✍ Lenguaje, política e historia [2002]

por Teoría de la historia

4fb6b1214db65_400x582Con el título Lenguaje, política e historia, y con prólogo de Eduardo Rinesi, la editorial de la Universidad Nacional de Quilmes ha vertido a la lengua castellana Regarding Method, de Quentin Skinner, el primero de los tres volúmenes que integran su Visions of Politics -los otros dos son Renaissance Virtues y Hobbes and Civil Sciencie-. Este primer volumen reúne un conjunto de ensayos que constituyen el madurado fruto de largos años dedicados por el historiador inglés a formular y revisar los principales argumentos metodológicos de su programa de historia intelectual. Salvo el capítulo introductorio, el resto de los ensayos aparecieron en distintos períodos como aportes a libros colectivos o como artículos de revistas especializadas y escasamente fueron traducidos a nuestra lengua. Que el público de nuestro medio cuente ahora con ellos, no sólo contribuye a ampliar y revitalizar el interés por la obra metodológica de Skinner, sino que brinda además un preciado elemento de juicio para vislumbrar los alcances, los logros y los problemas de su aplicación a la empresa historiográfica. Desde la introducción, Skinner ofrece un compendio de los vivos intereses y tópicos que motorizaron su extenso itinerario intelectual. Este preludio opera como una suerte de guía con múltiples entradas por las que el lector puede inmiscuirse para interpelar a la obra. Una de ellas consiste en explorar el modo en que Skinner rescata, para el historiador de las ideas políticas, los importantes desarrollos de la teoría del conocimiento y de las teorías pragmáticas del lenguaje de las corrientes filosóficas postempiristas (desde el último Wittgenstein, pasando por Austin, Searle y Grice, hasta Quine y Davidson). Otro acceso posible lo constituye su insistencia en una teoría de la interpretación de los textos políticos del pasado con un espíritu radicalmente histórico, teoría que podría enunciarse como una forma de contextualismo lingüístico y que contrastaría con la historia de las ideas tradicional representada por Lovejoy, con el formalismo del New Criticism y con el contextualismo social defendido por Namier y por algunos historiadores marxistas. También su sensibilidad hacia los aportes más actuales de la crítica cultural posmoderna, que ha resaltado la relevancia de los aspectos retóricos de la escritura y del habla y, con ello, del inextricable vínculo entre lenguaje y poder, puede coligarse con las otras entradas. Aportes todos que han servido a este profesor de Cambridge para repensar el poder explicativo de las teorías de la acción social, en general, y de la acción lingüística, en particular, y profundizar desde allí el estudio del cambio conceptual, una de las preocupaciones eminentes de la historia intelectual (preocupación que ha tendido puentes entre los estímulos de Skinner, como él mismo destaca en el capítulo 10, y el emblemático proyecto de la historia conceptual de Koselleck). Cualquiera sea la clave de acceso elegida, el lector pronto se hallará compelido a remitirse de un tópico a otro, si es que pretende comprender cabalmente las continuidades y los desplazamientos del esfuerzo skinneriano y su compromiso, no sólo con las dificultades propias del oficio, sino también con una posición filosófico-política que concede al agente de las acciones lingüísticas un lugar privilegiado. Contra las teorías que se vanaglorian de haber contribuido al fenecimiento de la agencia por exhibir el poder coactivo de la estructura, en particular de la estructura del lenguaje, Skinner advierte que, si bien el lenguaje posee el poder de constreñir las prácticas sociales, no por ello se debe negar el margen de maniobra de los agentes, en tanto usuarios de ese lenguaje, para inteligir y reformar su mundo social. Es decir, el lenguaje, concebido como el contexto de convenciones que circunscribe el número de afirmacione accesibles a un autor determinado, es un límite; pero también un recurso, ya que con sus aseveraciones el autor realiza ciertos actos que pueden confirmar o entrar en conflicto con las convenciones dadas en un momento específico. Analizar en su complejidad esta interacción, en cuyo movimiento se fragua -y desafía- un determinado vocabulario político y ético, es uno de los motivos primordiales que conducen a Skinner a pulir su apuesta metodológica. En el capítulo 2, Skinner critica la presentación que traza G. Elton de las tareas del historiador como un “cultor de lo fáctico”, en tanto que éste debería ceñirse a descubrir los hechos del pasado y narrarlos con objetividad. Al revelar las incoherencias de los escritos de aquél, Skinner irá delineando también las implicaciones políticas que acarrean los supuestos epistémicos de una posición historiográfica como la de Elton. Al exacerbar la importancia excluyente de la techne utilizada por el historiador, Elton descarta que los contenidos de los estudios históricos tengan alguna relevancia y, con ello, se ve eximido de cualquier justificación de su propia actividad para el presente. Este escepticismo acerca del valor educativo del roce con el pasado es, para Skinner, expresión del miedo de un conservador al poder reformista de la práctica de la historia. El lector podrá apreciar recién en la parte final del capítulo 4 de este libro cuál es la contrapartida explícita de Skinner al desmedro del valor filosófico-educativo del ejercicio de la historia intelectual. En “Interpretación, racionalidad y verdad”, respondiendo a Ch. Taylor, Skinner enfrenta la cuestión del rol que desempeña el valor de verdad en la explicación de las creencias de culturas del pasado. La tesis que defiende Skinner se opone al argumento que sostiene que cada vez que el historiador encuentra una creencia que él juzga falsa, el problema de la explicación debe centrarse en hallar alguna grieta en la