✍ El oficio de historiar [1988]

por Teoría de la historia

ElOficio1En los diez años que median entre la primera edición de El oficio de historiar y esta edición conmemorativa, el asunto del titulo del libro de Luis González -su “referente”, digamos- ha sufrido un verdadero terremoto. Es un movimiento que, en los círculos íntimos del oficio, ha venido haciendo sentir una creciente fuerza ya desde hace algunas décadas; más particularmente desde los años sesenta, con las sacudidas combinadas, aunque no coincidentes, que siguieron a la aparición de los trabajos sobre historia de la ciencia de Thomas Kuhn y su teoría del modus operandi de las revoluciones científicas, y las amenazadoras reflexiones de Roland Barthes sobre la insustentable naturaleza científica de la historia, especialmente las contenidas en Le discourse de l’histoire, con sus respectivas e intensas réplicas. Unos años después, articulando las ya superadas preocupaciones de la filosofia del lenguaje de Danto, Mink y Gallie, con los avances realizados por ciertos sectores de la crítica literaria anglosajona, particularmente Northrop Frye y su Anatomy of Criticism, apareció en 1973 la primera obra importante de Hayden White, Metahistory, dedicada (con cierta influencia oculta del Michelet de Barthes) a mostrar cómo la historiografía y la reflexión filosófica sobre la historia de la época clásica del oficio, esto es, el siglo XIX, podían y debían ser analizadas, antes que nada -y, lo que era peor, prácticamente mejor que nada-, como construcciones literarias. Los templos supremos de la ortodoxia historiográfíca de los centros pensantes hegemónicos, tanto los reunidos en tomo del club de los Annales en Francia, como sus encarnizados enemigos de Past and Present en Inglaterra, se cimbraron en sus fundaciones. Estantes y anaqueles, archivos y bibliotecas se estremecieron con una fuerza telúrica que no se había sentido desde la publicación, en 1962, de Histoire et Dialectique, el capítulo conclusivo de La Pensée Sauvage, de Lévi-Strauss. Como se recordará, en ese texto, el Papa del estructuralismo, mostrando el camino que Barthes habría de seguir con su semiología unos años después, había declarado simplemente que la Historia, como disciplina y campo de conocimiento, no tenía objeto. Un año después de la primera edición de El oficio de historiar esa corriente de perturbaciones subterráneas mostró que bien podía dar lugar a un cataclismo. Efectivamente, en 1989 afloraron a la superficie verdaderos volcanes en erupción que arrojaron piedras, lava y otros materiales incandescentes y malolientes sobre el oficio y sus practicantes. Por un lado (que resultó ser el más inofensivo y fácilmente rebatible), apareció el hasta hace poco célebre y ahora casi olvidado artículo “The End of History”, de Francis Fukuyama (que poco después alargaría y fortalecería su argumento en el libro The End of History and the Last Man); por el otro, se inició -más devastador y de efectos que aún perduran y que parecen no tener visos de terminar- el debate sobre “historia y posmodernidad”. Abierto para todos los efectos en el ámbito general de las ciencias en 1979 por un francotirador, el ex miembro fundador de la disidencia marxista Socialisme ou Barbarie, François Lyotard, autor de La condition postmoderne, el debate parece haber llegado a un punto de relativa saturación, por lo menos hasta nueva orden o nuevos desempeños, con la aparición de la magna obra neomarxista de Frederic Jameson, Postmodernism or the Cultural Logic of Late Capitalism (Durham, 1991). Entre ambos, varias centenas de libros de todos los matices y tendencias, con énfasis en el campo de estudios feministas y en el deconstruccionismo de Derrida, así como réplicas de detractores de la “pos”, han enriquecido, o por lo menos aumentado, la polémica sobre el fin de la historia, el fin de la modernidad y el abismo nihilista al borde del cual, según algunos, nos encontramos. En años recientes, las galeras de la versión original de El oficio de historiar se refundieron en una segunda edición, publicada en 1995 por la Editorial Clío como parte de las Obras completas del hombre de San José de Gracia, aumentada con cinco trabajos posteriores a 1988 que podríamos clasificar como “Ensayos y conferencias”, y una nueva reflexión intitulada “Ser historiador”, que de alguna forma “actualiza” el primer capítulo de la edición original. Mientras todo eso acontecía, una nueva “amenaza”, en la opinión de Lawrence Stone (la última, por el momento), se cernía sobre el ya desestabilizado sismógrafo de los historiadores: la llegada de los neohistoricistas, encabezada por Stephen Greenblatt, Walter Benn Michaels y otros, con sus radicales disoluciones de las fronteras entre las fuentes de la narrativa historiográfica y los ingredientes de la literatura, esto es, entre “historia verdadera” y “ficción”. Pero el terremoto más reverberante que sin duda el que, en los cortos y fulminantes diez años que separan las dos ediciones de El oficio de historiar publicadas por El Colegio de Michoacán, hizo tabla rasa de la monumental, absoluta y aparentemente indestructible fortaleza teórico-metodológica del marxismo -por lo menos tal y como ésta había sido cimentada por los fundadores, y reformada por Gramsci y el llamado marxismo occidental. Es verdad que ya antes de la fecha inicial las aplicaciones