✍ Esbozo de una historia de las ideas en el Brasil [1956]

por Teoría de la historia

cruz-costa-esbozo-de-historia-de-las-ideas-en-brasil-1957_MLA-F-134906262_2160A los tomos ya publicados, La filosofía en el Uruguay en el Siglo XX, de Arturo Ardao, y El pensamiento boliviano en el Siglo XX, de Guillermo Francovich, se une ahora éste de Cruz Costa sobre el Brasil. Con estos libros se irá tejiendo la Historia de las Ideas de América que habrá de permitir, al final, una mayor comprensión entre los países que se formaron en este Continente. El autor, João Cruz Costa, es uno de los más destacados filósofos de su país, Brasil, y el más empeñoso de los historiadores de las ideas de ese pueblo. Nacido en Sao Paulo, es ahora uno de los maestros de mayor prestigio de la Universidad de su Estado. A su pluma se deben ya trabajos como Ensaio sobre a vida e a obra de Francisco Sánchez (1945), Augusto Comte e as origens do positivismo (1951), Contribuição a História das ldéias no Brasil (1956), O positivismo na República (1956),y éste que ahora se publica. En su Esbozo de una Historia de las Ideas en el Brasil, Cruz Costa realiza un maravilloso y ágil recorrido por la historia de su país, que va de la Colonia a nuestros días. En apretada síntesis nos habla de los orígenes y desenvolvimiento de las ideas que van perfilando la personalidad del Brasil, para pasar a lo que llama “la transición de una época a otra”, del pasado al presente brasileño, terminando con dos grandes partes que se refieren a la historia e ideas del Brasil en el siglo XX. Esbozo de una historia que recuerda la de casi todos los países hispanoamericanos. Una historia común que, por serlo, pertenece a lo que con mayor justeza podemos llamar historia de los pueblos iberoamericanos. Pero también una historia con caracteres originales, los propios del Brasil, en que se hace patente un alto sentido práctico, sentido que, en muchas ocasiones, ha faltado a los pueblos hisponamericanos. América, se ha dicho alguna vez, es el Continente de la acción. La acción parece dominar en este Continente acusado de primitivo e inmaduro. La acción capaz de hacer de él un mundo del porvenir, un mundo para el hombre de mañana; la acción que puede transformar la utopía americana en realidad. Las ideas parecen no jugar otro papel que el de instrumentos justificativos de esta acción. Actitud que vale tanto para la América anglosajona que para la ibera. En una y en otra América el hombre se ha entregado a la acción capaz de hacer de esta tierra primitiva, rica y hostil, un mundo que pueda realizar los viejos sueños del no menos Viejo Mundo. De las naciones iberas surgidas en esta América, Brasil parece tener un mayor sentido práctico, sin que el mismo implique una pérdida de las características propias del ibero. Un sentido práctico que ha faltado a las naciones hispanoamericanas y que, acaso, hubiese evitado acciones inútiles. De aquí la importancia de un libro como éste de Cruz Costa, en el que se ve la estrecha relación que guardan las ideas con la historia; una relación instrumental para aligerar el paso de una determinada situación histórica a otra que reclama una realidad siempre cambiante. El brasileño, a diferencia del hispanoamericano, no se enamora de las ideas olvidando su realidad, sino que las domina y las.pone al servicio de la realidad que las reclama. No hay violencia; el brasileño no se siente obligado a una absurda elección: entre lo que es y lo que quiere ser, sino que saca de lo que es lo que ha de poder ser. Por eso su historia no marcha a saltos; en ella no aparecen los períodos sangrientos que caracterizan la historia de los pueblos hispanoamericanos. Todo lo contrario, es una historia que parece marchar sobre aceite, casi sin tropiezos. El brasileño, un buen día, se acuesta siendo colonial para despertar, otro día, siendo independiente; igualmente pasa de un imperio amable, casi paternalista, a una república emotiva y llena de proyectos. Una república que a su vez va formando los elementos que, por la misma vía de la evolución, haga del Brasil una nación moderna, una nación a la altura de las grandes naciones del mundo; una nación industrializada y dueña de sus productos. Todo esto sin mayores violencias, sin que los hombres tengan que verse obligados a una elección innecesaria, sólo a lo que la realidad reclama. Cruz Costa encuentra este sentido práctico, utilitario, en los mismos descubridores y colonizadores portugueses. Un sentido que va a ser peculiar de los brasileños: “pragmatismo vivido”, “sentido utilitario que nacería de las necesidades prácticas de los descubrimientos y de la colonización”, dice Cruz Costa. “El sentido de lo útil, de lo inmediato, se manifiesta en este concepto de la vida … que nos habrá de legar el aventurero conquistador.” Por