✍ América Latina en sus ideas [1986]

por Teoría de la historia

UnknownLa UNESCO presenta este volumen dedicado a la historia social y cultural de las ideas con el objeto de abordar el estudio de las expresiones más singulares de la cultura de América Latina, con el intento de superar una concepción fragmentada en pos de otra más estructural en la que sea posible la apreciación de los valores del Oriente y del Occidente. El principio que integra los distintos estudios es la creencia en un devenir común de América Latina. Por esta razón, los pensadores reunidos hacen profesión de unidad continental y ponen en evidencia, como expresa Leopoldo Zea, la “historia de las ideas que los latinoamericanos se han hecho de su historia”. Sin embargo, no son los orígenes de un pasado remoto lo que les ha interesado, sino la historia de “un presente vivo y por vivo, conflictivo, discutido y discutible”. Más allá de toda resignada quietud en los pensadores analizados, la conciencia de ruptura a la vez que de afirmación de lo propio los condujo a reflejar en la acción las movilizadoras ideas que sostenían en calidad de un pensamiento utópico y ucrónico. Ante las acciones encubridoras y sometedoras de las sucesivas conquistas padecidas por América Latina y que endeudaron su futuro, el eje axiológico que vertebra los trabajos es la idea de un mundo más justo y la reiterada aspiración a la libertad que expresa nuestra cultura. Los trabajos se organizan en tres grandes temas:

1. “América Latina en la historia de las ideas”, cuyos autores son Jaime Jaramillo Uribe, Arturo A. Roig, Francisco Miró Quesada, Abelardo Villegas y Samuel Silva Gotay.

2. “América Latina y el mundo” es el tema sobre el que discurren Arturo Ardao, Noel Salomón, Juan A. Oddone, Carlos Bosch García, Carlos Real de Azúa y Roberto Fernández Retamar.

3. “América Latina en su cultura, identidad y diversidad” congrega los escritos de Lourdes Arizpe, Rene Depestre, María Elena Rodríguez Ozán, Benjamín Carrión, Javier Ocampo López, Gregorio Weinberg, Rubén Bareiro Saguier, Miguel Rojas Mix y Carlos Magis.

Ocioso sería destacar la importancia de los tres temas elegidos y la receptividad que pueden suscitar en los lectores americanos vueltos insistentemente hacia el ser humano, sus ideas, su contorno, sus problemas sociales, el carácter de su cultura y su unidad y diversidad. Parece oportuno escoger el contenido de algunos trabajos representativos de los temas del volumen, aunque en verdad se justificaría la síntesis de todos sin exclusión. Arturo A. Roig en “Interrogaciones sobre el pensamiento filosófico” se dedica a recoger las cuestiones que han despertado un interés creciente en AL.: el problema del pensamiento filosófico, sus caracteres y desarrollo. 1. — Comienza por señalar que la unidad y diversidad que connota a la cultura latinoamericana y sus relaciones con factores económicos, antropológicos, lingüísticos y políticos, es extensiva, de igual modo, al pensamiento latinoamericano en su transcurrir. Sin embargo, “No se trata de postular formas ilusorias de unidad, sino de propender a la integración dialéctica de lo uno y lo diverso”. 2. — El mismo tema de la unidad, diversidad y extensión del pensamiento filosófico latinoamericano nos lleva a detenernos en las formas en que ese pensamiento se ha materializado y en el tipo de sujeto productor de esos discursos filosóficos. Diversas han sido las respuestas a este problema. Por un lado el academicismo lo ha reducido a una concepción de la filosofía como saber puro. Por otro, el historicismo se ha abocado a una interpretación de las ideas en relación con los contextos sociales. Debe añadirse que la sociología del saber y la teoría crítica de las ideologías han reforzado esta última tendencia. Dentro de estos lineamientos se ha desenvuelto la llamada «historia de las ideas» que incluye el pensamiento de las culturas autóctonas como también las ideas que aparecen en escritos políticos, económicos, literarios, sociológicos, etc. 3. — En relación con lo previamente señalado, Roig alude a lo que se ha denominado «nuestro ente histórico cultural». Las respuestas ofrecidas no siempre han tenido en cuenta la distinción entre el ser y el deber ser. Esa caracterización ha oscilado entre un pragmatismo y eticismo, por un