marxistas de la disciplina, y quienes en ellas se inspiraban, andaban con el alma en pena, buscando caminos de renovación que las sacaran de los callejones estrechos y mal iluminados a donde habían llegado de la mano de una teoría metamorfoseada en trinchera imbatible del historicismo teleológico. Pero, hace diez años, aun alguien tan poco marxista como Luis González no tenía empacho en reconocer: “en tiempos que corren, el materialismo histórico es la filosofía de la historia más utilizada para resolver de un plumazo el espinoso problema de la explicación” (p. 154). Ahora, diez años después, hay quien hable en derrota, quien confíe en los efectos transitorios del eclipse, quien busque la refundación, y, por fin, quien ventile la difuminación posmodernista. Pero la vida continúa: diez años atrás, Luis González iniciaba este trabajo con una nota de agradable sorpresa ante el crecimiento de la profesión y de sus practicantes: más de cincuenta mil en el mundo entero contra menos de un millar a inicios del siglo. Al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico, donde las apariencias son siempre más brumosas y siniestras, F. R. Ankersmit advertía que estábamos a punto de llegar (¿retomar?) a la situación denunciada por Nietzsche más de cien años atrás: a la historia como una enfermedad, al crecimiento descontrolado de una disciplina que, formalmente dedicada a investigar el pasado, se convertía de hecho en un obstáculo insalvable para su percepción. A la época de la composición de El oficio de hisioriar, el Segundo Directorio de Historiadores, publicado por el Comité Mexicano de Ciencias Históricas, registraba setecientos sesenta y nueve nombres de presuntos practicantes; un número que Luis González, después de peinar a los colados y desenmascarar a los fingidos, redujo a cuatrocientos. El Quinto Directorio de Historiadores, que está siendo distribuido mientras esto se escribe, registra, sin censura, más de mil profesionales que se dicen dedicados a la historia. También diez años atrás, Luis González reflexionaba sobre la publicación de obras de historia y decía de los editores: “Quizá pronto reciban disquetes elaborados por una computadora” (p. 200). Es difícil, si no imposible, leer El oficio de historiar -y a se trate de una primera aproximación o de una relectura- sin llevar en consideración todas esas perturbaciones recientes en el campo de la historia y en otros campos relacionados. Incluso porque, como lo prueban las intervenciones de Stone, del especialista en historia europea de los siglos XVI y XVII Pérez Zagorin (Universidad de Rochester, en los Estados Unidos), y de G.R. Elton en el debate (de éste último, que ostenta el intimidante título de Imperial Professor of History of England en la Universidad de Cambridge, ver en particular su furibundo Return to Essentials. Some Reflections on the Present State of Historical Studies, Cambridge, 1991), ellas han sido tan fuertes como para llevar a los normalmente impertérritos historiadores, por lo general indiferentes a las agrias discusiones teóricas que practicantes de otros oficios, a falta de algo mejor que hacer, sostienen sobre la historia, sus finalidades y naturalezas, a dejar sus demandantes tareas para bajar al sótano de la teoría y defender la ortodoxia gremial. Y generalmente lo han hecho de la siguiente manera: cada vez que sienten que la especulación teórica, extrahistoriográfica o no, ha ido demasiado lejos, al punto de colocar efectivamente en riesgo la cohesión epistemológica de la profesión, salen de sus guaridas, exabruptan por un corto espacio de tiempo, excomulgan y exorcizan, reafirman las “realidades” que subyacen a los documentos o el hecho de que los documentos contienen de alguna manera -o permiten el acceso a- las realidades de las que hablan, y, una vez reconfirmados los fundamentos, vuelven a lo que interesa. En este terreno, Luis González ha sido, junto con su maestro O’Gorman y algunos pocos practicantes más, una excepción a la regla. Es decir, ha sido siempre un historiador de esa realidad -verdadera o inventada- del pasado que se postula como la justificación central e imprescindible del historiar, y lo ha sido de una manera que se ha convertido en ejemplo y escuela para generaciones de estudiantes de historia, pero sin dejar al mismo tiempo de mantener un ojo perspicaz y casi siempre burlón sobre las sofisticadas elucubraciones teóricas de ultramar o de allende la frontera. Al punto de mirar adelantado, como en 1978, cuando escribió un artículo celebrando el “retomo de la narrativa”, precisamente un año antes de que Stone, que se ha convertido en una especie de coordinador de cruzadas para defender el santo oficio de historiar, publicara su ruidoso, y al fin de cuentas bastante insulso, ensayo sobre el mismo tema. Leído contra el telón de fondo de lo que se ha convenido en llamar recientemente la “crisis” de la historia -es decir, la historia como método y campo de conocimiento, la histórica de Droysen-, El oficio de historiar sorprende en varios sentidos. En primer lugar, porque es un libro inactual -no necesariamente intempestivo- pues ignora, no los temas referidos, sino el sentido catastrófico en que se discuten actualmente. Pero es inactual principalmente porque en él aparecen como tendencias claramente definidas, y a punto de concretarse, casi todos los