✍ ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la historia y de los historiadores [1977]

por Teoría de la historia

hacemos-tabla-rasa-del-pasado-jean-chesneaux_MLA-F-5122149681_092013Jean Chesneaux cuestiona a la historia como “oficio” y a los historiadores como mandarines, “con sus satisfacciones de prestigio, de poder y de dinero”. Su planteamiento es revolucionario, en el sentido que todo su esfuerzo está concentrado en demostrar que la historia tiene como finalidad el cambio social, la lucha política. Para ello, hace un análisis desmitificador de los “componentes sagrados” del saber histórico. Y allí es donde entran a cobrar importancia sus preguntas: ¿Qué es la historia dentro de la vida social? ¿Cuál es su función? ¿Se puede hablar de “hecho histórico” objetivo, de una vez y para siempre? ¿Puede estar el historiador “distanciado” de su época? ¿Cuál es la resultante de la “difusión masiva de la historia”, tal como se la practica hoy? ¿Se puede ser “historiador marxista” de la Edad Media? ¿Ayuda el presente a “comprender” el pasado o debe el pasado ayudar a comprender el presente? Y su pregunta final: “¿qué es historia para revolución?” El modo de responder a estas preguntas es declarado y militantemente político: se reconoce como un profesional “(in) confortablemente instalado” en ese “territorio” y en ese “oficio” ambiguamente llamado HISTORIA. Partiendo de su rechazo del capitalismo, de su práctica social efectiva, de una posición marxista y comunista y de su condición de profesor universitario, reflexiona sobre los problemas del saber histórico. Su reflexión es desacralizadora, en el sentido de que a nada da por sentado: todo puede ser una “falsa evidencia”: el hecho histórico inmutable, la periodización, la intelectualización del pasado que lo convierte así en un conocimiento de élite, alejando a las masas populares de sus marcos de referencias “naturales”. Chesneaux explicita las formas en que el saber histórico es utilizado por las clases dominantes para ejercer el poder, para mantener el poder, para desposeer también en este campo a la clase trabajadora. ¿Cuáles son los métodos que utiliza para lograrlo? Controlar al pasado tanto a nivel de la política práctica como a nivel de la ideología, ocultar determinados hechos históricos, manejar las “fuentes”, apelar al pasado en cuanto a la tradición prolongando así, por la continuidad y por la “naturalidad”, el modo actual de dominación. La contrapartida se da en el campo de las luchas populares: a esa versión oficial del pasado, las masas oponen “una imagen más sólida, una imagen conforme con sus aspiraciones y que refleja la riqueza real de su pasado”. Por eso, también es el pasado un objetivo político y un tema de lucha para las fuerzas populares, ya que colabora alimentándolas. Liberar, reivindicar y reconquistar el pasado, apoyándose en él para afirmarse, es uno de los objetivos de los movimientos de liberación del Tercer Mundo en nuestro siglo. El autor nos previene sobre el papel que cumplen los historiadores para mantener este estado de cosas: amparados en su apoliticidad, en la objetividad del oficio, en el manejo de las técnicas científicas, son muy susceptibles de aceptar y hasta reivindicar el vivir “desdoblados”: como personas “privadas” tienen derecho a optar políticamente, pero como historiadores, son “neutros, objetivos, científicos”. Sobre esta base el historiador crea su “discurso histórico” y por ello, éste es tecnicista, profesionalista, con un lenguaje cifrado, intelectualista y por último productivista, ya que se toma al crecimiento de la producción histórica como un objetivo en sí, encerrado en sí mismo, acumulativo. Así “funciona al servicio del orden establecido, de los valores de base de la sociedad capitalista y de toda la ideología dominante”. Chesneaux utiliza como método para clarificar políticamente la problemática histórica, la teoría revolucionaria elaborada por Marx y Engels, entendida como creación continua, enriquecida por los aportes de cada etapa importante de la lucha por el socialismo, sistematizados por Lenin, Rosa de