lado, y un trascendentismo por el otro, según las raíces culturales reconocidas. Una variante ha sido la caracterización de nuestro hombre respecto del norteamericano y del europeo. La determinación de nuestro ente intelectual es problema que se ha vinculado con la cuestión de si existe o no una filosofía en América Latina y también qué se entiende por filosofía. La corriente historicista más que preguntar por la presunta naturaleza del pensador latinoamericano ha vinculado al filósofo con las respuestas sociales y políticas de una época dada. 4. — La historiografía filosófica latinoamericana y sus cuestiones metodológicas son otros de los interrogantes que han surgido. A los primeros intentos que arrancan ya desde mediados del siglo pasado, no son ajenos ciertos principios y categorías historiográficas emanadas del positivismo y aún vigentes en algunos aspectos. Esa misma historiografía filosófica muestra diferencias doctrinarias según su ubicación dentro de una postura latinoamericana o panamericanista; entre aquellos que adhieren a una tradición academicista frente a una tendencia de origen historicista. También es posible distinguir por su formación a los dedicados a la historia de las ideas que acusan una formación a partir de las ciencias sociales frente a aquellos que provienen del campo de la filosofía y de la historia. En la historiografía académica se señala el tradicionalismo versus el modernismo. Por su parte la producción latinoamericana de cuño historicista, en este rico panorama, es una de las corrientes más vigorosas por sus cultores. En la actualidad una línea de la historiografía hunde sus raíces en la etapa de reacción antipositivista. En opinión de Roig es posible constatar una profusa elaboración sobre filosofías nacionales, como las que correponden a Brasil, México, Uruguay y Argentina. Permanecen aún en el débito otras de carácter general. Se suma a esta labor aquella que desde el extranjero realizan grupos en Estados Unidos, Francia y Bélgica; en algunos casos con la colaboración de investigadores latinoamericanos. 5. — A la problemática de la necesidad de un filosofar americano como tal contribuyó la influencia de Ortega y Gasset, a través de las nociones de perspectivismo y circunstancialismo, que se hizo presente en todo el continente; en México con la labor de José Gaos y el movimiento editorial allí gestado a partir de la década del cuarenta y en la Argentina, de un modo manifiesto, a través de su teoría de las generaciones utilizada, aún hoy como método historiográfico. Ante aquellos que no hallaron un filosofar auténtico, el proceso historicista ha ido tomando conciencia de la “función social del pensamiento en todas sus expresiones”. En este sentido se ha trabajado para mostrar que las formas concretas de filosofar se han dado ante circunstancias que son siempre originales. Esta corriente tiene el mérito de haber comprendido que la filosofía es una función de la vida y por ende está en relación con otras actividades del sujeto tales como la política, la economía y la religión. Superada la etapa de exigencia de originalidad del pensar filosófico latinoamericano, se ha intentado rescatarlo como «una respuesta teorética» desde la cual se pretende asumir una praxis. La teoría de la dependencia ha jugado un papel decisivo que ha impregnado otros campos de la historiografía. Desde mediados de la década del setenta la exigencia de una ampliación temática y de una renovación metodológica propuesta por la historia de las ideas, entre los cuales se encuentra el propio Roig, se presenta como el aspecto más importante del historicismo. 6. — Por lo demás, la pregunta por el comienzo de la filosofía en Latinoamérica debe abrirse a la noción más amplia de «pensamiento» que abarca no sólo a la filosofía expresada conceptualmente sino a otros modos de representación de la vida. Ese inicio podría ser indagado a través de la experiencia de ruptura frente a otra cultura, la europea, como es el caso del pensamiento nahuatl. En verdad el problema del comienzo puede plantearse a partir de lo que Hegel llamó «la conciencia de sí y para sí» del hombre pensante latinoamericano en doble actitud, teorética y axiológica, fundamento de una praxis política. Desde este punto de vista los escritos alberdianos serían el primer momento de una filosofía americana. Estas consideraciones no impedirían, por ejemplo, reconocer en la última escolástica la exigencia de adecuar el pensamiento filosófico a nuestra realidad latinoamericana. No obstante, esta concepción instrumental de la filosofía no ha podido ser superada satisfactoriamente por el academicismo de épocas posteriores que han hecho coincidir el comienzo de la filosofía con su propia historia, ignorando la facticidad que le ha dado lugar. 