✍ Tendencias historiográficas actuales. Escribir historia hoy [2004]

por Teoría de la historia

tendencias-historiograficas-actuales-escribir-historia-hoy-9788446019725«Escribir historia hoy», como reza el título del nuevo libro que sobre historiografía publica Elena Hernández Sandoica (debe recordarse su anterior contribución, Los caminos de la historia, Madrid, Síntesis, 1995) es un reto complejo, probablemente más de lo que lo era en los años 1970, en que el paradigma estructural y cuantitativista propugnado por la escuela de Annales era indiscutido. Y es que hoy, la historia, en contacto permanente con otras ciencias sociales aunque ya no aspirando a coronarlas o a liderarlas, pasa por momentos de gran ebullición y —porque no decirlo también—, de gran incertidumbre, derivada en buena medida de influjos teóricos muy poderosos en que la subjetividad, el afán deconstructor que preside, por ejemplo, los Cultural Studies o la historia de género, tan en relación con ellos, la boga de los enfoques micro, que polarizan la atención sobre lo individual, lo marginal, lo biográfico, el deslizamiento de lo cuantitativo a lo cualitativo, de lo económico- social a lo cultural, de lo mensurable a lo interpretable, hacen que el oficio de historiador se encuentre desde hace algún tiempo sujeto a grandes desafíos teóricos y metodológicos y corra el riesgo además de una cierta fragmentación, lo que ayuda en parte a entender ese retorno al historicismo que la autora percibe como uno de los rasgos del estado actual del conocimiento histórico. Justifica también que la exposición de E. Hernández Sandoica, rehuya cualquier adhesión o devoción a alguna escuela o tendencia concreta, y que esté traspasada por un medido relativismo, que proviene del hecho de que la historia es hoy «un saber de orientación teórica plural y de naturaleza epistemológica combinada e inestable, compleja y por lo tanto, complicada». Lo que es claro es que hoy (hace años, en realidad), y no solo en la historia, sino también en otras ciencias sociales, no es tiempo ya de certezas inquebrantables ni de métodos seguros e infalibles. Y ese, sin duda, es un dato positivo, aunque deje desprotegido al historiador y le obligue a una revisión y a una interrogación permanentes sobre su quehacer o el modo en que su subjetividad o su pertenencia a un género inciden sobre su producción intelectual. Pues bien, asumiendo esa compleja y lábil situación de la disciplina, y pretendiendo dar cuenta cumplida de ella, la autora se propone orientar al lector, presumiblemente un historiador, aunque el libro puede ser de gran utilidad para los practicantes de otras ciencias sociales, por los usos de la historia (hoy se pone en cuestión su tradicional uso público, político); a través también, en el segundo capítulo, por las grandes transformaciones que ha experimentado la disciplina a lo largo del siglo XX, en relación con los contactos y desencuentros con otras ciencias sociales, que, a su vez, han experimentado una innegable historización. Una relación rica y conflictiva, que es expuesta, tanto desde el campo histórico, como desde el de esas otras ciencias cuya afinidad o, por el contrario extrañeza con la historia, de orden epistemológico, aborda la autora con una innegable solvencia. Ello se ha reflejado en la toma en préstamo de conceptos y, sobre todo, de métodos con los que abordar novedosos campos de estudio diferenciados o alternativos a la clásica historia política que propugnaba el historicismo positivista o la historia de las ideas del idealismo diltheyano, si bien E. Hernández Sandoica percibe (se alinea ella misma, incluso, con esa tendencia), el alza de un historicismo renovado (New Historicism), que no renuncia a la pluralidad de caminos ensayados por la historia precedente, si bien se halla cercano mayormente a la antropología no objetivista y a la hermenéutica, y prima la comprensión sobre la explicación, lo particular sobre lo general, lo micro sobre lo macro. Un conjunto de transformaciones que en buena medida informan la Historia de la historiografía o la Historia de la historia en el siglo XX. La profesora Hernández Sandoica discurre también, entrando ya en el tercer capítulo, por los campos de especialización o historias sectoriales que, de forma sucesiva o complementaria se han disputado la centralidad del quehacer historiográfico o, incluso, la ocupación de todo este vasto territorio intelectual a partir, sobre todo de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. La exploración de estos nuevos territorios, particularmente, de la historia social ha comportado la toma en préstamo de conceptos y, sobre todo, métodos de otras disciplinas cercanas a la historia, como la sociología, o la economía, pero también la antropología y la psicología social, así como el recurso a una fundamentación filosófica (el estructuralismo, el marxismo) que contribuyó a reforzar las pretensiones de cientificidad de esta manera de entender la historia social y a una clara preferencia por lo general y lo cuantitativo. Es indiscutible en este contexto el protagonismo de la escuela de Annales, sobre todo desde que tomó el mando Fernand Braudel, pero también su oportunidad histórica y su