✍ Los años setenta de la gente común. La naturalización de la violencia [2013]

por Teoría de la historia

carassai_los_anios_setenta_de_la_gente_comun“Nuestra clase media es un gag. Por eso nos reímos de ella […] Si no hay complacencia para nosotros mismos, tampoco puede haber piedad para la clase media argentina, para nuestra clase”, escribió David Viñas en 1972, en el prólogo a una obra de teatro crítica de la familia de clase media argentina. La sentencia de Viñas no era una frase escrita al pasar. Condensaba un juicio peyorativo sobre la clase media que, comenzado a mediados de los años cincuenta, mantenía todo su vigor tres lustros más tarde entre intelectuales, artistas, el periodismo progresista y la juventud comprometida políticamente. Durante la primera mitad de la década de los setenta, un amplio sector de la intelligentsia argentina, especialmente en su metrópoli, dedicó páginas en los periódicos y en las revistas, obras de teatro y producciones cinematográficas a cuestionar a la clase media. El mismo año en que Viñas escribió la frase citada, el periodista Tomás Eloy Martínez publicó en el diario La Opinión una serie de artículos titulada “La ideología de la clase media”. Llegada al país desde Europa a finales del siglo XIX con ánimo de regresar más que de quedarse, en un primer momento la clase media argentina –según Martínez– no encontró problemas en someterse a los gobernantes, e incluso permanecer indiferente ante el fraude electoral. Décadas después, obsesionada por el consumo y sin otro horizonte que el de conseguir el automóvil y la casa que envidiarían sus vecinos, conquistó las características que la definían entonces: resistencia al cambio, temor a perder la comodidad, desconfianza ante cualquier comunitarismo, disposición a aceptar los líderes que le imponían, adscripción a los valores difundidos por los grandes diarios, renuencia a discutir la historia, represión sexual y culto a la apariencia. En su desesperación por ser aceptada, la clase media –también según Martínez– adhería a los intereses de las clases dominantes, imitaba sus costumbres y plagiaba su indumentaria y sus comidas. En resumen, la clase media argentina era, para esta visión, una criatura sin ideología. Por esta misma cualidad, sin embargo, en el contexto de los agitados primeros años setenta la clase media constituyó un botín que disputar. Porque si, a diferencia de lo que sucedía con la clase obrera, a la clase media se la criticaba sin contemplaciones, en contraste con el tratamiento que recibían las elites económicas o militares, no se la juzgaba irrecuperable. Los dardos que se lanzaban contra ella a menudo asumían la forma de medicinas para un enfermo. Si a pesar de ser un gag era un deber criticarla impiadosamente, como escribió Viñas, no era porque fuera un sector social del que ya nada podía esperarse. La denuncia acerca de sus vicios solía ir acompañada por una apuesta, tácita o explícita, a su transformación. En el cine y en el teatro hubo claras expresiones de esa apuesta. En Las venganzas de Beto Sánchez (1973) –película dirigida por Héctor Olivera, con libro de Ricardo Talesnik– un joven de clase media decide vengarse, revólver en mano, de una serie de personas a las que considera responsables de su propio fracaso: la maestra que lo educó convencionalmente, el sacerdote que le inculcó tabúes, la novia que reprimió sus instintos sexuales, el militar que lo humilló en la