nuevos campos de problemas que ahora, diez años después, ocupan y preocupan a los historiadores. Por lo menos a aquellos que piensan, como Luis González, que la especulación teórica y el dominio de sus vericuetos son ingredientes necesarios del buen historiar y, más que necesarios, vitales. Así, es un libro que, además del exhaustivo conocimiento que contiene sobre las operaciones del oficio, hace lo que se espera de todo teórico historiador, y lo que tanto molestaba al viejo Popper; es decir, profetiza y muestra que la profecía se cumple. En ese sentido, El oficio de historiar es varios libros en uno. Es, en primer lugar, lo que el autor finge que es, única y solamente: un exhaustivo plan de vuelo para los aprendices del oficio, a quienes enseña desde la cantidad de aceite que le han de poner a las turbinas hasta la matemática celeste y la estructura de los quanta, sin olvidarse de recomendar que limpien de vez en cuando el parabrisas, o que tengan cuidado con las resbalosas escaleras de acceso. Pero es también un libro que se convierte en una fuente invaluable para la historia de la teoría de la historia, tanto en México como desde México; es decir, en esta época de globalización y de la hegemonía de la mirada, es un libro que contribuye desde una perspectiva diferente a construir lo que es y ha sido la teoría y el método de investigar y escribir la historia. Una perspectiva, como quería Manheim, necesaria para redondear los ángulos de la verdad. Es también un libro que revisa, seriamente divertido, las avenidas de entrada, adaptación y empleo en el ambiente mexicano de las teorías de la historia generadas en los centros intelectuales hegemónicos; y que las contrasta y pone a dialogar, ya sea como corpus o como estrategias particulares, con concepciones teóricas y metodológicas “subalternas” o “periféricas” (ambos términos ya en desuso pero aún sin reemplazos adecuados) por su localización geográfica -México, España, América Latina-, pero de calidad y originalidad por lo menos tan dignas de atención como las que se han convertido, merced a una red de relaciones de fuerza que van más allá de la cohesión intrínseca de sus moléculas teóricas, en el pan nuestro de cada día. En efecto, en la opinión de quien esto escribe, uno de los grandes méritos de El oficio de historiar es, sin duda, el amplísimo panorama que ofrece de autores y obras de teoría y metodología de lengua española. Lo que se traduce, entre otras cosas, en una reivindicación implícita (como tantas cosas en Luis González, a pesar de su insistencia en declararse un nulo objeto de interpretación) de la capacidad, y más que eso, del derecho -y de la obligación, diría yo; él, nunca- que todos tenemos de hacer teoría. De paso muestra que ésta, como todo, también es un asunto de poder y, en particular -perogrullada-, de ideología. Es todo humano, dice Luis González, usando palabras no por conocidas menos ciertas, demasiado humano. Hay que insistir en que una de las riquezas de El oficio de historiar es el estímulo que significa a la reflexión teórica y, en particular, la forma en que lo hace; esto es, sin salirse de órbitas observables ni perderse en el reino del espíritu, sino combinando gargantas profundas con cumbres nevadas, discusiones especulativas con exigencias prácticas, tan materiales como la redacción de una nota de pie de página o los espacios, tabulaciones y márgenes que deben usarse en la confección del índice de un manuscrito. Esto permite que ambas funciones del buen historiador establezcan una relación orgánica que las hace inseparables e interdependientes, dándole incluso a las más humildes de las tareas del oficio, como el acto de tirar un borrador a la basura, el lugar de destaque que sin duda merecen. (En esto, Luis González, Dios me perdone, muestra la huella del Paris que le tocó vivir -aunque lo castellanice con referencias a autores de escrita española: el oficio, de hecho, es una estructura, en la que cada acción está definida por su relación con las otras y con el conjunto en su totalidad). Así se evita la fluctuación teórica en elipses completamente alejadas del material empírico con el que se trabaja, como era común que aconteciera en la época en que los “marcos teóricos” tenían precedencia sobre las cuestiones que supuestamente los demandaban. Como la Historik de Droysen -todas las proporciones físicas y los entornos intelectuales de ambos tratados guardados-. El oficio de historiar es también una clave para entender la manera de operar de uno de los practicantes que la historia de la historiografía del siglo XXI, cualquiera que sea su nombre y función, seguramente habrá de destacar en el panorama de capítulo mexicano del oficio. Y más allá, pues Pueblo en vilo, para citar apenas el más conocido de sus libros y para abundar en la redundancia de lo por todos conocido, se ha convertido en modelo internacional de manufactura, interpretación, explicación, forma narrativa y, last but not least, concepción misma de la historia. Esto dicho, no deja de ser una de las más deliciosas ironías el hecho de que Luis González, el más provinciano de nuestros historiadores, el más aferrado al terruño, el fervoroso proselitista de la matria, sea, al mismo tiempo, el más cosmopolita y global de todos, el fundador de una de las mayores y más completas bibliotecas particulares de historia