✍ Historiadores, ensayistas y gran público. La historiografía argentina, 1990-2010 [2010]

por Teoría de la historia

historiadores-ensayistas-y-gran-publico-de-fernando-devoto_MLA-O-2884661908_072012Esta compilación de trabajos, destinada a aportar claves de conocimiento de la historia de la historiografía argentina reciente, puede considerarse también como la continuación de la fructífera labor iniciada por varios de sus autores desde hace algo mas de dos décadas (1). Los trabajos incluidos en este texto compilado por Fernando Devoto indagan cuestiones diversas sobre historia, tendencias historiográficas, historiadores e instituciones y sociedad en la Argentina del transito del siglo XX al XXI, coyuntura que el compilador adscribe a un «mundo presentista». El trabajo de François Hartog, precisamente, sirve de pertinente apertura al recorrido de la obra colectiva, presentando con lucidez reflexiones necesarias sobre el ya citado «mundo presentista», en el cual «el presente se habría vuelto la categoría mas globalizante y mas explicativa, y en el que además la memoria se ha impuesto» (2). En el artículo se reflexiona sobre el régimen de historicidad vigente hacia el año 2000 para discutir las posiciones efectivas del historiador y la historiografía en ese contexto. El autor pone en evidencia cómo «lo contemporáneo » es un imperativo que genera demandas que convierten al historiador en un «experto» que aporta hechos y datos ante pedidos urgentes: «demandas sociales». Para Hartog, el historiador sería un recién llegado al territorio de lo eminentemente contemporáneo, ya habitado, entre otros, por los periodistas y los medios de comunicación masiva. En momentos en que se intensifica el uso público del pasado, los «testigos» ocupan un lugar creciente, y se evidencian las grandes olas de conmemoraciones destinadas a ritmar la vida pública, conjugando memorias y agendas cívicas y políticas. La reflexión se completa con la consideración de las complejas intervenciones del legislador en pos de un «deber de memoria », de la justicia y el juez cuando convocan al historiador en calidad de testigo y experto ante los procesos judiciales y cuando los medios de comunicación desarrollan puestas en escenas que procuran una presentificación del pasado que valoriza lo afectivo y la compasión dejando en lugar secundario al análisis distanciado, propio quizás de la historiografía. Esta circunstancia, afirma Hartog, obliga al historiador a «presentificarse», a exponerse socialmente como un experto y transmisor de presente. El historiador, otrora profeta, pontífice y maestro o científico social es ahora un experto que debe intervenir en lo inmediato, de inmediato. Como resultado de lo dicho, un «empuje patrimonial» a tornado al monumento de antaño en memorial que reposa más en el «pasado» que en la «historia»: «la presencia del pasado, la evocación y la emoción se imponen frente a la toma de distancia y mediación; la valorización de lo local que va unida a la búsqueda de una «historia de sí mismo, y por ultimo, el patrimonio, el mismo afectado por la aceleración» (3). Tiempos de patrimonio y memorias y de derecho al patrimonio y a las memorias como respuesta al presentismo y como síntoma del mismo, conducen a la evidencia de una coyuntura condicionada por un nuevo régimen de historicidad. Este ultimo, constituido ya en una herramienta que resuelve su tarea con preeminencia del presente, desde donde parte toda posible inteligibilidad. Continuo al texto de Hartog, se encuentra el trabajo de Luis Alberto Romero, orientado a una oportuna reflexión sobre las circunstancias de un lugar común en la historiografía argentina: la historia social, de la que el autor declara ser partícipe. Romero traza en el texto un breve recorrido histórico de esta línea, proponiendo una periodización quizás por conocida no objetivada y puntos de análisis que refuerzan y mejoran el conocimiento esquemático de la misma. La primera «historia social», 1958-1966, inicial formación o movimiento de historiadores que con referentes disímiles difundió en Argentina una nueva manera de concebir y hacer historia y que rivalizó con otras tradiciones historiográficas locales por posiciones académicas. Para Romero, en los ‘60 la historia social era una perspectiva que buscaba para la historiografía la dimensión social y capturar la totalidad del proceso histórico. Luego, en plena «travesía», 1966-1983, y en contextos históricos variables, a menudo no favorables, la historia social produjo sus textos canónicos, claves, orientados por una «formidable apuesta a la síntesis, a hacer inteligible el todo, de una manera más compleja que aquella que se sintetizaba en el esquema tripartito de la economía, la sociedad y la política» (4), esquema sin embargo presente en la particular Historia Argentina dirigida por Tulio Halperín Donghi y publicada por Paidós desde 1972. Luego de 1983, según analiza Romero, la historia social triunfa como universo temático y «retrocede como perspectiva o como clave de una hipotética síntesis» (5). En tal caso desde finales de los años ’90 la historia social pierde hegemonía ante las prácticas de la historia intelectual, la nueva historia política y la historia de las representaciones culturales: finaliza entonces, no la historia social, sino la ambiciosa totalidad que marcó su nacimiento e identidad como tendencia historiográfica renovadora. Nora Pagano introduce una mirada analítica sobre la situación de la historiografía argentina finisecular, en la cual habita según la autora, una multiplicidad de formulaciones, que marcan y señalan continuidades e innovaciones. El sistemático trabajo de Pagano, considera la dinámica intelectual durante la dictadura y la transición democrática para comprender como, lentamente, las catacumbas abrían paso a una reconstrucción o a un nuevo clima que posibilitaría a corto plazo la «profesionalización plena» o «normalización disciplinar». En efecto, la autora da cuenta de las regulaciones, las políticas públicas y las normativas que enmarcaron