7. — Un aspecto no menos importante de este espectro de interrogantes incluye el tema de la periodización de nuestro pensamiento que en un primer momento se constituyó sobre la idea de asincronía y ausencia de tradición a partir de la historiografía filosófica europea. El desconocimiento de las particularidades que el desarrollo de las ideas ofrece en América Latina torna perentorio el análisis de las categorías sobre las cuales se ha asentado la periodización, entre ellas las de «sincronía/asincronía»; «continuidad/discontinuidad»; «romanticismo/positivismo»;… Sin embargo, la teoría crítica de las ideologías han aportado nuevas herramientas metodológicas para corregir limitaciones impuestas por la periodización tradicional. 8. — El proceso histórico desde el siglo XIX hasta nuestros días se ha interpretado a partir de distintas oposiciones: civilización/ barbarie; interior/litoral; campo/ciudad; europeísmo/ americanismo. La actitud valorativa en la preferencia por algunos de los términos de esas oposiciones y de otras que podrían agregarse es indicadora de la pertenencia a distintos grupos sociales por parte de los historiadores. Vale acotar que esas preferencias han sufrido cambios a lo largo de la historia e incluso en la producción de un mismo autor. Arturo Roig agrega que un reciente aporte historicista ha propuesto en lugar del antagonismo europeísmo/americanismo, un diálogo abierto de las culturas manteniendo una posición crítica y autocrítica. 9. — Una cuestión no menos importante que menciona nuestro autor es la abierta en torno a la función de la filosofía en América Latina y las pautas de ese pensamiento. El eje sobre el cual se ha movido esta interrogación ha sido una valoración de la filosofía como función de la vida que a su vez ha dado lugar a una “teoría de los modos históricos del filosofar latinoamericano”. Por lo demás este mismo cuestiónamiento generó en los llamados filósofos fundadores la elaboración de un deber ser de la filosofía que ha sido ampliamente cuestionado. En el replanteo de la pregunta y sobrepasando el instrumentalismo, los nuevos tiempos han actualizado el valor ético, político y pedagógico de la filosofía. El saber teórico ha sido dimensionado en apoyo de una universalidad que posibilite el encuentro cultural por un filosofar abierto. Sobre el final de este apretado comentario cabe señalar la preferencia de nuestro autor por un pensamiento construido sobre categorías dinámicas que permiten al sujeto histórico semantizar en función de la liberación a la vez que ser responsable de su propia construcción. El trabajo de Roberto Fernández Retamar “América Latina y el trasfondo de Occidente” nos retrotrae en primer lugar a la expresión América Latina en la denominación bolivariana que abarcaba a las “repúblicas americanas… antes colonias españoles” y a la expresión de José Martí “Pueblo, y no pueblos, decimos de intento, por no parecemos que hay más que uno del Bravo a la Patagonia”. Con respecto a Occidente, modernamente el término apunta a un contenido cultural pero también hace referencia al modo de producción capitalista frente al cual América Latina entra a formar parte de la historia mundial. Las primeras visiones sobre el encuentro de estas dos partes del mundo han partido de un «cubrimiento» del hecho, tan repetido en la historia, del sojuzgamiento de una comunidad por otra. Y esto, siguiendo a Fernández Retamar, porque en el «descubrimiento » el hombre de estas tierras pasó a ser objeto y no sujeto de la historia en el mismo nivel del paisaje, la flora y la fauna. Desde la perspectiva de los que sobrevivieron al encuentro inicial aquel choque entre América Latina y Occidente fue una «hecatombe ». Páginas de Bernardino de Sahagún o los textos compilados por Miguel León Portilla en su libro Visión de los