✍ Letrados y pensadores. El perfilamiento del intelectual hispanoamericano en el siglo XIX [2013]

por Teoría de la historia

9789500435598

Tulio Halperin Donghi se dedica a explorar una vez más el complejo proceso que coincide con tantos otros devenires del siglo XIX, en el cual los hombres de letras buscaron un lugar que pudieran llamar propio dentro de la sociedad hispanoamericana. Su obra está compuesta por una serie de estudios sobre distintas figuras de la tradición letrada en Hispanoamérica que cubren un arco temporal de doce décadas, desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del siglo XX, en la cual analiza los derroteros de aquellos hombres de letras que escribieron autobiografías, a partir de las cuales puedan rastrearse los sentidos que ellos mismos les otorgaron a sus prácticas y experiencias. Cada uno de los capítulos se ocupa de un individuo en particular en orden cronológico. El primer capítulo, de fray Servando Teresa de Mier, el segundo, del deán Gregorio Funes, el tercero lo dedica a Domingo F. Sarmiento, y siguen José María Samper, Juan Bautista Alberdi, Guillermo Prieto, José Victorino Lastarria, y por último Rubén Darío. Este libro podría considerarse la profundización de las reflexiones que comenzaron con el artículo “Intelectuales, sociedad y vida pública en Hispanoamérica a través de la literatura autobiográfica”, publicado en la Revista Mexicana de Sociología en 1981, e incluido en el libro El espejo de la historia de 1987, al cual el autor se refiere en el prólogo de la nueva obra, indicando que “en la visión que había alcanzado por entonces sobre el tema estaba ya presente casi todo lo que ahora se despliega en la que subtiende estos capítulos” (pp. 15-16), aunque agrega que algunos de los tópicos desarrollados pueden retrotraerse incluso a su libro El Pensamiento de Echeverría de 1951. En aquel artículo Halperin Donghi ya había definido el punto de partida fundamental para su análisis: el problema central a explorar es el de la relación entre los intelectuales y la sociedad, entendiendo que la inserción de aquellos en la estructura social no puede ser sino ambigua y conflictiva. Tanto en el artículo como en el libro, se dispone a explorar las contradicciones que conlleva la figura del intelectual a través del modo en que algunos hombres de letras hispanoamericanos vivieron con ellas a través del “largo, tortuoso” proceso en que la figura del intelectual alcanzó a dibujarse con rasgos propios, “un proceso que también en la América hispana se abre con la crisis del Antiguo Régimen” (1). En su visión de ese proceso, que denomina “perfilamiento” en el subtítulo de su nueva obra, como ha indicado Altamirano, el problema de los intelectuales se vincula al contexto social y cultural particular del siglo XIX, en que los letrados constituyen una delgada capa, poco diferenciada internamente, no siempre disociable con claridad de la elite propiamente política y cuyos miembros se reclutan o se autoreclutan de las familias llamadas “decentes” (2). Considerar aquel artículo nos permite acercarnos a los puntos de partida y a la estructura que organiza la obra que estamos reseñando. Halperin Donghi en ese artículo se permitía reflexionar sobre los límites de la empresa que estaba llevando adelante, como él mismo lo indicó, haciendo un no muy exhaustivo recorrido por algunas reflexiones teóricas que finalmente juzgaba como “planteos sugestivos” antes que “criterios orientadores”. Las preguntas de partida para su reflexión eran principalmente el problema de la transición y el problema de la relación entre intelectual y sociedad, como lo habían sido para teóricos como Gramsci, sin que ello se traduzca en el uso de categorías de análisis similares. Esa reflexión de Halperin Donghi, antes que una incorporación de alguna teoría esbozada desde la sociología, había sido la explicitación de puntos de partida sobre los que el autor no volverá en su libro, prefiriendo conservar como referencia principal la obra La literatura autobiográfica