✍ Historia popular y teoría socialista [1981]

por Teoría de la historia

Unknown-2Durante sus últimos días, el emperador romano Vitelio se vio abandonado por todo su séquito, a excepción de su cocinero. Sin embargo, el historiador aristocrático Tácito, no se atrevió a mencionar la verdadera ocupación de tan indigno miembro de la sociedad. Como señala Peter Burke en una contribución muy atinada pero escéptica de “Historia popular y teoría socialista” (1), bajo tales circunstancias la “historia del pueblo” supuso una contradicción. Largo es el camino que hemos recorrido desde Tácito, de quien el tiempo se ha vengado al hacer accesible su trabajo para un público masivo al que, sin dudas, hubiese considerado de un orden inferior por ver series de televisión sobre los primeros emperadores romanos. Como el gran Fernand Braudel señala, “la oscura historia del hombre común” (“l’histoire obscure de tout le monde”) es “la historia hacia la cual, de diferentes maneras, tiende toda la historiografía en la actualidad”. Las historias que aseguran aproximarse a los “pueblos” como objeto (y como algo diferente de lo que se sitúa en lo más alto), comenzaron a escribirse en el siglo XIX, en la era de las revoluciones y los renacimientos nacionales, una etiqueta que ha sido muy popular en la época del romanticismo y de la militancia intelectual, así como antes de 1848 y en la actualidad. Pero, ¿qué es exactamente lo que creen haber escrito aquéllos que hablan de “historia del pueblo”? ¿Qué significa el término? En el caso de este espléndido “package”, inspirado y editado por Raphael Samuel, supone, claramente y entre otras cosas, una historia escrita por un montón de gente: una cincuentena de autores con portación de apellido y un “colectivo”. También supone una historia que ha despertado un vivo entusiasmo en muchísimos más. De hecho, al History Workshop (donde se presentaron por primera vez los papers) asistieron alrededor de mil personas. Estas reuniones, que surgieron en el Ruskin College de Oxford a fines de la década de 1960, son lo más parecido que existe a la Durham Miners’ Gala para historiadores militantes, tanto para profesionales como para una importante e inusual cantidad de no profesionales y en donde se dan combinaciones únicas de conferencias eruditas, mítines políticos, revivals de reuniones y vacaciones de fin de semana. Todos ellos buscan a sus propios historiógrafos, los que sin duda surgirán de un Workshop que, por cierto, ya ha generado un apasionado, erudito y heterogéneo “diario de la historia socialista” así como una serie notable de libros, de los cuales el presente volumen es el quinto. Mientras tanto, el History Workshop (inspirado y dinamizado por Raphael Samuel cuando puede hacer un alto en la enseñanza, la política y su titánica erudición), ya ha contribuido a generar una suerte de voluntariado de historiadores “levé en masse”. Resumir el contenido de “Historia popular y teoría socialista” sería como resumir lo que ofrece una tienda durante las rebajas de invierno. Han participado escritores británicos, franceses, alemanes, italianos, escandinavos y norteamericanos. También desfilan por allí varios rangos, suboficiales y oficiales de diverso grado en el ejército de la historia (algunos de los cuales, sobre todo los últimos, solicitan su estatus de guerrilla honorífica). Hay papers que van desde lo conciso a lo sumario, e informes de discusiones que oscilan entre el resumen crítico y los minutos esqueléticos. También hay bibliografías útiles. Junto con los excelentes prólogos del editor y el “Afterword” (donde se resumen las intenciones del History Workshop), el libro contiene una vertiginosa variedad de estudios sobre tendencias y campos especializados, reflexiones, cavilaciones, exigencias programáticas, preguntas y argumentos. En algún lugar de estas 417 páginas los lectores podrán descubrir una importante revalorización del socialismo utópico (Stedman Jones), nuevas e importantes contribuciones al debate sobre los orígenes del capitalismo moderno (Hans Medick), un relato de primera mano sobre lo que representan para la historia del trabajo los mineros del carbón (Dave Douglass), estudios pioneros sobre los campesinos escoceses (Ian Carter), una exploración de la política en los pobladores de Hertfordshire durante la época de Wat Tyler (Ros Faith), observaciones sobre el vigésimo quinto aniversario de Jorge V celebrado en Kenya (John Lonsdale), una poderosa disección de los problemas de la escritura de la historia de los partidos comunistas (Perry Anderson), y la referencia a un pastor italiano que construyó su propia versión de la Odisea porque encontró el original demasiado largo para memorizarlo. Hay secciones dedicadas al capitalismo, el socialismo, el feminismo, la religión, la tradición oral, el fascismo, el África, la cultura, la política sexual y algunos otros temas globales. Hay debates celebrados sobre y por Edward Thompson. Probablemente, no haya mejor forma de comprobar lo que la joven generación de historiadores radicales están hoy interesados en discutir que leyendo esta estimulante combinatoria, aunque gran parte de ella no sea demasiado apta para principiantes. ¿Qué tienen todos estos trabajos en común con “la historia del pueblo”? Raphael Samuel, en cuyo prefacio hace un valiente intento por responder esta pregunta, parece estar