vencidos muestran el espanto y el horror de éstos, que además son llamados bárbaros. Esas primeras visiones fueron compartidas por los negros o lo que es lo mismo «el indígena importado» que se hizo necesario por la extinción del autóctono. Son pocos los testimonios escritos que quedan de éstos, tal como los del cubano Juan Francisco Manzano de comienzos del siglo XIX. Sobre la base de la pirámide social constituida por indios y negros se alzó un feudalismo con incipiente capitalismo que trataba de imponerse. Esta situación de inferioridad se revela en una conciencia de identidad propia de indios y negros pero que tarda en su manifestación clara con respecto a los descendientes de los conquistadores. El criollo, ese nacido de este lado del Atlántico, es el que prefiere se le llame americano en lugar de español. Es lento el proceso de conciencia que lleva a la concreta ruptura encarnada en las guerras de la independencia. Este singular hecho da lugar a la pregunta por el ser de América formulado frente a metrópolis que aparecían dentro de la leyenda negra. Desde este enfoque, desprenderse de ellas era también un paso a la modernización que daban esas naciones. La situación fue diferente frente a países dominantes como Francia, Inglaterra y Holanda. Desde nuestro autor, el proceso de dependencia con Occidente presenta tres momentos de inflexión: la revolución haitiana de fines del siglo XVIII y principios del XIX; la separación del resto de las colonias a partir de 1810 y la independencia de Cuba a fines del siglo XIX. Los dos primeros momentos corresponden a la lucha contra el colonialismo mientras que el último es la oposición frente al naciente imperialismo. También son diferentes los proyectos de esas rupturas. Las primeras fueron luchas para consolidar burguesías nacionales mientras que el último, siguiendo los lineamientos de José Martí, tendió a la segunda independencia. La revolución de Haití que muchas veces pasa desapercibida en tanto comienzo de la primera independencia, presenta como característica el ser revolución de esclavos y que su jefe, Toussaint L’Ouverture, proclamara la igualdad, el antiesclavismo y anticolonialismo. Las ideas de la revolución francesa fueron desconocidas en la praxis de Occidente frente a América. La repercusión de esta revolución en el Caribe fue neutralizada por la acción de los latifundistas al reforzar los nexos con las respectivas metrópolis. De allí el hecho de que las últimas colonias americanas hayan pertenecido a Inglaterra y Holanda. Con respecto a Haití se anota que, si bien fue la primera en la independencia fue también la primera en convertirse en neocolonia, aunque esta vez con respecto a Estados Unidos. La organización de las nuevas naciones estuvo precedida de la ruptura política y su proyecto de unificación fracasó dando lugar a la fragmentación propicia a la dominación de Occidente. El pensamiento de Bolívar de afianzamiento de lo propio, frente a lo europeo se continúa en Martí, e incluso en nuestros días se marca a la revolución cubana de 1959 como su culminación. Las burguesías nacionales que gestaron la independencia política tenían como meta sobrepasar a las metrópolis españolas o portuguesas para convertirse en occidentales de ultramar. Esta perspectiva tuvo fácil arraigo en el cono sur, es decir en regiones donde la presencia indígena era menos fuerte. Andrés Bello manifiesta este sentimiento de pertenencia a Occidente sin desconocer la influencia benéfica de España como agente de la misión civilizadora que camina de Oriente a Occidente. También en Sarmiento encontramos que «civilización» no sólo alude a la ideología de una «burguesía emprendedora» sino que significa lo occidental contrapuesto a las realidades americanas. No falta la corroboración de esta idea en Juan Bautista Alberdi en frases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina en la que se da un pensamiento diferente al que inspiró la obra de los libertadores. La introyección de ideología y racismo occidentales es vista como un modo de facilitar la tarea de apropiación continua de Occidente. Este enfoque tiene su contraparte en actitudes bien distintas como las de José Victorino Lastarria y Francisco Bilbao. El primero en su libro La América al referirse a las relaciones con Europa apunta que el único interés hacia América es el industrial, Bilbao en su América en peligro señala ‘”la grande hipocresía de cubrir todos los crímenes y atentados con la palabra civilización”, o también exclama “¡Qué bella civilización aquella que conduce en ferrocarril y la esclavitud y la vergüenza!”