conscripción, el jefe de su oficina que lo condenó a la rutina y el amigo que le enseñó a codiciar estatus. A la vez que mostraba el callejón sin salida al que conducía esa reacción individual, el film buscaba sublevar al espectador. “Beto Sánchez se esfuerza por individualizar al culpable”, escribió un crítico de la película, “hasta que comprende que el verdadero responsable no es una persona, ni varias, sino ese mecanismo inaprehensible que se denomina Sistema”. Las frustraciones de la clase media no debían empujar a sus miembros a rebeliones individualistas, sino al cuestionamiento del orden establecido. Tal vez no haya ejemplo más claro de esta misión pedagógica que la obra teatral titulada Historia tendenciosa de la clase media argentina, de los extraños sucesos en que se vieron envueltos algunos hombres públicos, su completa dilucidación y otras escandalosas revelaciones, de Ricardo Monti. Escrita en 1970 y estrenada al año siguiente, Historia tendenciosa… parodiaba el comportamiento de la clase media argentina desde Marcelo T. de Alvear, en la década del veinte, hasta los albores de la década del setenta. La crítica combinaba castigo y apuesta al cambio. Aunque la clase media resultaba culpable (cobarde, complaciente, mezquina y racista), la obra apelaba a su conciencia: la enfrentaba con aquello que, según se asumía, constituían sus miserias. Aspiraba, además, a cambiar su actitud, incitándola a dejar de inclinar la balanza de la historia en beneficio del imperialismo y la oligarquía, ambos alegorizados en la obra. Al terminar la trama propiamente dicha, los actores se negaban a abandonar el escenario, se resistían a que todo concluyera igual que siempre, y se preguntaban si no habría alguna otra respuesta que no fuera reiterar su histórico comportamiento servil. Entretanto, detrás de ellos se producía el nacimiento de un nuevo ser, la Criatura, “un joven bello y blanco, hermoseado por una luz pura”–según escribió un crítico–, que se levantaba lentamente, metralleta en mano. La Criatura era “la alegoría de lo posible, la posible respuesta”, la vía armada como solución. Este llamado –que aspiraba simultáneamente a cuestionar e interpelar a la clase media, a criticarla y enseñarle por dónde pasaba la historia– vale como apropiada introducción para el presente libro, cuyo tema es el enorme público que desestimó o ignoró esa apelación. Estudio aquí a las clases medias no involucradas de manera directa en la lucha política de los años setenta, y elijo hacer foco principalmente sobre dos cuestiones clave para comprender esta época: la política y la violencia. En toda historia, aun en las grandes epopeyas o revoluciones, puede distinguirse a los actores según su nivel de protagonismo. Por lo general, cuando se estudió el período de la historia argentina abarcado en este libro (1969-1982) se prestó atención al comportamiento de sus protagonistas: las autoridades militares o civiles, los dirigentes sindicales, partidarios o eclesiales, los sectores movilizados del movimiento obrero, la juventud politizada, los grupos armados de izquierda, y las fuerzas armadas y de seguridad. Estos actores ocuparon el centro de la escena política e “hicieron historia”, como suele decirse. Sin embargo, una infinidad de pequeñas gestas anónimas se desarrollaron en un segundo plano, menos protagónico pero que sin embargo influyó y al mismo tiempo sufrió la influencia del rumbo que tomaron los acontecimientos.