que se pueden encontrar en muchos países del mundo, y que se prepara para ser el futuro centro humanista y científico de San José de Gracia, Michoacán, México. Una biblioteca que, por otro lado, tiene una modesta parte de su catálogo publicada como “bibliografía” de más de 600 títulos en las páginas postreras de El oficio de historiar. En efecto, en El oficio de historiar se encuentran las claves para deconstruir el edificio historiográfico de su autor. Esas claves se pueden buscar tanto en las referencias explícitas a las propuestas de los modelos intelectuales que Luis González ha adoptado a lo largo de su carrera para estructurar su obra, el rigor del propio Droysen, tan frecuentemente citado, su hermenéutica y la de Collingwood, la contemporaneidad de Croce, el estructuralismo avant la lettre de Huizinga, la sistematicidad de Marrou; pero también la aguda fenomenología de Gaos, el embate directo de Cosio Villegas, la visión amplia de Ramón Iglesia, el ímpetu intelectual de José Miranda, las técnicas marineras de O’Gorman, etcétera. Pero las claves hay que buscarlas sobre todo en las delicadas operaciones de elección y selección que Luis González efectúa para propiciar la inclusión y, al mismo tiempo, la crítica sutil y por lo general irónica de aquello que, aunque merecedor, no puede ser validado más allá de su simple mención, ya se trate de collagistas, cronólogos, o de meros positivistas. Tal como la Historik de Droysen, El oficio de historiar es también un trabajo que juega con la síntesis que puede desagradar al especialista emplumado que se toma demasiado en serio, y con la erudición que puede tirar un poco de balance al aprendiz que aún no domina las técnicas del vuelo. Sin embargo, a diferencia de Droysen, el texto de Luis está calculadamente equilibrado para que sean los nuevos, y no los emplumados (hay una categoría intermedia, en la que cabemos todos), los que disfruten, con mayor plenitud y voluptuosidad, de su contenido. Es un libro que, aunque no elude casi ninguna de las complejidades implícitas en el acto de investigar y escribir acerca de la historia, hace un voto definitivo por la simplicidad y por la desmitificación de la tarea del historiador. Ya se dijo en algún lugar con relación a la historia del arte -no sé por qué, pero en fin-, y lo repito aquí con relación a Luis González, mientras la envidia me carcome al inicio y al final; sólo mentes capaces de abarcar grandes complejidades tienen el don de la sencillez. A diferencia de muchos libros de teoría y metodología de la historia, El oficio de historiar es una obra que maneja esas materias desde la perspectiva de alguien que ha trabajado exhaustivamente en archivos de todo tamaño y naturaleza, que a incursionado en casi todos los campos de la historia, que se ha metido a escribir sobre una extensa amplitud de temas, y que, antes que nada, sabe de lo que está hablando. Esto se siente en la naturalidad con la que Luis González destrincha cuestiones que sólo un historiador empírico al tanto de su teoría y método, y no un teórico-metodólogo que habla desde otra plataforma, puede percibir. Lo cual no quiere decir que tengamos en manos una especie de Biblia mexicana de la historia, pues nada más lejos de la intención de don Luis que pontificar sobre cualquier cosa -aunque el título del libro tenga un indisfrazable subtono sacramental. Pero es un libro de teoría y metodología que tiene uno de sus ejes estructurantes en la concepción de los límites de la especulación y de la técnica, y de los peligros de que esos dos elementos, vitales para el trabajo del historiador, se sobrepongan a la realidad que se estudia, y a la imaginación que la conforma. En las páginas de El oficio transita con particular insistencia la advertencia contra los excesos de rigor metodológico que con frecuencia acaban no sólo por determinar la forma de abordar y31 tratar un asunto, sino que construyen de hecho la “verdad” que se busca, por medio de las condiciones, definiciones, constreñimientos y moldes que impone a la investigación. Algo que está en el meollo de las discusiones actuales -de hecho, lo está desde las visiones posmodemas de Simmel- sobre, precisamente, la naturaleza de esa “verdad” que la historia como campo de conocimiento dice perseguir. Tenemos, entonces, una obra de conducción que, sin embargo, no esconde sus preferencias ni oculta sus fobias, sino que las muestra como lo que son en un marco amplio de opciones. En ese sentido, “clasificar” a Luis González dentro del panorama de las escuelas y tendencias historiográficas que él mismo presenta no parece ser una misión imposible. Es un hermeneuta y un historicista, que tiene a Droysen, Dilthey, Rickert, Croce y Collingwood como sus patrones intelectuales, y por eso incluye y recomienda a los actuales pontífices de la neohermenéutica, Gadamer y Ricoeur. Sobre esa densa base declara; el historiador es “el aspirante a ser resuscitador de las acciones humanas” (p. 35). Pero aunque lejano en todos los sentidos, tampoco se olvida de lo que el marxismo (Marx se lleva el mayor número de puntos por citas en la obra), el neopositivismo hempeliano, el estructuralismo y su vertiente historiográfica en la escuela braudeliana de la longue durée, y otras, han contribuido para constituir el campo de problemas que forman la dinámica del estudio de la historia. En ese