. El nuevo tiempo que reclamaba Bilbao, Fernández Retamar lo ubica en el presente de Cuba. La nueva colonización de América fue propiciada por pensadores cuyos méritos en otros aspectos no se ignoran. Las naciones hegemónicas en esta neocolonización han sido Inglaterra y Estados Unidos. El proceso que lleva a la segunda independencia de América se presenta a partir de la guerra bolivariana y la martiniana. Martí expresaba que al denunciar la nueva colonización estaba en contra de la América europea, la del norte. Su aspiración ya no tendía a la consolidación de una burguesía. Su voz es la de un “demócrata revolucionario extraordinariamente radical en favor de las clases populares”, que inaugura una nueva etapa en la historia y en el pensamiento de nuestra América. La actitud de Martín será compartida por el peruano Manuel González Prada y ambos se anticiparon a su tiempo. José Enrique Rodó a comienzos de nuestro siglo rechazó la intervención de Estados Unidos en Cuba oponiendo nuestra espiritualidad al pragmatismo del país del norte. Lo que se contrapone es, en realidad, lo Occidental europeo en tanto menos agresivo que el capitalismo norteamericano, criterio ciertamente no compartido por regiones del planeta como India, Indochina, Argelia, Egipto, Medio Oriente o el África negra. Este es un nuevo modo de plantear las relaciones con Occidente; en definitiva dice: “Europa sí, Estados Unidos no” frente al siglo XIX cuyo apotegma fue el inverso. En el proceso democrático del siglo XX la burguesía nacional no desprecia los caracteres específicos de sus pueblos. José Vasconcelos en La raza cósmica: misión de la raza iberoamericana (1925) responde al racismo decimonónico con su teoría de la fusión de razas que logra nuestra América como modo de diluir la lucha de clases en una unidad ontológica que la supera. Esta concepción sirve de base al pensamiento de Samuel Ramos, Octavio Paz y Alfonso Reyes y, de algún modo, al pensamiento del dominicano Pedro Henríquez Ureña. El considerar que no somos Occidentales fue elemento de la crítica que iniciara Ezequiel Martínez Estrada contra los argentinos que se consideraban representantes de la civilización. Pero los enérgicos sostenedores de nuestra diferencia han sido los descendientes de aborígenes y africanos, tales como los antillanos J. J. Thomas y Albert Marrishow, Marcus Garvey y continuados por Frantz Fanón. En el reconocimiento de indios y negros como elementos pertenecientes a América se manifiestan pensadores dentro de una línea posible de considerar como «posoccidentalista». Así Mariátegui, Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena son señalados como figuras heráldicas del marxismo. Esa perspectiva de posoccidentales también es propia de Leopoldo Zea y Augusto Salazar Bondy quienes abordan esta problemática de la relación y la ubicación de América con el resto del mundo en la busca de lo propiamente americano. Darcy Ribeiro hace su aporte como antropólogo desde un repaso de las “teorías del atraso y del progreso” en su libro Las Américas y la civilización (1969). En él señala la existencia de cuatro configuraciones histórico-culturales: “pueblos testimonio, pueblos nuevos, pueblos trasplantados y pueblos emergentes”. Nuestro autor reitera que la perspectiva posoccidental que sostiene el marxismo leninista, inspirador de la revolución cubana, permite ver los problemas de AL. no sólo en relación con Occidente sino con su vinculación mundial. Fidel Castro y Ernesto Guevara son hombres de acción y expositores del pensamiento revolucionario que propone la sociedad socialista mundial. La lucha contra el imperialismo es cada vez más el factor posible de unidad de América pero también una lucha en que se juega el futuro del mundo. A Occidente se debe, con sus conquistas y apropiaciones, la primera conciencia de mundialización. Quienes quisieron resistir al avallasamiento debieron apelar a su otredad. Retamar afirma también que con la revolución cubana América ha