➻ Claude Mossé [1924]

por Teoría de la historia

AVT_Claude-Mosse_3226Fue a los dieciséis años cuando, en plena Guerra Mundial, Claude Mossé quedó impresionada con la lectura de un texto de Demóstenes, verdadero elogio a la libertad y la democracia. Desde entonces, ha consagrado su vida a la historia griega. Algo había sucedido en la vida de Claude Mossé aquel día de invierno de 1941. Esa mañana, como tantas otras, la brillante alumna del Liceo Jules-Ferry abrió su libro. “Vamos a estudiar un texto de Demóstenes”, indicó el profesor de griego. “Las Filípicas”, exactamente. Comenzaron a leer. En el aula, una adolescente se quedó inmóvil, con los ojos clavados en el texto allí cuando el autor arengaba al pueblo en nombre de la democracia. Esa vibrante defensa de la libertad le provocó un clic: mientras afuera los uniformes alemanes surcaban las calles, la familia Mossé, de origen judío, temía una denuncia. “Imagínese lo que ese texto representaba en aquel entonces”, recuerda Claude Mossé, “decidió mi vida”. Tenía tan sólo dieciséis años. Poco tiempo después, su padre, Roger Mossé, agente comercial de un viticultor, se enteró que había sido denunciado. El comisario de la policía del distrito XVIII destruyó la denuncia y, de ese modo, salvó a la familia de la deportación. Pese al milagro, de pie en el último vagón del metro reservado a los judíos o, tras el desembarque, comprimida por la multitud en el hall del hotel Lutétia, al ver en la lista de deportados los nombres de su tío, su tía y sus primos, Claude Mossé se aferrará a las famosas palabras de Demóstenes. Un destino marcado por unas pocas líneas… Desde los dieciséis y hasta los setenta y cinco años, Claude Mossé  ha permanecido igual. Su mejor amigo se llama, desde luego, Demóstenes y a éste le ha consagrado una obra en 1994, “Demóstenes o las ambigüedades de la política”. Mossé intenta ofrecer, de quien ha sido su héroe de juventud, un retrato lleno de matices, situándolo en el contexto de su época, pero haciéndolo también con Esquilo, Jenofonte, Sócrates, Platón y con toda una cohorte de estrategas a los que les da forma en un cuarto aislado de un minúsculo departamento del distrito XVI. Es difícil creer que esta dama, sentada ahora en un sofá celeste, haya consagrado su vida al estudio de la historia griega. Su tema predilecto: la Atenas del siglo IV a.C. Dueña de una rigurosidad a toda prueba, su cara, su risa lúcida y su voz alegre más bien parecen identificarla con una abuela despreocupada y satisfecha. Mossé no se ha casado, no ha tenido hijos y no ha dejado de trabajar en la Antigüedad. La primera lección que como estudiante de historia aprendió en la Sorbona ha sido… Demóstenes. Los estudios universitarios cultivaron en ella un rol de “buena alumna”, rol que jamás abandonaría como herencia de una estricta educación burguesa parisina. Su padre, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, tras la victoria, debió ponerse a trabajar como tantos otros y no pudo retomar sus estudios, pero les transmitió a sus tres hijas su gusto por la literatura y por escritores como Anatole France y Jules Romains, representativos de una izquierda moderada. Por supuesto que Claude Mossé se ha preguntado en ocasiones “¿por qué?”: porqué Grecia y porqué esa obstinación… “Parecía algo innecesario”, recuerda, “Me preguntaba, a fin de cuentas, ¿para qué sirve todo esto? ¡Se puede vivir sin la historia griega! Pero, ¿cómo decirlo?… Es como un juego de ingenio. Descubrir los vínculos entre la Antigüedad y la Revolución Francesa, por ejemplo. Piense, por ejemplo, en el propio Chateaubriand: parece una locura que las revueltas griegas le hayan interesado. En fin, el tema es inmenso”. Mossé le ha dedicado una obra a “La Antigüedad en la Revolución Francesa”, donde intenta comprender cómo y porqué los hombres de 1789 y 1793 se entusiasmaron tanto con modelos tan alejados de la Francia del siglo XVIII. Por otra parte, sus primeras investigaciones estuvieron consagradas a la Revolución: un trabajo titulado “La venta de bienes nacionales en París”, le permitió obtener un diploma de estudios superiores. Pasó largas horas sin calefacción en el Archivo de la Ciudad de París: el portero se sentía obligado a acercarle unos tazones de Viandox humeante. Por la tarde, se lanzaba a ver “Lo que el viento se llevó”, el cine americano era su debilidad. Admitida primera en la agregación, ex aequo con Jean Poperen (el número dos del partido socialista), pasó la barrera de los veinticinco años prendada de su tesis “La decadencia de la ciudad griega en el siglo IV a.C.”