✍ Histórica. Lecciones sobre la Enciclopedia y metodología de la historia [1858]

por Teoría de la historia

lecciones-sobre-la-enciclopedia-y-metodologia-de-la-historia_MLU-O-2698607639_052012Más de cien años han transcurido desde la presentación final de Histórica. Lecciones sobre la Enciclopedia y metodología de la historia [Historik: Vorlesungen über Enzyklopädie und Methodologie der Geschichte], de Johann Gustav Droysen (1804-1884) conformada a lo largo de un cuarto de siglo. Dictó las lecciones por primera vez en 1857 y las publicó al año siguiente; luego las repitió reelaborando conceptos, añadiendo ejemplos y notas que se recogieron en ediciones posteriores y en las que habrá de reconocer -no sabemos hasta dónde- la mano de sus discípulos. En el semestre de invierno de 1882-1883, Friedrich Meinecke asistió a la última versión y tomó las palabras finales del maestro, cuando daba razón de la división tripartita del curso “en metódica, sistemática y tópica” y de los límites y posibilidades del trabajo historiográfico: “Dos cosas debían surgir aquí con especial claridad Por una parte, que a diferencia de las ciencias naturales, no tenemos los medios del experimento; que tan sólo podemos investigar. Luego, que también la investigación más profunda sólo puede contener una apariencia fragmentaria del pasado, que la historia y nuestro conocimiento de ella son inmensamente diferentes. Esto nos desconsolaría si no hubiera una cosa: aun cuando no se posea el material completo, podemos seguir el desarrollo de los pensamientos en la historia. Así obtenemos, no una imagen de lo acontecido, sino una concepción y elaboración espiritual de él. Esta es nuestra compensación. (Historia, p. 392)”. ¿Tanto batallar para llegar a esto que hoy nos parece una verdad de Pero Grullo? ¿Vale la pena enfrascarse en la lectura de las lecciones? Creemos que sí; en su elaboración y su laboración hay un saber y una pasión política que caracterizan la gran historiografía alemana del siglo XIX, presidida por la enorme figura de Leopold von Ranke y por sus discípulos, los que, sin dejar de aprovechar las enseñanzas del maestro, formaron la “escuela prusiana”. Se trata de un momento histórico intelectual que G. P. Gooch caracteriza así: “Ranke inició su carrera y fundó su escuela en la era del estancamiento político, entre las guerras de liberación y la revolución de 1848; pero a mediados del siglo la actitud de distanciamiento ante los candentes problemas del día se hizo imposible. En la formación del Imperio alemán le cupo una parte no pequeña a un grupo de profesores que mediante la voz y la pluma predicaron el ejemplo de la nacionalidad, glorificaron las proezas de los Hohenzoller y condujeron a sus compatriotas del idealismo al realismo (Gooch, 1942, p. 137)”. Esta fue la posición de Droysen en su monumental Historia de la política prusiana, que ha merecido la critica severa de autores como Gooch (cfr. 1942, pp. 141-147) y Barnes (cfr. 1963, p. 210). Y es el caso que cuando dictaba sus lecciones sobre la Enciclopedia y metodología de la historia, Droysen la asumió plenamente. Ranke y sus discípulos más fieles propugnaron la objetividad y el distanciamiento de afanes políticos como condición de la obra historiográfica de valor eterno y universal, pues tal era la pretensión de la historiografía científica. Droysen no niega la calidad científica de la obra del historiador, sólo que advierte que el historiador no puede desconocer “un deber y una tarea tanto más grandes y fecundas cuanto menos formada y más lánguida sea todavía la conciencia nacional” (Histórica, p. 354); a él le bastaba con una verdad relativa a su patria, a su convicción política y religiosa sobre la base de un estudio serio, pues lo limitado y especial para él algo más que lo general y lo sumamente general (cfr. idem, p. 355) “al considerar el pasado desde el punto de vista de los pensamientos de mi pueblo y de mi Estado, de mi religión, me situó por encima de mi propio yo. Pienso en un yo más elevado en el cual se ha fundido la escoria de mi persona. (Loc. cit.)”. Tan vigoroso mensaje nos pone en guardia contra la obra, y más si recordamos que este libro de Droysen -como otros tantos de pensadores del Impreio alemán- fue reeditado en 1936, cuando el nazismo lo hizo objeto de propaganda; había en él, como en otros, elementos para ello. Pero la obra no se agota ahí. Lo que de ella hemos entresacado son ideas de la parte final del libro, la tópica, en las que el autor trata el problema de las distintas formas de composición y exposición historiográficas, según los propósitos que guíen al historiador. En ésta y, sobre todo, en las partes anteriores hay elementos que bien podemos aprovechar para discernir sobre las posibilidades de la ciencia historiográfica y del momento en que vivía el autor. Droysen poseía una gran erudición en las antigüedades greco latinas; sus obras de juventud, dedicadas a la literatura y a la historia griegas y a la época helenística, le hicieron célebre como profesor. De aquel saber, que le dotó de un profundo conocimiento del a historia, hay mucho en la Histórica. Además, se adentró en la filosofía de Hegel (de quien fue discípulo), en la historia moderna y, no sólo por estudios sino que también por experiencia de la vida diplomática, en la historia moderna y contemporánea. Retirado ya de esas labores “prácticas” fue cuando emprendió estas Lecciones de Enciclopedia y metodología de la historia. El cuadro que traza es muy vigoroso. Lo emprende con esbozos que luego va detallando e iluminando con ejemplos de la antigüedad y de su contemporaneidad. La “introducción” es un deslinde de las realidades de la “naturaleza” y de la “historia”. Esta es una realidad humana en la que el hombre se concibe como algo que tiene un significado para sí y como algo que delega significados a otros hombres que vivirán realidades significantes. Sólo la aprehensión del significado, de lo significante, nos conduce a la historia; sólo atendiendo a la realidad de lo significante lograremos la aprehensión y explicación de lo histórico. Pero resulta que de esas realidades con significado sólo van quedando rastros, vestigios, señas que hay que recolectar e interpretar. Para hacerlo hay que seguir caminos rigurosos y ciertos: los del método, que él trata en la metódica, primera gran parte del curso. La metódica se inicia, tratándose de realidades significantes, por la pregunta sobre el significado; esto es, por el afán de comprender. Luego, seleccionando aquellos vestigios que efectivamente cobren sentido por la pregunta inicial y que exijan más preguntas. Esto es la Heurística, a la que siguen las críticas o apreciación de esos vestigios, desde los menos expresivos e intencionales -como huellas en el paisaje modificado por el hombre hasta los más intencionales, como los monumentos y las expresiones verbales que llegan a ser verdaderas fuentes de la historia. La riqueza de ejemplos y procedimientos es asombrosa y no vale la pena repetir aquí siquiera el índice del libro. Esta es la parte en que se revela el avance de los conocimientos arqueológicos y filológicos de la Alemania de aquellos días. En la parte sistemática advierte la amplitud del campo que se descubre con el método histórico y los límites de lo que efectivamente puede conocerse. Es tal y tan amplia, que hay que adentrarse en ella orientado por un sistema verdaderamente comprehensivo. Al conocedor de la antigüedad y actualidades filosóficas no le duelen prendas y por ello propone aprehender esa realidad -que llama “trabajo histórico”, como obra del hombre en el devenir sido- usando la división cuatripartita de Aristóteles, esto es:

