✍ La puta y el ciudadano. La prostitución en Amsterdam en los siglos XVII y XVIII [2003]

por Teoría de la historia

la-puta-y-el-ciudadano-lotte-van-de-pol-siglo-veintiuno_MLA-F-3284225034_102012Lotte van de Pol, ya en la introducción de su estudio, nos abre la puerta de la ciudad portuaria y de su fama. «La reputación de Amsterdam como ciudad de la prostitución se basaba tanto en el mito como en la realidad. Los turistas hacían invariablemente una visita a una speelhuís (literalmente, casa de juego o de baile, que los contemporáneos denominaban también Spill-house, Spiel-house o Musico, y que a lo largo del presente libro traducimos como “casa de baile”). Puertas afuera, las casas de baile eran establecimientos donde se tocaba música y donde se podía bailar, comer y beber, pero en realidad eran lugares donde las prostitutas recogían a sus clientes y los clientes a las prostitutas. Casi todos los turistas visitaban también la Spinhuis –el correccional de mujeres– donde las putas condenadas a penas de prisión eran expuestas a las miradas de los curiosos. Estas instituciones eran tan características de la ciudad como los puertos, las instituciones benéficas o el prestigioso Ayuntamiento recién construido en la plaza del Dam. La fama de Amsterdam como ciudad de la prostitución en los siglos XVII y XVIII quizás sólo sea comparable a su reputación actual […] Normalmente, la excusa para realizar una visita a una casa de baile era que todo el mundo lo hacía. “Todos los viajeros echan un vistazo a estos antros inmundos –escribe el francés Louis Desjobert en 1778–; peces gordos, obispos y príncipes, e incluso la duquesa de Chartres y la princesa de Lamballe han estado allí”. Según afirma Desjobert, él mismo se encontró en una de estas casas al hijo del gobernador general de las Indias Orientales holandesas. Casanova volvió a encontrarse con un amor de su juventud convertida en regenta de un prostíbulo; el Príncipe de Ligne estuvo a punto de perder la vida en una pelea, el Príncipe Eugenio de Saboya se llevó al cónsul inglés para que le hiciera de guía: y todo eso sucedía en las casas de baile amsterdamesas […] En aquel entonces, Amsterdam era la tercera ciudad de Europa, después de Londres y París, que descollaban muy por encima de las demás. En el siglo XVII, la población de Amsterdam había experimentado un fuerte crecimiento debido a la inmigración, pasando de cerca de 54.000 a más de 200.000 habitantes. El número de habitantes creció aún más, hasta alcanzar los 240.000 en el siglo XVIII, pero después de 1770 volvió a decrecer, y a finales de siglo, Amsterdam contaba con 210.000 habitantes. A la sazón, Amsterdam había tenido que ceder ya el tercer lugar a Nápoles; sin embargo, en lo que respecta a la riqueza, la ciudad del río Amstel se mantenía en la cima. La existencia de la prostitución no es de extrañar en una metrópolis como Amsterdam; no obstante, hay otros factores que fomentaron la demanda y la oferta de prostitutas. Por un lado, Amsterdam atraía a muchos emigrantes y a numerosos turistas, era un centro para el comercio y, sobre todo, un puerto importante, donde embarcaban y desembarcaban muchos miles de marineros quienes, por consiguiente, tenían los bolsillos llenos de dinero que gastar. Por otro lado, entre el pueblo llano había un gran excedente de mujeres, muchas de ellas inmigrantes que tenían pocas probabilidades de encontrar marido […] Aunque en la larga historia de la ciudad, la legislación y las ideas sobre la prostitución han ido sufriendo cambios continuos, y a pesar de que se hayan puesto a prueba todo tipo de políticas gubernamentales –desde la regularización hasta la prohibición, desde la tolerancia hasta la persecución, desde el control hasta incluso, a partir del año 2000, la legalización–, en la práctica, la intervención gubernamental ha sido casi siempre moderada. Holanda nunca ha sido un Estado policial, y sobre todo Amsterdam se ha distinguido desde siempre por preferir la regulación bajo mano y la tolerancia condicional, en lugar de la intervención directa con mano dura». Otro tema abordado también en la introducción es el de las fuentes de su estudio. «Si bien es cierto que la prostitución ha apelado siempre a la imaginación del público en general, el negocio en sí se ha desarrollado siempre al margen de la sociedad. En aquella época, la mayoría de las mujeres que vivían de la prostitución eran incapaces de reflejar por escrito sus vivencias, por otra parte tampoco lo deseaban, pues su negocio era ilegal y sus clientes tenían mucho interés en que todo sucediera con la mayor discreción posible. Por consiguiente, no