➻ Salvador de Madariaga [1886-1978]

por Teoría de la historia

Salvador de Madariaga Memorias2Salvador de Madariaga nunca fue un historiador profesional, en el más literal sentido de la palabra. Su compleja actividad (ingeniero de minas, catedrático de literatura española en la Oxford University, diplomático, conferenciante, político…) limitó su dedicación intelectual y su pasión por la Historia, en una época en la que en las primeras décadas del siglo XX comenzaba lo que Peiró y Pasamar han dado en llamar «el viaje a la profesionalización de la historiografía española». Esa profesionalización, que tuvo sus pioneros en Menéndez Pidal o Altamira, impregnó, sin duda, a la generación de Madariaga que estuvo representada por ilustres historiadores como Américo Castro, Sánchez Albornoz, Ferran Soldevila, Pere Bosch Gimpera, Agustin Millares Carlo, Pedro Aguado Bleye, Josep M. Ots Capdequi, Juan Mª Aguilar… generación rota por la guerra civil de 1936 y su subsiguiente estela represiva y depuradora. Madariaga aprendió Historia no en España sino en París, donde estudió su bachillerato francés (1900-1905), y su carrera universitaria en la Escuela Nacional Superior de Minas de París (1900-1911). Su formación de historiador le venía del viejo romanticismo de Michelet y de la capacidad de síntesis de Henri Berr. Sin duda, una formación atípica entre los historiadores de su generación, muy dependientes del positivismo canovista y del ideologismo menendezpelayista y formados mayoritariamente en Alemania. Madariaga fue, en Historia, como en tantos otros frentes, un outsider, un intelectual que fue por libre. Su metodología fue la propia de un ensayista, de un ensayista muy leído, que busca aportar ideas —«ocurrencias», decía él— más que dotarse de legitimidades científicas adventicias. Su dedicación como historiador se concentrará en tres frentes: la explicación, a su manera, de la Historia de España, con especial énfasis en la Historia Contemporánea (España. Ensayo de Historia Contemporánea, 1931; Spain. A Modern History, 1971); la racionalización de la expansión y la decadencia del Imperio español en América (El auge y el ocaso del Imperio español en América, 1959); y, por último, sus tres biografías, sobre Colón (1939), Hernán Cortés (1939) y Bolívar (1951). Su diagnosis de la Historia de España es la diagnosis propia de un anglófilo liberal como era Madariaga. Nunca entró en el debate esencialista, típicamente post-noventayochista, de Castro y Sánchez Albornoz. España no le interesó como problema. Tuvo siempre claro, como Ortega, que la solución era Europa, lo que significaba, en definitiva, ser coherente con las viejas raíces europeas de España. Vio un permanente “aire de familia” en las tres hermanas latinas de Europa (Francia, Italia y España) y se empeñó en superar los viejos arquetipos nacionales contrapuestos por la vía de crear conceptos nacionales complementarios (el inglés, hombre-isla; el francés, hombre-cristal; el español, hombres-castillo; el alemán, hombre-río; el italiano, hombre-florete…). Si Altamira se había atormentado con el análisis de la psicología del pueblo español, desde la óptica de la angustia ante el viejo problema de la función de España en Europa, Madariaga da un giro a sus caracteres nacionales planteados no en términos de angustia dramática, sino de relativismo cultural o antropológico. A la Historia de España le ha sobrado autoritarismo y le han faltado clases medias. Ésta es su conclusión. Su análisis del Imperio español en América participa plenamente del regeneracionismo de Altamira. Ni la Leyenda Negra ni la leyenda rosa. Simplemente, la evidencia de la capacidad de influencia de una civilización extraordinaria. Tan atlantista como europeísta, América para Madariaga fue siempre la prolongación de Europa a través de España. El papel de América después de 1945 no sería, para Madariaga, sino la compensación de la vieja deuda de América con Europa. Las biografías escritas por Madariaga han sentado un estilo particular. La más famosa es la de Colón (última edición, Planeta-Agostini, 1995), para él, un judío de raíces familiares sefardíes, castellano transplantado a Cataluña o Mallorca y establecido después en Liguria. Su Cortés es el arquetipo de la vocación imperial española con los límites morales del arribismo. Bolívar sería el contrapunto de Cortés: el criollo con mala conciencia histórica, el legado moral de la conquista. Los hombres biografiados por Salvador de Madariaga nunca son héroes épicos. Siempre tienen un perfil sombrío. La cualidad que más y mejor comprendió Madariaga fue la ambición; la que menos, la humildad. A sus tres biografiados les unió la ambición. Como buen liberal, Madariaga siempre creyó que el éxito tiene un precio. El problema es estar dispuesto a pagarlo o no. Sus personajes, sin duda, lo pagaron y Madariaga los premió con sus respectivas biografías, que tuvieron un extraordinario éxito, del que la Editorial Sudamericana de Buenos Aires fue su primera plataforma de lanzamiento. Del Madariaga historiador, hoy sus biografías son la estela intelectual más vigente.

[Ricardo GARCÍA CÁRCEL. “El Madariaga historiador”, in ABC Cultural (Madrid), 13 de diciembre de 2003, p. 9]