argentina de Adolfo Prieto (1962), la cual reconoce por haber introducido instrumentos de análisis que permiten sumar el testimonio autobiográfico como fuente (p. 19). La autobiografía, como testimonio del modo en que cada autor concibió su inserción específica en la sociedad en la que actuó, le permite preguntarse por la difícil inserción de los hombres de letras, basándose en la idea de que siempre aparece una divergencia entre el lugar y la función que reclaman y los que la sociedad, el poder o la opinión les reconocen (3). Aunque los capítulos son relativamente independientes —la obra admite una lectura fragmentaria—, se sostiene una visión de conjunto referida al proceso del que Halperin Donghi busca dar cuenta, y llama, como dijimos, el perfilamiento del intelectual hispanoamericano en el siglo XIX, que fue largo y tortuoso, y de este modo fue vivido por los intelectuales mismos; esto puede leerse en sus autobiografías, fuentes en la que se presentan los dilemas y problemas que se derivaban de su condición. Se trata de un proceso histórico que definió los perfiles del intelectual hispanoamericano en el siglo XIX, en el que hay un punto de partida, una transición y un punto de llegada. Lampérière ha observado al respecto que, aquello que puede observarse en pasajes como “Mier nace del letrado colonial” o “Sarmiento marca el nacimiento de un intelectual de nuevo tipo”, son marcas de una construcción de tipos transitorios e híbridos de hombres de letras que dejaban entender que se trataba de una evolución globalmente lineal y unidimensional del letrado del Antiguo Régimen al intelectual moderno, en la que, sin embargo, destacaban fuertes personalidades. Belgrano o Sarmiento habrían encarnado hitos cualitativos en la progresiva conformación del “intelectual moderno”, propuesta que la autora retoma para identificar tres generaciones de hombres de letras (4). En el artículo original, se afirma que en Hispanoamérica el intelectual nace del letrado colonial. Esa figura sufre una metamorfosis que deben enfrentar quienes ven derrumbarse el contexto histórico que ha sostenido su carrera de letrados y se adaptan como pueden, drama que vivió fray Servando Teresa de Mier, en su experiencia de letrado en un Antiguo Régimen en agonía. Esta metamorfosis encuentra una continuidad en la figura del deán Gregorio Funes, el clérigo letrado que pasa a ser publicista republicano, contemporáneo a la figura que surge como novedad, corporizada en Manuel Belgrano, quien anticipa la lenta definición del pensador. El nacimiento del nuevo tipo de intelectual se da a partir de mediados de siglo en el marco del renacimiento liberal y puede verse en Mi Defensa y Recuerdos de Provincia de Domingo Sarmiento, el único de los autores analizados que no realiza un balance de su trayectoria. Quienes sí realizaron un balance fueron José Victorino Lastarria, José María Samper y Guillermo Prieto, y contemplaron la etapa de definición de su figura pública desde una perspectiva distanciadora. Sobre los frutos del esfuerzo renovador en que todos ellos participaron, el dictamen era que había sido una aventura sin sentido porque el intelectual no tiene papel viable en la sociedad hispanoamericana del siglo XIX. En suma, la crisis del antiguo orden hispanoamericano había inaugurado tiempos muy duros para los hombres bien nacidos. De esta crisis de fe en la razón surgirá el escritor-artista como tipo ideal nuevo, y de ello daba cuenta hacia el fin de siglo el caso de Rubén Darío. En la nueva obra, la extensión y el detenimiento en cada figura nos permiten a los lectores observar más claramente la complejidad que supone dar cuenta de ese proceso, en el que no hay línea posible, si bien la mirada del historiador le da un sentido de continuidad y de proceso histórico al conjunto. En los análisis de cada capítulo, vemos que la linealidad está cada vez más lejos de encontrarse, y antes que con tipos sociales híbridos nos encontramos con individuos insertos en su tiempo y en una red de relaciones, cuyas experiencias