disponemos de información de “primera mano” y solemos ver la prostitución a través de los ojos de otros –escritores sensacionalistas, moralistas, clérigos o funcionarios de la policía–, y leemos sobre las prostitutas en los escritos pornográficos, los textos jurídicos y los registros de las casas de acogida para mujeres descarriadas que querían enmendarse o muchachas a las que se apartaba de forma más o menos violenta de la prostitución. Por consiguiente, la historiografía de la prostitución trata sobre todo de la legislación y de las ideas. Si bien la imagen de la prostitución suele estar bien documentada, la realidad lo está bastante menos». La autora precisa, no obstante, la existencia de numerosas fuentes para acercarse tanto a la imagen como a la realidad de la prostitución en Amsterdam entre los siglos XVII y XVIII. Y entre ellas cita las siguientes: los libros de confesiones de los presos; las crónicas y diarios de viajes, además de las memorias y las cartas, de quienes se acercaron a Amsterdam y conocieron las casas de baile; el arte pictórico y la literatura, y en especial algunas obras que cita cuyo tema central es precisamente la prostitución en Amsterdam. “Los libros de confesiones de los presos” constituye para la autora la principal fuente de su ensayo. Son libros o cuadernos del tribunal de Amsterdam en donde se anotaban las declaraciones de las personas juzgadas: entre 1650 y 1750, unas 9.000 prostitutas y regentas de prostíbulos, que viene a suponer, señala Lotte van de Pol, una quinta parte de todos los delitos enjuiciados en esos cien años. Al comentar la otra fuente, la de las artes, nos llama la atención sobre lo popular que eran las escenas de prostíbulos en la pintura holandesa, de grandes artistas como Jan Stenn, Johannes Vermeer, Gerard Van Honthorts, entre otros, aunque no referidas expresamente a Amsterdam, sobre la que, sin embargo, sí dieron fe con sus obras dibujantes famosos y otros artistas anónimos. El libro está estructurado en siete capítulos en los que va desgranando una descripción del oficio y negocio de la prostitución, de las mujeres que lo ejercían, de los clientes, de las casas, etc. Todo ello, explorando a la vez el contexto en el que se da: el concepto de honor vigente entonces, la actitud hacia las mujeres y el sexo, el papel de la Iglesia, los principios que regían la vigilancia policial y las condenas, y los debates en torno a la prostitución como “mal necesario”. En el primer capítulo nos habla, al principio, de la envergadura de la prostitución y de los tipos de prostitutas y la forma de trabajo (las que vivían en un prostíbulo o en una casa de baile, las trabajadoras que la ejercían de vez en cuando, las “putas de la calle”, las cortesanas y mantenidas). Y al hablar de las “putas de la calle” las divide entre las que se hallan sumidas en la miseria y en el alcohol y las que usan el sexo o se presentan como putas para robar a los clientes; a éstas últimas la justicia no las consideraba como prostitutas sino como ladronas. Y de las cortesanas y mantenidas dirá: «El segmento superior del mercado de la prostitución queda en gran medida al margen de los libros de confesiones». En este mismo capítulo describirá los prostíbulos y las casas de putas, así como las casas de baile ya citadas. Previamente, se detendrá en el papel de hombres y mujeres en el negocio. «La organización de la prostitución en Amsterdam estaba en gran medida en manos de las mujeres», las regentas que dirigían y explotaban un prostíbulo. No estaba bien visto que lo hiciera un hombre. Su papel y trabajo –alquiler, defensa violenta– se consideraba de mayor categoría. «Con regularidad, cuando se enjuiciaba a un matrimonio que regentaba un prostíbulo, se condenaba a la mujer por llevar una casa de putas y al hombre por recurrir a la violencia». El segundo capítulo está dedicado a una observación sobre las diferencias sociales, y el papel de la obtención de la ciudadanía en ello, y al concepto del “honor” y la “reputación”, explicándonos la distinción clara entre cómo se consideraban para las mujeres y cómo para los hombres. También en esta parte trata de responder a la pregunta acerca del nivel de tolerancia de la sociedad sobre la prostitución, así como de los conflictos con la vecindad. Con ese pie entra en el siguiente capítulo, en donde desarrolla más la opinión y el pensamiento dominante sobre la prostitución, y sobre las mujeres. Y más en concreto, la evolución de la actitud e ideas de la Iglesia católica desde la Edad Media: de madre cuidadora, a padre castigador; de ver la prostitución como mal necesario, y en cierta forma inevitable y tolerable, a la persecución tras la Reforma calvinista. Pero hay más. En los siglos XVI y XVII, «la imagen de la puta era de hecho una consecuencia de la imagen de la mujer: la de una criatura lasciva, incontrolada, embustera y calculadora». El siglo siguiente mostrará de nuevo una mayor compresión y aceptación.  