✍ Los historiadores progresistas. Turner, Beard, Parrington [1968]

por Teoría de la historia

los-historiadores-progresistas-hofstadter-envio-gratis_MLA-F-2745489434_052012Este libro comenzó siendo un estudio de tres obras fundamentales de la historiografía norteamericana del siglo XX. Intenté al comienzo escribir más bien ensayos completos acerca del ambiente y la influencia de las siguientes obras: The Significance of the Frontier in American History [La significación de la frontera en la historia norteamericana], de Frederick Jackson Turner, An Economic Interpretation of the Constitution of the United States [Una interpretación económica de la Constitución de los Estados Unidos], de Charles A. Beard, y Main Currents in Amenican Thought [Principales corrientes del pensamiento norteamericano], de V. L. Parrington, y poner en orden mis propios puntos de vista acerca de los problemas suscitados por las numerosas observaciones críticas surgidas en torno de ellas. A medida que avanzaba, comenzaron a atraer mi atención el ambiente histórico en que surgieron estas obras y la manera en que surgían de circunstancias de la vida de sus autores. Me encontré con que estaba escribiendo no meraramente una crítica historiográfica sino, en cierta medida, una historia intelectual y hasta, de un modo limitado, una biografía. Me pareció menos sensato de lo que había imaginado al comienzo escribir acerca de las ideas de Turner sobre la frontera sin conceder alguna atención a sus demás conceptos -de seccionalismo, por ejemplo- o sobre el estudio de Beard acerca de la Constitución sin referirme extensamente al uso que hace este autor de la interpretación económica de la historia, a su enfoque del problema del conocimiento histórico y, finalmente, a sus ideas sobre política exterior. Pero en algunos respectos el designio original de este libro resulta aún evidente en su presente forma. El lector que se pregunte por qué he concedido mucha más atención al libro de Beard sobre la Constitución que a todos sus otros escritos en conjunto, debe recordar que mi primera intención fue la de escribir solamente acerca de ese libro, y que sólo me he ocupado de las demás obras con la esperanza de esclarecer las ideas directrices y el estilo particular de pensamiento que resultan evidentes en este libro básico. Creo que serán pocos los lectores que se pregunten por qué comencé con las obras de estos tres hombres. Podría haber escrito fácilmente también acerca de Carl Becker, que tenía un espíritu sutil y escribió una prosa mejor que cualquiera de ellos, y merecería también la calificación de historiador “progresista”. Pero ninguna de las obras de Becker se compara, por sus efectos, con las tres que elegí para comenzar; y dejando totalmente de lado mi deseo de hacer que un libro ya de por sí extenso no lo resultara aun más, y mi conocimiento de que existen dos libros admirables acerca del pensamiento histórico de ese autor escritos por Cushing Strout y Burleigh Taylor Wilkins, no puede compararse la influencia de Becker sobre nuestras ideas respecto de la historia norteamericana, con la que ejercieron los tres autores que elegí. Mi criterio fue, sobre todo, la influencia; y entre los autores que se ocuparon de historia norteamericana, Turner, Beard y Parrington fueron los que nos dieron las ideas fundamentales de la primera mitad del siglo XX. Parecían capaces de hacer que la historia norteamericana resultara importante para los problemas políticos e intelectuales del momento. Sus ideas resultaban muy dignas de exploración y verificación; ellos inspiraron a muchos jóvenes la idea de dedicarse profesionalmente a la historia. Al agrupar a estos tres historiadores como progresistas no hago más que seguir el precedente de otros autores recientes que se ocuparon de historiografía norteamericana. Sin duda que no es fácil clasificarlos incluyéndolos dentro de un determinado partido en la política de su tiempo, pero todos ellos articulan su meditación con el fermento intelectual del período que va desde 1890 a 1915, con los requerimientos de reforma formulados por Populistas y Progresistas, y con el nuevo estallido de actividad política e intelectual a que dieron lugar esos requerimientos. El debate político de su época los orientó hacia sus intereses más importantes; contribuyeron a su vez a ese debate dando a la política reformista un fundamento racional histórico. Por la acción de estos hombres, más que de todos los otros, el espíritu liberal norteamericano encontró una explicación de sí mismo en términos históricos. La historiografía progresista hizo por la historia lo que el pragmatismo hizo por la filosofía, la jurisprudencia sociológica por el derecho, el espíritu de inquisición por el periodismo, y lo que Parrington llamó “realismo crítico” por las letras. Si el pragmatismo, como alguien dijo, proporcionó al liberalismo norteamericano su nervio filosófico, la historiografía progresista le dio el recuerdo y el mito, y lo naturalizó dentro de la trama total de la experiencia histórica norteamericana. Sin embargo, si yo los llamo historiadores progresistas no es porque desee agruparlos juntos como una “escuela” totalmente unitaria, y menos aún para sugerir