➻ Robert Mandrou [1921-1984]

por Teoría de la historia

Imagen escaneadaRobert Mandrou, cuya prematura muerte sinceramente lamentamos, provenía de un medio rural sin pretensiones. Su juventud se vio afectada por los infortunios de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual pasó algunos años en Alemania de donde luego regresó marcado por un genuino antitotalitarismo. Este exilio lo impregnó de la lengua, la cultura y la historia de nuestros vecinos del Este. Tal es así que, si bien los componentes germánicos aparecen en su obra de manera discreta, estos no resultan menores. Piénsese en su investigación sobre los Fugger, en la forma en que trata su destino bajo el inesperado ángulo de la preponderancia señorial, para culminar, a lo largo de varias generaciones, con el deslumbrante desempeño financiero de un linaje. El contacto con la cultura alemana condujo a Mandrou a la República Federal donde creó una misión histórica francesa en el marco del Instituto Max Planck de Gotinga. Agreguemos que, a partir de 1968, al cabo de la primavera de Praga, rápidamente sofocada, la Europa central, en la óptica de Mandrou, se hizo checoslovaca, o si se prefiere, “bohemia”: siempre solidario con las luchas por la libertad, el hombre de izquierda que era nuestro colega, consagró algunos trabajos a la historia checa que luego amplió en un libro que apareció hace poco tiempo, “Histoire de la Bohême, des origines à 1918” (Paris: Fayard, 1984) donde su nombre figura junto al del gran historiador de Bohemia, Josef Macek. Su incansable curiosidad lo condujo “hasta los Urales” y a territorios más reservados donde florecía la historiografía soviética. Fue uno de los primeros en interesarse por las ideas capitales de Boris Porchnev respecto de las revueltas populares en Francia antes de la Fronda y fue uno de los que propuso la publicación en París del libro de Porchnev traducido del ruso. La lucha de clases y las diferentes modalidades de protesta también convocaron en varias ocasiones las reflexiones y las publicaciones de Robert Mandrou. Catedrático universitario y cercano a Lucien Febvre, Mandrou fue también secretario de redacción de Annales, revista que dirigió entre 1954 y 1962. Allí me recibió en aquella época a título de joven autor. Guardo el recuerdo de su frío humor, pero en absoluto hostil: “No vaya a creer”, me dijo, “que los lectores de la revista necesariamente se interesarán en su artículo…”. El pensamiento de Lucien Febvre y las exploraciones de este maestro en el ámbito de la historia de las sensibilidades se convirtieron para él en una fuente esencial de inspiración. También llamaron tempranamente su atención los trabajos de Michel Foucault. Este permanente interés por la innovación y la renovación de los enfoques de un cierto pasado llevó a Mandrou a crear junto a Philippe Ariès, la colección “Civilisations et mentalités” en la Editorial Plon: allí apareció la tesis de Yves Castan (cercano a la obra de Maurice Aguhlon) sobre la sociabilidad meridional, así como la monografía que Gérard Bouchard consagró a la “Village immobile”. Esta publicación de un joven canadiense confirmó, por lo demás, el inobjetable interés que Robert Mandrou demostraba hacia la cultura canadiense de habla francesa. En lo personal, y como asiduo lector de las obras de Mandrou, me he visto influido rápidamente por su “sensibilidad por las sensibilidades” y, en particular, por su “Histoire de la civilisation française”, escrita en colaboración con Georges Duby, donde uno de los autores se encargaba de la parte medieval y el otro de la época “moderna”. Al modo del “Mediterráneo” de Fernand Braudel, esta doble “Civilización” no rechazaba, por cierto, la indispensable cronología, en este caso, nacional. Pero descansaba sobre todo en las estructuras y estaba desprovista de un “relato” en el sentido tradicional del término. Estos dos volúmenes, que serán conocidos como el “Duby-Mandrou”, han marcado una etapa en la continuidad de un gran género, asegurando una poderosa carrera editorial e intelectual. En la época de su publicación, “Magistrats et sorciers” me decepcionó un poco. Por aquel entonces me preguntaba, ¿para qué hablar de los jueces si es la bruja la que realmente cuenta? Hoy, al revisar ese juicio, compruebo mi falta de equidad: esa tesis de doctorado que privilegiaba la transformación de las actitudes judiciales sigue siendo actualmente casi única en su especie. Ilumina una zona fronteriza donde se reúnen durante el siglo XVII la alta cultura intelectual o teológica (de carácter malebranchiano) y el puntilloso legalismo de los hombres privilegiados por la justicia. Con el estilo que le era propio, Robert Mandrou ofrecía una contribución a la historia de las mentalidades de la que fue, junto con Lucien Febvre, su pionero dentro y fuera de Francia. Recordemos también a este respecto sus aportes capitales a la historia de la cultura y de la literatura populares: Mandrou tendía a ver allí, entre otros elementos, un medio de control al servicio de las clases dirigentes cuyo fin perseguía mantener a la plebe bajo un estado de resignación frente a su destino social. Literalmente, Robert Mandrou reinventó este tema que otros, igual de competentes, no tardaron en seguir sus huellas. ¡Qué impresionante diversidad tenían sus centros de interés! Robert Mandrou participó incluso en la iniciativa de una investigación sobre la historia de la alimentación y del consumo que fue muy comentada … La historia del Estado fue durante mucho tiempo el pariente pobre de los Annales. Sin embargo, Mandrou nunca la dejó de lado. Bástenos recordar en este sentido su “Luis XIV”. El mismo registro puede percibirse en su trabajo sobre “L’Europe absolutiste”: no olvidemos que esta obra se convirtió también en una ocasión para que Mandrou expresase su admiración por la Inglaterra liberal. Este libro destila, al mismo tiempo, una cierta desconfianza hacia el régimen prusiano. El entusiasmo de Federico II por la Ilustración, del agrado de Mandrou, no era más que una fachada. El mercantilismo (por emplear una palabra harto simple) del soberano de Brandenburgo convirtió a este personaje, en los márgenes del Báltico, en un Colbert que consiguió un notable éxito en el cual intervino la favorable coyuntura del siglo XVIII. Como director de estudios en la École des Hautes Études, como incomparable orador en seminarios y profesor de la Universidad de París X-Nanterre, Robert Mandrou se ganó el afecto de muchos estudiantes, discípulos o simplemente de amigos más jóvenes que podían acercarse a los territorios de un maestro reconocido fácilmente. Como no me es posible mencionarlos a todos, me limitaré sólo a uno: Philippe Joutard. Fue él quien tuvo el honor de pronunciar algunas palabras durante la última ceremonia dedicada al recuerdo de un hombre desconfiado, orgulloso y modesto que, pese a lo consciente que era de su gran valor, huía de los homenajes y los honores. Tal como ocurrió con Jean Meuvret (aunque con orientaciones muy diferentes), Robert Mandrou ha sido uno de los mejores historiadores del Antiguo Régimen […]

[Emmanuel LE ROY LADURIE. “Robert Mandrou (1921-1984)”, in Annales. Économies, Sociétés, Civilisations (Paris), vol. XL, nº 2, 1985, pp. 241-243. Traducción del francés por Andrés G. Freijomil]

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