✍ El moderno sistema mundial (IV). El triunfo del liberalismo centrista, 1789–1914 [2011]

por Teoría de la historia

svm10264_gEn 1974, Immanuel Maurice Wallerstein dio inicio a la que sería una extensa producción relativa al análisis historiográfico de la modernidad capitalista. Con la publicación del primer volumen de lo que tituló El moderno sistema mundial, la tendencia de interpretación que postula el inicio de la modernidad en el largo siglo XVI se posicionó a distancia de aquellas tendencias historicistas que por método señalaron que el tiempo cronológico, el hecho objetivo y la centralización narrativa en la participación de personajes singulares como motor de los cambios históricos fundaban el método historiográfico. En ese tenor, la obra El moderno sistema mundial. El triunfo del liberalismo centrista, 1789-1914, cuarto volumen del total de la obra publicada hasta la fecha, insiste en lo contrario: en la necesidad de mirar a la historia como un conjunto de múltiples determinaciones que, si bien tienen su máxima expresión en momentos específicos, hechos concretos y con participación de personas identificables como aquellas en las que se conjugan valores, posiciones y anhelos de un colectivo extenso, eso no hace que la historiografía deba centrar su atención en tales coyunturas, sino que debe deshebrarlas para identificar las particularidades en que las transformaciones sociales realmente operan para estar en condiciones de consolidarse. Por eso, el autor inicia este cuarto volumen con la afirmación de que para el largo siglo XIX la geocultura –que entendemos como los valores muy ampliamente compartidos por todo el sistema-mundo, tanto explícita como latentemente (p. 383)– es nada menos que la impronta de mayor profundidad desde la cual la modernidad capitalista ha conseguido un estatus de hegemonía frente al contexto de pluriculturalidad realmente existente. El liberalismo centrista como ideología expresa la ontología desde la cual se mira al mundo en la época aún presente. Tal ideología es la metaestrategia política en que se sustenta la economíamundo capitalista. Sin ésta, una sociedad dividida en clases sociales, géneros y razas, fundada en la generación de plusvalor y con la arena política como medio de acción ciudadana, no tendría sentido alguno. Éste es el primer legado geocultural, como lo denomina Wallerstein (p. 21) en la presentación de la obra. En este primer legado geocultural se inscriben las posturas de conservadurismo, liberalismo y socialismo, posiciones desde las que se acciona la ciudadanía y de las que emanan, respectivamente, una serie de posturas que obedecen a una multiplicidad de variables que muestran vertientes homogéneas o contradictorias en el interior de cada una; más aún, son portadoras de coincidencias y afinidades entre las tres, por ser las mismas producto de la ideología liberal. Más que producto de la ideología liberal, ya que ésta es el discurso justificatorio de una determinada realidad, son consecuencia del momento histórico referenciado, en el que la burguesía, implantada la gran industria y abiertos los causes del mercado mundial, conquista la hegemonía política y crea el Estado moderno –como indicarían Marx y Engels en su Manifiesto. La centralidad que coloca Wallerstein en países como Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos hace de su análisis y las fuentes consultadas un referente necesario para explicarnos cómo estos países, por medio de la narrativa que extienden al momento de consolidarse como Estados nacionales dominantes-colonizantes hacia las periferias; la reproducción de esa centralidad consiguió distintos grados de impacto ideológico y político al movilizar el eurocentrismo hacia Asia, África y América. Así, a partir de 1848 el liberalismo habría alcanzado la dirección política y cultural (hegemonía) del sistema-mundo y constituiría el núcleo de la geocultura (p. 43). El modelo del Estado liberal representa el segundo legado cultural que se consolidó entre los años 1815 y 1830, luego de la disputa iniciada por Gran