español para salir del ensimismamiento que produce el conflicto de la guerra civil. En este sentido plantea un capítulo cuyo enunciado es bien revelador: “¿A quién pertenece el pasado?”. Aquí la autora lanza una tesis bastante polémica, que los historiadores “no son científicos” y si no divulgan al gran público, otros lo harán por ellos. Es el aspecto más frágil de su libro, porque deja entrever que la historia es un saber sin anclajes científicos sólidos y, por tanto, el salto entre el historiador profesional y el divulgador de historia es muy elástico y fácil, sólo es cuestión de contar bien la historia. No son estas páginas el lugar para plantearle alternativas a la autora, bastaría con citar algunas obras, desde los clásicos de Marc Bloch – Apología de la Historia o el oficio de historiador- y de E. H. Carr -¿Qué es la historia?- hasta la más reciente de John Lewis Gaddis -El paisaje de la historia. Cómo los historiadores representan el pasado-, para refutar con argumentos bastante consensuados historiográficamente las características del conocimiento histórico tanto por los presupuestos epistemológicos y metodológicos que lo hacen científico, como por los límites que sin duda le atañen como a toda ciencia social. Por lo demás, la autora aborda cuestiones de un interés indudable como las relaciones entre historia e identidad, asunto tan vivo en el presente porque no hay sociedad en la que no haya reclamaciones de asuntos del pasado (de tierras, de heridas, de muertos, de fronteras…). Por eso, tal y como escribe Margaret MacMillan, “a todos, a poderosos o débiles por igual, la historia nos ayuda a definirnos y reivindicarnos”. Todos obtienen su identidad de la comunidad en la que han nacido o a la que han decidido pertenecer, sea una etnia, un género, una clase social, una religión, una orientación sexual, una familia, un equipo de fútbol, una ciudad, un pueblo…Nos vemos como individuos pero siempre como parte de un grupo más o menos extenso, o como parte incluso de varios grupos, se puede tener sentido de pertenencia a una nación, a una clase, a una religión y a un sexo simultáneamente. En todos los países existen mitos de identidad y en todos los países hay mitos alternativos. Las páginas que la autora dedica a los mitos de identidad en los Estados Unidos no sólo son amenas sino imprescindibles para aprender que también en una nación joven, no sólo en las viejas naciones europeas, la historia sirve de referencia constante para echar cimientos a las opciones ideológicas o sociales y culturales del presente. El repaso que ofrece de países como Australia, Canadá, Gran Bretaña, Italia, Alemania, Francia, Japón, Irlanda y la India es ilustrativo de estos usos identitarios del pasado. Obviamente, tras abordar las relaciones entre historia e identidades, no podía faltar el tratamiento de las relaciones entre nacionalismo e historia, porque la nación constituye, según definición ya canónica de Benedict Anderson, “una comunidad imaginada” y, por tanto, la construcción de toda nación se ha servido del combustible de la historia para crear el imaginario y la memoria colectiva anudada en torno a la sangre, la geografía, la lengua o la religión de cada nación. En definitiva, toda nación se basa en la solidaridad producida por el sentimiento de “los sacrificios que se han hecho y los que uno está dispuesto a hacer en el futuro”, según E. Renan, autor que estableció la definición más citada de que “la existencia de una nación es un plebiscito de cada día, igual que la existencia de un individuo es una perpetua afirmación de la vida”. Lo sabemos, las naciones no son eternas ni creaciones divinas sino creaciones históricas y, por eso mismo, los historiadores han desempeñado un papel decisivo en estudiarlas, explicarlas y justificarlas. Por otra parte, la historia no sólo consiste en recuerdos del pasado, también se puede tomar la decisión de olvidar y esto desencadena lo que la autora califica como “las guerras de la historia”. En todos los países, relata la autora y esto es necesario saberlo en España, se producen constantes debates sobre la historia que deben aprender los escolares: ¿Debe explicarse para formar ciudadanos demócratas? ¿Hay que darle prioridad a los oprimidos sobre cuyos hombros se construyó la riqueza