ello, dice citando a João Ribeiro, “nuestro idealismo no se aleja mucho de la tierra ni va más allá de los planetas más próximos…”. Pragmatismo que hace al brasileño apto para acomodarse a todas las situaciones y aceptar como suyas las cosas procedentesde otros orígenes. Esto es, un hombre que sin renunciar a lo que ha sido tampoco renuncia a las posibilidades que le puede ofrecer el mundo. Este empirismo es el que da sentido a la historia de las ideas en el Brasil, esto es, a la utilización que ha hecho el brasileño de ideas importadas, llámense éstas eclecticismo, positivismo, republicanismo o nacionalismo. Lo que importa siempre es la circunstancia, la realidad, que dicta la asimilación o utilización de una idea, de una filosofía, o de otra. “De hecho -dice Cruz Costa-, lo que más cuenta en el desenvolvimiento de nuestra historia es un cierto pragmatismo, que nos viene de la herencia portuguesa o de la inclinación propia de nuestra vida de pueblo de formación aún reciente”; por ello no podrá encontrarse en la historia de estas ideas grandes líneas de un pensamiento maduro. “Situados en condiciones diferentes de aquellas en que se originaron los modelos que se ofrecen desde el siglo XVI a nuestra sensibilidad o a nuestra inteligencia -sigue diciendo Cruz Costa-, es natural que no nos pudiésemos identificar enteramente con ellos. Las condiciones de nuestra vida nos obligaban a que adaptásemos o modificásemos esos modelos y que, con ellos y también con aquellas condiciones del medio que nos rodea, formásemos un molde que evoluciona ajustado a una línea, quizás contradictoria, pero que consideramos como propia”. Europa, fue la proveedora principal de estas ideas o modelos, pero adaptados siempre a la realidad de la historia brasileña. Importante es, por ejemplo, el papel que en la evolución del Brasil han de jugar ideas filosóficas como el eclecticismo que se anuncia en la obra de Mont’Alverne. Una filosofía que alcanza gran raigambre en el alma brasileña, dada la capacidad del brasileño, al decir de Gilberto Freyre, “para soportar contradicciones y al mismo tiempo armonizarlas”. Hombre ligado por un lado a su pasado europeo y mirando por esta ventana, al mismo tiempo que se va ligando al futuro que representaba la realidad de la tierra que conquistaba paso a paso. Conciliación del pasado y del futuro, sin rupturas, sin violencias. Por un lado, los letrados formados por los jesuitas desde los inicios de la Colonia y, por el otro, el serton, el aventurero, que desde la misma época se lanzaba a la conquista de la virgen tierra. “Fueron estos letrados formados por los jesuitas, los primeros en ligar la historia de las ideas en el Brasil a la tradición de la cultura occidental. Pero al lado de ellos. al lado de estos hombres que se aferraban a la ventana del Atlántico en espera del navío que les traería ideas y libros de Europa, otros hombres proseguían la conquista económica, secuela de la mentalidad aventurera de los descubridores. Éstos abrieron caminos en la selva, construyeron poblados y villas, fueron por los ríos y marcaron los límites del país. Estos hombres, en contacto más Íntimo con la tierra y con la vida aventurera que ésta propiciaba, encontraron otros motivos de interés que también son apreciables en la formación del espíritu y de la inteligencia brasileña.” El “bovarismo”, el “transoceanismo”, la preocupación por lo europeo, quedó balanceada por el llamado que sentía el hombre por la tierra nativa. Pasado y futuro se equilibraban. El equilibrio necesario, práctico, para que la nueva nación pudiese vencer los múltiples obstáculos con que tropezaban los pueblos que habían llegado tarde a la historia, es seguido por el Brasil. Alcanzada su independencia, sin revolución ni violencias, e iniciado el Imperio bajo la égida de Pedro I, hijo de Juan VI de Portugal, el eclecticismo sirve a las mil maravillas para mantener el orden adecuado a la nueva situación, cuya meta principal es la conciliación política y social del Brasil, conciliación necesaria para que la nueva nación se estructure y se organice. “En 1828 -dice Cruz Costa-, “La Aurora Fluminense” pregonaba: ‘Nada de excesos. Queremos la Constitución, no queremos la Revolución’ “. Es el mismo año en que muchas de las naciones hispanoamericanas se debaten luchando sangrientamente por una idea o por la otra, en favor de un caudillo o en favor de otro. Colaborando con el eclecticismo estaban,también,el sensualismo,la ideología y otras filosofías menores. El orden imperial, rural -propio de hombres que habían hecho de los ingenios de la caña de azúcar v los cafetales el modo central de su existencia-, dejará de ser el orden adecuado a una nueva situación. Se ha ido realizando, dentro del imperio, un hondo cambio en el status económico del país: se va a pasar