Los años setenta de la gente común

Este libro toma como punto de partida dos distinciones analíticas que determinan sus alcances. En primer lugar, no considera a toda la sociedad sino solamente a sus sectores medios. En segundo lugar, divide en dos segmentos el heterogéneo universo que estos sectores conformaban en la década de 1970. Por un lado, el de la militancia, integrado por jóvenes universitarios y por elites intelectuales y culturales, caracterizado por un fuerte compromiso político y una participación directa en las luchas sociales que contempló la vía insurreccional armada, aunque no se redujo a ella. Por otro lado, el de la no militancia, formado por la mayoría de las clases medias que se mantuvo distante del tipo de compromiso y del modo de participación que caracterizó a la militancia. Esta distancia, sin embargo, no necesariamente significó desinterés por la política. Si bien no fueron protagonistas de la historia, tampoco fueron meros espectadores. La década de los setenta ha pasado a la historia como la de la violencia política y la represión, que en ningún otro período del siglo XX alcanzaron tal intensidad. La memoria también ha colaborado mucho a otorgar aún mayor centralidad a la violencia como forma de comprender esa época. Las personas entrevistadas recuerdan más difusamente las devaluaciones, los ajustes, la caída del salario real o la liberalización económica, que un atentado guerrillero o la desaparición de una persona conocida. Por eso el análisis de la violencia ocupa un lugar preponderante en este estudio. A esta problemática se han dedicado ya numerosos trabajos. A los análisis consagrados al estudio de grupos e instituciones que ejercieron alguna forma de violencia en la década de 1970, en los últimos veinte años se han sumado ensayos, biografías y autobiografías basados en testimonios orales o en memorias propias. La mayoría de estos trabajos se ha orientado a recuperar la memoria de quienes fueron afectados directamente (familiares, amigos, compañeros de militancia o los propios autores) por el terrorismo estatal. En este libro, en cambio, considero conjuntamente fuentes documentales y testimonios orales, y concentro mi análisis en historias de vida de personas que no fueron alcanzadas por el terror estatal –un sesgo que complementa y a su vez exige ser complementado por los estudios aludidos–. El libro comienza con un capítulo introductorio acerca de la cultura política de las clases medias, en que hago foco sobre su relación con el peronismo, tanto a mediados de siglo como en los años setenta. El resto del libro se centra en la cuestión de la violencia. Luego de un primer excurso, en los capítulos 2, 3 y 4 intento dilucidar cómo percibieron estas clases medias sin militancia el proceso de ascenso de la violencia y qué rol desempeñaron en él. Distingo tres tipos: la violencia social (los estallidos sociales y la radicalización de la militancia juvenil), la violencia armada (en la que privilegio la cuestión de la guerrilla) y la violencia estatal (en que analizo el terror de estado). En un segundo excurso ensayo un modo diferente de indagar este pasado explorando la complejidad del discurso que suele caracterizar a la memoria. Por último, en el capítulo 5, examino algunas representaciones de la violencia en el espacio simbólico, y llevo el análisis del plano consciente al inconsciente, de lo real a lo imaginario. Varios colegas han notado la ausencia de estudios sobre el comportamiento de la sociedad argentina, más allá de sus grupos corporativos, durante los años de la última dictadura (1976-1983). A mi entender, esa ausencia es, por un lado, más amplia, y por el otro, doble. Es más amplia porque abarca también los años anteriores (1969-1976), a menudo abordados desde la historia de las vanguardias (políticas, sindicales, intelectuales o artísticas). Y es doble porque, generalmente, no sólo se estudia a los protagonistas sino que también se privilegia a las grandes ciudades, como Buenos Aires o Córdoba, y luego se extiende la validez de las conclusiones a la totalidad del país. Para contrarrestar la primera ausencia, en este trabajo estudio los años que van desde 1969 hasta 1982. Para salvar la segunda, considero tres localidades muy diferentes entre sí. Para esta selección, además de criterios sociológicos (véase Apéndice I) tuve en cuenta tanto la presencia de sectores de clase media como la heterogeneidad de los sitios. Así, en este libro se analizan la ciudad de Buenos Aires, centro de los acontecimientos políticos y metrópoli influyente en todo el territorio nacional; la ciudad de San Miguel de Tucumán, capital de una provincia del noroeste que padeció una agitada vida política desde mediados de los años sesenta; y el pueblo de Correa, una localidad de 5000 habitantes de la provincia de Santa Fe, en la región centro del país, que no experimentó grandes sobresaltos durante estos años. Además de las fuentes de información consultadas (véase Apéndice II), realicé un total de doscientas entrevistas a personas de clase media que no tuvieron militancia política en los años setenta, a diversas personalidades de la política y la cultura y, en menor cantidad, a personas que en los años setenta pertenecían a dos grupos que no constituyen mi objeto de estudio: ex militantes de clase media y obreros. Lo que denomino “sensibilidad” de las clases medias no militantes en los años setenta puede distinguirse, como mínimo, de las correspondientes a estos dos grupos, el de quienes sí fueron militantes y, por otras razones, el de quienes pertenecían a la clase obrera. Para las entrevistas, apliqué una metodología específica. Confeccioné un documental, COMA 13. Del Cordobazo a Malvinas. Trece años de historia en imágenes, que utilicé como disparador para las conversaciones. COMA 13… no introduce un relato en off, sino que exhibe imágenes y audios que cronológicamente ofrecen un fresco de cada uno de los años estudiados. Allí se yuxtaponen noticieros, canciones de moda, discursos políticos, números humorísticos, películas famosas, chistes gráficos, portadas de diarios, revistas y libros, publicidades, imágenes de líderes sindicales, políticos, militares, guerrilleros y religiosos, manifestaciones, rebeliones, actos electorales, escenas de represión, noticias sobre atentados y secuestros; en pocas palabras, la historia en imágenes. Tanto los videos como los audios son originales de aquellos años (es decir, ninguno corresponde a producciones sobre la época), de modo que se trata de un material que en su momento pudieron ver u oír los entrevistados. Dicha metodología me permitió acceder a memorias que de otro modo no hubieran surgido, a relatos y a recuerdos vinculados a esa memoria que Walter Benjamin llamó “involuntaria”, distinta de la memoria voluntaria, consciente, deliberadamente razonada. El segundo excurso que integra este libro prueba que, sin el documental, las entrevistas no hubieran alcanzado a despertar ciertas memorias que no siempre resultan asequibles. 