Bretaña y Francia en 1651 para conseguir la dirección política paneuropea, con la pretensión de ampliarse en términos planetarios. En ese periodo la preocupación de los gobernantes de los Estados fuertes (centrales) se enfocó de dos maneras: primero, en afianzar su autoridad en tanto toma de decisiones en el interior de la nación, y segundo, en reforzar su poderío mundial para imponer su voluntad a los gobernantes de otros Estados nacionales y reducir con esto su posibilidad de participar en el consorcio de expansión planetaria. En este periodo conceptos como nación, pueblo, soberanía, ciudadanía, distinción entre reforma-gradualismo y revolución-radicalismo, gobierno directo (direct rule) y gobierno indirecto (indirect rule), legalidad-constitucionalismo y legitimidad- consensualismo son desde los que se presentará esa ideología liberal disfrazada de ciencia política, acompañados de principios filosóficos como los de librecambio, universalidad e individualismo. Como megaestrategia política, el liberalismo aprovechó el concepto de ciudadanía para hacer ver y hacer creer que la única vía de participación política para la sociedad, en el contexto de la expansión y consolidación de los Estados nacionales, era la electoral. Por lo mismo, la centralidad de la gran mayoría de los movimientos sociales en el siglo XIX se ubicó en la lucha electoral, esto es, en el ejercicio de la ciudadanía como derecho a votar y ser votado; el movimiento obrero, el feminista, el antiesclavista, el antirracista fueron participes en sus momentos y según sus intereses en la lucha electoral. Fue así como la ideología liberal posicionó al Estado nacional como un ente legalmente constituido y legítimamente reconocido por todos aquellos que propugnaron por verse representados en el mismo. Sin embargo, en oposición a este proceso de aceptación del Estado nacional se yergue la apropiación de los conceptos de soberanía y revolución: el primero como reivindicación de las naciones sujetas en el contexto del coloniaje, el segundo apropiado por el pueblo –los desposeídos–, diferenciándose entre las revoluciones de tipo constitucionalista, nacionalista o social, de las cuales esta última es impronta de la oleada revolucionaria de 1848 y la Comuna de París (1871). A partir de aquellas expresiones sociales del antagonismo de clase el concepto “revolución” condensó en sí temores y anhelos en la geocultura del moderno sistema mundial. Empero, sin lugar a dudas entre 1815 y 1848 la diferenciación que se instituyó como parte fundamental de las mentalidades modernas fue la de Occidente- Oriente. En términos políticos, la primera hace referencia al modelo constitucionalista basado en el liberalismo centrista como expresión del sistema democrático de gobierno; la segunda se refiere a los modelos definidos por Occidente como autocráticos, despóticos y dictatoriales. Dado este argumento, Occidente justificó el proceso colonial como proyecto liberador de pueblos sometidos a regímenes arcaicos o retrógradas, lo que trajo consigo que “Occidente” fuera también un concepto de orden cultural, al posicionar la dicotomía entre el orden civilizatorio y el de los pueblos “sin historia”. Aquí los principios de paz, orden y progreso fungieron como el pilar ideológico de la carrera por la industrialización como motor de la economía del mundo capitalista. El autor denomina aquel periodo como el de conformación del Estado liberal centrista –como aparato administrativo y de control en el conflicto de clases–, consolidado entre los años 1830 y 1875. Para ese periodo tal modelo de organización condujo la política pública bajo el asistencialismo a las clases dominadas, el proteccionismo a las empresas capitalistas y el establecimiento de los derechos políticos y civiles como ángulo de visión para la participación ciudadana. En aquel momento, indica Wallerstein, el concepto de ciudadano-individuo se reivindicó por la clase media-media alta sujeta a ese modelo de Estado, lo cual, más que como expresión o resultado de la guerra civil estadounidense, se tomó