de la economía basada en la explotación de la tierra a una economía de explotación industrial. El mismo paso que en la América Hispana iba a costar nuevo derrame de sangre. En el Brasil, el paso será, como el anterior, de carácter casi pacífico. Será menester abandonar el Imperio como forma de gobierno para pasar a la República. Pero hay más, esta transformación económica del país implica, también, el abandono de un tipo de explotación humana, la esclavitud; la industria no necesita un tipo de explotación propio de la explotación rural. Casi simultáneamente, con un intervalo mínimo, se declara, primero, la abolición de la esclavitud en 1888 y, en 1889, la proclamación de la República. El Imperio hace mutis con la gracia del más fino de los comediantes. La República es el nuevo protagonista de la historia del Brasil. Con la República hace su aparición una de las filosofías que dejarán la más viva impronta en la formación del país, el positivismo. Pero, desde luego, no el positivismo ortodoxo, aunque el mismo tenga sus más fieles seguidores. En este aspecto “la influencia de las ideas de Augusto Comte -dice Cruz Costa- no iría más allá de la confección de la nueva Bandera republicana y, más tarde, con motivo de la Constitución republicana, de la acción que los positivistas ejercieron en la cuestión de la separación de la Iglesia y el Estado”. Los ortodoxos aspiraban a la formación de una República Dictatorial; pero los republicanos, aunque apoyados en lo que el positivismo tenía de republicanismo, rechazarían todo lo que se refiriese a una supuesta dictadura. No se trataba de establecer o realizar en el Brasil el sueño de la sociocracia de Comte, sino de poner esta filosofía al servicio de los cálculos de los forjadores de la nación brasileña. Algunos de los hombres que adoptarán la filosofía de Comte, son aquellos que nunca pudieron aceptar la retórica verbosa, vacía y formalista que caracterizó el eclecticismo en el Brasil. El positivismo, en la cabeza de un Pereira Barreto, era considerado como la filosofía destinada “a ser un marco renovador de nuestra cultura, un arma de guerra contra el teologismo, al que consideraba responsable del atraso cultural de nuestro país”, dice Cruz Costa. En manos de Benjamín Constant, maestro de la Escuela Militar, sólo sería un instrumento para despertar el entusiasmo de los jóvenes militares de esa escuela por las ideas republicanas. Teixeira Méndes y Miguel Lemos, los ortodoxos del positivismo, no podrán, en cambio, realizar las ideas del creador del mismo, Augusto Comte. “El positivismo no encontraría en la atmósfera liberal que venía del Imperio, el ambiente propicio para influir tan fuertemente como lo deseaba, No consiguieron, pues, los adeptos de Comte, implantar la soñada República Dictatorial. Estas ideas sólo atrajeron el interés de muchos de aquellos individuos que, como siempre -dice Cruz Costa-, acostumbran aprovecharse de las ocasiones de incertidumbre para conseguir alguna cosa.” En algunos círculos militares no liberales, se vio en estas ideas un buen instrumento para justificar algún golpe de estado y una posible dictadura, bien ajena a los ideales comteanos. La natural preocupación por la ciencia, que origina la técnica que hace posible el trabajo industrial y la aparición de una clase relativamente semejante a la burguesía surgida en Europa, provocaron el interés por otras corrientes como el evolucionismo de Spencer y el materialismo alemán. En el sur del país el spencerismo se enlazó con las corrientes positivistas, mientras en el norte las sugestiones alemanas influían en un grupo de intelectuales cuyo jefe fue el mulato Tobías Barreto, creador de una escuela más preocupada por Europa que por la realidad nacional. “Tobías Barreto fue, como los demás filosofantes de su tiempo, un simple comentador del pensamiento europeo y, especialmente en la última fase de su vida, del pensamiento alemán.” Pero también tuvo una función dentro de la realidad a que pertenecía, acaso a pesar suyo. La generación por él formada “aprendió a pensar”, iniciándose después de él la430119_927 etapa contemporánea de las ideas en el Brasil. Silvio Romero inicia esa nueva etapa del pensamiento brasileño. Él también importa filosofía europea y la glosa; pero hace algo más. “Con Silvio Romero -escribe Cruz Costa- la mercadería intelectual de importación pasará a ser, no simple comentario y glosa, sino instrumento de verdadera interpretación del mundo y del hombre. Con él las ideas principian a perder el sentido de vana y estéril preocupación de los doctos de salón, de ser un mero juego, para ligarse a la realidad de la vida.” “En todas sus obras hay siempre una absorbente preocupación: la de comprender el Brasil y sus problemas.” Silvio Romero simboliza la lucha que permanentemente se