✍ Historia del campesinado en el Occidente medieval [1984]

por Teoría de la historia

39261469Para Robert Fossier, la historia del campesinado en Occidente durante la Edad Media puede dividirse en dos épocas: la que abarca desde el siglo XI al XIV y la de los siglos XIV y XV. En la primera nace y se expande la cultura campesina; en la segunda sobrevienen las crisis de dicha cultura. Y Fossier se centra en la primera época, considerando que los campesinos vivieron con cierta estabilidad, al menos desde el año 1100 a 1300-1320. En su obra, al tiempo que señala unas características generales, aunque sin olvidar las peculiares de cada zona, se plantea preguntas aún no contestadas. También se hace eco de antiguas teorías y de las nuevas perspectivas que se van adoptando con la ayuda de otras ciencias, como la Arqueología. El estudio del campesino comienza por él mismo y su familia, para luego conocer los ámbitos en donde transcurrió su vida y que condicionaron sus trabajos y mentalidades: la aldea, su entorno y el señorío. Fossier destaca primeramente cómo la mayor parte de la población era campesina, y de ahí el interés por subrayar las características de la vida en el campo: la importancia de la pareja; de lo femenino; de la comunicación con el más allá, en la que los niños tenían un importante papel; la división de trabajos entre el hombre y la mujer en función de la condición de soltería, matrimonio y viudez; la partición de los bienes en su transmisión; el peso de la familia en la sociedad campesina; la mezcla de ritos paganos con católicos en sus creencias, y la conciencia social que los campesinos tenían de sí mismos. El «hogar campesino» era la célula base de la estructura familiar campesina, y su hábitat condicionó su mentalidad. Y aún más, Fossier piensa que la historia aldeana arranca desde la sedentarización del grupo. Así, pues, el hábitat, que había sido en principio predominantemente itinerante, fue fijándose por diferentes causas en torno a una parroquia, o a un castillo, o en un emplazamiento estratégico, o atraído por los talleres de un artesano señorial, desarrollándose la red viaria que unía a las aldeas. Todas ellas tenían unos lugares de reunión: la plaza, la fuente, el molino y el cementerio. La casa comunal desapareció para dar paso a la casa del «hogar », incidiendo, por tanto, en la convivencia, en las estructuras del edificio y en cierta diferenciación social entre los aldeanos, en función del mobiliario (cama y arcón sobre todo), si bien la discriminación fundamental se debió a la posesión de tiros de labranza. En cambio, la ropa y la dieta alimenticia igualaba más o menos a todos los aldeanos frente a los nobles y señores. Ajenos a la aldea, sin embargo, vivían hombres que influían en esa sociedad campesina, como los ermitaños, o bien hombres que andaban por los caminos, como los buhoneros, titiriteros, pastores, o los ladrones y bandidos. Desde el año 1000, y a raíz de una presión demográfica, la humanización del paisaje se intensificó en relación con el hábitat del hombre, su utillaje, roturaciones, sistemas de cultivo, parcelaciones y red viaria. Pero también el entorno natural se modificó por variaciones bióticas, según se desprende de curvas polínicas y movimientos glaciares y marinos. Ahora bien, la transformación del paisaje por el hombre depende de las condiciones edafológicas más o menos aptas para el cultivo y los consiguientes procedimientos utilizados para abonar el suelo, el uso del arado de vertedera, la implantación del molino y la adopción de otras nuevas tecnologías (como el herrado del caballo o las colleras rígidas). Y, así, los cereales dedicados a la alimentación humana y a la de los animales se cultivaron en función del suelo y clima, factores que marcarían la regularización de los sistemas de cultivo para incluir el cultivo de leguminosas y otros productos y permitir al ganado, que pastaba en los baldíos, entrar en los barbechos. No obstante, en el bosque se completaba la economía de la aldea con la recolección, caza, pesca, madera. Las roturaciones se debieron, ya a iniciativa individual, ya a diferentes tipos de contratos, y para evitar su proliferación aparecieron desde mediados del siglo XIII los adehesamientos, los prados de siega, la práctica de la trashumancia, modelando el paisaje agrícola en campos abiertos y cerrados, constituyéndose