✍ Pasión por la historia. Entrevista con Denis Crouzet [2004]

por Teoría de la historia

3468445.__masgrande__Acaba de aparecer un libro en cuya traducción he participado. La versión al castellano la hemos hecho Anaclet Pons y yo mismo. Lo edita PUV y lleva por título ‘Pasión por la historia’. Se trata de un libro en el que Denis Crouzet entrevista con Natalie Zemon Davis, la gran historiadora norteamericana. Les recomiendo vivamente el volumen. Es un auténtico manual de instrucciones: un texto reflexivo en el que Davis detalla con perspicacia y memoria lo que ha sido su tarea como investigadora. Otro día volveré sobre este libro, sobre sus contenidos. Ahora bastará con señalar que en sus páginas queda muy claro qué distingue a un historiador de un amateur, qué le diferencia de un reportero o de un novelista o de un poeta, a pesar de que la obra de Davis muestre coincidencias con las tareas que éstos emprenden. Ella regresa al pasado francés como si de un corresponsal se tratara, intentando transmitir a sus lectores de hoy lo que es un mundo distante, ajeno, con valores que no son exactamente compatibles con los nuestros; ella se plantea el problema de la ficción y la relación o no que ésta pueda tener con la escritura de la historia, ese espacio jamás visto que se alberga en los archivos y que hay que hacerle ver al destinatario; ella se plantea, en fin, la función de la palabra, el papel que desempeña la comunicación, pero también la expresión en sí, aquello que no siempre es comunicable, aquello que es abstruso y que forma parte del mundo de percepciones de los antepasados. A la postre, su ejercicio como historiadora es una traducción: la traslación de un repertorio de experiencias ajenas que se condensan en palabras y en imágenes. Nosotros, quienes hemos traducido el libro, creo que experimentamos una pasión por la historia semejante a la de Natalie Zemon Davis, pero, también como ella, nos hemos planteado reflexivamente ese ejercicio práctico de traducción: una historiadora que se expresa en inglés, que se ocupa de temas franceses de la época moderna que no son inmediatamente accesibles o comprensibles. Si lo pensamos bien, la tarea del historiador se asemeja, es cierto, a la del traductor, incluso a la del intérprete: debe transportar un repertorio de referencias a unos destinatarios que las ignoran En eso consiste, precisamente, la historia: en sondear un espacio ignoto normalmente, un espacio escrito que se conserva en los archivos para interpretar textos que son versiones del mundo, textos mutilados, llenos de sobreentendidos, evidencias que nos resultan incomprensibles. En eso consiste, justamente, la traducción. Digo traducción y me acuerdo inmediatamente de un artículo de Fernando Savater. Me da la risa. Aunque tiene más de diez años, todavía me acuerdo de mis carcajadas. Me desternillo aún cuando lo releo. Reproduciré para ustedes el párrafo más cómico. Se trata de un artículo fechado en febrero de 1995 cuyo título era ‘Menosprecio al castellano’. Decía: es deplorable el estado de los folletos de instrucciones de algunos aparatos que se venden en España , pero no por la impresión, por el papel o por la tinta, sino por la lengua que emplean. Supuestamente redactados en varios idiomas, al llegar al castellano es triste confirmar que manejan una jerga no ya incorrecta, sino ininteligible y paródica , constataba Savater. A uno de mis hermanos le regalaron estas navidades un calentador de toallas, cuyas normas de manejo venían, al parecer, en inglés, alemán, francés y castellano. Las tres primeras lenguas, con mayor o menor propiedad, resultaron reconocibles, pero las reglas en castellano desafiaban al más fino hermeneuta. Verbigracia: una de las recomendaciones importantes nos prevenía así: Para evitar quemadura acaso, no deje desnudo piel alcanzar caliente superficie, reserva superior barra cuando mudando. Más claro, agua. Otra imprudencia posible quedaba no menos nítidamente advertida: No opera cerca de niños o inválidos, siempre que su toalla calentador es dejado operado y no concurrido. En efecto, ni a un calentador de toallas le gusta que le operen y luego nadie le concurra. Y también, por si acaso: No arrolla cuerda cuando en servicio a evitar calor levantado. Lo del calor levantado es un hallazgo que les sugiero a próximos concursantes al premio de La Sonrisa Vertical, usen o no toallas. No me pregunten por el calentador de toallas: no he llegado aún a esa sofisticación del confort. Cuando el buen tiempo lo permite me valgo de toallas tendidas y aireadas en la terraza. Cuando el relente valenciano del invierno mantiene húmedo su paño, entonces llenamos nuestra casa