la profesión universitaria y por ello conmovieron la actividad historiográfica. Se habla en el artículo de una «reprofesionalización», cuyos efectos se indagan en el texto, de una disciplina que ocupaba un lugar «notoriamente modesto » respecto de otras destinadas más claramente a producir innovaciones tecnológicas (6). En el ambicioso y rico abordaje de Pagano, difícil de puntear en pocas líneas, puede observarse el trazado de líneas generales que abordan la perspectiva de un campo historiográfico en plena transformación y expansión. «En torno a la Biblioteca del Pensamiento Argentino y su lugar en la historiografía argentina» se titula la contribución de Eduardo Hourcade a esta obra colectiva. Su análisis sitúa historiográficamente a los diferentes autores que intervienen en la prestigiosa colección dirigida por Tulio Halperin Donghi y posteriormente recorre críticamente cada uno de los volúmenes. Hourcade señala la importancia de la obra y el valor de su consulta, para el autor, «Pensamiento argentino » es una «colectánea de contenidos obviamente heterogéneos» que no aclaran ni definen con precisión qué ha de entenderse, en el contexto de la obra, por «pensamiento argentino» (7). La colección que originariamente editó Ariel, estuvo, según Hourcade, afectada por una «dominancia política», cuando el giro cultural en la historia social en la Argentina iba ya conduciendo a la historia política por una nueva vía (8). Las investigaciones de María Elena García Moral y Julio Stortini, tituladas «El revisionismo en los 80 y 90: ¿El anquilosamiento o la convalecencia de una historia militante?» y «Rosas a consideración: historia y memoria durante el menemismo», respectivamente, nos vuelven a hablar del revisionismo histórico en un tiempo que nos haría dudar, en primera instancia, de su efectiva existencia. A menudo damos por extinta esta empresa a la vez historiográfica y política cuando mueren sus principales referentes y parecen a muy simple vista desdibujarse las viejas antinomias del imaginario histórico argentino. Sin embargo, los dos lúcidos trabajos incluidos en esta compilación presentan las maneras en que este fenómeno historiográfico se manifestó desde los años ’80. Como indica García Moral, dos vertientes revisionistas, una «tradicional» y otra «de izquierda» se comportaron de diferentes maneras: mientras la primera siguió anclada historiográficamente en lecturas consecuentes con los tópicos y miradas, valga la redundancia, tradicionales del revisionismo, la segunda «dio muestras de mayor amplitud temática y temporal» (9). Estas y otras diferencias dificultaron, asegura la autora, el diálogo y el debate en el interior de este revisionismo pos-dictadura y postransición democrática, igualmente desencontrado con la historiografía de matriz universitaria. Julio Stortini, autor de numerosos trabajos sobre el tema que reseñamos, realiza una interesante y precisa indagación sobre las relaciones entre revisionismo rosista y menemismo. Tal como lo presenta este historiógrafo, durante el menemismo Rosas reaparece significativo en los medios de comunicación, los actos de gobierno, los discursos y el «gesto político» del Presidente de la Nación. La repatriación de los restos de Rosas, viejo anhelo y baluarte revisionista y nacionalista, indicó entonces quizás tanto el uso político de la historia como el reflejo de «una arraigada tradición que compartía una parte importante del peronismo y tal vez la sociedad». Cuando el revisionismo estaba ya en declinación, instituciones, grupos y asociaciones operaron reivindicando a Rosas en una «perspectiva nacional», que iluminara el presente político y su programa «para una Argentina atrapada entre un traumático pasado reciente y las amenazas de un futuro incierto» (10). Cuando inmediatamente luego del 2001 se comienza, no siempre renovadamente, a reflexionar sobre la crisis argentina, periodistas, intelectuales, científicos sociales, nacionales y extranjeros cargaron las tintas. Martha Rodríguez estudia la (re)emergencia del «ensayo histórico sobre la crisis», cuyo lector, generalmente no académico pero sí informado, se mostró ávido de respuestas. «Los relatos exitosos sobre el pasado y su controversia. Ensayistas, historiadores y gran público, 2001-2006» es una investigación que da cuenta de un nuevo fenómeno de expansión de lecturas del pasado argentino acompañados por un gran florecimiento editorial. Esta masiva apelación a la historia que daba respuestas puso en tela de juicio a sus autores y a sus detractores, disparando polémicas/controversias entre académicos y no académicos, entre la historiografía y el ensayo, entre lo de adentro y lo de afuera del campo académico. La autora toma como casos de análisis los textos de Felipe Pigna y Jorge Lanata, y problematiza cómo los mismos fueron receptados en el ámbito de la historiografía profesional. Estas obras, cuyo alcance masivo fue y es aun asombroso, divulgan un tipo de análisis del pasado «Que permitiría entender que la situación del presente nos exculpa de cualquier responsabilidad en las crisis actuales» (11). La lamentable ausencia de la necesaria historicidad posibilita a esta ola de divulgaciones afirmar, desafortunadamente, que «la historia argentina siempre fue así». Porque la historia argentina no siempre fue así, porque también han cambiado las practicas historiográficas y son igualmente históricamente mutantes, al decir de Massimo Mastrogregori (1995) «las relaciones globales de una sociedad con las huellas reales o imaginarias de su pasado», se valoran los aportes y preguntas resultantes del texto reseñado. Esta compilación de Fernando Devoto da cuenta de sucesos y problemas de la historiografía reciente desde miradas críticas para una inevitable puesta en discusión de su supuesta «crisis y transformación », y de las relaciones cruzadas entre historiadores, ensayistas y gran público. Historiadores, ensayistas y gran público: atentos y convocados todos, y por qué no frecuentemente asediados todos por la historia, el pasado y la política.