y significados otorgados a esas experiencias resultan de interés porque resuenan en problemas mucho más amplios y complejos. Las experiencias de los letrados coloniales que ven derrumbarse el orden en que buscaban desenvolverse exitosamente son analizadas en los dos primeros capítulos. El primero, dedicado a fray Servando Teresa de Mier y a las peripecias que conlleva la transición entre dos modelos de sociedad en que se encontraba y que no sabía estar viviendo. Se le presentaba como “una suerte de tierra de nadie en que la visión del mundo que sustentó la normativa que sigue siendo aceptada en los hechos como válida es ya incapaz de suscitar cualquier adhesión fervorosa, y de la que se prepara a reemplazarla sólo se columbran unos vagos anticipos” (pp. 49-50). Esa transición entre dos modelos de sociedad, significaba para hombres como Mier estar “arrojados a un territorio desconocido en el que les tocaba avanzar a tientas” (p. 50), encontrándose a sí mismo en el lugar de disidente que no había buscado, con el desconcierto de ya no pertenecer a una comunidad letrada en la que había esperado sobresalir, y estar en un “limbo” durante los años centrales de su vida, hasta el tardío reconocimiento público del lugar de jerarquía que creía que le correspondía. En el segundo capítulo, analiza el caso del deán Funes, su carrera exitosa de letrado en Córdoba, la vinculación de su familia con la Compañía de Jesús y el lugar de ésta en su formación, los efectos que tuvo en su trayectoria el extrañamiento de los jesuitas siendo miembro de una familia que se seguía identificando con los expulsos, su expectativa de proyectarse bajo la figura del sabio en tensión con su papel de dirigente revolucionario a partir de 1809, carrera que “iba a ver siempre como una navegación en aguas cruzadas por súbitos torbellinos que lo arrastraban hacia donde no quería llegar” (p. 206). Estos devenires se contraponen al tercer capítulo dedicado a Sarmiento, ese hijo de sus obras, que se presenta como una figura solitaria a la vanguardia del avance histórico que hace un esfuerzo por adaptar la tradición de la elite letrada al clima social e ideológico de la era republicana. Es “El pensador entre el pasado y el futuro”, como se indica en el título del capítulo, que recurre a la reconstrucción nostálgica de hábitos y modos de ser prerevolucionarios, mientras modela su perfil de intelectual sobre dos figuras que halla disponibles para ello, la de educador y la de escritor. La primera, una figura que él mismo está inventando, y la segunda, aquella que sólo es posible en un nuevo contexto en el que la está ejerciendo, porque imagina que se ofrece a un nuevo público, indiferenciado, casi anónimo. En los capítulos que siguen, dedicados a Samper, Alberdi, Lastarria y Prieto, permanece como tema principal la necesidad de los pensadores de la generación del renacimiento liberal de encontrar un lugar —una profesión— que les permitiera vivir en las sociedades que a su vez aspiraban a transformar. En cada capítulo de los dedicados a esta nueva generación, Halperin Donghi da cuenta de las opciones de educador para Sarmiento, abogado para Alberdi, la de redentor para Samper —la que juzga más ambiciosa—, el poeta cívico en el caso de Guillermo Prieto, la reivindicación de literato en el caso de Lastarria. Cada experiencia y cada elaboración de esa experiencia es particular, pero en conjunto remiten a la imposibilidad que tuvieron de asumir el papel público de intelectuales legisladores (5), reivindicación que sostienen y que los lleva inevitablemente a un “cruel desengaño” (p. 561). El historiador nos invita a confirmar junto a él que las expectativas de los pensadores siempre son desmesuradas y por ello es imposible que se vean satisfechas. Como novedad respecto al artículo de 1981, vemos que se agrega una exploración sobre la dimensión autobiográfica de los Escritos Póstumos de Juan Bautista Alberdi, es decir, de los elementos autobiográficos que pueden leerse en textos que no lo son estrictamente. Halperin