➻ John Bagnell Bury [1861-1927]

por Teoría de la historia

220px-JBagnellBuryEn Inglaterra los estudios modernos sobre historia bizantina estuvieron encabezados durante mucho tiempo, a partir de finales del siglo XIX, por John B. Bury. Bury ha sido, sin duda, uno de los historiadores más importantes sobre Bizancio, un sabio de una enorme amplitud de miras, de una erudición fuera de lo común y que unía a la agudeza de sus análisis un rigor metodológico ejemplar. Aparte de numerosos e importantes estudios sobre temas concretos, nos ha dejado varias obras de conjunto que abarcan grandes períodos de la historia bizantina: en 1899, aparecieron los dos volúmenes de su History of the Later Roman Empire, que abarca desde 395 al 800. Fueron seguidos, en 1912, de una excelente obra, A History of the Eastern Roman Empire, que estudia el período comprendido entre la coronación de Carlomagno y el advenimiento de Basilio I el Macedonio. En 1923, Bury publicaba una nueva edición de su primera obra, con el mismo título, pero esta edición, también en dos volúmenes, constituye un nuevo trabajo que se ocupa mucho más detalladamente del período que va desde la muerte de Teodosio I a la de Justiniano. Mención aparte merecen los Comentarios de Bury a su edición del Kletorologion de Filoteo: The Imperial Administrative System in the Ninth Century (1911). Si los bizantinistas rusos pusieron la primera piedra de la historia agraria bizantina, ha correspondido a Bury iniciar el estudio sistemático de la historia administrativa bizantina, que ha sido continuado, con gran acierto, sobre todo por Enst Stein y Franz Dölger.

[Georgije OSTROGORSKI [1963]. Historia del Estado bizantino. Madrid: Akal, 1983, pp. 25-26]

