✍ Historia del capitalismo agrario pampeano (III). De Rivadavia a Rosas. Desigualdad y crecimiento económico [2006]

por Teoría de la historia

getBookImgUna de las características más distintivas de Argentina en las últimas décadas ha sido la desigualdad. Un rápido repaso de los titulares de los diarios bastaría para corroborar la enorme brecha que existe entre los que más y menos tienen. Esta constatación, evidente a simple vista, ha despertado una duradera atención académica. Desde diferentes ángulos se ha pretendido estudiar un problema que nuestro país comparte con el resto de Latinoamérica. Los trabajos dedicados a desentrañar las complejas relaciones entre crecimiento económico y distribución de la riqueza han presentado, sin embargo, un problema fundamental. Salvo casos puntuales, estos estudios tuvieron a la segunda posguerra como escenario privilegiado. El siglo XIX nunca perdió, por lo menos en esta área específica, esa apariencia de terra incognita. El texto que presentan Jorge Gelman y Daniel Santilli, tercera entrega de la Historia del Capitalismo Agrario Pampeano, trata de saldar esa deuda. El primer capitulo de la obra visita un problema fundamental de la historiografía poscolonial: el proceso de expansión ganadera bonaerense. Tomando como insumo las valuaciones de bienes de más de cinco mil contribuyentes, los autores se proponen estudiar la composición de la riqueza y su distribución en las diferentes regiones que conformaban la provincia. Del escrutinio de los datos contenidos en los informes de contribución directa se confirma la importancia de la ganadería en el conjunto de la economía. Cerca de dos tercios del capital que albergaba la joven provincia de Buenos Aires estaba compuesto de cabezas de ganado. Estas cifras, coincidentes con los señeros trabajos de Garavaglia (1999), nos avisan de un espacio que paulatinamente abandonaba su apariencia colonial. Esa economía vertebrada alrededor del corredor mercantil Buenos Aires-Potosí parecía desvanecerse conforme la campaña reforzaba su papel dinamizador. Pero el aporte de Gelman y Santilli no reside precisamente en constatar una imagen, a esta altura, tradicional de la primera mitad del siglo XIX, sino en rescatar una multitud de realidades que convivían dentro de un mismo distrito. Partiendo de una regionalización basada en criterios geográficos, históricos y económicos, los autores apuestan por una mirada concentrada de la realidad. Las consecuencias de esta decisión no son menores: los esfuerzos de la historiografía tradicional por mostrar una campaña homogénea son revisados a partir de un estudio basado en cinco áreas específicas. La primera de ellas, el Norte, coincidía con las tierras que rodeaban la ruta hacia el interior. En esta zona la preponderancia del ganado era evidente, aunque perdía intensidad en nudos comerciales como San Nicolás o en la desprotegida frontera con los indígenas. El Oeste, por su parte, era un espacio donde convivían una ganadería mixta -tanto bovina como ovina-, algunos tambos y explotaciones agrícolas. Esta variedad de actividades, como es lógico imaginar, se reflejaba en una caída de la proporción de activos en forma de ganado y un incremento del rubro “otros bienes”. La fuerza de las inversiones no-ganaderas se potenciaba conforme nos aproximamos a la ciudad de Buenos Aires. En el cinturón de partidos que rodeaba al puerto, que los autores denominan Cercanías, la proporción de otros activos se disparaba hasta llegar al 70%. El peso de una agricultura orientada al consumo urbano y la importancia del comercio nos ayudan a entender esta situación. El antiguo y nuevo sur eran las regiones que mejor se ajustaban al relato canónico sobre la ocupación de la campaña bonaerense. Con una participación del ganado bastante superior a la media, estas áreas albergaron la mayor parte de las grandes explotaciones pecuarias, pero también a una interesante cantidad de pequeños propietarios, comerciantes y, en algunos casos, a una próspera agricultura. Luego de comprobar la importancia de la ganadería en la economía bonaerense, Gelman y Santilli intentan responder una pregunta tan simple como difícil de contestar: ¿Cuántas vacas, cuantos caballos y cuantas ovejas había en la campaña en los tiempos de Rosas? (p. 51) La forma de aproximarse a este nudo gordiano de la historia del capitalismo agrario es, a todas luces, novedosa. El procedimiento