entrado en un universo nuevo donde Oriente y Occidente acabarán por ser antiguos puntos cardinales en la aventura planetaria del hombre total. Este ensayo de Roberto Fernández Retamar reúne los caracteres de la historia de las ideas. La temática abordada se desarrolla proponiendo las categorías de otredad, ruptura e historicidad, sin duda un modo de pensar desde las ciencias humanas e históricas. Actualmente es director del Centro de Estudios Martianos y de la revista Casa de las Américas y a la vez profesor de la Facultad de Filología de la Universidad de la Habana. Gregorio Weinberg, de conocida trayectoria en la Argentina, presenta un breve informe sobre el estado de la educación continental titulado “El universo de la educación como sistema de ideas en América Latina”. Sin pretender hacer un análisis exhaustivo, ha escogido los temas consciente de la necesidad de puntualizar concretamente aspectos centrales. Parte de la consideración de que en la actualidad la educación latinoamericana constituye un «sistema ampliado y modernizado», que en sus fundamentos y metas sigue respondiendo a los ideales decimonónicos. Ciertos factores históricos han sido condicionantes de un proceso que se cumplió, pese a ciertas diferencias, en toda Latinoamérica con fines ligados a un sistema eurocéntrico introductor de pautas y valoraciones mientras nos constituimos en una porción complementaria de dicho centro por el suministro de materias primas. Dentro de esa estructura, la concepción educativa confundió la educación primaria y la educación popular, al tiempo que estimuló el nivel medio como una etapa de paso hacia la universidad, una usina de la clase dirigente. Esa concepción educativa, de raíces «positivistas» y predominio «liberal» impidió la eliminación de ciertos males que se han prolongado en el tiempo. Baste nombrar el analfabetismo, la postergación de la educación técnica y vocacionai y la perduración de un modelo de desarrollo irónicamente anacrónico. El espiritualismo que le sucedió, influenciado por el pensamiento alemán, la pedagogía de G. Gentile, el raciovitalismo de Ortega y el vitalismo de Bergson, sumó aspectos negativos para una correcta comprensión de la cuestión educativa al sustraer los problemas del contexto histórico, situándolos en un plano intemporal, con la seria consecuencia de relegar nuevos sectores sociales de las decisiones sociopolíticas. Después de la Segunda Guerra Mundial, en América Latina cambia sustancialmente el panorama por la ampliación numérica del estudiantado en todos los niveles. Sin embargo, no se producen modificaciones estructurales que varíen el modelo social, productivo y educativo vigente, con lo cual la «modernización» permitió la perduración de los poderes aún dominantes. En años posteriores, y por efecto de organismos internacionales, pareció que la planificación y organización a partir de análisis de indicadores y estudios de tendencias, servirían para el mejoramiento general del sistema socioeconómico en general y el sistema educativo en particular. No obstante, los efectos no respondieron a las intensas expectativas creadas. “Tanto el «populismo » —dice Weinberg—, como el «desarrollismo» se mostraron incapaces de formular en teoría y mucho menos de llevar a la práctica modelos de desarrollo alternativo” que finalmente quedó en manos de grupos tradicionales que ya históricamente habían controlado el sistema. Cabe agregar a este panorama, la impermeabilidad y resistencia al cambio que en muchos casos las organizaciones educativas han mostrado ante una posible evolución de la estructura. Para el autor la actual coyuntura educativa americana se caracteriza por los siguientes rasgos: 1. Una intensa “explosión demográfica con la consiguiente explosión educativa” que no ha podido responder adecuadamente a las nuevas demandas. 2. Una crisis de las estructuras del sistema educativo. 3. Una pérdida de la hegemonía para transmitir informaciones y conocimientos que el sistema poseía. 4. La presencia de los medios de comunicación convertidos en parasistemas que compiten con el sistema educativo. Un hecho que en sí mismo no sería perjudicial si contribuyera eficazmente con la educación en una acción complementaria. 