  • 1. Según las materias con que se forma.
  • 2. Según las formas en que se configura.
  • 3. Según los trabajadores que la ejecutan.
  • 4. Según los fines que se realizan en sus movimientos.

Las cuatro causas aristotélicas se actualizan con los conocimientos y afanes de las ciencias del siglo XIX. Tras ello hay un predicado ético y religioso, como veremos. Los materiales de la realidad histórica son, según Droysen, la naturaleza, el hombre como creatura y ser creador de su realidad, las configuraciones en las que deviene constantemente esa realidad. Las formas que asume ésta son determinadas por “los poderes morales” o “anillos éticos” que se complementan, se contraponen, coexisten y se suceden en las “comunidades naturales” (la familia, la estirpe y la tribu, el pueblo), las “comunidades ideales” (el habla y las lenguas, lo bello y las artes, lo verdadero y la ciencia, lo santo y las religiones) y las “comunidades prácticas” (las esferas de la sociedad y del bienestar, del derecho, del poder y del Estado). Aquí hallamos una serie de conocimientos antropológicos y afanes políticos con los que podemos “fechar” el texto de Droysen. Menos extensión concede a los Trabajadores o realizadores de la historia. Estos son los que pertenecen a la “humanidad”; pero el historiador sólo puede descubrir a quienes se comportan como agentes en las conformaciones de la humanidad. Igualmente breve resulta la parte dedicada a la historia según los fines que en ella se realizan. Los fines se advierten por la orientación de las distintas conformaciones humanas, por la diferencia que hay en distintas épocas y que el historiador percibe como un progreso: pero “…nuestra ciencia no llega ni a los últimos fines ni puede remontarse a los primeros comienzos. Y si nuestra investigación conoce o concibe al mundo ético como una continuidad en la que se alinea una infinita cadena de anillos de fines de fines, por la vía de nuestro conocimiento empírico no es posible alcanzar el último fin que mueve a todos los demás, que los abarca y los impulsa, el fin supremo, incondicionado condicionante, el fin de fines” (Histórica, p. 330). En otras palabras, Dios no es objeto21XGks06DyL._SL500_AA300_ de la ciencia histórica; por más que el historiador lo tenga presente en su vida, no lo alcanzará ni logrará la “plenitud” a que aspira como ser ético y religioso. Al historiador le queda, eso sí, concebir lo acontecido y exponerlo. De esto se ocupa en la parte final, la tópica. Destaca en ella cuatro tipos de exposición, no como retórica, sino como dialéctica de la investigación y lo investigado sobre el pasado en un presente con sus propios y particulares acontecimientos. La primera forma de exposición es la investigante, que deja que se forme en el espíritu del lector la verdad del desarrollo histórico, hace del lector un buscador de la verdad histórica. La segunda es la exposición narrativa, que entrega esa verdad como un desarrollo o “pragmático”, o “biográfico”, o “monográfico”, o “catastrófico”; en ella el historiador compone cuadros y entrega una verdad elaborada. También lo hace en la tercera forma de exposición, en la didáctica, sólo que esa elaboración se destina a mostrar hechos ejemplares en el devenir de sucesivos presentes. El ejemplo acabado es Tucídides. Por último, la exposición discursiva es la que lleva esa verdad a su utilización práctica emparentada, sí, con la didáctica, pero que se realiza en el ámbito de las “comunidades prácticas”, los intereses en conflicto, el Estado, las esferas económica, social y jurídica. En resumen, estos cuatro tipos de exposición difieren por su adecuación creciente al uso político-práctico; pero todas ellas implican una preocupación por la verdad de la realidad histórica. Tan ambicioso esfuerzo teórico merece rescatarse; la obra de Droysen bien puede verse en nuestros días como un testimonio de aquella “escuela prusiana”, pero no vendría mal discutirla en serio como algo que -por afinidad y rechazo, si se quiere- nos hace pensar en cuestiones centrales de la ciencia historiográfica.

[Andrés LIRA. “Reseña bibliográfica”, in Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad (Michoacán), vol. VI, nº 23, 1985, pp. 150-154]

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