Donghi elige cerrar el ciclo con la figura del vate —le dedica un “Epílogo”—, a través de los escritos autobiográficos de Rubén Darío. Mientras que aquí vemos sólo como punto de llegada la figura del intelectual modernista, recordemos que Jorge Myers ha indicado que existían además otros tres nuevos perfiles del intelectual latinoamericano a fines del siglo XIX: el “científico”, el intelectual militante de la revolución social, y el escritor “popular” (6). Halperin Donghi, en esta multiplicación de plumas, vislumbra un campo en el cada miembro debía ajustarse a sus normas y definir un perfil que le permitiera destacarse entre los demás, y allí coloca la apuesta de Darío por asumir la figura del vate. Debemos recordar que los hombres de letras de los que se ocupa Halperin son aquellos que pertenecen a una elite política y mantienen la vocación de guiar los destinos de sociedades en transformación, y dentro de ellas imaginan un lugar protagónico que no logran obtener. Su interés por la figura del intelectual-poeta reside entonces en que considera que le había otorgado a Darío la posibilidad de identificarse con la elite política al mismo tiempo que ocupar un lugar que le sea propio y a la vez central. En general, las reflexiones del autor sobre estos hombres de letras se basan en las observaciones que ellos mismos escribieron respecto a sus propias experiencias, pero también se apoyan en un contexto que ellos mismos muchas veces no entienden del todo, y en elementos de los que ellos mismos no dan cuenta. Las representaciones de sí mismos son problematizadas a través de las preguntas, comparaciones y datos que contrapone Halperin Donghi, y son en gran parte las propias observaciones del autor del libro las que están sosteniendo la hipótesis principal. Esos contextos que Halperin Donghi reconstruye nos permiten ver cuál es el lugar de enunciación y, a partir de allí, comprender el sentido de lo que escribieron sobre sí mismos: distintos momentos de un siglo XIX en que la elite letrada era indisociable de la elite política, las profesiones propiamente intelectuales no se encontraban definidas, las credenciales para serlo no eran universalmente reconocidas, y esa falta de credenciales muchas veces necesitaba ser compensada por un origen noble, en un relato que diera cuenta de la genealogía familiar, son elementos que sólo pueden ser vistos en toda su complejidad desde una perspectiva que los ponga a prueba en la lectura crítica de las distintas autobiografías. El modo en que Halperin Donghi lee las autobiografías merece particular atención. Este tipo de textos son una vía para el historiador para pensar en términos relacionales, al individuo en sus relaciones concretas con otros individuos. Considera en primer lugar las condiciones en que cada individuo debió actuar, que quedaban fuera de su control, y a las que tenía que adaptarse o al menos intentarlo, pero también la red de relaciones sociales en las cuales estaba inserto, que nos permiten comprender en parte su comportamiento, sus éxitos y fracasos, y su orientación a determinadas opciones. Los resultados de su tarea de dilucidar la elaboración de experiencias y situaciones a través del género autobiográfico son variables, probablemente porque dependen en parte del testimonio a partir del cual se reflexiona. Los estudios dedicados a Mier, Funes y Sarmiento son los más exhaustivos y por ello los más extensos, pero el más logrado de sus estudios, en el sentido de que se corresponde mejor con el carácter de la empresa de Halperin Donghi de vincular el perfilamiento de una figura social con la experiencia que relata en su autobiografía, es el que dedica a Sarmiento, ya que la argumentación se apoya en el texto autobiográfico que le permite ver la inserción social de su autor, y es de hecho el único de los capítulos en cuyo título aparece a su vez el título de la autobiografía que analiza: nos referimos, por supuesto, a Recuerdos de Provincia. En algunos otros casos las argumentaciones del historiador se sostienen