plantea dentro del brasileño buscando una solución, la conciliación adecuada. Europeizante por un lado es al mismo tiempo un preocupado por su realidad. “En él también hay bovarismo y, al mismo tiempo, arrepentimiento y crítica de este bovarismo.” Otra de las grandes figuras que desfilan por este esbozo de una historia de las ideas en el Brasil, es la de Farías Brito, preocupado también por la filosofía europea de un Schopenhauer, un von Hartmann, un Renouvier, un Spencer y un Bergson, pero adaptándolos al modo de sentir brasileño, interpretándolos con el alma propia de este mundo. “Lo que asimiló o repitió de los grandes filósofos universales, logró adaptarlo por instinto a nuestra historia y a nuestro espíritu”. Por ello, dice Cruz Costa, se le considera como “la primera legítima expresión de nuestras ansias metafísicas”. Farías Brito significa el despertar de la conciencia brasileña. “Lo que la obra, monótona y siempre recomenzada, de Farías Brito traduce es un momento de la historia de -las ideas en el Brasil: momento de transición, de duda, de contrastes bruscos que aún se perpetúa en.algunos de los filosofantes y que, parece, los está conduciendo hacia la más tremenda de las crisis : ‘la idea de la insignificancia… una insignificancia pedante.” Figura importante, aunque no sea filósofo, es Euclides da Cunha, presentado por Cruz Costa en esta magnífica exposición de las ideas que con su sentido van tejiendo la historia del Brasil. Euclides da Cunha clama a favor del sertón, del hombre vuelto hacia la tierra brasileña, frente a los letrados que sólo tienen ojos para la última moda europea. Os Sertoes, es el gran libro en el que se habla de estos hombres pegados a la tierra brasileña. Con él “se inicia la reacción contra el sibaritismo intelectual, contra la tarea ciega de los ‘copistas, de los pensadores de prestado”. Forma parte de las corrientes que habrán de influir en el camino por el que acabará orientándose la nación brasileña, el nacionalismo. El nacionalismo se reforzará al terminar la Primera Guerra Mundial. “La guerra de 1914 confirmará la inferioridad de las naciones que dependían del extranjero para las cosas esenciales de la vida. Demostrará, por otro lado, que éramos capaces de improvisar industrias. El nacionalismo económico nacía, pues, con la guerra, abriendo nuevas perspectivas a nuestro trabajo.” Alberto Torres es una de las figuras más destacadas de esta nueva orientación brasileña. “Inadvertido en su época, vino a ser súbitamente y por casualidad el Duque de Guisa del idealismo nacional.” Fue un hombre adecuado a la nueva situación brasileña, en lucha contra nuevos obstáculos, a la defensiva frente a otras formas de expansión imperialistas e ideológicas, y tratando de escapar a los extremos que cada día iban a ser más patentes a las jóvenes naciones iberoamericanas. Después, una serie de figuras contemporáneas, aún no hechas muchas de ellas, aparece en este libro de Joáo Cruz Costa, siempre en relación con la realidad brasileña, lo mismo en las etapas dictatoriales que en las libertarias o revolucionarias. Y como preocupación central, la propia del filósofo que ha hecho este magnífico esbozo: la preocupación por la autenticidad brasileña o, más ampliamente, americana, la de esta América a la cual también pertenece Brasil; la preocupación por una filosofía de la realidad brasileña. “La inquietud -dice– que ahora embarga al intelectual brasileño solamente podrá encontrar la salvación, si tenemos ojos para ver, oídos para oír y, principalmente, sabiduría para resolver.” Brasil es un país de contrastes. En su vida económica aún coexisten dos mundos, el pasado y el futuro que se va realizando: el mundo del sertón, la economía medieval del campo y la vida moderna de las ciudades. “Solamente una filosofía de la acción, solamente un pragmatismo puede, en estas condiciones, corresponder a sus necesidades profundas, a su edad intelectual.” “Para nosotros, la filosofía auténtica siempre estuvo ligada a la acción.” Por ello, dice citando a Clovis Bevilaqua, si alguna vez llegamos a alcanzar una producción filosófica más significativa, ésta “no surgirá de las cumbres de la metafísica”. La misma preocupación, el mismo espíritu que anima en otras partes de nuestra América a los historiadores de sus ideas. Una historia, cuya meta última es mostrar esa necesidad: la de hacer de las ideas instrumentos de acción al servicio de la realidad que las solicita, tal y como, consciente o inconscientemente, lo fueron para esos hombres que hicieron nuestro pasado, nuestra historia.

[Leopoldo ZEA. “Esbozo de una Historia de las Ideas en el Brasil, por Cruz Costa. Historia de las Ideas en América, Tierra Firme, Fondo de Cultura Económica, México, 1957” (reseña), in Diánoia (México), vol. IV, nº 4, 1958, pp. 349-354]