en cada momento? ¿Historia desde arriba o historia desde abajo? ¿Mitos nacionales o desmitificación de héroes y hazañas? A esto se suma ahora el debate sobre el tipo de historia que deben incluso aprender los inmigrantes para integrarse en una sociedad. El debate desarrollado en los Estados Unidos es muy clarificador. La mecha se encendió en 1990 con el presidente Bush padre que propuso unos objetivos federales de educación para que los escolares fuesen buenos ciudadanos y la siguiente administración Clinton centró el debate no sólo en matemáticas y ciencias sino en historia de modo que fue el Consejo Nacional para los Estándares Históricos precisó las líneas básicas de la historia americana y mundial que debían enseñarse en todos los estados de la Unión. La propuesta, con contenidos multiculturales y de rescate de la población afroamericana, fue atacada directamente por la esposa del siguiente vicepresidente, la conservadora republicana Lynne Cheney, que deploró la imagen “sombría y negativa” del pasado americano. Al final, tras largos debates, en 1996 se aprobaron esas líneas básicas que debían enseñarse en todos los centros con un apartado referido a los debates y controversias existentes sobre los puntos9781440760990_p0_v2_s260x420 más conflictivos. Pero esto mismo ha ocurrido, por ejemplo, en la China comunista con un largo debate sobre cómo enseñar tan enorme pasado, con la etapa de Mao incluida pues no hay unanimidad en el propio seno del partido comunista. Putin se ha tomado un especial interés en supervisar personalmente los contenidos de los manuales de historia para escolares, preocupado por el fin “patriótico” de dichos textos y por eso ahora la figura de Stalin se ha recolocado como etapa “problemática” pero imprescindible para entender el presente. En Australia el campo de batalla se ha situado en los contenidos del nuevo Museo Nacional y el lugar que debía otorgarse a los exploradores blancos y a los aborígenes previamente instalados, si hubo o no genocidio y si había que hacerse preguntas sobre el pasado o más bien dar respuestas claras y precisas. En este contexto se inserta la ley española de 2007 que trató de reparar el olvido de los vencidos en la guerra civil de 1936-1939. En todos los casos queda evidente que la historia sirve de guía para el presente. La autora, a pesar de los casos de abusos en el uso del pasado, defiende que la historia es útil para entender a los demás y también a nosotros mismos y concluye que “el conocimiento del pasado nos ayuda a enfrentarnos a afirmaciones dogmáticas y a evitar generalizaciones”, nos sirve para “pensar con mayor claridad”. Nos suministra contextos y ejemplos, nos formula interrogantes, nos enseña a desentrañar un mundo complejo y nos advierte contra cualquier perspectiva simplificadora y unidimensional. Citando al hombre de letras británico John Carey, piensa que “una de las tareas más útiles de la historia es hacernos comprender lo ardua, honrada y dificultosamente que las generaciones pasadas persiguieron objetivos que ahora nos parecen erróneos o vergonzosos”. Además, añade Margaret MacMillan, aunque el estudio de la historia sólo consiga enseñarnos “humildad, escepticismo y conciencia de nosotros mismos”, ya habrá logrado un objetivo provechoso socialmente. Sin duda, la autora se mueve en compromisos éticos de búsqueda de verdad, aunque éstos no los desarrolle con un aparato teórico al que nos acostumbran a ofrecer los filósofos de la historia. No es pretenciosa, sólo nos ofrece en este libro las reflexiones fruto de su experiencia como investigadora y docente durante largos años. Si en sus investigaciones destaca su obra sobre el París de 1919, sobre el fin de la primera guerra mundial, sin duda su trayectoria docente en un país como el Canadá, trufado de poblaciones de distintas culturas y con querencias identitarias siempre vivas, constituye un excelente aval para darnos estas lecciones tan sugerentes sobre los usos y abusos de la historia.

[Juan Sisinio PÉREZ GARZÓN. “Margaret MacMillan, Juegos peligrosos. Usos y abusos de la historia, Barcelona, Ariel, 2010. 222 pp. Traducción de Ana Herrera Ferrer” (reseña), in Vínculos de Historia (Castilla-La Mancha), nº 1, 2012, pp. 286-289]

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