✍ Sociedad y cultura en la Francia moderna [1975]

por Teoría de la historia

9788474235777[…] [Edward P.] Thompson decía en 1966, y repetiría más adelante, que la historia de la gente común, esa por la que justamente se orientaba Natalie Zemon Davis, podía enriquecerse apelando a las ciencias sociales. Sin embargo, aunque pudieran invocarse la sociología o la antropología, eso no significaría que la importación de categorías de estas disciplinas vecinas fuera productiva. Esa idea, persistente en sus trabajos, la reiterará, por ejemplo, diez años después en «Folklore, antropología e historia social», y de manera aún más contundente al sostener que la etnología sólo era para él un modo de localizar nuevos objetos, una manera de ver problemas antiguos con ojos nuevos. ¿Para él? Cuando sostenía esto en 1976 decía no estar solo, puesto que había alguien con quien compartía semejantes preocupaciones. Citaba expresamente a Keith Thomas y a Natalie Zemon Davis, pero sobre todo el libro que un año antes esta autora había publicado: “Sociedad y cultura en la Francia Moderna”. En efecto, quizá sea éste el momento clave de constitución de esta historia cultural que ahora tratamos. A pesar de que hayamos podido remontarnos al marxismo británico de finales de los cincuenta, o aunque pudiéramos haber rastreado eso mismo en otras tradiciones historiográficas nacionales, lo cierto es que ese texto de Natalie Zemon Davis se toma, ahora sí, como el punto de partida. Por tanto, las alusiones a Williams, a Hobsbawm o a Thompson, que tan sucintamente hemos presentado, sólo tenían una función instrumental: la de marcar el camino hacia el primero de los libros en el que es obligado detenerse. Volvamos, pues, a esta autora y reparemos en ese libro. De entrada conviene precisar su contenido literal, pues los trabajos que incluye varían según la versión. El texto original fue publicado en 1975 y sobre esa edición se compuso la francesa de 1979, aunque con un título distinto (Les cultures du peuple: rituels, savoirs et résistance au XVIe siècle) que acentuaba la parte de estudio del ritual festivo que contiene. Lo mismo ocurrió, por ejemplo, con la edición italiana del año siguiente, que seguía en encabezamiento y contenido a la gala (Le culture del popolo. Sapere, riruali e resistenze nella Francia del Cinquecento). Más curioso es el caso español, pues esta edición recupera el epígrafe original (Sociedad y cultura en la Francia moderna) y, sin embargo, modifica su contenido. En cualquier caso, la versión castellana, aparecida en 1993 retira los capítulos tercero y quinto, uno de cuyos objetos son las mujeres, y los sustituye por otros tantos que, aparecidos anteriormente, en 1984, estudian temas ya presentes en el mismo ejemplar. Sin embargo, el lector dispone de aquellos textos suprimidos, puesto que ambos habían sido recopilados previamente, en 1990, por James S. Amelang y Mary Nash en el libro español titulado Historia y género: las mujeres en la Europa moderna y contemporánea. El volumen de Natalie Zemon Davis es al tiempo uno y varios libros. Es una sola obra, con sentido pleno en sí mismo, porque la autora lo quiso así, porque decidió entregar a la imprenta en 1975 una serie de ensayos que entrelazados dieran conocimiento de sus investigaciones. Su objeto era el estudio de la sociedad y sobre todo de la cultura de aquella Francia de los albores de la Edad Moderna, hilvanado todo ello con un método común. El resultado es, además, un texto colmado de contenidos que ofrecía y ofrece aún un buen número de sugerencias que ya entonces sorprendieron. Sin embargo, es asimismo, en los diversos escritos que incluye, una fuente de obras potenciales, unas que se materializaron con otros contenidos en libros posteriores y otras que quedaron en el camino y que no se consumaron, bien por decisión de la historiadora o bien porque las vías que siguió truncaron su voluntad primigenia. Eso es evidente al menos en lo que respecta a los capítulos primero, segundo y cuarto. Natalie Zemon Davis indica en un par de ocasiones que su estudio de las huelgas, de