no sólo en la autobiografía, sino también en cartas, y en otras producciones del mismo autor y de sus contemporáneos. Esto es particularmente notorio en el capítulo dedicado a Funes. Capítulo, por otro lado, muy particular porque se titula “Letrados en revolución” y a pesar de que este título y las primeras páginas anuncian que no se circunscribe a un individuo —son mencionados tanto Funes como Belgrano—, el apartado “El Deán Gregorio Funes” coincide casi exactamente con la totalidad del capítulo, y hace llamativa la ausencia en el libro de una reflexión sobre la autobiografía de Manuel Belgrano. La obra en su conjunto presenta dos aportes fundamentales. Por un lado, vemos una vez más que cuando Halperin Donghi toma como objeto de estudio a los intelectuales intenta mostrar al hombre y su obra en su tiempo, con sus matices y contradicciones, y sin la menor pretensión de reducir sus ideas a una unidad de sentido bajo la forma de un sistema o doctrina, y por ello es considerado un antecedente de la nueva historia intelectual y de los intelectuales en la Argentina (7). Por otro, y teniendo en cuenta que la indagación del autor se basa en una exploración exhaustiva que progresa a través de preguntas cuyo principio ordenador es un problema central que se sostiene inalterable y da unidad al relato (8), lo más sugestivo del problema que estructura este libro es que permite pensar la relación entre las figuras del letrado, el pensador y el intelectual, al conce – birlos como momentos distintos de un mismo proceso, y nos aleja de visiones más restringidas de la “génesis del intelectual” que insisten en las diferencias: al considerar la génesis de la palabra “intelectual”, que sustituye a la de “pensador” del siglo XIX, se diferencian esquemáticamente sus referentes, y se definen los pensadores como individuos que se conciben a sí mismos como constructores de la nación en proceso, y al intelectual en principio como un hombre de letras y de cultura, y sólo posteriormente y según las circunstancias políticas, se podrá concebir como un hombre que puede tener influencia social y política (9). Halperin Donghi, sin negar las diferencias, nos invita en cambio a preguntarnos por la vinculación entre las figuras sociales dentro un proceso que pueda dar cuenta del surgimiento histórico de la figura del intelectual en Hispanoamérica.

NOTAS. (1) Halperin Donghi, Tulio: “Intelectuales, sociedad y vida pública en Hispanoamérica a través de la literatura autobiográfica”, en El espejo de la historia, Buenos Aires, Sudamericana, 1987, p. 53. (2) Altamirano, Carlos: “Hipótesis de lectura (sobre el tema de los intelectuales en la obra de Tulio Halperin Donghi)”, en Hora, Roy y Trímboli, Javier (eds.): Discutir Halperin. Siete ensayos sobre la contribución de Tulio Halperin Donghi a la historia argentina, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1997, p. 28. (3) Ibid, p. 27. (4) Lampérière, Annick: “Los hombres de letras hispanoamericanos”, en Altamirano, Carlos (ed.): Historia de los intelectuales en América Latina, vol. 1, Buenos Aires, Katz, 2008, p. 246. (5) Bauman, Zigmunt: Legisladores e intérpretes, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 1997. (6) Myers, Jorge: “Los intelectuales latinoamericanos desde la colonia a los inicios del siglo XX”, en Carlos Altamirano (ed.): Historia de los intelectuales en América Latina, vol. 1, Buenos Aires, Katz, 2008, p. 47. (7) Eujanian, Alejandro: “La renovadora lectura de un clásico”, en Prismas, Revista de historia intelectual, Dossier “El siglo XIX de Tulio Halperin Donghi”, No. 15, 2011, p. 222. (8) Ibid., p. 221. (9) Zermeño, Guillermo: “El concepto de intelectual en Hispanoamérica: génesis y evolución”, en Historia Contemporánea, No. 27, Bilbao, Universidad del País Vasco, 2003, p. 783.

[María Julia BLANCO. “Halperin Donghi, Tulio: Letrados y pensadores. El perfilamiento del intelectual hispanoamericano en el siglo XIX, Buenos Aires, Emecé, 2013” (reseña), in Rey Desnudo, Año II, nº 4, otoño de 2014, pp. 117-124]