Las clases medias: concepto y características

El concepto de “clases medias” es una construcción teórica basada en la existencia objetiva de diferencias y diferenciaciones que a su vez se expresan en disposiciones o habitus igualmente diversos. Las personas pueden agregarse teóricamente en “clases” o “grupos” porque, para existir socialmente, se distinguen. A determinadas posiciones sociales les son más afines unas prácticas que otras, unos gustos que otros, unos bienes que otros, incluso unos modos de ver el mundo que otros. Obreros y clases medias, por ejemplo, tienden a tener prácticas distintas, que a su vez son distintivas. Los consumos, fundamentalmente los de tipo cultural, afirman la pertenencia de clase de sus consumidores, ayudan a cada quien a afirmar tácitamente lo que es y lo que no es. Como enseña Bourdieu, en el espacio de diferencias que constituye todo mundo social, las clases existen en estado virtual, en punteado, no como algo dado sino como algo que se trata de construir. Las clases medias aquí estudiadas fueron “punteadas” partiendo de las posiciones relativas que, en cada caso, hicieron posible la definición de un estrato social intermedio. En muchas localidades argentinas, la diferenciación social se traduce en una división geográfica nítida. En el caso del pueblo de Correa, por ejemplo, se expresa en la división entre los que viven de un lado de la vía, en “el centro”, y los que viven del otro lado de la vía, en “el norte”. Ello no significa que las clases medias conformen un conglomerado homogéneo. Al contrario, habitualmente presentan diferencias según su capital económico y cultural. Sin embargo, la intensidad de esa heterogeneidad no ha sido siempre la misma. Los datos socioeconómicos muestran que durante el período estudiado en este libro, las clases medias argentinas, de por sí heterogéneas, comparadas con las décadas venideras o con la etapa de su formación, fueron relativamente homogéneas. A comienzos de la década de los ochenta, la Argentina no conocía todavía ni altos índices de desocupación, ni el empobrecimiento pronunciado de sus clases medias, ni el desmantelamiento de su modesto estado de bienestar (que garantizaba aceptables niveles de educación y salud para una mayoría de la población).8 Los censos nacionales muestran que, durante los años setenta, la clase media prosiguió una fase de ampliación que había comenzado en los años cuarenta. De constituir un 40,6% en 1947 y un 42,7% en 1960, pasó a representar un 44,9% en 1970 y casi la mitad de la población en 1980 (47,4%).9 Una comparación entre los censos de 1970 y de 1980 indica que, durante esos diez años, la composición de la clase media se mantuvo estable: en líneas generales, el 26% era autónoma y el 74% asalariada. En conclusión, puede afirmarse que en los años setenta, aunque hayan comenzado allí algunos procesos de largo alcance que terminaron por modificar la estructura social, esta no se alteró de manera significativa. Esto permite considerar a las clases medias conjuntamente, y a la vez invita a explorar heterogeneidades que suelen pasarse por alto, como las vinculadas con la edad (a qué generación se pertenece), el gremio (si se pertenece o no al ambiente universitario) y, menos decisivamente, la zona geográfica (un pueblo, una ciudad mediana, o la Capital Federal). Socioeconómicamente, las clases medias terminaron la década del setenta pareciéndose bastante más a lo que eran diez años antes que a lo que serían diez o veinte años después. La transformación más profunda que esa década arrojó, destinada a perdurar hasta nuestros días, fue la vinculada a la cuestión de la violencia y su relación con la política, a cuyo análisis dedico este libro.

[Sebastián CARASSAI. Los años setenta de la gente común. La naturalización de la violencia. Buenos Aires: Siglo XXI, 2013, Introducción, pp. 11-19]