NOTAS. (1) Varias publicaciones de este grupo de investigadores han aparecido desde mediados de los años ’90: La Historiografía argentina en el siglo XX (I). CEAL, Buenos Aires, 1993; La Historiografía argentina en el siglo XX (II). CEAL, Buenos Aires, 1994; Estudios de historiografía argentina I. Biblos, Buenos Aires, 1997; Estudios de historiografía argentina II. Biblos, Buenos Aires, 1999; La historiografía rioplatense en la posguerra. La Colmena, Buenos Aires, 2001; La historiografía académica y la historiografía militante en Argentina y Uruguay. Biblos, Buenos Aires, 2004; La Historiografía Argentina en el siglo XX. Editores de América Latina, Buenos Aires, 2007; Historia de la Historiografía Argentina. Sudamericana, Buenos Aires, 2009. (2) Cf. Fernando Devoto (Dir.): Historiadores, ensayistas y gran público: la historiografía argentina, 1990-2010. Biblos, Buenos Aires, 2010, p. 18. (3) Ibidem, p. 25. (4) Ibidem, p. 33. (5) Ibidem, p. 35. (6) Cf. Ibidem, p. 45. (7) Ibidem, p. 71. (8) Cf. Ibidem, p. 77. (9) Cf. Ibidem, p. 96. (10) Ibidem, p. 115. (11) Ibidem, p. 137.

[Eduardo ESCUDERO. “Historiadores, ensayistas y gran público: la historiografía argentina, 1990-2010. Fernando Devoto (Dir.), Biblos, Buenos Aires, 2010” (reseña), in Estudios, nº 23-24, enero-diciembre de 2010, pp. 269-273]

Anuncios