que hayan adoptado precisamente el mismo punto de vista acerca de los cambios políticos de su época. Aunque provenían de la misma región y pertenecían más o menos a la misma clase y generación, tuvieron experiencias diferentes, eran diferentes en lo que respecta a su temperamento, y sus ideas no siempre coincidían. Beard, por ejemplo, vio rápidamente que la idea de frontera, aunque vinculada en algunos puntos con la insurgencia norteamericana, estaba también recubierta por una especie de conservatismo y aun de complacencia nacionalista. Tanto él como Parrington respondieron más positivamente a las tendencias izquierdistas dentro del movimiento heterogéneo que describimos en términos generales como Progresismo, mientras que podríamos decir que Turner perteneció al ala conservadora. Y en la época del New Deal, exactamente cuando comenzaban a cuestionarse profundamente las ideas de Turner por obra de una generación de historiadores, las de Parrington y Beard alcanzaron probablemente el punto culminante de su influencia. Incluso entre estos dos, que estaban intelectualmente más cerca entre sí que cada uno de ellos respecto de Turner, había sin embargo diferencias intelectuales importantes. Hubo en Beard, excepto en los últimos años de su vida, una nota penetrante de obstinada iconoclastia acerca de muchos aspectos de la tradición norteamericana, que le imposibilitó celebrar el legado del liberalismo de Jefferson con el entusiasmo con que lo hacía Parrington. Espero haber hecho justicia en el texto a tales diferencias de estilo personal y de pensamiento. Me he preguntado por qué escribí este libro, y por qué en este momento. Desde un punto de vista público e impersonal, hay una excelente razón para ello: los pasados veinte años han sido un período de productividad excepcionalmente rica y de vivaz argumentación en la historiografía norteamericana, en el curso de los cuales los historiadores progresistas han sido examinados muy cuidadosamente, criticados con gran prolijidad, a veces con ensañamiento, y sometidos a una revaluación exhaustiva. El público culto en general conoce muy poco de lo escrito al respecto, y aunque se ha difundido la idea de que, por ejemplo, el libro de Beard sobre la Constitución ya no es valorado en la medida en que lo era en un tiempo, la mayoría de los juristas tiene una noción muy vaga acerca del porqué. Sin embargo, no puedo decir en absoluto que yo haya comenzado este libro en una tentativa de divulgación, tarea muy digna de realizar de por sí pero que no constituye uno de mis especiales intereses. Lo comencé por una especie de compromiso personal con el tema, porque sentía que estaba incompleto mi ajuste de cuentas con mis predecesores intelectuales y percibía en este caso, como me ocurre en otros, que no sé con precisión lo que pienso hasta que lo he escrito, y por la convicción de que si no escribía entonces acerca de estos hombres, nunca se produciría el esclarecimiento que yo esperaba lograr de tal ajuste de cuentas. Cuando comenzó a definirse mi vocación de historiador, la obra de estos autores, particularmente de Beard y Parrington, me interesó pues me proporcionaba ideas orientadoras para la comprensión de la historia norteamericana. Junto con muchos otros historiadores profesionales de mi generación, por más extraño que me parezca en este momento, comencé a dedicarme a la historia norteamericana bajo la inspiración de la obra de Charles y Mary Beard titulada The Rise of American Civilization [El surgimiento de la civilización norteamericana]; y mi primer ensayo profesional, publicado hace treinta años, fue una tentativa de cuestionar algunas de sus sugerencias acerca de los orígenes de la Guerra Civil norteamericana. Con posterioridad, en una época en que mis propias concepciones acerca de la historia comenzaban a tomar forma, me sentí impulsado a escribir otra vez acerca de estos tres hombres y a informarme un poco sobre sus críticos. Una buena parte del material de este libro surge entonces como una reiniciación de esa perenne batalla que libramos con nuestros antepasados, particularmente con los padres intelectuales que hemos adoptado. Para tener nuevas ideas, para constituirnos una personalidad intelectual propia, debemos esforzarnos en distinguirnos de quienes nos precedieron, y quizá, sobre todo, de aquellos a los cuales en un tiempo debimos mucho. Aunque nuestras querellas sean sólo marginales y menores (pero yo no creo que pueda decirse eso de las diferencias que examinamos aquí), debemos sacar el mejor partido de ellas. Se me ha ocurrido en algunos momentos de desazón, cuando siento que yo también estoy envejeciendo con excesiva rapidez, que puede tranquilizarme un poco el recordar o reactualizar mis propias incursiones parricidas. Pero en toda la crítica a que se ha sometido a los historiadores progresistas hay seguramente en juego algo más que un abismo generacional. Turner nació, en 1861, Beard y Parrington en los diez años siguientes al fin de la Guerra Civil, y llegaron a la adolescencia justamente en la época en que culminaban los movimientos de protesta contra los males del industrialismo de fines del siglo XIX. Sus principales críticos nacieron en el siglo XX, muchos