la pobreza y de la vida festiva en la sociedad lyonesa de mediados del siglo XVI formaban parte entonces de un proyecto aplazado que habría de concluir con un libro sobre aquella ciudad francesa: incluso nos avanza su título, que coincide con el que puso al primero de los ensayos del volumen citado, “Strikes and Salvation at Lyon”. Las razones que le llevaron a modificar esa pretensión inicial nos son desconocidas, pero esa declarada intención otorga a los primeros artículos una coherencia propia, hasta el punto de que podríamos segregarlos de la obra finalmente impresa para tomarlos como un breve volumen aparte. Sin embargo, esa posible operación no por legítima resultaría menos problemática, al menos si la lleváramos a esas últimas consecuencias. Ello no sólo porque estaríamos invirtiendo el deseo unitario de la autora, sino por dos razones añadidas: por un lado, porque cada uno de esos textos, a pesar de su ligazón, tiene entidad propia, al menos aquella que viene marcada por una distinta cronología en la elaboración, aspecto este que nos permite advertir la evolución seguida por la historiadora en el tratamiento de un mismo mundo; por otro, es evidente que, más allá del contexto espacial en el que sitúa sus diversas investigaciones, todo el volumen se configura como una sucesión de instantáneas que se complementan entre sí para componer finalmente un retrato de conjunto de aquel tiempo y aquella sociedad. Desgajar, pues, una parte de ese todo sería contravenir las instrucciones de lectura y forzar en exceso nuestra interpretación activa como destinatarios. ¿Cuál es el objeto declarado del libro? Una suerte de historia desde abajo, al modo, pues, de lo que Thompson había defendido, una historia desde abajo que trata de la sociedad rural pero sobre todo de la urbana (especialmente artesanos y gente humilde, el llamado “menu peuple” en general) a través de diversas manifestaciones culturales. De ese modo, sus formas de vida y de agrupamiento colectivo se entienden como instrumentos y recursos, maneras en la que esa gente se relacionaba con el mundo que le envolvía. Y en consecuencia el historiador puede estudiar una reunión, un rito o una algarada con provecho semejante al que se obtendría cuando se analiza un panfleto, un dietario o un sermón. Más allá de esa novedosa premisa, Natalie Zemon Davis señalaba en la introducción al volumen que los dos primeros textos de “Sociedad y cultura” presentan un rasgo compartido, a saber: mostrar los tipos de experiencia social que ayudaron a formar la conciencia protestante, algo que incluso podríamos predicar para el tercero de los ensayos. Pero hay muchos otros elementos que es conveniente resaltar en su forma de reconstruir aquellos turbulentos años del Seiscientos. Ante todo, su voluntad de desplegar el análisis a partir de casos. La idea de esta historiadora norteamericana no es, aunque lo fuera en un principio, completar una monografía sobre la ciudad de Lyon, sino relatarnos algo más general: a lo largo del volumen, la Francia moderna; en cada capítulo, un problema europeo particular, casi siempre relacionado con lo entreverado de las disputas religiosas. Y para ello, en lugar de emprender una gran investigación, adopta una posición más modesta y acude a ejemplos escogidos que le permitan hacer aflorar esa complejidad. Ésta es, por otra parte, una fórmula que utiliza en todo el volumen: su investigación parte de casos concretos y no pretende abordar su objeto de forma sistemática, es decir, no toma la apariencia de la monografía clásica, sino que la viste con el ropaje de breves investigaciones que ensayan formas diversas de encontrarse con esa variada sociedad. En el primer ensayo, por ejemplo, el que lleva por título precisamente «Huelgas y salvación en Lyon» aquello que estudia son las relaciones que se establecen entre el movimiento de la reforma protestante y el abanico de fuerzas sociales que están presentes en esa ciudad francesa, en particular en su floreciente industria tipográfica. Por otra parte, su punto de vista es claramente heterodoxo, al menos si