␥ Jacques Le Goff [1924-2014]

por Teoría de la historia

jacqueslegoffLa editorial Gallimard acaba de publicar en Francia un volumen de 1.368 páginas —“Un autre Moyen Âge”— que recoge los principales ensayos del medievalista Jacques Le Goff. Una obra definitiva que da la medida de la curiosidad y el calibre de uno de los autores más respetados del mundo. Con motivo de esta recopilación, ha concedido una extensa entrevista a este diario, en la que repasa sus ideas sobre Europa y analiza no sólo el pasado, sino algunas de las cuestiones clave del futuro del continente. En España, Anagrama tiene previsto publicar, en las próximas semanas, “Europa contada a los jóvenes”.

Le llaman el “ogro historiador” y a sus 75 años le hace ilusión porque la expresión viene de uno de sus maestros, Marc Bloch. A ciertas edades, uno siente nostalgia por los maestros. El “ogro historiador” se llama Jacques Le Goff y es acaso el medievalista más renombrado de Europa. Francia le rinde homenajes estos días. Dicen que ha atrapado la vida de la edad media. En su definitivo “Un autre moyen age”, el maestro hace honor a esa fama: sólo hay que leer su tratado sobre “La risa en la edad medieval”, donde uno descubre el enfado de los teólogos de la época: al fin y al cabo, Jesús no ríe una sola vez en el Nuevo Testamento. Jacques Le Goff publicará en España próximamente su pedagógico “Europa contada a los jóvenes”.

—Usted nace en la mediterránea Tolón, hace 75 años. ¿Cuál es su imagen geográfica de Europa?

—Una Europa entera. Hay que construir Europa a partir de lo que ya existe y que va de Escandinavia al Mediterráneo. El problema es la frontera al este porque ahí no hay un límite evidente. En tanto que historiador, especialista en la edad media, me he interesado por la periferia y el conjunto del espacio de la edad media. Por ejemplo, es apasionante ver la cristianización, porque es la que ha hecho entrar a las diferentes regiones en Europa. He ido varias veces a Islandia y es muy intersante ver la Europa islandesa. Mi mujer es polaca y desde hace tiempo me he apasionado por el mundo eslavo… No cuenta tanto que sea mediterráneo de origen porque en Tolón no tenía sentimiento europeo. Conservo de allí malos recuerdos que se confirman ante la situación actual. Es una población que, durante mi niñez, enlos años 30, era colonialista, yo diría que más xenófoba que racista. No me extraña el éxito que ha tenido el Frente Nacional (Tolón es una de las cuatro alcaldías en manos del Frente Nacional, sector Le Pen).

—¿Cómo se hizo usted historiador medievalista? ¿Qué le influyó?

—Debo mucho a mis padres. Eran extremadamente diferentes. Mi padre era un profesor de inglés, anticlerical feroz, bretón. Vivió intensamente el affaire Dreyfuss y fue un “dreyfussard” militante. Mi madre era una católica muy practicante, a la vez muy abierta y muy tradicional. Eso les hizo una pareja excelente, que me dio un ejemplo de tolerancia y respeto. Por otra parte, uno y otro eran abiertos sobre la sociedad y dispuestos a implicarse en los asuntos sociales. En los años 30, viví el presente, el ascenso del Frente Popular. El entusiasmo del Frente Popular me dio una idea de que la historia era algo en movimiento. Aquí descubrí mi vocación de historiador. Tuve además la suerte de tener un profesor maravilloso, Henri Michel, especialista en edad media. Al mismo tiempo, leí las novelas de Walter Scott. “Ivan hoe” me apasionó.

—Esta noción de la historia ¿quedó reforzada por su estancia en Checoslovaquia cuando el país adoptó el comunismo en 1948?

—Fue otra experiencia importante, llegué becado en 1946. Por azar, hice mi primer trabajo de investigación en Praga, sobre la fundación en el siglo XIV de su universidad por el rey Carlos IV de Bohemia. Asistí a la toma del poder por los comunistas en 1948. Estaba en un colegio mayor y presencié el discurso de Gottwald —el líder comunista checo— en febrero del 48 en la Gran Plaza. Mis amigos eran mayoritariamente socialistas, ni comunistas ni reaccionarios. He visto su desilusión e inquietudes ante la instalación del “socialismo real”. Eso me evitó inscribirme en el PCF como hiceron la mayoría de colegas en Francia. Era normal porque había una gran desilusión tras la Liberación y el PC parecía el único lugar para los que querían hacer algo por la sociedad. Me ahorró ser luego anticomunista, como la mayoría de mis amigos cuando abandonaron el PCF. Simplemente pensaba que, sin caer en el antisovietismo, había que resistir al comunismo en mi país y a escala europea. Esta idea quedó reforzada por mi viaje a Polonia en 1959. Quedé inmediatamente seducido por el país y sus habitantes. Mis amigos eran a menudo comunistas. Tenía informaciones precisas —además, en el 62 me casé en Varsovia con una polaca— y vi lo que era un régimen comunista. Y no era de lejos el peor régimen comunista de Europa, pero seguía siendo insoportable.