utilizado fue convertir en pesos las cabezas de ganado del “establecimiento tipo” de cada una de las zonas reseñadas. Una vez realizada esta operación, los autores calculan la proporción de cada tipo de ganado y extrapolan ese resultado a la proporción de activos en forma de hacienda arrojada por el censo de 1839. La cifra resultante es el valor por regiones de cada tipo de ganado que nuevamente dividido por los precios por cabeza nos proporciona una imagen aproximada del stock ganadero. Más allá de lo sofisticado del procedimiento, los resultados del ejercicio desnudan una realidad muy rica en matices. Ante todo, los tres millones de cabezas de vacunos detectadas estaban acompañadas de una cifra apenas inferior de ovinos, lo cual nos pone en las puertas de la fiebre del lanar de las décadas de 1850 y 1860. De ahí que los autores no duden en señalar que la provincia no era “un gran criadero de vacas que parecía no tener medida”, sino una economía pecuaria pujante y diversificada (p. 52). La distribución regional del ganado habla, a su vez, de una especialización productiva que nos obliga a pensar a la provincia de Buenos Aires a partir de su heterogeneidad. Aun cuando la ganadería era la actividad que daba vida a su economía, las especies privilegiadas en cada una de las áreas no eran las mismas: si el Sur, tanto antiguo como nuevo, mostraba el predominio del ganado bovino, en el Oeste y las Cercanías el ovino era mucho más abundante. Explorar las relaciones entre crecimiento económico y distribución de la riqueza es el objetivo del segundo capitulo. Para cumplir con esta tarea, Gelman y Santilli ponen en tensión un lugar común de la historiografía argentina: la primera mitad del siglo XIX habría presenciado el final de una larga convivencia entre pequeños, medianos y grandes propietarios rurales (p. 94). Desde esta mirada, la concentración de la propiedad y el empobrecimiento de la mayoría de la población convirtieron a estancieros y peones en los protagonistas excluyentes del paisaje social bonaerense. La evidencia sistematizada por los autores permite suavizar los bordes de esta interpretación. Si caben pocas dudas sobre el rápido crecimiento de los dueños de grandes porciones de tierra, no es tan clara la extinción de los propietarios de menor envergadura. El estudio de la información contenida en el censo de 1839 demuestra que un puñado de propietarios efectivamente concentraba el grueso de la riqueza global. Un dato puede que nos brinde indicios sobre las diferencias sociales que albergaba Buenos Aires en los tiempos de Rosas: el 10% de los contribuyentes reunía más de la mitad de la riqueza (p. 78). Un segundo método utilizado por los autores suministra pruebas en la misma dirección: un abultado coeficiente de Gini ubicaba a la campaña bonaerense en las mismas coordenadas de otras experiencias latinoamericanas. Pero los agudos contrastes sociales no afectaron con la misma intensidad al conjunto del territorio bonaerense. La amplia gama de situaciones regionales obligó a los autores a buscar variables que permitieran explicar esas diferencias. La actividad económica dominante es una de ellas. A grandes rasgos se podría decir que las zonas dedicadas a la cría de vacunos presentaban peores indicadores de igualdad que las especializadas en la agricultura o en la ganadería ovina. Sin embargo, es en el análisis de la antigüedad del asentamiento donde Gelman y Santilli sostienen su estrategia argumentativa. La desigualdad era mas fuerte en las zonas de vieja colonización, donde la tierra era un bien escaso y existía una masa de pobladores excluidos de la propiedad. La frontera sur, en cambio, mostraba una realidad radicalmente distinta. Pese a que alojaba al grueso de los grandes propietarios, la abundancia de recursos permitía la instalación de pequeños y medianos productores, tanto en las nuevas tierras como dentro de las grandes propiedades (p. 95). Las implicancias teóricas de este descubrimiento son por cierto significativas. Una idea que sobrevuela todo el texto es la conveniencia de pensar la experiencia de Buenos Aires a la luz del modelo de Turner. Una frontera en constante movimiento favorecía una relativa tendencia a la equidad social o, por lo menos, en mayor grado que los territorios ocupados tempranamente. En la clásica disyuntiva entre un esquema de granjeros libres y un sistema coactivo dominado por grandes propietarios, el