consideramos que ese estudio sobre las huelgas se publicó por primera vez en 1965. Así, la autora rechaza una interpretación fuerte del término de clase a pesar de que el tipo de manifestación que analiza parezca prometer una posición tradicional. En cambio, dejándose llevar por la complejidad de lo que estudia y por las demandas del contexto, Zemon Davis señala con claridad que cualquier movimiento social, una huelga por ejemplo, tiene su historicidad y que no podemos imponer al pasado conceptos propios de nuestras luchas contemporáneas. De este modo, cuando ella habla del siglo XVI lo que hace es mostramos determinados acontecimientos y circunstancias a través de los cuales afloran actitudes particulares, sin olvidar que grupos sociales como los que analiza, los tipógrafos lyoneses, tenían expectativas propias en lo que a su empleo se refiere y luchaban por materializarlas. Puede que todas esas ideas nos recuerden determinados ecos de lo que hemos visto que anticipó el marxismo británico, pero Natalie Zemon Davis no explicita en ningún caso esa conexión. De hecho, en el apabullante aparato crítico que acompaña a toda la obra, no hay referencias a esos autores ni en éste ni en el siguiente capítulo, escrito en esta ocasión en 1968 y dedicado también a los movimientos religiosos de la reforma protestante, aunque centrado ahora en el socorro a los pobres. En este caso se investigan de nuevo actitudes, ahora las que suscita la miseria y también con la pretensión de abrir el campo analítico a201563 partir de un ejemplo concreto: estudiar Lyon para observar los cambios producidos en la sensibilidad europea en relación con la mendicidad y el acto caritativo. Aunque el tema que abordaba no era exactamente nuevo, dado que ya había alguna bibliografía sobre el particular, derivada en parte de la historia de la Iglesia y del cristianismo, lo cierto es que le daba al objeto una orientación cultural. Se trataba de verificar de qué modo se representaron los europeos de aquel tiempo a los pobres, a los mendicantes y, en general, a los menesterosos que con su sola presencia interpelaban la conciencia del creyente. El capítulo tercero mantiene el trasfondo que se advierte con mayor o menor intensidad a lo largo de todo el volumen: el mundo de la reforma y su interacción con la mayoría católica. Además, puede leerse como complemento del ensayo que abre el libro. Si en aquella ocasión se analizaba cómo los distintos grupos sociales asumieron el contenido de la reforma protestante, en este tercer capítulo («City Women and Religious Change», de 1973, según la versión original, y traducido en “Historia y Género” como «Mujeres urbanas y cambio religioso»), lo que la autora añade es una perspectiva muy poco cultivada por aquellos años, la de la diferencia de sexos. En ese sentido, conviene anotar, como ella misma ha recordado en A Life of Learning, el auge del movimiento feminista a principios de los setenta y el hecho de que en 1971 ella misma organizara en Toronto, junto a Jill Ker Conway, el primer curso sobre historia de las mujeres que se impartía en Canadá (Society and Sexes in Early Modern Europe and in America). De hecho, añade Zemon Davis, muy pocos habían sido los estudiosos que habían intentado analizar de forma sistemática el papel de las mujeres, y mucho menos en cuanto al objeto que ella trataba: el cambio religioso producido durante el siglo XVI. Con todo, la autora presenta en ese tercer capítulo tres de las hipótesis que se habían ido elaborando a lo largo del tiempo. En primer lugar estarían aquellos que, como Max Weber o Keith Thomas, habían creído ver en el calvinismo algunos aspectos atractivos para las mujeres de aquel periodo. En segundo término, algunos historiadores, léase Lawrence Stone o Robert Mandrou, se habrían centrado en la forma de vida previa a la conversión religiosa. Para estos autores se debería subrayar el hecho de que existiera un sentimiento de encarcelamiento e inutilidad frente al cual el compromiso religioso habría funcionado como válvula de escape. Finalmente, ella mencionaba a quienes se