Luxemburg, Gramsci, Mao. En muchas partes del libro hay advertencias y juicios dirigidos a sus colegas “marxistas-académicos” quienes caen en vicios dogmáticos y quienes a partir de las posiciones ganadas en los sucesos de mayo del 68 en Francia, cuando el Partido Comunista logra entrar oficialmente a la Universidad, optan por negarse a criticar la ideología dominante, aceptando los “juegos y las seducciones del sistema universitario”. Las categorías del cuadripartidismo histórico -historia antigua, medieval, moderna y contemporánea- son reemplazadas por las trampas de la sistematización de la historia mundial de los modos de producción principales -teoría estalinista de los cinco estadios-. Así junto a la tradicional corriente histórica de los hechos, se dan en la Francia actual dos nuevas corrientes, la de la “Nueva Historia” -Pierre Nora, Jacques Le Goff, Braudel- y la historia universitaria marxista, pero todas tienen en común “una concepción de los2159072-L mecanismos históricos que reposan sobre la continuidad lenta, sobre procesos externos al movimiento activo de las masas” desposeyéndolas de su historia, ignorando la relación fundamental entre saber histórico y práctica social. Pero el marxismo, dice Chesneaux “teoría de la lucha revolucionaria y no teoría destinada al análisis intelectual del pasado, nació de las exigencias de la práctica social”. “Marx no era un ‘historiador marxista’, pero sí ciertamente un intelectual revolucionario”. Por eso, el fin del conocimiento histórico es poner el pasado al servicio del presente y el gran reto de los historiadores es el de operacionalizar esa relación con el pasado, para responder a las exigencias que hoy tienen las masas populares. Esto no lo puede hacer el historiador si pretende distanciarse de los sucesos y de las fuerzas de su época. Chesneaux enfoca a la historia como “relación activa con el pasado” en el campo del poder y en el campo de las luchas populares. Su interés apunta a sus “colegas”, llamándolos a la reflexión para posibilitar el cambio cualitativo que significa romper los automatismos del saber histórico dominante, porque las luchas por la liberación nacional y social que llevan a cabo las fuerzas populares, marcan la ocasión de “arrancarse del campo histórico clásico y por lo tanto de su cronología. Lo cualitativo afirma así su primacía sobre lo cuantitativo, lo discontinuo sobre lo continuo”. Pero su interés también apunta a sectores más amplios, aunque sabe las dificultades que tiene el intelectual para superar el aislamiento que lo separa de las clases populares. Su crítica al lenguaje cifrado es coherente con el lenguaje asequible en que redacta su libro. Pero esta simplicidad en las palabras que utiliza no significa que los temas sean tratados superficialmente; por el contrario, el autor se esfuerza en hacer un examen exhaustivo, retomando los temas en los diversos capítulos, aclarando y profundizando su análisis desde distintos ángulos. Plantea así temas de reconocida importancia: la geopolítica, la continuidad y la discontinuidad en los procesos históricos, la pluridisciplinaridad, la “historia universal” y la interioridad nacional de la historia, la “historia por arriba e historia por abajo. Las masas populares en la historia”. “¿Hacemos tabla rasa del pesado?”, pregunta con que Chesneaux titula su libro, plantea toda una labor que no sólo deberá ser hecha por los historiadores. Si se está ubicado en el campo de los que luchan por su liberación, se desea acabar la historia como saber elitista, como recurso ideológico que coloca al pasado sobre el presente, resguardando a las clases dirigentes. Pero como “una sociedad tendrá siempre necesidad de definir su pasado, tendrá siempre necesidad de su pasado para definir su futuro”, entonces, la historia no se acabará y por ello es vitalmente necesario enfrentarnos con su problemática.

[Susana TORME. “¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la historia y de los historiadores” (reseña), in Praxis (San José de Costa Rica), nº 7, enero-febrero de 1978, pp. 97-100]

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