El capítulo cuatro está dedicado a la relación entre la prostitución y las instituciones: la legislación, la persecución judicial, las penas, los centros de detención y encarcelamiento. Pero junto a la filosofía de la justicia se encontraba “el lado oscuro de la política de persecución judicial”. A eso dedica el capítulo cinco: a describir los usos y abusos de la policía, los aguaciles, los jueces… Y aquí de rondón se cuela cómo era considerado y tratado el adulterio, y dentro de ello la diferencia para hombres y mujeres. Otro capítulo sustancioso es el penúltimo, en el que se describe el perfil de las prostitutas; su procedencia («eran sobre todo las inmigrantes… una parte llegaba a Amsterdan siendo ya prostitutas, en cuyo caso cabe hablar de migración laboral»), las causas posibles (crisis en los trabajos femeninos, la gran crisis económica del XVII y el excedente de mujeres en Amsterdam) y las aducidas («Si se les preguntaba por las causas que las empujaron, las mujeres de la segunda mitad del siglo XVII solían contar que habían sido seducidas y a continuación engañadas por un hombre»). El último capítulo le sirve a Lotte van de Pol para explicarnos el negocio: “La prostitución como empresa preindustrial”. «El objetivo de la prostitución consiste en ganar dinero a cambio de sexo. Al margen de todos los problemas morales y sociales que ello conlleva, la prostitución ha de considerarse como una parte de la actividad económica. Los importes gastados y ganados en la prostitución formaban parte de la vida económica de Amsterdam. Los prostíbulos y casas de baile eran empresas, aunque estuvieran prohibidas […] En todas las grandes ciudades de la Europa preindustrial, la prostitución era un importante factor socioeconómico, y éste era sin duda el caso en el Amsterdam moderno temprano, donde la prostitución fue una rama empresarial de importancia. En ella circulaba mucho dinero, aunque no haya forma de determinar, ni siquiera aproximadamente, de qué importes se trataba. Un considerable número de personas vivió de este negocio: se calcula que había entre 800 y 1.000 prostitutas, y entre 250 y 500 regentas y regentes de prostíbulos. Sobre todo en los prostíbulos y las casas de baile más grandes había también otras personas que vivían del negocio de la prostitución o que ganaban algún dinero con él: las criadas y las fregonas, las alcahuetas, los matones, los vigilantes y los músicos […] La prostitución hacía circular el dinero, y también otras personas –aparte de los implicados directos– se aprovecharon de ello, como los caseros y los94356 proveedores de bebidas, las costureras, los vendedores de telas y las ropavejeras, las mujeres que cocinaban para las prostitutas o para sus clientes, las personas que vigilaban por si llegaba la policía, los recaderos y los curanderos que trataban las enfermedades venéreas. […] Los escritores, impresores y libreros hacían buenos negocios con la reputación que tenía Amsterdam de ser la ciudad de la prostitución. La fama de las casas de baile atraía a turistas, y la expectativa de ver a putas hermosas en la Spinhuis constituía una lucrativa fuente de ingresos para este correccional. Las multas y las “composiciones” que pagaban los hombres adúlteros a la policía para librarse de la justicia contribuyeron a costear los gastos del aparato policial. Y, por último, la prostitución generó una continua corriente de candidatos tanto para la Compañía de las Indias Orientales como para la Compañía de las Indias Occidentales. La navegación necesitaba constantemente hombres dispuestos a enrolarse y a navegar hasta lugares lejanos. El comercio holandés dependía de los marineros, y según las palabras de Diderot: mientras los pobres no puedan encontrar trabajo, seguirán arriesgando su vida en el mar. Y si hemos de dar crédito a la mitad de los reproches de los contemporáneos, la prostitución era una razón importante de que los hombres jóvenes cayeran en la pobreza; y una vez convertidos en marineros, las putas y las regentas de los prostíbulos les ayudaban a desembarazarse tan rápido del dinero que habían ganado, que no tenían más remedio que volver a embarcarse».

[Manuel ATIENZA. “La puta y el ciudadano”, in Pensamiento Crítico (Madrid), 20 de mayo de 2005]

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