enorme fecundidad, desde el punto de vista, por ejemplo, de la enorme ampliación de las fuentes y de los objetos de investigación o de la aparición de subespecialidades (muy destacadamente, la demografía histórica), respecto de la historiografía tradicional. Es cierto que ese enfoque predominantemente francés no agotaba las maneras de enfocar la historia social, y a ese respecto, debería mencionarse, entre otras, la vertiente desarrollada en Inglaterra, inspirada por un marxismo muy poco dogmático y que al primar conceptos como la experiencia, la identidad, se ha mostrado mucho más ágil para enlazar con el giro sociocultural que comenzó en los años setenta; y habría que señalar asimismo, el interés de la Sozialgeschichte, vinculada a la universidad de Bielefeld. Además, la cliometría, que constituye quizá la más clara seña de identidad de la escuela annalista no llegaría, a pesar de sus pretensiones globalizantes, de su aspiración a una historia total, a abarcar toda la complejidad y la variedad de la realidad social. Todo ello, sumado a las crecientes dudas sobre la pertinencia de mantener este proyecto de cientifización general del conocimiento histórico y a la creciente influencia de nuevos paradigmas, especialmente antropológicos explicarían no la desaparición, pero sí el panorama fragmentado y contradictorio de la historia social en la actualidad. La historia económica, la de las mentalidades, la sociología histórica, el estrecho vínculo de ciertas corrientes historiográficas con el Marxismo, las relaciones con la antropología, constituyen otros tantos recorridos disciplinares que la autora aborda también en esta segunda parte de la obra. Se trata de una serie de desarrollos que en buena parte han tenido bastante que ver con esa historia social ya evocada, precisamente por su vocación totalizante y su predilección por lo serial y cuantitativo. Sería el caso de la historia económica, si bien desde los años 1970 y, en especial, en los países anglosajones, tendió a constituirse en una disciplina segregada del resto de las ciencias sociales y, por supuesto, de la historia generalista: se trataría de la New Economic History, caracterizada por su énfasis en la teoría y en el refinamiento de las técnicas utilizadas. El Marxismo, por su parte, tan influyente en la historiografía (como ha ocurrido con la española en las décadas de 1970 y 1980), es otro de esos desarrollos que si bien ha contribuido a reforzar las posiciones antihistoricistas de corrientes como la de Annales, o de la Sozialgeschichte, y a privilegiar el análisis de lo social, suscitando problemáticas específicas como la de las revoluciones o las transiciones entre modos de producción, se ha mostrado lo suficientemente flexible como para admitir corrientes como el Neomarxismo británico (y, también, la historia desde abajo, from below), con sus diferentes corrientes, ya sea estructuralista o, sociocultural, que han preparado algunas de las transformaciones de la historia de los últimos treinta años. Se ocupa, asimismo, de la sociología histórica, que ha promovido sobre todo el comparatismo, que ha mostrado su preferencia por temáticas como el conflicto, la protesta, las revoluciones sociales (en definitiva, por variadas formas de acción colectiva). la modernización y la democratización, y cuyo surgimiento denota, según la autora, la historización del análisis social. Es interesante el recorrido que propone sobre la historia de las mentalidades que, de ser un apartado —es verdad que con pretensiones hegemónicas, en la idea de Marc Bloch y Lucien Febvre, algunos de cuyos libros más penetrantes y vigentes se inscriben en esa línea— dentro de la historia total de la escuela francesa, suscribiendo su mismo sentido estructural (consistiría en la historia de las resistencias mentales, «de las prisiones de larga duración») e idéntico basamento sociocientífico, ha terminado aparentemente erosionando dicho basamento, si bien E. Hernández Sandoica no cree, y se detiene especialmente en el ejemplo de Roger Chartier, que tal cosa se haya producido en realidad, aunque ello no supone negar un cambio en las influencias teóricas que pesan sobre esta especialidad y un desplazamiento significativo en algunos de sus conceptos básicos (el paso, por ejemplo, de las estructuras a las redes o de las normas colectivas a las estrategias individuales). No puede negarse, empero, la riqueza de las aportaciones de la historia de las mentalidades al conocimiento histórico. Finalmente, el último de los recorridos propuestos es el que dedica a la relación entre historia y antropología, sin lugar a dudas, la ciencia social más influyente en estos momentos sobre la primera (no hay más que tener en cuenta la importancia que se otorga a lo simbólico en el discurso historiográfico reciente), y que ha proporcionado en buena medida la sustentación teórica del llamado giro cultural, tópico repetido en los manuales vigentes de historiografía, por lo que quizá la autora, inteligentemente, ha optado por no dedicarle un apartado específico (no obstante, anuncia una monografía sobre el tema, de próxima aparición). Destaca, entre otros aspectos, que la antropología se ha ido transformando en «una empresa