sentido, Luis González pasea campechano, “sin lienzo y sin documento”, como dice la canción de Caetano Veloso, por un tranquilo eclecticismo que incluso le permite recomendar a los practicantes o aprendices, “adoptar la actitud pasiva que reclamaban los sacerdotes del positivismo, de recibir en su espíritu el mundo exterior” (p. 31). Pero, lado a lado con ese nulificarse ante los hechos, ese intento por someter el sujeto al objeto de su interés, lo que debe prevalecer en el historiador es un profundo conocimiento de sí mismo, única -y precaria, diría yo- garantía de que sabremos cuáles los ingredientes de los que estamos hechos y cómo ellos actúan, conformando y deformando, nuestras percepciones. Aquí estamos ante el reconocimiento de la falibilidad del juicio del historiador, de la historia como un humanismo que carga consigo, en su factura, la intervención de todas las pasiones que constituyen la conciencia de los humanos. Otra muestra ejemplar de la capacidad de don Luis para entender la razón del otro, sin necesariamente estar de acuerdo con su posición, pero tampoco contra (mucho por lo contrario); al preguntarse didácticamente de qué se ocupa la historia, responde con su típica sonrisa juguetona; de lo irrepetible, como querían los clásicos del siglo XIX, pero también de lo repetible, como piensan los positivistas-cuantitativistas. Hay modernidad, pero también, en muchos casos, la visión que la supera en la obra de Luis González. Es, y siempre fue, un convencido diluidor de las fronteras entre lo que se ha convenido en llamar de campos del conocimiento, y, más grave en el debate actual, entre arte y ciencia, entre historia y literatura. A este escriba, por ejemplo, le hizo cometer un imperdonable ensayo sobre la función inspiradora de Clío en la iniciante primavera de 1964, y aplaudió con una calificación bastante decente el que se le hubiera clasificado sin ambigüedades entre las patronas de las artes. El nunca suficientemente citado Pueblo en vilo es famoso, entre otras cosas, por el cuidado casi preeminente con una cierta forma literaria naive llevada al límite, y, con esa experiencia, don Luis (a espaldas y a pesar de Conacyt) se la receta a los microhistoriadores, a los que “les viene de maravilla el molde típico de los cuenteros locales”. (Por cierto que sobre Pueblo en vilo y sobre microhistoria habría mucho que hablar, pero el lugar no sería éste, y sí un parloteo propiciatorio de una nueva edición. Porque el término, tan indisolublemente vinculado con el diminuto, honrado y bravo San José de Gracia, ha caído en la vida. Y en esa condición se ha convertido en un concepto best-seller, llevado de la mano por estrellas de la historiografía de ultramar, como Carlo Ginzburg y otros historiadores, sobre todo italianos, validado por antropólogos como Clifford Geertz y su descripción densa, “legitimado” con toda la pomposidad terminológica necesaria a la solemnidad académica, y coronado a años luz de Pueblo en vilo. Se puede decir de Luis González lo que Luis González -creo que era é l- decía de José Gaos; su desgracia fue escribir en español). Pero, ¿qué es El oficio de historiar? Bueno, antes que nada, es una respuesta a esa pregunta, hecha sin cursivas y en minúsculas. Como ya se dijo y repitió de diversas maneras, el libro de Luis González es un meticuloso recorrido por todas las operaciones que constituyen la ocupación profesional de los historiadores. Tiene, como libro, la misma estructura que debe tener un libro de historia. Esto es, forma un testimonio de las formas como funciona el método narrativo de explicación, el favorito indiscutible y magníficamente cultivado de don Luis; el libro, en su concepción y desarrollo, imita el proceso “real” a que se refiere (cómo escribir un libro, otro libro), de la misma manera que la historia narrativa imita en el relato el contenido que narra. Todas las cuestiones clásicas del métier están presentes, estructuradas en tomo de un eje central: a saber, el problema de la comprensión y de la explicación en la historia, o, en otras palabras, el problema crucial del “conocimiento histórico” -que, sin embargo, aunque central y crucial, no es contrastado con las teorías que lo niegan o que lo ponen en duda. Antes de eso, se discuten la consistencia y apariencia del gremio de los historiadores (una sección que, por cierto, apunta para algo que sería sumamente interesante: una historia profunda de las funciones del historiador en la cultura moderna); la naturaleza de lo que constituye un tema para la historia; las preguntas que se le pueden y deben hacer al material que se investiga, las cuestiones centrales del tratamiento de las fuentes, los procesos de crítica heurística; después, del otro lado de la explicación, los problemas prácticos de la elaboración del manuscrito y algunas sugerencias finales para animar la carrera del principiante, exhausto, pero feliz y confortado, después de tan completo recorrido. Todo eso hilvanado por una sintaxis que suprime los párrafos al interior de los capítulos y convierte frases aisladas en subtítulos de secciones, con el simple recurso de separarlas de la línea anterior. Esto puede ser un simple ejercicio estilístico; pero también puede tener la función precipua de imitar un flujo de la historia que se antoja siempre continuo, aunque Luis González advierta sobre la necesidad