205990.mainUn historiador de ese periodo [fines del siglo XIX] se destaca entre los otros por tener un equipo absolutamente extraordinario de aprendizaje filosófico. J. B. Bury no era un poderoso intelecto filosófico, pero leyó una buena porción de filosofía y cayó en la cuenta de que había problemas filosóficos relacionados con la investigación histórica. En consecuencia, su obra adquirió cierta conciencia de sí. En el prefacio de su History of Greece hace la extraordinaria admisión de que el libro está escrito desde el propio punto de vista del autor; en la introducción a la edición de Gibbon, Bury explica los principios de que se ha valido para editarlo, y en varios ensayos dispersos discute puntos de teoría histórica. Emprendió también obras semifilosóficas tales como un libro histórico sobre The Idea of Progress y otro más breve titulado A History of Freedom of Thought. Estas obras revelan a Bury como un positivista en la teoría histórica, si bien perplejo e incongruente. La historia consiste para él, según la auténtica manera positivista, en un compuesto de hechos aislados, cada uno de los cuales se puede comprobar o investigar sin referencia a los otros. De tal suerte pudo consumar la muy extraña hazaña de poner a Gibbon al día por medio de notas al pie, añadiendo al agregado de conocimiento ya contenido en aquellas páginas los numerosos hechos que se habían comprobado en el tiempo transcurrido, sin sospechar que el descubrimiento mismo de estos hechos resultaba de una mentalidad histórica tan diferente de la de Gibbon que el resultado de la operación no era muy distinto al de añadir un “obbligato” de saxófono a un madrigal isabelino. No advirtió jamás que un nuevo hecho añadido a una masa de hechos viejos implica la transformación total de éstos. Esta posición ante la historia, que considera a ésta como consistente en partes separadas, alcanzó su expresión clásica, para el público inglés, en las historias de Cambridge, modernas, medievales y antiguas, vastas recopilaciones donde los capítulos, y a veces hasta las subdivisiones de los capítulos, los escribían muy diversas manos, mientras se daba al editor la tarea de coordinar el fruto de esta producción en masa a fin de que formara un todo. Bury fue uno de los editores, aunque el esquema original se debió a Lord Acton, una generación antes. Si seguimos el desarrollo del pensamiento de Bury acerca de los principios y métodos de la historia, lo encontramos, en 1900, todavía contento de tratar la supervivencia del Imperio oriental de acuerdo con la estricta fórmula del positivismo: el tratamiento de un acontecimiento no como único en sí mismo, sino como representante de un cierto tipo, y su explicación mediante el descubrimiento de una causa aplicable no a él solo, sino a todo acontecimiento que pertenezca al mismo tipo general. Aquí el método es exactamente el de las ciencias empíricas de la naturaleza tal como lo analiza la lógica positivista. Hacia 1903, cuando dictó su lección inaugural en Cambridge, Bury había comenzado a rebelarse contra este método. En esa lección proclamó que el pensar histórico, tal como lo comprendemos ahora, es cosa nueva en el mundo, que apenas si tendrá un siglo de existencia, y que no es de ninguna manera lo mismo que la ciencia natural, sino que tiene un carácter propio que ofrece a la humanidad una nueva perspectiva y un nuevo arsenal de armas intelectuales. ¿Qué no podremos hacer, pregunta, con el mundo humano en que vivimos cuando advirtamos las posibilidades de esta nueva actitud intelectual para con él? Aquí se ve claramente y se expone de manera impresionante el carácter único del pensar histórico; pero cuando Bury pasa a preguntar qué es esta nueva cosa, replica: “La historia es simplemente una ciencia, nada más, nada menos”. La lección nos muestra una mente desgarrada entre dos concepciones: una, oscura pero poderosa, de la diferencia entre ciencia e historia; la otra, clara y paralizadora, de la identidad indistinguible entre ambas. Bury ha hecho un violento esfuerzo por liberarse de esta última concepción pero ha fracasado. Al año siguiente, consciente de su fracaso, volvió a la carga en una conferencia sobre The Place of Modern History in the Perspective of Knowledge. ¿Es la historia, pregunta, un mero depósito de hechos acumulados para uso de sociólogos y antropólogos, o es una disciplina independiente que ha de estudiarse por mor de ella misma? No puede dar respuesta a esta pregunta porque advierte que es filosófica y que, por lo tanto, cae fuera de su competencia. Pero sí se arriesgó a contestarla hipotéticamente. Si adoptamos una filosofía naturalista, “entonces, pienso yo, debemos concluir que el lugar de la historia, dentro del marco de semejan te sistema, está subordinado a la sociología o la antropología […] Pero en una interpretación idealista del conocimiento ocurre de otra suerte […] Si el pensamiento no es el resultado, sino la presuposición, de los procesos de la naturaleza, se sigue de ahí que la historia, de la cual es el pensamiento la fuerza característica y guiadora, pertenece a un orden de ideas diferente al reino de la naturaleza y exige una interpretación distinta”. Ahí deja el problema. El momento fue dramático en el desarrollo de su mente. Su convicción de la dignidad y el valor del pensamiento histórico había entrado en conflicto declarado con su propio aprendizaje y principios positivistas. Consagrado como estaba al servicio de la historia, aceptó las consecuencias. En 1909 publicó un ensayo sobre Darwinism and History, donde atacaba deliberadamente la idea de que los acontecimientos históricos pueden explicarse por referencia a leyes