habían preocupado por las consecuencias que para las mujeres tuvo la reforma, cuyo argumento central habría sido el de que se produjo una significativa mejora de la vida familiar para este grupo. Como ocurre en otros capítulos, en los que la autora presenta distintas alternativas para comprender su objeto de análisis, Natalie Zemon Davis se declara insatisfecha con las tres opciones e intenta responder de otro modo a los interrogantes que se plantea. «Mujeres urbanas» trata, en efecto, no del conjunto de las mujeres de la Francia de aquel tiempo, sino más específicamente de las que vivían en las ciudades. Mujeres cuya condición natural era el matrimonio, ya fueran cónyuges o viudas, desposadas en una o en posteriores ocasiones. Madres de familia que pasaban buena parte de sus vidas teniendo hijos, pues tras el primer vástago cada dos o tres años daban a luz nuevamente. En ese contexto, Zemon Davis concluye que ambos credos religiosos mantuvieron su situación y que, por tanto, no se puede afirmar de forma tajante que ninguna de esas confesiones fuera mejor en este sentido. No obstante, es cierto que los protestantes promovieron una suerte de desexualización de la sociedad, algo así como una mayor apertura en las formas de comunicación y en ciertos lugares religiosos, en los que las mujeres serían aceptadas. Pero el reverso fue su ascetismo, una austeridad que impidió que los laicos compartieran esa vida festiva y recreativa de la que gozaban los católicos. También clausuró la vida monástica, una alternativa respetable al modelo familiar. Asimismo, la desaparición de las santas como referente ejemplar para ambos sexos eliminó un amplio espacio de afecto y actividad. Finalmente, al hacer desaparecer una identidad y una organización separadas para las mujeres en la vida religiosa las hizo más vulnerables a la sujeción en todas las esferas. Por todo ello es difícil concluir que la reforma protestante facilitara cambios más rápidos y creativos que los que podía suscitar el mundo católico. Más bien debería decirse que ambas formas religiosas contribuyeron a su modo a la transformación de los roles sexuales y que cada una funcionó como correctivo de su oponente. Además de ese análisis de la cultura religiosa, estas conclusiones pueden verse como la concreción de un programa más general sobre la historia de las mujeres, algo que no conviene dejar de lado, dadas la trascendencia del objeto y las repercusiones que tendría en la investigación posterior. Como hemos indicado, ella fue una de las primeras historiadoras que se ocupó expresamente de este tema a principios de los setenta, primero en Canadá y después en Berkeley. De hecho, su trabajo en el citado seminario canadiense se materializaría en un texto presentado en la segunda Berkshire Conference on Women History que se celebró en 1974. Ese ensayo se publicaría poco tiempo después en la revista Feminist Studies y se convertiría en un referente, en un clásico, de lo que hoy conocemos como historiografía del género. En ese texto Natalie Zemon Davis subrayaba la importancia de poder comprender adecuadamente la sexualidad en el pasado. Para ello adoptaba de nuevo una perspectiva antropológica, que era la que le preocupaba en aquellos años. Ese enfoque habría de permitir desentrañar las funciones y el simbolismo sexuales en distintas épocas y sociedades. Así pues, cualquier historiador debería adquirir el hábito natural -dice literalmente- de tener en cuenta las consecuencias del género con la misma facilidad con la que toma en consideración las que se derivan de la clase social. De ese modo, el investigador tendría que reconsiderar bajo esa mirada buena parte de los asuntos que son capitales en su quehacer ordinario y que se han tomado como evidentes al margen de la vicisitud de las mujeres: el poder, la estructura social, la propiedad, los símbolos y la periodización. Es cierto que todos estos argumentos pueden parecer hoy muy manidos, archisabidos y aceptados dentro de la academia. Pero esas palabras dichas entonces, a principios de los setenta, eran una programa muy