racionalidad. Este argumento, al presuponer una correlación directa entre racionalidad y verdad, dejaría de lado un asunto nodal para la práctica de los historiadores: la posibilidad de que en el pasado pudieran existir buenas razones para afirmar como verdaderas creencias que hoy nos resultan falsas. Según Skinner, la comprensión de las creencias del pasado no necesita enredarse con el problema de su verdad, sino sólo con el de su racionalidad, es decir, con la reconstrucción del contexto intelectual específico que servía por entonces de soporte adecuado al enunciado en cuestión. De este capítulo se infiere una norma metodológica básica que conforma uno de los núcleos fuertes de la obra de Skinner: si queremos capturar la racionalidad específica de lo que un determinado agente quiso enunciar, se deben usar, necesariamente, los instrumentos categoriales que el agente en cuestión pudo haber utilizado para describir lo que estaba haciendo al manifestarse. Si se adhiere a esta norma, decir que Petrarca fundó el Renacimiento cuando subió al Mount Ventoux, según el conocido ejemplo skinneriano, implicaría caer en una forma mitológica de explicación, ya que se estaría empleando una categoría que sólo estuvo disponible mucho tiempo después. También tropieza con formas mitológicas de comprensión el historiador que reduce su tarea al hallazgo de una anticipación de una idea universal, atemporal, a la cual el autor estudiado pudo haber contribuido; o aquel que la cercena al escrutinio del influjo de un autor sobre otro, o que apunta a esclarecer la coherencia, o delatar su falta, en el sistema filosófico de un escritor; o aquel que dedica sus esfuerzos al descubrimiento de observaciones incidentales en las cuales supuestamente subyacería la real doctrina del pensador; o el que considera que el sentido de cierta obra es dado siempre prospectivamente; todos estos limitados modos de orientar la investigación, de los que Skinner ha tratado de evadirse, han envuelto los intentos comprensivos de lo que se conoce bajo el rótulo de “textualismo integral”. Contrariamente a estas mitologías, el problema del que debe partir el historiador de las ideas es el de la particularización de las distintas intencionalidades de los agentes en los textos filosóficos y políticos. Los textos deben leerse como actos específicos realizados por los distintos agentes en ciertos contextos lingüísticos y con ciertas intenciones. Este desplazamiento desde el énfasis en la validez universal de las ideas hacia el carácter contingente de los textos históricos ha modificado el mapa de tareas de la historia de las ideas. Sin embargo, la noción de intencionalidad no ha dejado de despertar serias sospechas entre los críticos de Skinner. El ensayo “Motivos, intenciones e interpretación” muestra como él se vio afectado por ellas. Siguiendo a Austin, introduce la diferencia entre los motivos antecedentes de los textos y las intenciones incorporadas en los textos mismos. Con ello, Skinner reafirma la necesidad de no renunciar a la postulación de la relevancia de la recuperación de las intenciones del autor -noción central tanto de sus impulsos teóricos como políticos- si se quiere comprender el significado de un texto. Lo que Skinner quiere precisar es que la intención que no debe ser considerada, y que podría caer dentro de la trampa psicologista, es aquella que se refiere al intento de lograr cierto efecto planeado por el autor (las “intenciones perlocutivas”); lo importante, en cambio, para el historiador es preguntarse por las intenciones de ese autor en su escritura. Éstas son las intenciones ilocutivas, a las cuales se puede acceder públicamente sin apelar a entidades subjetivas. De este modo, Skinner procuró reconciliar la recuperación de las intenciones del autor con el restablecimiento del contexto discursivo en el cual se manifiesta la fuerza ilocutiva de esa intención. Esto lo ha llevado a matizar su antigua posición con respecto a la importancia de la reconstrucción del significado para la comprensión. La accesibilidad de las intenciones, cuestionada porque deja abierta una relación inexpugnable entre investigador y actor, se torna posible para Skinner siguiendo a Geertz, porque ellas se manifiestan en los textos y éstos son públicamente legibles. Además de estos intentos de9780521581059 autorreflexión sobre su propia producción, en los últimos capítulos, Skinner presenta una línea de investigación que orbita en torno de la importancia de los aspectos retóricos del lenguaje en el cambio conceptual. Ya sea cuestionando a Williams, porque éste concibe la relación entre los lenguajes normativos y las prácticas sociales como algo externo, o describiendo el uso de “términos densos” en las técnicas de re-descripción retórica de los innovadores ideológicos, Skinner resaltará que los cambios en los discursos políticos se urden menos creando vocabularios que efectuando algunas movidas en el uso valorativo de los ya existentes. En resumen, este libro hilvana, en un conjunto de ensayos lúcidos y polémicos, las energías de Skinner aplicadas a pergeñar una metodología holista de la historia de las ideas políticas. Su objetivo es reconstruir la trama de los distintos escritos de una época para identificar, de este modo, lo que Castoriadis ha llamado el imaginario social, es decir, el conjunto de símbolos e interpretaciones que constituyeron la subjetividad de un período; identificación por la que Skinner desea acercarse a los textos del pasado con el propósito de leerlos -en tanto actos intencionales conservadores o desafiantes del imaginario establecido- de la misma manera en que los propios agentes históricos los escribieron, leyeron y discutieron.

[Esteban A. JUÁREZ. “Quentin Skinner. Lenguaje, política e historia Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2007, 340 páginas” (reseña), in Prismas (Bernal), nº 13, junio de 2009, pp. 303-305]