5. Una carencia de modelos nacionales o regionales de desarrollo que otorguen sentido a las políticas educativas y culturales. Diversas razones permiten desechar soluciones educativas que no tengan en cuenta la especificidad de los problemas que surgen: — La urbanización latinoamericana responde a causas distintas a las de los países industrializados. — El esfuerzo por universalizar la enseñanza básica como factor esencial de la unidad nacional no ha sido constante (Informe de la CEPAL). Este hecho ha generado una situación singular, por cuanto las tasas de analfabetismo han perdurado, mientras que la inscripción en los niveles medio y superior se ha incrementado en proporciones aún mayores a las de los países desarrollados. — La escolaridad incompleta, especialmente en zonas rurales, ha acentuado el deterioro de los sectores populares. — En los países no desarrollados la mayor desproporción entre individuos económicamente activos por educando resulta en un mayor esfuerzo social que en los países desarrollados. — La ecuación entre recursos naturales, capital y educación es diversa entre los países latinoamericanos y los más desarrollados, situación que torna desaconsejable a la incorporación de modelos foráneos. — La falta de vínculos entre el sistema educativo y el sistema productivo arenera desfasajes en la disponibilidad de recursos humanos, a veces mal logrados por un inadecuado parasistema educativo. No queda fuera del análisis efectuado por el autor la educación terciaria y universitaria en América Latina. Este nivel del sistema por distintas razones no puede cumplimentar los tres objetivos básicos de docencia, investigación y extensión universitaria. Situación a la que debe agregarse la azorosa vida política del continente que afecta aspectos como la autonomía universitaria, la participación estudiantil y el papel del estado. Varias han sido las respuestas que las cuestiones universitarias han despertado. Algunas, francamente al servicio del orden constituido, han sido refractarias a los procesos de cambio social y, naturalmente, a la participación estudiantil («Respuesta tradicional »). Otras, en pos de la modernización, especialmente en términos económicos y sociales, se han caracterizado por una tendencia tecnocrática con riesgo de volver las espaldas a las situaciones históricas concretas («Respuesta cientificista o desarrollista»). No han faltado actitudes correctoras de las distintas distorsiones del sistema universitario en dos variantes que Weinberg llama «populista» y «reformista» respectivamente. Aquello que el autor denomina «respuesta revolucionaria» se ha asentado sobre bases teóricas que permitirían superar la ancestral alternativa entre saber teórico y saber práctico. La politización de la vida universitaria ha actuado en este tipo de respuesta como un factor movilizador que por sobre la participación estudiantil ha tendido al logro de la participación de la sociedad en su conjunto. Finalmente están los que de un modo «ultrista» asignan a la Universidad el papel de motor e impulso de todos los cambios que la sociedad debe experimentar. Suelen caer en la creencia de que la institución mueve la historia y los estudiantes son sus «portavoces» de vanguardia. Naturalmente, sus proyectos han carecido de una real inserción en el contexto social. El análisis de nuestro autor deja por corolario que ante el problema educativo América Latina tiene ante sí el desafío de dar una respuesta original y audaz. Una opinión que compartimos. Ya sobre el final de estas líneas, resulta insoslayable la necesidad de indicar la importancia de la obra por la riqueza de ideas, sugerencia de aspectos no siempre advertibles, profusión de nombres y mención de líneas directrices que conforman el rico mosaico de la cultura latinoamericana. Creemos, en suma, que recoge la erudición y el enriquecimiento problemático y resolutivo de los autores. Los dicienueve artículos que se ajustan a los conceptos básicos de «historia de las ideas», mundo y cultura constituyen una esclarecedora aproximación al pensamiento de América Latina.

[Clara Alicia JALIF DE BERTRANOU y Rosa LICATA. “Leopoldo Zea, América Latina en sus ideas. Coordinación e introducción por Leopoldo Zea. México, UNESCO – Siglo XXI, 1986, 499 p.” (reseña), in Cuyo. Anuario de Filosofía Argentina y Americana (Mendoza), vol. V, 1988, pp. 225-238]