renovador, un plan de trabajo que después, sobre todo en la siguiente década, irían desarrollando muchas otras historiadoras, tomando a Natalie Zemon Davis como una de las pioneras. Sin embargo, a pesar de la importancia de este objeto, su libro, “Sociedad y cultura”, iba más allá e introducía otros aspectos culturales que conviene continuar tratando, especialmente porque también éstos la imgb1056183_2700701666convierten en un referente historiográfico. Retomemos, pues, el hilo de la lectura y adentrémonos en el cuarto (tercero en la edición española) de los capítulos que lo componen. Su contenido es especialmente significativo, puesto que el tono cambia y también las referencias que lo acompañan. Si bien la documentación utilizada continúa siendo enorme, como corresponde a una práctica bastante habitual en ella, en este texto las alusiones historiográficas perfilan un ensayo diferente. En «Las razones del mal gobierno», escrito en 1971 y publicado en Past and Present como «The Reasons of Misrule», hay varios aspectos a destacar en este sentido. Por un lado, el uso de cierta historiografía francesa annalista, aunque no tanto la que era central en aquellas fechas, sino más bien algunos autores que no representaban la perspectiva dominante de Braudel: Philippe Ariès y sobre todo Robert Mandrou, es decir, historiadores vinculados al estudio de las mentalidades. Por otro, la apuesta clara por los grandes referentes de la historia social inglesa: E. P. Thompson y Eric Hobsbawm. En ese sentido, su interés por estos historiadores anglosajones se sitúa en dos planos distintos y ambos están presentes en el conjunto de su obra. Ante todo, y siguiendo los dictados thompsonianos, su especial atención al contexto. En segundo término, afirmando que ese contexto no determina el comportamiento, que de las condiciones materiales de esos grupos populares que investiga no se pueden deducir actitudes necesarias frente a determinados acontecimientos y circunstancias. De hecho, Natalie Zemon Davis insiste en que no son dimensiones tales como la propiedad, el poder o el prestigio las que ella proyecta en sus ensayos, sino que a su lado aparecen otros factores variables, que van desde la edad al sexo, es decir, que existen otras jerarquías que determinan igualmente la organización social. En suma, pues, lo que hace es rescatar la célebre Human Agency, tomando a esos artesanos o a esos campesinos como actores que usan los diferentes recursos que tienen a su alcance (físicos, sociales, culturales) para vivir y manifestarse. Y finalmente, junto a la inspiración de la renovada historia social británica, otro de los usos provechosos que se permite es el que proviene de las enseñanzas de la antropología, en particular la obra de Arnold van Gennep, un referente que ella dice haber descubierto durante su estancia en la Universidad de Toronto a finales de los sesenta. Esta última elección es, por otra parte, lógica si atendemos al objeto de ese escrito concreto, el estudio de la vida festiva. Pero, como decíamos, y en consonancia con lo anterior, en este cuarto ensayo también cambia el tono del texto. A diferencia de los dos primeros capítulos, éste se abre con una discusión historiográfica, una presentación de las diversas maneras en las que se ha abordado el objeto que trata: los usos sociales y políticos del trastorno carnavalesco y la organización festiva, sobre todo en relación con la socialización de los más jóvenes. Así, repasa brevemente las aportaciones de E. K. Chambers y la escuela literaria, de J. Huizinga y su Homo ludens, de Keith Thomas, de Víctor Turner y de Mijaíl Bajtin, para concluir que son estos últimos y en particular los antropólogos los que más le interesan. De ese modo, el referente privilegiado resulta ser Van Gennep por el gran número de estudios que realizó sobre la sociedad francesa, pero su uso es sobre todo instrumental, como fuente del folklore francés […]

[Justo SERNA y Anaclet PONS. La historia cultural. Autores, obras, lugares. Madrid: Akal, 2005, pp. 48-55]

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