. Si desde aquel entonces esta idea de decadencia a partir del siglo IV fue puesta en duda, los análisis que llevó a cabo en historia económica continúan siendo esenciales. Su tratamiento del tema -inspirado ampliamente en el método marxista- representó una nueva perspectiva que, hasta ese momento, sólo se focalizaba en las luchas patrióticas y los aspectos nacionales de la cuestión griega. Al igual que la joven generación de los años 1950, la URSS abrigaba en Claude Mossé grandes esperanzas. En la Biblioteca Nacional se encontraba con gente que se había afiliado al Partido Comunista, tales como Jean Poperen, Emmanuel Le Roy Ladurie o François Furet. En su momento, ella también se afilió. Naturalmente, creía en el partido (“Rusia representaba un verdadero mito”), pero, en cuanto la actividad militante perdió su seriedad, el entusiasmo comenzó a marchitarse. En 1956, el informe Kruschevmosse atenas cortó definitivamente aquel prolongado coqueteo con el PC. En 1959, abandonó Rennes, donde tuvo su primer puesto de asistente en Historia Antigua. En Clermont-Ferrand, trabajó en una facultad de vanguardia que le permitió realmente comprometerse y tomar contacto con Michel Foucault y Michel Serres. Inspirada por el ardor de sus colegas, militará contra la guerra de Argelia. Como si de una marmita en ebullición se tratase y mientras la ciudad parecía un estacionamiento desierto, la universidad fue la única que acogió entre sus paredes el Mayo de 1968. Digna heredera de los intercambios socráticos, Mossé buscó, ante todo, discutir. Fiel a la idea de un elitismo republicano caro a la izquierda, intenta convencer a los estudiantes que puede hacerse una revolución sin alterar el sistema de concursos y selección: “De lo contrario”, dice, “se abriría el camino para los que tienen dinero y apoyo”. En el contexto de esa leonera, Pericles, Demóstenes y algunos otros, quedaron un poco rezagados. En octubre de 1968, Claude Mossé se lanza al proyecto de la universidad experimental de Vincennes. Frente a sus estudiantes, se entusiasma con “Max Weber y la Antigüedad” y se pregunta si la búsqueda de un “tipo ideal” permitiría comprender mejor el funcionamiento de las sociedades antiguas. A sus alumnos, los acerca por primera vez a la obra de Moses Finley, el gran especialista en la Grecia antigua, a quien había descubierto tiempo atrás y cuyos trabajos le habían abierto los ojos. “Hasta ese momento, tenía una visión positivista de la historia, teñida de marxismo. Buscaba explicar la evolución de la sociedad privilegiando sus aspectos económicos. Finley me enseñó lo que era una verdadera problemática, sin caer en esquematismos”. Su entusiasmo sufre una recaída cuando comprueba que temas como “Max Weber y la Antigüedad” no le sirven para ganar concursos. Y luego, la anarquía corrompería lentamente los grupos de trabajo. “Todo aquello se degeneró demasiado”, suspira… Todos sus libros fueron escritos a pedido. La escritura no es para ella ni un lujo ni un sufrimiento: es una necesidad, porque Claude Mossé se considera, al igual que los griegos, didáctica. Sus trabajos, producto de un minucioso estudio de textos, fuentes literarias, alegatos civiles…, proporcionan valiosos análisis sobre la ciudad antigua. Y con conclusiones por lo general, fecundas. Así, en “La tiranía en la antigua Grecia”, muestra de qué modo los tiranos que se sucedían en el poder sin ninguna legitimidad en la Atenas del siglo IV a.C., habían logrado mejorar la sociedad y permitir el triunfo de la democracia a expensas de la antigua aristocracia. Su pluma lo ha escrito todo, desde una “Historia de una democracia”, publicada por la editorial Seuil en 1971 pasando por innumerables artículos e incluso publicando una ficción: Calmann-Lévy le pidió un día una novela policial histórica: se llamará “Asesinato en el ágora”. Hoy, Claude Mossé valora esa soledad que corta cualquier mundanidad, a una edad en que, como decía Jules Romains, “uno adora la soledad, incluso cuando está solo”. Al ver hablar a Claude Mossé, se perciben las oscilaciones íntimas de un ser al tiempo que se observa a una mujer rigurosa en extremo que puede conmoverse evocando las flores de su balcón o transformando la compra del Le Monde en una fiesta cotidiana. Y, curiosamente, es así como esta sabia dama alcanzó la grandeza imprecatoria de un Demóstenes.

[Clara DUPONT-MONOD. “Claude Mossé ou la Grèce au coeur”, in L’Histoire (París), nº 243, mayo de 2001. Traducción del francés por Andrés G. Freijomil]

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