de acuerdo en que se trata, sobre todo, de una forma particular de interés político o de compromiso, algo obvio, en realidad, desde el momento en que el término “pueblo”, en sí mismo, combina un máximo de resonancia emocional con un mínimo de precisión en la definición de los múltiples y superpuestos significados que oculta. Más bien se trata de una insignia y no de un término técnico. Apunta a una opción para los súbditos o los ciudadanos frente a los gobiernos, para el hombre y la mujer comunes frente a las élites minoritarias, o a cualquier otro aspecto del hombre común que represente los valores y aspiraciones del populista comprometido. Por la misma razón, esta insignia tampoco es cualquier franja del espectro político. El periódico de Mussolini se llamaba “Il Popolo d’Italia” y el “Estudio de los Pueblos” (Volkskunde), que en Alemania se convirtió en una mezcla de investigación sobre el folklore y antropología cultural, estuvo, durante gran parte de su historia, muy lejos de ser identificado con la Izquierda. Tal como Samuel señala con acierto, “las versiones que la izquierda y la derecha han dado de la historia del pueblo coinciden en una incómoda serie de puntos”. “Historia popular y teoría socialista” es, por lo tanto, cualquier cosa que se pueda adjudicar a esa insignia. Actualmente, su fuerza y ​​su debilidad radican en aquel costado edificante: la recuperación de los antepasados, la búsqueda de los aldeanos de Hampden y de los Miltons silenciosos y sin gloria para demostrar que no han sido ni silenciosos ni sin gloria (2): una transformación del pasado mediante su identificación con una épica cotidiana. De allí la notable atracción hacia la historia local y oral. “En los últimos años, su principal impulso ha sido recuperar la experiencia subjetiva”. Esto es importante para la disciplina de la historia, no sólo porque puede movilizar a su práctica a un número sorprendente de personas y porque, de manera incidental, implica “un cierto intento por expandir la base de la historia y ampliar su objeto de estudio” como “hacer uso de nuevas materias primas”, sino también porque demuestra que la fuerza del pasado es una dimensión esencial en la vida pública y privada de los hombres. La principal justificación de “Historia popular y teoría socialista” sería que el pueblo y los pueblos necesitan una historia, aunque, por desgracia, no por ello necesiten o prefieran el trabajo de los historiadores serios. Y algo no menos importante: proporciona historiadores que defienden su objeto frente a los intentos de los científicos sociales, los tecnócratas y algunos otros por eliminarlo de la educación. Estos intentos ya se han hecho -el caso más reciente es Francia- y cualquier munición que necesiten los resistentes será bienvenida. El problema de este tipo de historia, como Samuel reconoce cuando considera sus relaciones incómodas con el marxismo, es que se sacrifica el análisis y la explicación en aras de la celebración y la identificación. Fomenta una moda de anticuario para “recuperar la conciencia del pasado” y un rechazo hacia la generalización que, en sí misma, resulta tan insatisfactoria en las versiones rojas como en las conservadoras. Ni un nuevo objeto de estudio ni la existencia de nuevas fuentes resultan suficientes. Todos sabemos que la historia de los ferrocarriles comienza cuando los “train-spotters” comienzan a anotar el número de las locomotoras que ven pasar y la demografía histórica cuando logra emanciparse de los genealogistas. Es necesario algo más que la empatía o un simple compromiso emocional, incluso, si ambos logran combinarse con la erudición. Por otro lado, como el propio Samuel señala, buena parte de la escritura del pasado que podría considerarse como “historia del pueblo” tuvo grandes ambiciones intelectuales y no una simple inmersión en una realidad vivida en los viejos tiempos. En resumen, la “historia del pueblo” no es mucho más que una declaración de intenciones, lo que indica que los historiadores están junto al pueblo (más allá de cómo se lo defina), desean dirigirse a un público amplio, tratan de movilizar a los hombres y mujeres para que investiguen su pasado, anuncian su compromiso con una causa acorde, protestan contra una “erudición seca como el polvo”, o concentran su atención en la historia de los hombres comunes y -en este caso, con un celo harto necesario- también de las mujeres. Todo ello pertenece a la historia de la ideología y Samuel, complementado de manera crítica186829_130728140927_peoples_1_001 por Peter Burke, ha escrito un sugestivo borrador sobre estos diversos destinos. Sin embargo, no llega a ser una categoría descriptiva ni analítica, ni tampoco ofrece una perspectiva particularmente útil para la investigación histórica, aunque pueda proporcionar un valioso incentivo para llevarla a cabo. Aquí, simplemente, se ofrece un marco adecuado para que un buen número de historiadores de convicciones radicales se reúnan y muestren sus mercancías y desacuerdos, si bien es mercancía de la buena y, en ocasiones, de una calidad excepcional. Afortunadamente, comprenden varios intentos de interpretación, análisis y explicación, así como ejercicios de recuperación de la experiencia vivida del pasado popular. Sin embargo, las contribuciones de este fascinante volumen están más unidas por la simpatía que por un interés intelectual. También