de respetar los “silencios” del archivo. Quien quiera encontrar parentescos gonzalianos con las recientes teorías de la discontinuidad en la historia, debe tratar de asirse de esta frágil ramita, pues los “silencios” pueden en efecto ser entendidos como manifestaciones concretas de esa discontinuidad, aunque también puedan entenderse (y con más facilidad en este caso) como “fallas” del registro demasiado humano; o puede, entonces, tratar de descubrir si Luis González comparte o no el menosprecio de los marxistas, analistas y cliométricos -que él identifica como las tres corrientes hegemónicas de segundo tercio del siglo XX-, por la “historia genética”, aquella que sufre por llenar todos los espacios de la narración y construir una continuidad impecable. En ésta, como en muchas otras cuestiones, Luis González plantea un juego de percepción (sobre todo para el prologador) que consiste en tratar de descubrir cuáles tendencias, escuelas o sectas -fuera de las hechas explícitas por el propio autor- merecen apoyo y empleo, y cuáles no. Pero es evidente, y El oficio de historiar lo muestra con toda naturalidad (aunque tal vez no con toda la intención que este deficiente lector le atribuye), que si la continuidad existe, no hay que buscarla de ninguna manera en la historia del método o de la teoría de la historia, ese campo del pensamiento que se ocupa, entre otras cosas, precisa y paradójicamente de eso: de la reflexión sobre la continuidad. Al contrario, la teoría (y el método, lado a lado) es un campo donde nada se acumula y nada se resuelve; antes bien, casi todo se repite, se reformula, se recupera con una máscara diferente, se recicla; allí se salta en todas las direcciones, y los “antecedentes”, los “orígenes”, tienen una importancia secundaria, casi anecdótica. Las leyes de la causalidad no valen en la teoría de la historia, por más que el régimen de las “causas” sea uno de los principales problemas conjurados para darle a esa teoría densidad y espacio epistemológico. En cada uno de los pasos descritos una de las preocupaciones centrales del libro de Luis González es la de presentar el mayor número posible de propuestas y opciones que hayan tenido alguna vigencia entre practicantes del oficio. En ese sentido. El oficio de historiar es un libro abierto y ecuménico, aunque el autor no confunda nunca sus ideas con su tarea como inventariante de las ideas que ha habido sobre la concepción de la historia, su investigación y divulgación. Estamos frente a una obra que reivindica para la “ciencia” de la historia un estatuto de consistencia ni “suave” ni “dura”, sino “fluida” (no en balde abundan en el estudio las metáforas marítimas). Un libro que da la “verdad” (o las verdades) por descontado. Y aquí se podría advertir que, pese a que seguramente ni Nietzsche ni Foucault figuran entre las lecturas favoritas de Luis González, no obstante que el primero esté presente en varios pasajes de El oficio, algunos puntos de paradójica semejanza pueden ser establecidos entre la pareja demoníaca y el monstruo de San José de Gracia. Es el caso de una cierta insinuación (esto es, una postura no explícita) de concepto de “verdad” como variable de un complejo utilitario, es decir, carente de un valor intrínseco, y pertinente sólo al contexto en que se dice, a quién la dice, y para qué. Discusiones como esta son típicamente ilustradas por don Luis con lo más terrenal que se puede encontrar; en este caso, una falsa merced usada como verdad por los pueblos de Cojumatlán para defender sus tierras -y en ese contexto necesariamente verdadera para el investigador. La aprobación de esa perspectiva de relativo pragmatismo le permite también reconocer que la imprevisibilidad de lo histórico está dada, no sólo por lo contingente de las acciones humanas, sino porque cada generación, cada época, cambia sus criterios de selección, cambia su definición de lo que es “importante” e “interesante” en el pasado, es decir, cambia su concepción de lo que es “la historia” -y al hacerlo, cambia la propia historia. Esto, que es un pilar del historicismo clásico (aunque también se puede rastrear en Nietzsche), y que se resume en la frase que afirma que cada generación -de historiadores- reescribe la historia desde el punto de vista de sus propias preocupaciones, significa, claro está, que la historia -y el pasado- sólo existen en el presente, y más específicamente, en la cabeza del historiador. Aun así -y en una actitud que puede parecer contradictoria pero que sólo refleja la complejidad, por un lado, y la falta de consenso, por el otro, en la teoría de la materia -E l oficio es un libro que confirma la existencia del pasado como de cualquier otra cosa y que afirma, sin ambigüedades, la posibilidad de “recuperado”, a veces, de “reconstruirlo”, otras, e incluso, de “observarlo”, “por los ojos de cerradura que son los vestigios”. Es un libro que llama a la historia, sin asomo de duda, “conocimiento concreto de la vida pasada”; a los libros de historia, “novelas verídicas”, al historiador, “novelista de lo verdadero”; que se refiere a sí mismo como “un manojo de consejos”, una “obra de recomendaciones a neófitos y aficionados”. Pero El oficio de historiar no es un libro militante, al estilo de Lucien Febvre y Marc Bloch, ni de las diatribas del establishment universitario norteamericano contra las amenazas