✍ Plan revolucionario de operaciones [1810]

por Teoría de la historia

UnknownLa historia cuenta que después de la Revolución de Mayo, de la que se cumplen dos siglos, la Primera Junta le habría encargado a Mariano Moreno la redacción de un plan de operaciones con las directivas a seguir por el nuevo gobierno. Famoso por su claridad y virulencia, la develación de la autenticidad y autoría del documento sigue siendo una de las tareas más apasionantes de la pugna por apoderarse de los signos de la historia política argentina. Desde 1896 se prolonga un largo misterio acerca de una de nuestras grandes figuras históricas, Mariano Moreno (1778-1811): ¿escribió de acuerdo a su pensamiento el Plan Revolucionario de Operaciones secreto del gobierno revolucionario de mayo de 1810, o lo hicieron sus enemigos o aun sus amigos? Algunos historiadores e investigadores sostienen que el autor del Plan… es efectivamente Moreno y otros que no, según un entrecruzamiento de argumentos, contraargumentos, revelaciones, pruebas, refutaciones e interpretaciones en los que se juega la misma identidad histórica del secretario de la Primera Junta y, de algún modo, su calidad de prócer. ¿Por qué ha resultado tan importante si a este polvoriento, jacobino y maquiavelista texto lo redactó Moreno o no? ¿Por qué, en torno a ese dilema asociado al nacimiento de la patria se han convocado a debatir algunos de los más destacados historiadores e intelectuales argentinos? Hay para ello tantas razones ideológicas, filosófico-políticas e historiográficas como morales y religiosas. Alrededor de la autenticidad o de la falsedad de este documento se ha librado una silenciosa y áspera batalla sobre el relato histórico y, por lo tanto, una puja por apoderarse de los signos de la historia política argentina. 

El principio de todo

mariano morenoEl debate comienza en junio de 1896, cuando Paul Groussac, primer director de la Biblioteca Nacional, en la revista de la institución, comenta Escritos de Mariano Moreno, una recopilación de textos inéditos del prócer –entre los cuales se da a conocer, por primera vez, el Plan…– editada y prologada por el abogado y escritor Norberto Piñero (futuro ministro de Hacienda de los presidentes Figueroa Alcorta y Roque Saénz Peña) publicados poco antes en la Biblioteca del Ateneo. En términos generales, la crítica de Groussac es demoledora y, a través de un brillante y filoso estilo que no ahorra en sarcasmos e ironías (“He aquí su primera línea: ‘Don Mariano Moreno vivió muy poco tiempo’. En esta frase, sólo es irreprochable lo que no he puesto en bastardilla”), se concentra en tres ejes: la ausencia imperdonable de “aparato crítico” y comentarios eruditos por parte de Piñero, el absurdo de conferirle a Moreno el conocimiento cabal de los filósofos políticos del siglo XVIII (“La pobre librería de Moreno se encuentra en la Biblioteca Nacional y, reunida, no llenaría uno de sus armarios”) y, sobre todo, la resuelta negativa de aceptar el Plan… ( y todo el contexto vinculado con éste) como un escrito de Moreno. Ahora bien, hasta la jovial y pendenciera reseña de Groussac, ninguno de los protagonistas involucrados con el hallazgo del documento había dudado acerca de su autenticidad. Al Plan… lo encuentra por azar el ingeniero Eduardo Madero, mientras prepara su historia del puerto de Buenos Aires, en el Archivo General de Indias de Sevilla y, como no le encuentra utilidad para su obra, le envía una copia al general Bartolomé Mitre, quien la ofrece al Ateneo para que forme parte de los inéditos de Moreno que compilaba Piñero. Pero la copia en poder de Mitre se extravía (o la oculta, según afirman Alfredo L. Palacios y Norberto Galasso) y la Cancillería de 1895 solicita entonces una nueva copia a España, la que finalmente se publica. El documento hallado por Madero se considera, hasta que Groussac rechaza su autenticidad, la copia de la copia del original escrito de puño y letra de Moreno (no hallado hasta el momento) entregado a la Primera Junta el 30 de agosto de 1810, respondiendo a un pedido de Manuel Belgrano que reafirman Cornelio Saavedra y Juan José Paso. Esta copia de la copia del original, que no se corresponde con la caligrafía del prócer, incluye también una copia de las actas de la Junta donde se encarga a éste la tarea de redactar en secreto “El plan de las operaciones” del gobierno provisional. En definitiva, para Groussac el documento es enteramente apócrifo, fraguado por los españoles para desprestigiar al gobierno patrio y su secretario, y sin embargo los argumentos estilísticos y formales que presenta en defensa de su hipótesis, los cuales se repetirán con variaciones en los que niegan la autenticidad del Plan…, nacen de una “reacción”, de una mera intuición que aparece al leer (dice) veinte líneas: “¡Aquello no era cierto! Ni la Junta había andado en tales manejos nocturnos, ni el doctor Belgrano había escrito su nota, ni el vocal Moreno había recibido tal encargo”. Estas inexactitudes (Moreno, afirma Groussac, siempre es secretario) y otras, como los anacronismos y la existencia de varias copias (el historiador español Torrente había publicado un fragmento del Plan… atribuido a Moreno en 1829), son respondidas una a una por Piñero en la sólida réplica de 1897 a la reseña de Groussac, tanto refutando las supuestas imprecisiones históricas del documento como las lexicográficas de la copia, adjudicando estas últimas justamente a errores de los copistas o incluso del mismo autor. Ninguna de las pruebas formales o historiográficas que expone Groussac representa, para Piñero, “el más leve indicio en contra de la autenticidad del documento”. Para él carece de todo sentido, si al Plan… lo redacta un impostor español, que “después de escrito se lo mantuviera en el más estricto secreto, sin que persona alguna sospechara de su existencia; y que descubierto veinte años más tarde, por el historiador Torrente, adversario de la Revolución, éste transcribiera de él en nota sólo dos página escasas”. Esta observación (o la suma de todas) sin duda impacta en Groussac porque, en la apagada contrarréplica de 1898, modifica su hipótesis: ahora propone que el Plan… no ha sido falsificado por un español sino por Bernardo de Monteagudo, uno de los fundadores en 1811 de la morenista Sociedad Patriótica y canciller del general José de San Martín, cuyo retrato se asemeja en mucho al que hace Ramos Mejía en Las neurosis de los hombres célebres (1882) al calificar a Monteagudo de “histérico”. 