de ellos después de la Primera Guerra9780307809605_p0_v1_s260x420 Mundial. La historia progresista fue escrita para enfrentar diversas necesidades que ya no se sienten de la misma manera, y los miembros de mi generación la veíamos como un poco demasiado insular y nostálgica. Quienes crecimos en el período que va de la Gran Depresión hasta la Segunda Guerra Mundial, ya no podíamos compartir la simple fe de los autores progresistas en la suficiencia del liberalismo norteamericano. Estábamos viviendo en un mundo más complejo y estremecedor, y cuando nos pusimos a criticar a los historiadores progresistas creo que lo hicimos con una percepción más penetrante de las dificultades de la vida y del problema que implicaba traducir ese mundo en términos históricos inteligibles. Hasta las ideas directrices de esos historiadores que aún parecían conservar validez, nos resultaban en ese momento más bien marginales que centrales; y muchas de sus ideas interpretativas se basaban en alguna clase de identificación entre el pasado y el presente que podíamos entrever con facilidad, no porque fuéramos mas ingeniosos, sino porque el presente de ellos ya no era el nuestro. Cesaron poco a poco de ser los principales intérpretes de nuestro pasado y se transformaron simplemente en una parte de él. Como buena parte de la crítica historiográfica de los últimos veinte años ha sido destructiva, también tuvo que serlo, inevitablemente, mi propia tarea, pero espero que resulten aún visibles algunos signos de mi afecto por estos autores. Quizás en algunos puntos pueda oírse también alguna nota provisional. En ciertos momentos cambié de opinión acerca de cada uno de esos hombres, y no es de ninguna manera descartable que en algunos aspectos vuelva a cambiarla. Los resultados de la investigación histórica nunca son completos; aún ahora estamos comenzando a oír hablar de algunos sectores que habíamos olvidado y se están examinando algunas de las revisiones, quizá con buen resultado. Una gran parte de las diferencias existentes entre los historiadores se reduce a cuestiones de énfasis, a argumentos acerca de la intensidad con que debe acentuarse un determinado factor, cuando todos admiten que existen varios. Y no veo ninguna manera de llegar a un consenso final en cuestiones de esta clase. Me consuela una observación que Carl Becker hizo una vez al objetar la idea misma de una historia definitiva: “¿A quién le interesa abrir un libro que no tenga defectos o no muestre o no muestre una amable debilidad?”. He tratado de que la crítica se mantenga dentro de límites razonables en todos los puntos, pero se me ha ocurrido al final que cometí una injusticia con los autores tratados, y sólo puedo remediarla ofreciéndola a la atención del lector. Lo que he hecho es poner a prueba la historiografía progresista respecto de las obras escritas “después” de ella; por comparación, mis esfuerzos para enfrentarla con las obras precedentes son relativamente escasos y superficiales. Podría haber transmitido una impresión más profunda de los méritos originales de los historiadores progresistas si hubiera realizado un estudio más completo y prolijo de la generación que los precedió. Aunque es cierto que comencé con un capítulo acerca de la historiografía anterior a la época de Turner, ese capítulo no constituye un detallado análisis del trabajo histórico en la época inmediatamente anterior a aquella en que los progresistas llegaron a la escena, sino un largo salto impresionista a través de nuestra historiografía, a partir de comienzos del siglo XIX. Al ahorrarme a mí mismo el trabajo de reconocer en detalle y profundidad la voluminosa literatura del período que va desde 1870 hasta 1900, también he ahorrado al lector y a mí mismo una tediosa tarea; pero supongo que los historiadores progresistas se habrían destacado con caracteres más netos si yo hubiera expuesto extensamente lo que dije en pocas palabras. Los progresistas inauguraron discusiones en sectores donde había habido demasiado desacuerdo o demasiada complacencia. Tomaron a la historiografía norteamericana de las manos de los brahmanes y de las clases satisfechas, que la habían manejado en forma demasiado exclusiva, y la sensibilizaron para las necesidades intelectuales de nuevos tipos de norteamericanos que estaban comenzando a constituir intelligentsia productiva e insurgente. Constituían la vanguardia de una nueva generación de estudiosos del Medio Oeste profundamente envueltos en el fermento crítico que se sentía a comienzos del siglo, rebeldes contra el descuido de su propia región, ansiosos por remediar la falla de los historiadores del pasado que no supieron tratar los intereses del hombre común y los méritos históricos de los movimientos reformistas. Intentaron encontrar un pasado utilizable, que se relacionara con las necesidades amplísimas de una nación lanzada por completo a su propia industrialización, y hacer que la historia constituyera un instrumento para el propio reconocimiento y mejoría. Les debemos en verdad algo importante, y espero que no quede oculto entre los pliegues de la crítica.

[Richard HOFSTADTER. Los historiadores progresistas. Buenos Aires: Paidós, 1970, Introducción, pp. 11-16]