—Como historiador, ¿a qué le ha ayudado no caer en el comunismo primero y el anticomunismo después?

—Eso fue algo que me permitió enfocar el marxismo sin prejuzgarlo. Es decir, era evidente que Marx es un gran espíritu y que ciertas de sus ideas son útiles para un historiador. Lo que particularmente me chocó desde el principio de mis investigaciones —y he combatido— es la idea de una infraestructura. Creo que es una idea del todo falsa que impide conocer los movimientos de la historia. No creo tampoco en el determinismo histórico. Pero los fenómenos históricos no son desestructurados ni mucho menos anárquicos. Yo me interesé por el concepto de la historia de las mentalidades: el conjunto se explica desde el punto de vista social, que me parece fundamental. Yo he retenido algunas ideas que he intentado presentar a los jóvenes en “Europa contada a los jóvenes”. De entrada, una idea del espacio. La historia se hace en el espacio. Es necesario tomar a la vez una dimensión característica del espacio. Europa es el continente más pequeño pero es la proa occidental del gran continente euro-asiático. Además, hay esta dirección de Europa hacia Finisterre, hacia occidente. Sea Portugal, Galicia, Bretaña, Irlanda, tenemos ese movimiento, interesante, que no concede ninguna importancia a la Europa del este. Hay un movimiento teorizado por ciertos historiadores en la edad media que pensaban que la historia progresaba hacia el oeste. El saber transportado de Atenas y Roma hacia occidente a universidades como Salamanca, Colonia, París, Oxford. Hay unos lugares sagrados muy importantes en la edad media aunque hoy sean desacralizados, son esos “foyers” de atracción europea… Con una excepción: Jerusalén. Personalmente, soy muy hostil a las cruzadas. Puedo entender la reconquista y no es porque usted sea español. Era una tierra cristiana que había sido invadida por los árabes aunque esa ocupación musulmana no fuese necesariamente negativa, porque hubo un aporte de civilización muy importante. Europa tiene fuentes muy diferentes. Cuando veo las fuerzas racistas en la Europa actual me parece importante enseñar que muchos progresos llegaron gracias al mestizaje. Espero que el siglo XXI europeo sea de mestizaje, es difícil, pero lo espero. El racismo empieza en la edad media, especialmente en España con la idea de la “limpieza de sangre”, una noción perniciosa aunque no puede hablarse aún de antisemitismo. Después, el colonialismo que es aún peor, la shoa, el gulag… Pero los elementos positivos de nuestra historia son fuertes.

—Sorprende que un especialista de su talla haya escrito un libro para jóvenes…

—Siempre me he interesado mucho por la enseñanza a los jóvenes y he escrito incluso un manual de texto para secundaria. Los niños deben adquirir lo antes posible el sentimiento de que la historia se hace tanto en los libros y en los hechos como por un trasvase constante del pasado al presente. Las preguntas que los hombres hacen al pasado son preguntas del presente. Pero para comprender el presente y preparar el futuro —que es lo que importa— hay que mirar al pasado. Los niños deben conocer lo que heredan. Y la historia es la ciencia del cambio, el cambio en el tiempo.

—¿Tendrá la moneda el papel unificador eu ropeo del cristianismo en la edad media?

—La Iglesia tiene una riqueza espiritual muy diferente… Dicho esto, tiene usted razón por que lo que faltó en la sociedad medieval fue un crecimiento económico coherente. Esa falta de vínculo —y muchos economistas actuales no lo saben—, esa multiplicidad de monedas fue un obstáculo para una economía fuerte. El euro es algo muy político; si no hubiera esa base, no podría hacerse una Europa social y cultural. En la Europa actual los sentimientos nacionales son demasiado fuertes. Hay dos tipos de sentimientos nacionales. Por un lado, la conciencia de pertenecer a una comunidad, con valores legítimos, el apego al territorio. Por otro, hay un nacionalismo agresivo y xenófobo que debe desaparecer de Europa. En muchos países es algo que se arregló en el siglo XIX. Aún quedan restos. España es uno de los países donde hay problemas. Cataluña me parece que ha encontrado un cierto modus vivendi, la concepción europea que permite el diálogo entre unas instituciones centrales europeas y las regiones es positivo al respecto.

—¿Y el caso vasco?

—Es un problema terrible, debo decirlo a pesar de mi admiración por los vascos —uno de mis mejores alumnos fue un sacerdote vasco—. Yo creo que, como en la ex Yugoslavia, hay unas actitudes arcaicas, del siglo XIX. Ciertamente, los vascos tienen razones para censurar al Gobierno español pero… me parece que los excesos del nacionalismo vasco son un obstáculo para Europa. También está el problema de Irlanda del Norte, que no estoy seguro de que vaya a arreglarse. El corso me parece diferente y honestamente no es tan ardiente corno el vasco o el irlandés. Finalmente, están los Balcanes, con soluciones muy difíciles.

