➻ Gabriel Monod [1844-1912]

por Teoría de la historia

555_1148_image_ens_monod-2Desde su nacimiento en una familia protestante, pasando por la calle de Ulm y la agregación de historia (primero en 1865), el cursus de Gabriel Monod hizo pronto de él una de las esperanzas de la historia de Francia. Pero llegó a ser mucho más que esto: uno de los padres de la nueva historia. Fascinado por el descubrimiento de universidades, erudición y crítica alemanas, al salir de la agregación, es el hombre de la situación cuando Víctor Duruy crea en 1868 la École Pratique des Hautes Études. En la IVª sección va a introducir los enfoques y los métodos de los seminarios alemanes, como el de Waitz, que había seguido en Göttingen. Luego, en la Revue historique, que funda en 1876 en compañía de un archivero, Fagniez, intenta fundir en un mismo enfoque la tradición de los historiadores «literarios» y la de los «eruditos» (de Mabillon a los chartistes). Esa ciencia histórica francesa renovada debe responder al reto científico de la Alemania que Monod admira y ama tanto. Su programa de 1876 le confiere el papel de un padre fundador de la historia «positivista»; se trata, mediante la crítica, de cribar los hechos que servirán para la construcción ulterior de la síntesis histórica. Hipótesis y generalizaciones diferidas para las calendas griegas, la historia vista por Monod en 1876 parece hacer de él la encarnación del método según Langlois y Seignobos (Introduction a la méthode historique, 1897). Este programa se ha convertido en dogma estereotipado cuando, en 1926, el director de la Revue historique, Ch. Pfister, escribe con motivo del cincuentenario de la revista: «No tenemos, en absoluto, un nuevo programa que formular». Al cabo de medio siglo, el proyecto de Monod se ha convertido en la ortodoxia del oficio de historiador. Pero ese retrato a grandes rasgos no refleja la complejidad y las contradicciones de un hombre que fue muy diferente. En primer lugar, los grandes textos programáticos de Monod no excluyen el recurso a la hipótesis ni las síntesis que deben ser el coronamiento de los estudios «circunscritos y positivos» de la Revue historique. Descubriendo las trampas del anacronismo psicológico antes que Lucien Febvre, asesta un golpe a los excesos de la especialización erudita más allá del Rin y en Francia, hablando de micrografía histórica. Su obra personal, con frecuencia dejada de lado en provecho de su enseñanza en la EPHE o en el Collège de France (1906), no entra siempre en los cánones de la erudición que preconizó, como lo prueban sus lecciones sobre Michelet. Discípulo de este último, le profesa una admiración que unos alumnos que aplican mecánicamente sus preceptos están lejos de compartir. Al contrario, esta pasión común le une a Febvre, cuya tesis dirige. En fin, ese obseso de la imparcialidad, ese despreciador de la historia inmediata, no duda en entrar, en nombre de la historia y de sus métodos críticos, en el combate dreyfusard, al precio de una ruptura dolorosa con Fagniez. Acantonado en la periferia -EPHE, Collège de France- de una Sorbona que sus epígonos colonizan, Gabriel Monod ofrece la imagen de un espíritu roto entre el rigor de un método que salvaba a la historia del romanticismo y la sed de una ciencia que explicaría la totalidad del pasado de las sociedades humanas.

[Olivier DUMOULIN. “Gabriel Monod”, in André BURGUIÈRE (edit.). Diccionario de ciencias históricas. Madrid: Akal, 1991, pp. 498-499]

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