caso bonaerense pareciera tomar una “tercera vía”. La velocidad de crecimiento económico y la constante necesidad de mano de obra condujeron a un régimen caracterizado por las grandes fortunas, pero también por una masa de trabajadores-productores que gozaban de un importante margen de negociación. Esta lectura libre del pensador estadounidense, que renunciaba a sus aspectos sociológicos, permite además relativizar el alcance de la propuesta de Kuznets. El economista ruso suponía que los procesos de crecimiento, sobre todo los de carácter industrial, llevaban consigo una distribución desequilibrada de la riqueza, solo superada conforme la economía alcanzaba un mayor grado de madurez. Lo sucedido en la campaña porteña pareciera ubicarse en el reverso: si los tiempos de Rosas fueron testigos de un “modelo universal de propiedad”, las décadas siguientes albergaron una peor performance en materia de distribución de la riqueza debido al paulatino agotamiento de la “tierra libre”. En el tercer capitulo, Gelman y Santilli nos proponen un estudio comparativo, sin duda, atractivo. Tomando como miradores a los años 1825 y 1839, los autores lanzan una serie de hipótesis sobre el sentido del cambio económico y sobre sus posibles explicaciones. Un primer elemento que llama la atención es el modesto crecimiento de la economía entre ambas fechas. Esta imagen pareciera chocar con la impresión generalizada sobre una expansión de gran envergadura. A pesar de las grandes superficies de tierra disponibles, producto del avance de la frontera, el capital declarado por los contribuyentes solo aumentó entre 1,2 y 1,8 veces en el periodo referido (p. 119). Esta presunta contradicción es espléndidamente abordada. La baja del precio de la tierra (resultado de la ampliación de su oferta) y la abrupta caída del precio del ganado ayuda a explicar por qué el volumen de la economía bonaerense creció moderadamente a pesar del notable incremento de los medios básicos de producción. De todos modos, y a pesar de este desfase, el periodo estudiado no fue de los más dinámicos en lo que a tasas de crecimiento se refiere. Un abanico de factores, desde la guerra con Brasil hasta la sequía registrada entre 1828 y 1832, impidió que el despegue definitivo de la economía bonaerense se produjera antes de los cuarenta. Luego de describir el telón de fondo, Gelman y Santilli retoman la tarea planteada en el segundo capitulo. La radiografía de la desigualdad realizada para 1839 es completada con un estudio que retrocede catorce años. La suma de ambas instantáneas nos permite explorar lo sucedido, por lo menos en un área específica, entre la fallida experiencia rivadaviana y el segundo gobierno de Rosas. Los resultados del estudio tienen dos posibles lecturas relacionados con los criterios utilizados para organizar la evidencia. La primera de ella pareciera alinearse con los postulados clásicos sobre el proceso de expansión ganadera bonaerense. La aplicación del coeficiente de Gini a los montos declarados por los contribuyentes en los censos de 1825 y 1839 indicaría que la desigualdad aumentó con el paso del tiempo. Este cálculo, sin embargo, cuenta con un defecto metodológico fundamental: el primero de los censos no incluye a los pequeños propietarios que estaban exentos del pago de la contribución directa. La inclusión de estos actores a través de complejas inferencias permite a los autores descubrir una realidad completamente diferente. Tomando distancia de la primera observación, el segundo calculo demuestra que la desigualdad retrocedió o, en el peor de los casos, se mantuvo estable. La explicación a este nuevo guarismo es tan simple como inquietante: “los pequeños propietarios no sólo eran mucho mas en 1839 (lo cual podría ser lógico por el incremento general de la población), sino que constituían un porcentaje mayor del total de la población, pese al incremento desproporcionado, en términos del capital poseído, de los propietarios más ricos en el control de los recursos” (p. 129) El cuarto y último capitulo de la obra nos propone una nueva mirada a un viejo problema de la historiografía argentina: el carácter de las elites económicas durante los gobiernos de Rosas. La primera tarea llevada adelante por los autores es encontrar una definición de elite que se halle en consonancia con la evidencia sistematizada. Como es lógico imaginar, la naturaleza fiscal del censo de 1839 