como impronta de la Revolución francesa, a la que Wallerstein define como revolución burguesa dado que ese hecho histórico permitió la consolidación de la geocultura liberal, no sin albergar en su seno una serie de contradicciones inherentes a su ser que llevaría al surgimiento de movimientos sociales antisistémicos continuados en el tiempo a lo largo y ancho del orbe. Y es esta geocultura la que durante la segunda mitad del siglo XIX y la mayoría del siglo XX se expresó en términos planetarios por medio de la ciencia social. Por todo aquello, no resulta extraño que los gobiernos liberal-centristas se allegaran de equipos de científicos sociales –economistas, politólogos, sociólogos, entre otros, denominados “comunidad de los aptos”– que atrajeron para sus investigaciones el método de análisis propio de las ciencias naturales –en oposición a la hermenéutica o métodos filosóficos– a fin de dar sustento a la reforma social que los gobiernos liberalcentristas ubicaron como necesaria en el combate al desgobierno, la barbarie y el atraso tecnológico de sectores de población rural y pueblos colonizados. El progreso, entendido como la marcha hacia una sociedad homogénea, el triunfo del ser humano sobre la naturaleza, de la razón sobre la creencia, se tomaría como el espíritu del cambio social para el cual la ciencia social, entendida como el instrumento del progreso, permitiera explicar las anomalías y patologías propias de la diversidad social en términos étnico-cultural o racial. Para que la ciencia social se consolidara como instrumento de esa geocultura, los gobiernos de los Estados centrales y la iniciativa privada debieron asignar el presupuesto suficiente para la creación de los discursos disciplinares que les informaran respecto a las distintas formas del ser social y sus anhelos para estar en condiciones de medirlos, caracterizarlos e integrarlos al modelo liberal de humanidad que se planteó. Así surgieron tantos discursos disciplinares como objetos de estudio posibles, entre los que se encuentra la antropología y sus distintas ramificaciones. Sin embargo, en esto no estuvo ausente el conflicto. Desde principios del siglo XIX aparecieron discursos sustantivos en oposición al discurso liberal centrista: de la economía política se desprendió la crítica a la economía política, hasta culminar en la definición actual que simplemente se presenta como economía; de la psicología y la psiquiatría surgió el psicoanálisis como un método opuesto; de la historia de la literatura, la historia cronologista, la historia empirista se distanció la teoría de la historia o la historiografía ideográfica; de la sociología nomotética se distanciaron las ciencias ideográficas, etcétera. Esto implicó una franca crítica a la naturaleza objetiva y a la neutralidad valorativa de las ciencias sociales decimonónicas. En este sentido, el pensamiento doctrinario centrista tomó a la economía para caracterizar y estudiar al mercado, la ciencia política para analizar al Estado y la sociología para explicar a la sociedad civil. Ésta fue la tríada en el estudio de la modernidad que se implantó desde los primeros colegios de Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos. Y desde aquella centralidad, así como de sus ciencias, se postuló la idea de identidad nacional como legitimadora de los Estados y para limitar marcadamente las lealtades alternas y potencialmente opuestas al proyecto uniformador de identidad (p. 337). De esta manera Wallerstein demuestra cómo “el gobierno en manos de los especialistas era un elemento clave del liberalismo centrista” (p. 357). Por lo mismo, el retrato construido desde el ángulo de visión centrista, que en gran medida fue despectivo en cuanto a las naciones no occidentales, y que dominó el mundo de la literatura decimonónica y del siglo xx, correspondía a la geocultura del sistema-mundo de ese periodo (p. 371). Éste es a grandes rasgos el contenido del volumen IV de El moderno sistema mundial, publicado en castellano para México y Argentina por la casa editorial Siglo XXI en este año.