de disolución del campo de la historia en el remolino de la posmodemidad (o, como prefiere Luis González, tan consciente como el que más de lo que se nos viene encima, en los interrogantes subrayados de la edad de la duda que releva a la de la razón). Luis González tiene suficiente humor y sabiduría acerca del comportamiento de su especie como para caer en ese tipo de actitudes. Sus interminables diálogos con los viejos josefinos en la plaza de su pueblo natal lo han protegido y le han permitido realizar lo que Collingwood recomendaba, y que él mismo describe así; “lo indispensable para ‘ser buen historiador, aunque no sólo requiera eso’, es saber ‘escuchar a los semejantes” ’. Sin embargo, ese escuchar no es para el simple deleite, sino para aprender con él a “vivir como”, esa fórmula dilthey-coolingwoodiana de echarse clavados en el pasado para entenderlo y revivirlo allí, en el banco de fierro pintado de verde y plata de la placita de San José de Gracia, una vital alegoría de la historia local, cuajada de estatuas de los bravos josefinos cristeros, tíos, abuelos y bisabuelos de don Luis, que se levantaron en armas contra los desmanes de la Revolución. Esa pertenencia a la historia, tan fuerte y tan peculiar del autor de El oficio de historiar, que la recibe de una tradición que prácticamente lo mece y conforta desde la cuna de recién nacido, ha sido un ingrediente central en la construcción del historiador. En el caso de Luis González se puede hablar de un historiador que ya nació así, escuchando, preguntando y contando después. Por qué no todos los josefinos son historiadores es un misterio insondable; o tal vez lo son, pero no lo divulgan. Así, Luis González es un puente entre las dos culturas que lo constituyen, y a ninguna de las cuales quiere renunciar. Es un puente y, además, un estímulo poderoso para que rescatemos aquella mitad (¿lúdica? ¿irónica?) de nuestro entendimiento y de nuestros sentidos que las candilejas de la modernidad ofuscaron en la manera contemporánea de pensar y de percibir el mundo. En ese meticuloso recorrido del acto de investigar materiales y escribir textos relacionados con la historia. El oficio de historiar establece un diálogo entre sí mismo y lo que dice; en otras palabras, juega de tanto en tanto a montarse en un metalenguaje que permite al autor hacer una serie discreta de referencias irónicas a lo que está escribiendo, a sí mismo y a otros, como a los historiadores de los fenómenos psicológicos, comprensiblemente “obsesionados”, dice él, por la historia de las mentalidades. O entonces, cuando en una de sus muchas referencias a la narración y a la refriega que se establece entre sus partidarios y los neocientíficos positivistas, dispara: “Sea la Historia de México, de José Bravo ligarte”. Así pues, no es de extrañar que en diversos momentos la lectura del libro provoque, como surgidas de sus propias entrelineas, preguntas sobre el diálogo -o la tensión- entre el autor y lo que escribe. Es decir, al escribir El oficio de historiar, ¿siguió Luis González, con rigor, la receta de investigación y de composición que preconiza? A veces, ya se dijo, parece como si el libro se fuera reflejando a sí mismo, al menos en parte, en la estructura del “libro de historia” del que trata. Una especie de palimpsesto imaginario. Pero en otros pasajes pareciera que no, y el autor así (falsamente) lo confiesa. Véase por ejemplo una de las referencias al “aparato erudito”: para ilustrar la forma correcta de elaborar una cita, don Luis cita Cómo se hace una Tesis, de Umberto Eco, en el pasaje donde el famoso semiólogo muestra cómo citar una cita; pero don Luis termina la sección con una autocrítica, por no hacer, en las citas de su libro, lo que Eco recomienda. Pero, eso sí, practicantes, aprendices y curiosos, deben aprender a citar de esa manera. Sin embargo, por completo y exhaustivo que sea. El oficio de historiar tiene una gran falla que es de esperar que se corrija en ediciones posteriores: Luis González omitió las instrucciones necesarias para escribirle un prólogo. Algo que, como este texto lo muestra, puede tener consecuencias desastrosas. Al constatar la falla, busqué apoyo y respuestas en Chartier, que ha escrito con similar maestría sobre la función cumplida habitualmente por este tipo de artículos introductorios, nacidos en algún momento del siglo XVIII. Eran, dice él, por lo general, tentativas de “orientar” la lectura del texto, de conducir su sentido en una dirección determinada, de construir una interpretación que evitara o dirigiera la del lector. Es obvio que Chartier no estaba pensando en El oficio de historiar, ni mucho menos en las insuperables dificultades de quien esto escribe. Convencido de que la historia no es la maestra de la vida, volví, entonces, al original. ¿Cómo nos recomendaría Luis González proceder para confeccionar un prólogo? ¿Qué nos aconsejaría que dijéramos? ¿Cómo nos recomendaría decirlo? Probablemente sugeriría, entre otras muchas y minuciosas cosas, que elogiáramos al autor, haciendo resaltar sus aciertos, minimizando los desacuerdos, y apuntando con simpatía y sutileza las divergencias con nuestro pensamiento; con certeza aconsejaría, ay, seguir un orden lógico de exposición y advertiría contra el peligro de olvidar la terminal intrascendencia del texto, destinado a servir meramente de aperitivo, en