generales. Uniformidades, sí, leyes generales, no. Lo que realmente los determina es “la coincidencia fortuita”. Ejemplos son “la muerte repentina de un jefe, un matrimonio sin sucesión”, y, en general, la función decisiva de la individualidad, a la cual elimina falsamente la sociología con el fin de facilitarse la tarea de asimilar la historia a la uniformidad de la ciencia. El “capítulo de los accidentes” penetra en todas partes como elemento perturbador de los procesos históricos. En un ensayo titulado Cleopatra’s Nose (1916) repite la misma idea. La historia no se determina por secuencias causales tales como las que forman la materia de la ciencia, sino por la fortuita “colisión de dos o más cadenas independientes de causas”. Aquí, las palabras mismas del argumento de Bury parecen hacer eco a las de Cournot en sus Considérations sur la marche des idées et des évenements dans les temps modernes (París, 1872), donde expuso una idea de lo fortuito basada en la distinción entre “causas generales” y “causas especiales”: definiendo lo fortuito como “l’indépendance mutuelle de plusieurs séries de causes et d’effets qui concourent accidentellement”. Una nota en Idea of Progress de Bury junto con una de sus notas a Darwinism and History, sugiere que puede haber derivado su propia doctrina de Cournot, quien, sin embargo, la desarrolla señalando que en tanto sea cualquier cosa meramente fortuita no puede haber historia de ella. La verdadera función de la historia, según él sostiene, es distinguir lo necesario de lo meramente accidental. Bury desarrolla, o más bien desintegra, esta teoría añadiendo a ella la doctrina de que, hasta el punto en que la historia es individual, todo en ella es accidental y nada necesario; pero después de ilustrar lo que quiere decir concluye su ensayo con la sugestión “de que a medida que transcurre el tiempo las contingencias se vuelven menos importantes en la evolución humana y el azar tiene menos poder sobre el curso de los sucesos”. La impresión que el último párrafo del ensayo causa al lector es dolorosa. Con gran esfuerzo había llegado Bury en los 12 años precedentes a una concepción de la historia como conocimiento de lo individual. Se dio cuenta, al comienzo de ese proceso, que esta concepción era esencial a la dignidad y valía del pensar histórico. Pero hacia 1916 se siente tan insatisfecho con lo que ha descubierto que se prepara para renunciar a ello; para ver en esta misma individualidad un elemento irracional (por accidental) en el mundo y esperar que, con la marcha de la ciencia, pueda eliminársele algún día. Si hubiese captado firmemente su propia idea se hubiera dado cuenta de que esta esperanza era vana (puesto que había probado realmente, en las páginas anteriores, que los accidentes, en el sentido que él daba a la palabra, tienen que suceder necesariamente) y también que, al abrigarla, se convertiría en traidor a su propia vocación histórica. Esta conclusión desastrosa, de la que nunca se apartó más tarde, se debió al hecho de que, en lugar de considerar la individualidad como la sustancia misma d el proceso histórico, nunca había pensado en ella más que como una interferencia parcial y ocasional con secuencias que, en su estructura general, son secuencias causales. La individualidad sólo significaba para él lo extraordinario, lo excepcional, una interrupción en el curso normal de los acontecimientos, y el curso normal de los acontecimientos significa un curso de acontecimientos causalmente determinado y científicamente comprensible. Pero Bury sabía, o había sabido en 1904, que la historia no consiste en acontecimientos causalmente determinados y científicamente comprensibles; éstas son ideas apropiadas a la interpretación de la naturaleza, y la historia, como dijera entonces con tanta justeza, “exige una interpretación diferente”. Si hubiera desarrollado lógicamente las ideas de su primer ensayo hubiera concluido que la individualidad, en lugar de aparecer en la historia sólo de vez en cuando en forma de lo accidental o contingente, es precisamente aquello con lo cual se hace la historia; lo que le impidió adelantar hacia esta conclusión fue su prejuicio positivista de que la individualidad en cuanto tal es ininteligible, y que, en consecuencia, las generalizaciones de la ciencia son la única forma posible de conocimiento. De esta suerte, después de caer en la cuenta de que una filosofía “dealista” era la única que podría dar razón de la posibilidad del conocimiento histórico, Bury recayó en la filosofía “naturalista” que había tratado de repudiar. La frase “contingencia de la historia” expresa este colapso final de su pensamiento. Contingencia significa ininteligibilidad; y la contingencia de la historia es simplemente una designación para “el papel de lo individual” visto a través de los anteojos de un positivismo para el cual nada es inteligible excepto lo que es general. El profesor Norman H. Baynes, sucesor de Bury como nuestro más grande estudioso de la historia romana de fines del imperio y bizantina, ha hablado amargamente de “la devastadora doctrina de la contingencia en la historia” que oscureció la penetración histórica de Bury hacia el final de su vida. La crítica es justa. Bury había hecho lo mejor de su obra bajo la inspiración de una fe en la autonomía y dignidad del pensamiento histórico; pero la atmósfera de positivismo en que se había formado su mente minó esta fe, y redujo el objeto propio del conocimiento histórico al nivel de algo que era ininteligible precisamente porque no era un objeto de pensamiento científico.

[R. G. COLLINGWOOD [1946]. Idea de la historia. México: Fondo de Cultura Económica, 2004, pp. 221-225]