[Víctor Hugo VILLANUEVA GUTIÉRREZ. “Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial. El triunfo del liberalismo centrista, 1789-1914, vol. IV, México, Siglo XXI, 2014” (reseña), in Diario de Campo (México), nº 4-5, 2014, pp. 127-129]

51TBOeb9m6L._SY344_BO1,204,203,200_For his earliest professional writing, Immanuel Wallerstein sent a letter to Joseph McCarthy posing as a devotee who hoped to circulate copies of the senator’s speeches. In truth, his devotion was to understanding the nature of conservatismin America: its origins, its character, and the emergence of what C. Wright Mills called practical conservatism. Now in his eightieth year, Wallerstein has returned to ideology in a fourth volume of his magnum opus. Two decades have passed since the last installment, in part due to the vast literature on the nineteenth century, but the wait has been worth while: not since the first volume has Wallerstein produced an installment so interesting. His subject is centrist liberalism, the geoculture of capitalism. The previous three volumes (published in 1974, 1980, and 1989) covered the origins, consolidation, and expansion of modern capitalism. When finished, Wallerstein intends to have written the history of the capitalist world-economy inits entirety. Originally outlined in four parts, he now plans, “if [he] can last out” (p. xvii), a fifth volume on the system’s final expansion (1873–1968/89) as well asa possible sixth (or seventh) volume on the end of capitalism (1945/68–2050). Readers might find this ambition ironic, but the structural crises of the capitalist world-economy are well in place. Their character can be described without having reached the system’s ultimate conclusion. To write the history of an era, the first question is always: what story should be told? Wallerstein addresses this question directly, since so many books about the nineteenth century focus on events like the formation of capitalism or Europe’s industrial revolutions. Wallerstein argues that the “key happening” was the installment of centrist liberalism as the geoculture of the world-system. It encompassed the dominant “ideas, values, and norms” that “constrained social action thereafter” (p. xvi). While the French Revolution taught the masses that sovereignty now resided with the people, the aristocracy responded with conservatism, which was an attempt to stall political change and conserve the rate of placement as a second choice to the outright repeal of popular sovereignty. The bourgeoisie responded with liberalism. They promoted sovereignty “managed prudently”, defined by its proponents as the proper speed of placement (p. 137). In practice, this meant that bourgeois interests would be represented without allowing the masses to gain control. By contrast, the workers responded with radicalism, which called for the immediate placement of sovereignty in the entire public. The story Wallerstein tells is a tragedy: centrist liberalism came to dominate early forms of conservatism and radicalism. Today, they exist only as derivations of the center, as a conservative liberalism and a radical liberalism. It is not, however, a story of bourgeois revolutions, since the notables (aristocratic and bourgeois classes) used liberal principles of inclusion and equality to maintain their advantage over the masses. Liberalism’s great advantage was that it appeared to be all things to all people. In this sense, the modern world-system is different than all previous historical systems, not in the presence of inequality (which has been a historical constant), but in that it is the first system in history to maintain inequality amidst a narrative of equality. In fact, the confusion over various liberalisms —economic, political, social behavioral (or, libertarian)— “has served liberal ideology well, enabling it to secure maximal support” (p. 5). Tested in Great Britain and France, the notables used liberalism to divide the lower class, forcing workers, women, and minority ethnicities to fight separately (and against one another) for inclusion. As Wallerstein tells it, liberalism, conservatism, and radicalism had some striking similarities. All used anti-state rhetoric even though they would require a strong state to advance their goals. All ideologies were essentially oppositional: conservatives opposed the French Revolution; liberals opposed conservatism; and radicals opposed liberalism. Each blamed its opponent for causing present problems and blocking resolutions. Each proclaimed itself as the solution. In addition, all three claimed the people were sovereign, yet disagreed on who the people were: the liberal subject was the individual; the conservative subject could be found in traditional groups like the church; and the radical subject was the whole of society. This uncertainty over state–society relations in part explains why the exact number of ideologies is unclear and how odd alliances occasionally occur (like the totalitarian combination of conservatism and socialism). The liberal state helped the ruling elite establish a structure that appeared to be popular in orientation but was in fact hostile to the interests of the masses. With Napoleon, foresighted conservatives began to see liberalism’s strategic potential. Since they could no longer ignore popular claims to sovereignty, a move to the center was in their interests. Liberalism over time came to embody the beliefs not only of the bourgeois merchant but the “enlightened conservative” as well (p. 92). Wallerstein’s frontispiece, a 1914 photograph of Emmeline Pankhurst’s arrest in London, represents how the notables benefitted from the divisions they struck within the masses. In fact, each of the eight images placed throughout the book reveals a different aspect of citizenship, ranging from the revolutions of 1848, the localization of political debate, and the place of workers, women, and Blacks in society. They show the centrality of citizenship in The Modern World-System IV.With the norm of sovereignty, it became necessary for the notables to distinguish between the types of people over which they ruled “Too many persons were citizens. The results could be dangerous indeed. The story of the nineteenth century (and indeed of the twentieth) was that some (those with privilege and advantage) continually attempted to define citizenship narrowly and that all the others responded by seeking to validate a broader definition”.