obstaculiza cualquier intento de abordar los rasgos más subjetivos de este concepto. Las valuaciones patrimoniales, sin embargo, permiten dibujar los límites del grupo mas capitalizado en las postrimerías de la década de los treinta. En palabras de Gelman y Santilli, se trataba de “408 personas, el 2,9% de los contribuyentes (que) reunían el 38% de la riqueza de la provincia” (p. 142). El estudio de las inversiones de este grupo es quizás uno de los aportes más significativos del tercer tomo de la historia del capitalismo argentino. Abonando una hipótesis formulada por Halperin Donghi (1969), los autores confirman la importancia de los capitales volcados en la actividad rural, pero también la permanencia de las inversiones urbanas. Esto quiere decir que entre los más ricos de la provincia existía un comportamiento tendiente a la diversificación. Estas inversiones multi-implantadas, de las cuales ya había antecedentes en la etapa colonial (Socolow, 1991), parecieran recorrer la primera mitad del siglo XIX, aunque con un creciente peso de los capitales radicados en la campaña. Con todo, no podría extenderse este patrón al conjunto de la elite. Por el contrario, un comportamiento cada vez mas especializado pareciera ser la norma conforme descendemos en la escala social. Así, comerciantes mayoristas o al menudeo, propietarios de inmuebles o nuevos productores rurales cifraban sus expectativas en áreas específicas de la economía. Descubierta esta tendencia hacia las inversiones rurales, el siguiente problema es determinar el momento en que estas últimas se convirtieron en dominantes. La ausencia de estudios que abarquen a la segunda mitad del siglo XIX obliga a los autores a enfocar en un caso testigo de singular relevancia: los Anchorena. Para ello, nada mejor que establecer un fructífero intercambio de ideas con quien mejor ha trabajado este tema. Los trabajos de Roy Hora han insistido en señalar a los años setenta como el punto de inflexión en el refuerzo del interés por el campo (2002 y 2005). Gelman y Santilli señalan que esta transición pudo haber sido mucho más temprana. De acuerdo a los informes de contribución directa, los Anchorena tenían, hacia finales de los treinta, el grueso de su capital invertido por fuera de la ciudad. Los motivos de esta notoria diferencia se relacionan, desde la mirada de los autores, con la poca atención prestada por Hora a los activos en forma de ganado. Para 1871, esta significativa parte del patrimonio había sido liquidada para dar curso a la sucesión. De todos modos, y a pesar de las pruebas suministradas en uno u otro sentido, lo cierto es que esta discusión puntual es solo una primera escaramuza de un debate de mucho más largo aliento. Queremos finalizar estas líneas con algunas breves reflexiones. A esta altura de la reseña, pocas dudas caben del significativo aporte de este libro en la comprensión de la economía bonaerense durante la primera mitad del siglo XIX. Esto se debe a dos cuestiones que no podemos dejar de mencionar. Por un lado, Gelman y Santilli nos proporciona sólida información sobre algunos temas no demasiado explorados. El tamaño de la economía porteña, sus principales componentes y su distribución regional son sólo algunos de ellos. Por el otro, la obra inaugura una agenda de problemas entre los que destaca el estudio de las relaciones entre crecimiento económico y desigualdad. Más allá de la riqueza de esta primera aproximación, la tarea por delante no es menor y demandará romper muchos de los tabiques que separan a los estudiosos del siglo XIX. La hipótesis central del trabajo, aquella que sostiene la concentración de la riqueza en la cúspide y la simultánea universalización de la condición de propietario, deberá ser puesta a prueba en otros escenarios y para periodos mas recientes. Si esta tarea es llevada a cabo es posible que mejoremos nuestro entendimiento de las bases de legitimidad sobre las que se sostuvo el caudillismo y tengamos una base más sólida para enfrentar el estudio de la “Argentina Conservadora”. Gelman y Santilli colocaron la primera pieza de un puzzle; futuras investigaciones deberán completar la imagen.

[Joaquín PERREN. “Historia del Capitalismo agrario pampeano, Tomo 3. De Rivadavia a Rosas. Desigualdad y crecimiento económico” de Jorge Gelman y Daniel Santilli” (reseña), in Mundo Agrario. Revista de estudios rurales (La Plata), vol. VII, nº 13, 2006]