El inicio de la disputa

plan operacionesA partir del choque entre Groussac y Piñero, la controversia en el fondo se reparte entre quienes desmienten la autenticidad del documento adjudicado a Moreno por su maquiavelismo que recomienda astucias, sobornos, intrigas y decapitaciones (y no sólo por el terrorismo jacobino) –como en Groussac, y más adelante en Ricardo Levene– y aquellos que perciben en ese jacobinismo maquiavelista (sea o no Moreno el autor y, por otra parte, fundacional del Estado moderno) el probable o verdadero programa de la Revolución de Mayo, como Rodolfo Puiggrós y otros. Muy tempranamente, en 1910, el escritor Luis V. Varela (hijo de Florencio Varela) reabre del debate para aceptar la autoría de Moreno sobre la base de que el texto se inspira en el periódico L’ami du peuple (El amigo del pueblo), de Jean-Paul Marat. En 1915, Ricardo Rojas establece que no hay plena prueba a favor o en contra para determinar quién es el autor del Plan…, pero lo juzga improbable. Al año siguiente, otro escritor, David Peña, señala que no se registra ninguna actividad pública por parte de Moreno entre el 18 de julio y el 30 de agosto de 1810, lapso durante el cual (según el documento impugnado) redacta el Plan… En 1918, José Ingenieros toma la misma posición de Rojas. No obstante, en 1921, Levene cierra el debate para muchos historiadores: presenta una copia original del Plan… hallada en la Biblioteca Nacional de Madrid y, por medio de pericias paleográficas y caligráficas, demuestra que el copista es el capitán realista de origen uruguayo Andrés Alvarez de Toledo. Además, Levene señala que Saavedra jamás se refiere a un “plan de operaciones” confiado a Moreno sino a Feliciano Chiclana y de acuerdo a instrucciones de la Junta. En cualquier caso, si bien esta prueba documental será reivindicada una y otra vez por Levene y otros, la discusión no se termina por eso. En 1924, Carlos Ibarguren no contradice la falsedad del Plan… atribuido al prócer, pero afirma que las ideas se llevaron a la práctica y que esto se confirma en las órdenes secretas impartidas a Juan José Castelli por la Junta respecto de los enemigos interiores, en las cuales se dice claramente que éstos deben ser “arcabuceados”, del mismo modo que en junio de 1810 se fusila a Liniers, Concha, Orellana y otros. En realidad, esta argumentación la inicia Piñero, quien en su réplica a Groussac agrega una serie de circulares y decretos que trasuntan la “dureza extraordinaria” del gobierno revolucionario, como la nota del 18 de noviembre de 1810 donde se le advierte a Castelli que “don Indalecio González debe ser irremisiblemente arcabuceado y todos su bienes aplicados al Fisco”. Como sea, con excepción de Emilio P. Corbière en El terrorismo de la Revolución de Mayo (1937), donde se reconoce como redactor del Plan… a Moreno pero el contenido se confiere a la Junta, la hipótesis de Levene es predominante hasta 1941, cuando Puiggrós (y con él, el revisionismo histórico de izquierda) ingresa en el debate reclamando dos actitudes: no circunscribir el tema a la paternidad del documento y, a la vez, admitir que el plan revolucionario de la Junta le pertenece a Moreno. En 1946, se produce un giro inesperado en la controversia con el historiador académico Enrique de Gandía, quien se había mostrado de acuerdo con Groussac y Levene, porque cambia de opinión y acepta la autenticidad del Plan…, concluyendo que en la época de su publicación “había un empeño especial en considerar a Moreno como un espíritu angelical, incapaz de una medida de fuerza y de terror”. Pocos años después, en 1952, el jurista y escritor Enrique Ruiz Guiñazú aporta nuevas pruebas a favor de la autoría de Moreno, las cuales consisten en varias cartas (de Moreno y Saavedra a Chiclana, de Belgrano a Moreno) y las instrucciones secretas dadas a Belgrano por la Junta, en septiembre de 1810, con motivo de la expedición al Paraguay. En 1961, también Raúl A. Molina (miembro de número de la Academia Nacional de Historia) abandona las filas de Groussac y Levene (luego también lo hará el prestigioso Sergio Bagú) basándose en dos cartas del diplomático británico Lord Strangford de septiembre de 1810, en donde informa a su superior –el marqués de Wellesley– que Buenos Aires ofrecía cesiones territoriales a Inglaterra para obtener su apoyo, esto es, como aconseja el Plan… Aparte de Galasso (1963), Liborio Justo (1968), René Orsi (1969) y por supuesto Puiggrós (1971), de igual forma Félix Luna (1975) se muestra de acuerdo en absoluto con la hipótesis morenista e incluso ensaya algunas explicaciones de la suerte que corre la única copia del documento escrito por el prócer hasta llegar a las manos de la infanta Carlota, hermana de Fernando VII y responsable de la reproducción de copias. De todas maneras, Levene (y sus aliados en la disputa: Vicente Sierra, Palacios, Cornejo y otros) se mantendrá firme tal como lo expresa ya en Historia de las ideas sociales argentinas (1947): el Plan…, para él, es “monstruoso”, “una concepción degradante de la naturaleza humana”. 