de crítica cultural y de lectura intertextual extraordinariamente sofisticada, fértil en su tarea de construcción y deconstrucción de textos e imágenes», si bien en su evolución posmoderna, se correría el riesgo de confundir el mundo real con el mundo textual, un riesgo que debería tener en cuenta la historia cultural. La autora, que lleva a cabo una selección de aquellos tópicos historiográficos que pueden ser de más interés para los historiadores españoles dedica los dos últimos capítulos a examinar, en primer lugar, las vicisitudes de ciertas formas particularizadas de historiografía, como la historia oral, de la que destaca su carácter fuertemente innovador, su sentido democrático, o el hecho de que ha obligado a reconsiderar a fondo las relaciones entre el sujeto y el objeto de la historiografía así como el papel del propio historiador; atiende, asimismo, a la distinción entre historia de las ideas o historia intelectual, muy entroncada con el historicismo y muy del gusto de la historiografía anglosajona (y, antes, de la alemana), e historia cultural, quizás el campo donde, al contacto con la antropología, se están registrando propuestas más interesantes y más ambiciosas ya que en cierta manera esta renovada historia cultural busca ocupar el espacio de la historia social. Ambas remiten a un mismo objeto, la cultura, si bien entendida de modos sustancialmente distintos, el modo ilustrado en que, tomando como hilo conductor la noción de progreso, la cultura comprendería las aportaciones más elevadas del pensamiento humano, especialmente del occidental, y el modo diríamos, antropológico, contrario a todo etnocentrismo y que sin desdeñar los objetos de estudio de la historia intelectual, como ocurre en EE. UU, atiende sobre todo a las formas simbólicas por medio de las cuales distintos colectivos elaboran su identidad y dan sentido a sus acciones y orientan sus prácticas culturales. Ello lleva a prestar una especial atención al lenguaje (el análisis textual es un instrumento capital en esta corriente historiográfica), a las imágenes, a los rituales. La biografía, como observa la autora, vive en los últimos tiempos una etapa de éxito y popularidad, que se relaciona muy directamente con el retorno de la narrativa y del sujeto individual o con el auge de lo concreto y particular, pero también con el interés teórico por la experiencia y con la expansión de las teorías de la acción. Es verdad que el género, de centrarse en personajes de excepción (a lo Carlyle), o en las vidas ejemplares, portadoras de enseñanzas morales, se ha democratizado y se ha acercado al presente. Se trata de un género que reviste formas muy diversas y donde cabe encontrar junto a enfoques muy tradicionales, otros que hallan su sentido en algunas de las corrientes más novedosas en el campo historiográfico, como la historia oral, de género, microhistoria, etc. Este recorrido lo completa E. Hernández con unas consideraciones en torno a la historia y la política, ya que, también dentro del cuadro de novedades / retornos que forma parte del paisaje historiográfico reciente, un rasgo muy llamativo lo constituye la vuelta de lo político, de la historia política, que en sus formas convencionales había sido devaluada como un saber no científico. Estos modos convencionales han perdurado, como se percibe en la historia de las relaciones internacionales pero no obstante, la nueva historia política, muy influenciada sobre todo por autores franceses ha renovado considerablemente el arsenal teórico y metodológico de la disciplina, concediendo una atención preferente a temas como la cultura política, los nacionalismos, la memoria histórica (en relación, en buena medida con el énfasis puesto en la historia del presente y con los métodos de la historia oral) y ha tendido a reclamar la autonomía del hecho político. La última parte del libro, sobre la que pasaremos más rápidamente, la dedica a examinar el estado de cinco tendencias recientes en la historiografía, escogidas por su actualidad e interés desde la perspectiva española. Presta así, una considerable atención a la historia de las mujeres y de las relaciones de género, de la que ofrece una visión muy completa y que no rehuye compromisos; la historia ecológica o ambiental, muy influyente en la historia agraria o de los movimientos campesinos; la microhistoria y la historia local, donde se están produciendo algunos de los planteamientos historiográficos más renovadores; y, por último, la historia de la vida cotidiana, muy ligada al concepto de experiencia y donde se destaca sobre todo el interés, no exento de polémica, de la Alltagsgeschichte; y la historia del presente, muy relacionada con la anterior y en la que el concepto de memoria, constituye un supuesto central. Un extenso apéndice bibliográfico sobre historiografía española completa este denso y sugestivo libro, que sin duda requiere una lectura aplicada pero que vale la pena por cuanto supone una aportación realmente notable, desde una perspectiva española, al campo de la historia de la historiografía.

[Rafael SERRANO GARCÍA. “Tendencias actuales”, in Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia (Madrid), vol. LVII, nº 2, 2005, pp. 281-285]