plantean el interesante problema de cómo la historiografía refiere la “relevancia” política: el objetivo del History Workshop (según la formulación de Samuel) es tomar partido por la verdad y formar historiadores “que tomen mayor conciencia del presente”. En esto no se diferencia, salvo en lo explícito, de cualquier otra historia. No hay historiador en este país, y probablemente en ningún otro, que no haya tenido fuertes convicciones frente a la política y los asuntos públicos, es más, los principales cambios que promovieron los historiadores respecto de la interpretación de los hechos o de la dirección de las investigaciones se han inspirado en sus experiencias, preocupaciones y debates como ciudadanos. Sin embargo, si la historia es, en última instancia, inseparable de la política, es preciso, no obstante, que en la práctica pueda separarse de ella. Hasta el historiador más comprometido sospecha, si toma su objeto en serio, que “la historia como forma de actividad política siempre debe permanecer al margen de la lucha política”. La cita proviene del lúcido y deprimente paper de Bob Scribner sobre la historiografía alemana de izquierda en torno de la Guerra Campesina de 1524-1525, tradicionalmente, un tema sumamente politizado. Y resulta, tal vez, más deprimente de lo necesario, debido a que el autor presta poca atención a los historiadores de izquierda que discretamente, aunque no de manera crucial, han contribuido al estudio moderno de la guerra, pues sólo se concentra en los políticos, los teóricos, los propagandistas y los divulgadores que, desde hace casi un siglo y medio, vienen haciendo malabares con los temas de los tres volúmenes de Zimmermann de 1841-1843, el único trabajo importante escrito por un historiador radical, luego reinterpretado por Engels en 1850. Preocupados “por la teoría en detrimento de la investigación de base” y por “problemas de su propio tiempo” que “hicieron mella en su percepción histórica”, no han podido poner al día sus conocimientos ni su teoría. En cuanto a la propaganda y la educación política, más bien descuidaron su trabajo como historiadores y, al hacerlo, han provocado, en gran medida, el fracaso de su causa. No es una historia “relevante” la que debería utilizarse para movilizar y educar a los ciudadanos, ni tampoco la que debería proporcionar argumentos para el debate político actual. Ninguna zona del pasado puede tomarse de un modo tan directo: son sociedades y situaciones muy diferentes de las actuales. La “relevancia” de la Revolución Francesa, el gran imán de la historiografía comprometida, ya no puede utilizarse como modelo para revolucionarios y anti-revolucionarios de la posteridad que busquen equivalentes actuales en los girondinos, los jacobinos, los sans-culottes y Bonaparte, ni tampoco como fuente de legitimación política para la izquierda. A este respecto, lo que mantiene al debate con vida son las preguntas que pueden formularse sobre el lugar que ocupa en la transformación de la sociedad pre-capitalista a la capitalista, la naturaleza, los logros y los límites de las grandes revoluciones sociales en general, el modus operandi de las grandes transformaciones sociales, o la herencia que dejó y que todavía perdura en gran parte de la Francia contemporánea. Ninguna de estas cuestiones es irrelevante para el presente, pero ninguna de ellas se presta a la identificación directa o al simple paralelo. Afortunadamente, la mayoría de los colaboradores de este volumen ha intentado escribir historia y no conjugar la política actual con el tiempo pasado. De hecho, su “compromiso con el presente” tiene la virtud -para citar a Samuel una vez más- de ver cómo “la propia práctica de trabajo está existencialmente limitada y definida” y de seguir “las líneas invisibles que conectan sus objetos con el trabajo de sus predecesores”. Así, han producido, como al pasar, una serie de ensayos iluminadores de historiografía. Y no es este el menor de los méritos de “Historia popular y teoría socialista”.

NOTAS DEL TRADUCTOR. (1) Recordemos que la primera parte del título original de la obra no es “Historia popular” sino, en rigor, “Historia del pueblo” [People’s History]. La diferencia entre el uso de un adjetivo en español y un sustantivo en inglés no es menor y ésta se refleja claramente a lo largo del texto de Hobsbawm donde recurre, una y otra vez, a poner de relieve un “nuevo” objeto de estudio: el “pueblo”. (2) Aquí Hobsbawm hace un juego de palabras con una de las estrofas del poema “Elegy Written in a Country Churchyard” [Elegía escrita en un cementerio de aldea] del poeta Thomas Gray [1716-1771] que dice lo siguiente: “Some village-Hampden, that with dauntless breast / The little tyrant of his fields withstood / Some mute inglorious Milton here may rest / Some Cromwell guiltless of his country’s blood” [Algún Hampden aldeano, que con corazón bravo / soportó al tiranuelo que mandaba en sus campos / algún callado Milton o algún Cromwell sin culpa / de la sangre en su tierra, puede que aquí descansen]. Tomamos la traducción de Ángel Rupérez [in “Antología esencial de la poesía inglesa”. Madrid: Espasa Calpe, 2000].

[Eric HOBSBAWM. “In Search of People’s History [En busca de una historia del pueblo]”, in London Review of Books, vol. III, nº 5, 19 de marzo de 1981, pp. 9-10. Traducción del inglés por Andrés Freijomil]