El estado actual

En el debate, el José Pablo Feinmann de Filosofía y nación (1982, reeditado en 1996) conquista un lugar singular: admite que al Plan… lo conciben Moreno y el “nacionalismo revolucionario” que surge de éste, pero lo reprueba por su terrorismo “iluminista” (“No nos gusta el terrorismo del Plan…”) y el vanguardismo, carente de bases políticas fijas y estables, de “pueblo”. A la inversa de Saavedra, que cuenta con el pueblo y no con un programa revolucionario, el escrito de Moreno es un “plan sin pueblo”. Sé, porque me lo ha manifestado varias veces, que cuando escribe esto (entre 1970 y 1975) Feinmann discute elípticamente con el leninismo-guevarismo de la cúpula de Montoneros, y no tanto con Levene (a quien critica), y el revisionismo histórico de izquierda. Con todo, y para formular mi propia hipótesis (como otras, sólo especulativa), pienso que Feinmann no ha advertido que en el Plan… hay indicios –en la cláusula 18 del Artículo 1, en la que se propone abolir las castas “por la variedad de colores”– de que el redactor tiene quizás en mente un pueblo no sólo “criollo” o “burgués” que encarne ese texto jacobino y maquiavelista: el indoamericano. Más todavía si el autor es Monteagudo, a preferencia de Groussac, como lo prueba el discurso rousseauniano e “indigenista” que pronuncia el 13 de enero de 1812 en la Sociedad Patriótica. En todo caso, en el estado actual de la controversia, respecto de las pruebas empíricas de la autenticidad o falsedad del Plan… adjudicado a Moreno, no se ha avanzado desde las investigaciones de Molina. Y mientras no se descubra el original de puño y letra del prócer, si existe, lo más probable es que el debate permanezca indefinidamente abierto.

[Rubén H. RÍOS. “¿Quién escribió el Plan Revolucionario de Operaciones?”, in Diario Perfil (Buenos Aires), 9 de mayo de 2010]