■ Christopher Hill traza el mapa de la tortura hasta el siglo XVII [1991]

por Teoría de la historia

Sin títuloLa tortura y la censura no fueron fenómenos exclusivos de la Inquisición y quienes denunciaron con empeño estas prácticas, asociadas a la autoridad papal y al imperio español, las practicaron con similar saña. De acuerdo con el historiador británico Christopher Hill, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Oxford y máxima autoridad en el siglo XVII inglés, hasta mediados y finales del XVII, en Inglaterra no desaparecieron oficialmente ni la tortura ni la censura. Nacido en York, en 1912, la biografía de Hill aparece vinculada en los últimos cincuenta años a la Universidad de Oxford y su obra se ha centrado en los distintos aspectos del siglo XVII británico, fundamentalmente los relativos a la Iglesia y la Revolución Inglesa. Según este historiador, que participa en el curso la Inquisición española, organizado por la Universidad de Verano de la Universidad Complutense, los británicos han sabido siempre denunciar lo malo de los demás y utilizar otro nombre para prácticas similares en su país. “En Gran Bretaña -explica Hill- no hubo, como en otras partes, problemas con colectivos judíos o musulmanes, ya que no se produjeron estas migraciones. Los herejes pertenecían a clases inferiores de la sociedad y su actividad no preocupaba en exceso a la Iglesia y al Gobierno. No se puede hablar de la intervención de la Inquisición romana, salvo los breves periodos de reinstauración del catolicismo, pero sí de la existencia de otra maquinaria que operaba en sentido contrario, atendiendo tanto los intereses de la nueva Iglesia como de la autoridad real. Tras la reforma, el rey se colocó a la cabeza de la Iglesia y hasta que surgió la rivalidad con el Parlamento la maquinaria represiva se materializó en dos tribunales: la Alta Comisión y la Alta Cámara”. Para Hill, uno de los elementos más interesantes del tema es el jurídico: “En Inglaterra no estaba extendido el Derecho Romano y las leyes consuetudinarias no contemplaban la tortura como mecanismo judicial. De esta manera, la tortura se convirtió en una prerrogativa legal y se aplicaba por orden directa del monarca, sin contravenir, aparentemente, las leyes inglesas. Asimismo, durante el reinado de Enrique VIII, los tribunales utilizaron procedimientos que se apartaban de la ley común, como la exigencia de juramento a los acusados, a los que obligaban a delatar a los cómplices. La Iglesia tuvo también ciertos poderes y el Tribunal de Asuntos Eclesiásticos fue muy activo contra los católicos, a los que se consideraba traidores, y los puritanos”. De acuerdo con el historiador británico, el hecho de que la tortura no existiera oficialmente permitió a Inglaterra acrecentar el mito de la Inquisición española y de los Papistas, “aun cuando se utilizaran en su suelo instrumentos de tortura tan crueles como los del Santo Oficio. Los sacerdotes eran torturados con regularidad, y la muerte en la hoguera fue práctica habitual desde finales de la Edad Media, tanto con los herejes como en las cazas de brujas, si bien el sorprendente aplomo que exhibían los condenados, que impresionaba al público a su favor, desaconsejó paulatinamente su uso”. “En torno a la tortura -señala Hill-, se produjo una doble situación, una legal y otra real, que ha llevado a muchos historiadores a cometer errores. Su rápida aceptación popular se explica tanto en el hecho de que el dolor fuera más común en la vida diaria como en la convención de que sólo se aplicaba a los traidores y, por tanto, los verdaderos ingleses no estaban expuestos a ella. En el aspecto teológico, a la luz de la reforma, la tortura perdía su aspecto penitencial y se justificaba como sistema de defensa de la razón del Estado y de los intereses seglares”. Según Hill, la aplicación de la tortura, cuya práctica por el poder se conoce hasta mediados del XVII, con el colapso del antiguo régimen y la desaparición de esta prerrogativa real, generó en muchas mentes mala conciencia. “La tortura se aplicaba en secreto -explica Hill- y, en ocasiones, se mandaba a los acusados fuera de Inglaterra, a Escocia, para ser torturados. Otras veces se ha presentado como consecuencia de las malas artes de unos pocos consejeros reales. En cuanto a la libertad de opinión, se puede decir que fue habitual desde finales del XVII, sin que existiera una censura similar al “Index” romano. Los propios editores ingleses fueron los primeros interesados en no publicar textos demasiado comprometidos”.

[Miguel Ángel TRENAS. “Christopher Hill traza el mapa de la tortura hasta el siglo XVII”, in La Vanguardia (Barcelona), 8 de agosto de 1991 p. 25]

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