de tendederos, qué le vamos a hacer. Es decir, que en9782226142436g Navidades te regalen un calentador me puede parecer el colmo del consumismo tonto. O no, tal vez no. Eso que contaba Savater con tanta guasa ocurría diez años atrás: hoy en día, el colmo del gasto quizá sea ese último teléfono repleto de prestaciones que tantos ambicionamos. En fin. Lo que me llamaba la atención del artículo de Savater era su porfía en favor de la buena traducción. Queremos pensar que la poesía es una de las más exquisitas creaciones humanas. Justamente por eso, su traducción exige un esfuerzo muy notable, descomunal incluso. ¿Por qué razón? Porque la recreación del poema obliga a trasladar no sólo el logro verbal, sino también las imágenes en él contenidas, las experiencias allí acumuladas o incluso las vivencias incomunicables que se han forjado a través de una lengua particular. En un texto poético resuenan miles de voces: es efectivamente polifónico y a poca virtud que se alcance ese poema encierra otros textos que lo anticipan, que lo prefiguran y de los que esos versos son su consumación y recreación. Precisamente por esto, como decía Octavio Paz refiriéndose a la poesía, cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro texto. Ningún texto es enteramente original, porque el lenguaje mismo, en su esencia, es una traducción , añadía. Pero ese razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta. Cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y así constituye un texto único. Ésa es una de las paradojas de la traducción, la posibilidad o no de repetir, de decir casi la misma cosa, como reza uno de los últimos libros de Umberto Eco, dedicado precisamente a la traducción: ‘Dire quasi la stessa cosa’. La poesía obliga a un gran esfuerzo translaticio , por la dificultad que supone capturar esas imágenes, esas voces que aún resuenan, esa tradición o esos libros que hasta el poema llegan. Pero, si lo pensamos bien, incluso en textos más banales, el empeño a que obliga la traducción es notable. Como decía Karl Popper en su autobiografía, ‘Búsqueda sin término’, cualquiera que haya hecho alguna traducción, y que haya pensado sobre ello, sabe que no existe ninguna traducción de un texto interesante que sea gramaticalmente correcta y además casi literal. Toda buen traducción es una interpretación del texto original; e incluso iría más lejos y diría que toda buena traducción de un texto no trivial ha de ser una reconstrucción teórica. Incidentalmente, es un error pensar que en la tarea de traducir un fragmento de un escrito puramente teórico. No son importantes las consideraciones estéticas. ¿Es un texto trivial un manual de instrucciones, aquel en el que se detalla al funcionamiento de un calentador de toallas? Indudablemente no: la simple, la alocada incorrección del caso que contaba Savater puede dañar el buen funcionamiento de la máquina. Cuando adquirimos un electrodoméstico, solemos ignorarlo todo o casi todo de su mecanismo. ¿Cómo aprendemos a hacer un uso adecuado de dicho aparatito? O bien disponemos de un conocimiento previo de sus funciones básicas, de su utilidad práctica, que es fruto de una experiencia anterior; o bien recurrimos al manual que nos aclare qué ocurrirá si por azar pulsamos aquella tecla que su diseñador ha Unknown 13.35.35colocado allí. Al final, nuestra destreza de consumidores y ese librillo (cada vez más grueso, cada vez más librote) nos permitirán accionar correctamente el aparatito de marras. Eso, siempre que el manual no nos dé instrucciones incomprensibles o aberrantes. Si el prospecto de un electrodoméstico no es exactamente trivial, ¿qué podríamos decir de un manual de instrucciones como el que nos propone Natalie Zemon Davis? Ella debe accionar un mecanismo complejo que es la historia, una suerte de artefacto que permite trasladarnos en el tiempo provocando en nosotros la impresión de haber estado allí, justamente en esa Francia moderna, en aquella tierra convulsa. Del recto entendimiento de sus claves depende la adecuada comprensión de nosotros mismos, pues la historia nos proporciona el contraste para nuestro propio autoanálisis. Si tan importante es, ¿cómo no íbamos a cuidar la traducción que hemos hecho? Ahora bien, si nos hemos equivocado, entonces la lectura aberrante de ese manual de instrucciones dañará el funcionamiento de la comprensión y, por tanto, el mecanismo que sirve parea accionar nuestra particular máquina del tiempo: la historia.

[Justo SERNA. “Tribuna Justo Serna: La máquina del tiempo”, in E-valencia.org. El nou portal cultural que et deixa espai, 13 de octubre de 2006]

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