—¿Cree usted que la historia está secuestrada por algunos de estos movimientos nacionalistas europeos?

—Aquí vemos un “rol” ambiguo de la historia, que puede también ser un elemento deformador. Yo desconfío mucho ante los argumentos históricos. Los argumentos históricos sólo son un elemento de una situación de conjunto. No se puede ignorarlos pero son paralizantes para los nacionalismos que no llegan a salirse de ellos y son agresivos respecto al “otro”. Las viejas hostilidades, los viejos reinos, se hacen más fuertes. Por otra parte, cierta evolución de los nacionalismos del fuego a la tibieza debe hacerse a través del conocimiento histórico. La historia es un campo de reflexión y claridad para entrar en el futuro. Al fin y al cabo, ¿qué es el futuro? Salir del pasado.

—Uno de los elementos unificadores de Europa es el latín. Ha dejado de estudiarse prácticamente. ¿Qué opina?

—Lo que deseo es que el latín continúe en la enseñanza como un elemento de nuestra cultura. El latín es un elemento de identidad europea que debe ser mantenido dentro de ciertos límites. Es una obligación europea.

—Bueno, hay un latín: el inglés.

—Es un problema difícil. El inglés se ha convertido en la gran lengua de comunicación mundial. No sólo en los medios intelectuales, sino en los populares. Comunicación, comercio, turismo. Dicho esto, hay que darse cuenta de que estamos ante una suerte de inglés ultra-simplificado, completamente desculturalizado, que en cierta manera es una vergüenza para la propia lengua y la cultura inglesas. Hay que disociar este inglés puramente utilitario del inglés como lengua de cultura. Yo creo que hay que conservar la diversidad europea. ¿Qué hacer? Es necesario evitar que el inglés sea la lengua oficial de Europa, fuera de su aspecto utilitario. No hay otra lengua que pueda llenar ese hueco y para nada pido un favor para el francés. El español, si miramos el número de personas que lo hablan, podría hacerlo mejor. Lo que hace falta es multiplicar en el ámbito escolar —y los jóvenes son capaces— el aprendizaje de las lenguas. Que haya una entente entre los ministerios de Enseñanza y los profesores para que haya un mestizaje lingüístico El inglés, el alemán, el español, el francés, el italiano, tienen una posición dominante. Desgraciadamente, para los húngaros será más difícil que los demás aprendan su lengua. No hay que desdeñar por eso las lenguas relativamente secundarias —en número de hablantes— como el holandés o el eslavo. No se puede combatir el inglés, pero no hay que dejarlo dominar o dejar que se quede solo. Las empresas, por ejemplo, deberían hacer aprender la lengua del país al empleado que destinan al extranjero.

—¿Cuál es la coincidencia más negativa entre la sociedad medieval y la de hoy?

—La violencia. La violencia es desgraciadamente un aspecto que encontramos en todas las épocas. Pienso, que no hay un progreso evidente. Al contrario. Ciertamente, la guerra en la hora actual aparece como un escándalo. La guerra ha dejado de ser algo aceptable, constituye un escándalo, mientras que era considerada como algo normal en la edad media. Dicho esto, el hombre de la edad media se esforzaba para minimizar la mortalidad. Actualmente, cuando se hace la guerra es con la idea de matarse. En la edad media era más una empresa económica.

Le Goff fuma en pipa, clava los ojos y muestra una educación tan aseada como perdida en los tiempos que corren (salta el contestador, nadie deja mensaje y se queja de esta actitud “grosera”). Su esposa pasa de puntillas, discretamente, por el pasillo. Le Goff se extiende en las respuestas y uno se queda con las ganas de conocer chascarrillos de la edad media. Hay algunos deliciosos en esas mil y pico páginas: el primer usurero que fue al purgatorio fue un señor de Lieja que prestó dinero a su esposa (así lo hace constar en 1220 un monje cisterciense alemán), la risa era la manera más obscena de romper el silencio según las primeras reglas monásticas del siglo V… Anécdotas que, en España, pueden seguirse, entre otros, a través de títulos como “Los intelectuales en la edad media” (1986), “Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval” (1986), “Entrevista sobre la historia” (1988), “El nacimiento del purgatorio” (1989), “La baja edad media” (1990), “Mercaderes y banqueros de la edad media” (19991), “La ciudad y las murallas” (1991, con Cesare De Seta), “El orden de la memoria” (1991), “El hombre medieval” (1995), “Pensar la historia” (1997) o “La vieja Europa y el mundo moderno” (1998).

[Joaquín LUNA. “Entrevista al medievalista francés Jacques Le Goff”, in La Vanguardia (Barcelona), 5 de marzo de 1999, pp. 6-7]

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