(pp. 144–145). In his most convincing section, Wallerstein shows how the notables created two categories of citizens, active and passive, the former representing those who contribute to the formation of society and policy and the latter identifying those who should not participate because of their supposedly reduced intellectual capacity. By creating binary distinctions, workers, women, and Blacks were pitted against one another, effectively ensuring that citizenship would only be a “partial liberation” (p. 147). Notions of citizenship taught liberals that they were closer to conservatives than they had previously believed, and that they must better justify denying active citizenship for the masses. Conservatives realized the usefulness of liberalism, making some concessions for the sake of self-preservation. This bourgeois-aristocratic alliance was guaranteed by the common fear of the potential, yet forever unrealized, dominating power of the masses. Soon, liberalism embodied the “moderate status quo” (p. 49). Its supremacy was solidified in the events of 1848, which liberals won by repressing radicals. Radicals, in turn, learned that they must be organized. But they too moved to the center, finding the liberal “lure of the reward of citizenship too strong”, and becoming less radical over time (p. 173). Liberals ensured worker commitment by further sub-dividing their ranks, distinguishing by race and sex. “Once again, inclusion was being achieved by exclusion” (p. 182). The women’s movement mirrors the experiences of all passive citizens. Divided by the notables along class and ethnic lines, passive citizens often worked against one another. Male workers at times blocked parts of the women’s movement. Aristocratic women resented women of lower classes for their expulsion from property ownership: “in the more egalitarian mood of the French Revolution, all women were treated equally—all having no rights whatsoever” (p. 152). And some activists, like Elizabeth Cady Stanton and Susan B. Anthony, supported anti-abolitionist male candidates who backed women’s suffrage. Against the common perception of liberalism as the free market and rights-maximizing state, Wallerstein depicts the post-1850 liberal-imperial state as one of limitations on dangerous masses: it created a strong market, but a market defended via colonialism and free trade imperialism, even as its leaders theoretically opposed “infringement on human freedom” (p.126). For Wallerstein,underlying all nineteenth century liberal-imperial states was a “commitment to intelligent reform by the state that would simultaneously advance economic growth (or rather the accumulation of capital) and tame dangerous classes (by incorporating them in to the citizenry and offering a part, albeit a small part, of the imperial economic pie)” (p. 137). The result of separation and co-option was racism —a belief in racial superiority that permeated not only society, but the academy too. Consequently, centrist liberalism’s dominance was legitimated by the emerging social sciences, which appeared to embrace value-free scholarship, but remained committed to the values of liberalism. Wallerstein writes that in the nineteenth century, moral, political, and ideological statements could be couched as independent, scientific, truth. For it was now “urgent to understand what generated normal change in order… to limit the impact of popular preferences” (p. 220). The increasingly empirical field of history created national biographies of the liberal state that served as a foundation for patriotism. Three other disciplines took on the present, helping liberal states to head-off anti-liberalism from the masses: economics, for the market; sociology, for civil society; and political science, for the state. In the name of value neutrality, the new social sciences renounced both radicalism and conservatism. Yet their belief in prosperity through science ultimately served the liberal center. Despite totaling nearly 300 pages of text, Wallerstein’s narrative occasionally leaves the reader wanting more, especially in his insightful opening chapter on the modern origins of ideology. Still, the preface nicely summarizes previous volumes for readers unfamiliar with his history of capitalism. It is also worth noting that, despite writing a book about ideological combat, Wallerstein draws on an impressive bibliography that includes ideological opponents. His history of how centrist liberalism befriended the disadvantaged for the sake of the powerful is well-substantiated. It is a work of rigorous social science. And yet its passion is not lost.

[Gregory P. WILLIAMS. “Book Review”, in New Political Science, vol. XXXIV, nº 3, 2012, pp. 428-431]

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