el mejor de los casos (y de relleno en el peor), para lo que realmente interesa. Tomado por esos tenebrosos pensamientos, traté, en largas noches de insomnio, provocado por mi temeridad de haber aceptado tan fácilmente la tarea que me tendían los editores, de imaginarme ese “capítulo faltante” de El oficio de historiar, y conseguir que mi imaginación supliera la falta y me hiciera abordar las metáforas luisgonzalianas para llegar a buen puerto. Pero es obvio que naufragué, como no podía dejar de ser. Y mientras me hundía, me vino por fin a la cabeza, con la cristalina lentitud que las burbujas producían, que esa falta de instrucciones no era accidental, sino que había sido consciente y malévolamente dejada allí, en las páginas mudas del libro, para defenderlo de ataques bucaneros. Un libro de (historia de la) teoría de la historia es un libro de historia como cualquier otro. Representa, entre otras muchas cosas, el estado de la reflexión sobre el asunto en un momento dado. Sus cualidades reposan en la capacidad de incluir perspectivas y abordajes diferentes, y de entender lo que se incluye y de esa manera justificar y hacer una apología de su presencia, para con ello enriquecer nuestra visión de la historia y, sobre todo, de sus problemas, que es lo que al final de cuentas importa. En este sentido. El oficio de historiar es una obra ejemplar que (como hay que decirlo en los prólogos, pero que aquí se dice con toda la fuerza de la convicción -que no es lo mismo que la verdad, pero es más cierto) resulta imprescindible para los estudiantes/estudiosos interesados en la teoría y metodología de la historia, y, sobre todo, para los curiosos por ver y entender cómo esa teoría ha sido aplicada en México. El título del libro que está a punto de ser abierto dice que lo que hacemos los historiadores es ElOficio1-1un oficio. Es una práctica a la que, como a todas, le gusta de vez en cuando refocilarse en su discurso y colocar en duda lo que hace, al punto de provocar en ocasiones enormes bolsas de vacío que succionan a velocidades vertiginosas nuestra confianza y ánimo, y las hacen rebotar estrepitosamente contra el centro de la tierra de nuestra conciencia. Son mecanismos periódicos de verificación y prueba. Son gajes del oficio. Hay una historia que se ha vuelto una piedra fundamental, tal vez la piedra fundamental, del imaginario popular que el estado ha construido en los últimos cincuenta años. Esa historia, dicha y repetida, machacada y reiterada en las clases de civismo, en los libros de texto y en las ceremonias destinadas al culto de los héroes que se suceden sin parar sobre el cemento de los patios de las escuelas públicas y privadas, se encuentra casi siempre a años luz de la historia que se va haciendo y deshaciendo, escribiendo y reescribiendo en los departamentos de historia de las universidades y de los centros de investigación. Son de hecho dos tipos de “historia”: la primera simple y lineal, pero invariable, rígida, seria y adusta, montada sobre esencias, permanencias y rasgos trascendentales, funcionalmente ideológica y en última instancia manipuladora del pensamiento popular; una historia casi insultante de la inteligencia del pueblo al que se le juzga incapaz de una reflexión que no sea monolítica y pétrea. La otra, compleja, ambigua, inestable, incapaz muchas veces de mantener sus posiciones por mucho tiempo, expuesta siempre al tiro fatal de la investigación más reciente, pero menos ilusoria e ideal, y, por lo tanto, menos útil para el poder. El oficio de historiar es una invitación, debidamente acompañada del mapa correspondiente, para que los nuevos historiadores acepten el reto de practicar lo que, de hecho, es una aventura sin final previsible. Hay naves, velas, brújulas, diarios de navegación, mantenimientos de guerra y de boca, rutas conocidas y dragones que anuncian peligros inminentes -muchas veces simple producto de la imaginación. Pero el viento, sólo Dios sabe. Una historiografía natural, vital y, sobre todo, de impecable calidad. De hecho, toda la vida/obra de Luis González, en los diversos Colegios que han tenido el privilegio de contar con su presencia -el de México, el de Michoacán, el Nacional-, pero también en San José de Gracia, en Zamora y en la ciudad de México, es una llamada y una guía en ese sentido. Una historiografía que, producto del ocio creador, ni falte a la gravedad de sus laboratorios, ni se vuelva incomprensible para los no especialistas (esto es, dice El oficio, los que no viven de ella) por el uso de un lenguaje hermético y vano, destinado a simular, más que a probar, la imposible “cientificidad” de su conocimiento. (Algo que a quien esto escribe, como este escrito lo muestra, trabajo mucho le cuesta). Una historia que se parezca a sí misma y se reconozca en lo que representa, tanto si se la estudia y construye en archivos, congresos y seminarios de profesionales del oficio, como si se la discute y debate, res pública y propia, en las plazas, parques, cantinas, y otros centros de vida civilizada de la nación. Una historia que busque, aunque nunca pueda encontrarla, la verdad. En Brasil, en México, o en cualquier otra parte, don Luis, que así sea.

[Guillermo PALACIOS. “El capítulo faltante de El oficio de historiar”, in Luis GONZÁLEZ. El Oficio de historiar. Michoacán: El Colegio de Michoacán, 1999, pp. 11-29]