el bocage, según Fossier, por capas sucesivas: primero, cercados aislados, y después se ocuparían los espacios intermedios libres. Ya que el señorío era la unidad económica y social en el mundo rural, el autor resalta el vínculo entre la aparición de los señores y el establecimiento de células aldeanas. Esos señores, que gozaban de un status jurídico especial, ejercían su dominio sobre los campesinos, ya directamente, ya a través de sus agentes y criados, que hacían más opresivo el dominio señorial en todos los aspectos de la vida de los hombres. Sin embargo, a juicio de Fossier, parece que los campesinos acusaron, al principio sobre todo, los abusos sobre materia militar (exacciones, requisas, acarreos) y las limitaciones al acceso a tierras para roturar, pese a que era en el terreno judicial y fiscal donde la acción señorial resultaba más fuerte. Y es que el señor era su protector, garante de la paz, que les vendía tiempo. Esa paz favoreció el desarrollo del mercado, que estaba ligado a la organización del sistema de producción señorial y que revelaba la existencia de campesinos ricos, los «labradores», y pobres de muy diferentes status jurídicos, diferenciación social plasmada en las formas de tenencia y explotación de la tierra, de forma que los propietarios y arrendatarios de tierras eran los que dirigían la aldea y lograban concesiones del señor. Fossier encuentra en las asalariados en el campo y en la economía de mercado el germen de una disgregación de las relaciones señoriales. Las condiciones jurídicas de estos hombres eran muy diversas, pero en esa sociedad la noción de libertad es compleja y sólo según el número de aspectos de libertad que se poseyera se podría ser más o menos libre. Es opinión del autor que la franquicia aldeana se desarrolló en y por el señorío, y que no tiene ninguna relación con el movimiento urbano. Además, las peticiones de los aldeanos fueron ante todo de índole económica, a diferencia de las de los hombres de las ciudades, que tuvieron im carácter político y jurídico. Entre las reivindicaciones campesinas destacan la fijación de la talla y las corveas, y su remisión después. Las concesiones del señor se harán sobre todo en conmutaciones en dinero. Intereses económicos comunes unieron a los hombres, como la defensa contra catástrofes naturales o el aprovechamiento de terrenos comunales. Y esa unidad económica originó a veces la formación de grandes unidades territoriales casi independientes del control señorial. Pero también existieron otros tipos de vínculos entre los aldeanos: unos, debidos a31891_2 lazos espirituales, merced a la parroquia bajo la advocación del santo patrón, a las instituciones de paz y a las cofradías creadas para fines piadosos y de asistencia mutua (que Fossier analiza en contraposición a los ermitaños); otros, a su condición de residentes y poseedores de algún bien inmueble en la aldea. Y, por último, el pertenecer a un mismo señorío significó un vínculo jurídico entre los hombres de ese señorío. En su vida, los ritos agrarios con la aportación cristiana marcaban el ritmo de los trabajos del campo. Junto a las fiestas de esos trabajos, celebraban festividades religiosas, patrones, ceremonias de las cofradías, etcétera, de modo que uno de cada dos días al año era motivo de algún festejo. Sin embargo, el temor y la superstición tiñó también aquella vida, desterrándose juegos, actos mágicos, etcétera. Hombres y mujeres se juntaban en lugares separados: los hombres, en la fragua y en la taberna; las mujeres, en el lavadero, mercado y molino. Este panorama general explica las causas principales de los movimientos campesinos de fines de la Edad Media, cuando el señor pierda sus funciones de protector, donante y juez, se rompa el equilibrio entre zonas de labrantío y pastizal al introducirse la economía de mercado, en donde se producía para la subsistencia, y cambien las relaciones entre la ciudad y el campo, y que como resultado los campesinos de los siglos XIV y XV, a diferencia de los de la época anterior, no tengan el sentimiento de pertenecer a un «orden».

[Elisa C. DE SANTOS CANALEJO. “Robert Fossier, Historia del campesinado en el Occidente Medieval, Barcelona, Crítica, 1985” (reseña), in Revista de Historia Económica (Madrid), Año IX, nº 2, 1986, pp. 425-428]

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