➻ Bronisław Geremek [1932-2008]

por Teoría de la historia

bronislaw-geremek-an-interesting-past-an-exciting-future-bronislaw-geremek-profileCuando muere un amigo, muere una parte de ti. Cuando Bronislaw Geremek murió en un accidente de tráfico el domingo pasado, desapareció una parte de Europa. Recuerdo una ocasión en la que, en un pasillo del Parlamento polaco -que él había ayudado a convertir de nuevo en un verdadero Parlamento-, se detuvo, se volvió hacia mí y, sacándose de la boca la omnipresente pipa de profesor y tocándose la barba, me dijo con inesperada pasión: “¿Sabes qué? Para mí, Europa es una especie de esencia platónica”. Europa no volverá a tener a nadie como él. Un inteligente niño judío rescatado del gueto de Varsovia en medio del apocalipsis de la ocupación nazi, educado en el patriotismo y la poesía por pedagogos católicos de la Hermandad Mariana; maravilloso historiador de los pobres en la Francia medieval; miembro del Partido Comunista y luego, mediante su papel crucial en el movimiento de Solidaridad, arquitecto de la transición pacífica desde el comunismo, no sólo en Polonia sino en toda Europa central; ministro de Exteriores de su país en el momento de su incorporación a la OTAN, miembro del Parlamento Europeo después de la entrada de Polonia en la UE… Qué gran parte de la historia que ha configurado nuestro continente tal como es hoy, en lo bueno y lo malo, circuló por sus venas y hasta las yemas de sus dedos. Una parte la escribió, sobre todo la de los siglos XIV y XV, y otra parte contribuyó a hacerla en nuestra propia época. Era una de las personas más complicadas que he conocido. En público, podía ser formal, solemne, incluso formidable, como la vieja generación de polacos en la vida pública. En un grupo de amigos, era rápido, ingenioso, agudo observador de las debilidades humanas y una fuente de anécdotas. A solas con él, uno podía profundizar más, entre lo trágico y lo cómico, que, en su sentido de la vida, eran inseparables. Pero quedaban varios niveles en los que me daba la sensación de no haber ahondado. Y ahora ya nunca podré. ¿Cuál será, para los futuros historiadores, su mayor logro? Desde el momento en el que se unió a la huelga de los Astilleros Lenin en Gdansk, en agosto de 1980, fue el asesor político más astuto de Lech Walesa. Comprendía tanto la mentalidad del adversario comunista como la situación internacional. Sabía ver cuáles eran los límites de lo posible, pero también los momentos en los que la política de oposición a una dictadura tiene que consistir en el arte de lo imposible. Quienes han escrito sus necrológicas han destacado, con razón, su extraordinaria contribución al “regreso a Europa” -y a Occidente- de Polonia después de 1989. Incluso mientras los nacionalistas le colocaban en la picota en su país, era el defensor más elocuente de Polonia en el extranjero. Y demostró, una y otra vez, lo que sólo niegan las mentes más estrechas: que no existe contradicción entre ser polaco, ser judío y ser europeo. En mi opinión, su contribución más importante fue su trabajo en la “revolución negociada” de 1989, conseguida mediante mesas redondas y elecciones semilibres. Fue uno de los que más aportó a aquel acuerdo complejo, ambiguo y sin precedentes. Después se ha criticado mucho; en retrospectiva, todo se ve con más claridad. Lo que los críticos olvidan, o se niegan a reconocer, es que nunca se había hecho una cosa así y nadie sabía si se podía hacer. Cada paso era nuevo. Y era esencial alcanzar un compromiso, aunque fuera moralmente incómodo, para evitar el derramamiento de sangre. Escribo estas líneas el día de la Bastilla. Polonia, en 1989, introdujo un nuevo modelo de revolución no violenta que sustituyó al violento de Francia en 1789. Geremek, historiador de Francia y de Polonia, sabría cómo valorar la aportación de Geremek como político a esa cosa tan poco frecuente en la historia: algo verdaderamente nuevo. Un famoso epitafio de un escritor polaco exiliado dice: “Y allí, donde no hay lágrimas, él sigue derramando la lágrima de Polonia”. En el caso de Bronislaw Geremek, deberíamos decir, “y la de Europa también”. Y seguramente deberíamos añadir: con un ojo llorando pero el otro riendo.

[Timothy GARTON ASH. “El historiador que hizo historia”, in El País (Madrid), 15 de julio de 2008]

El histórico político polaco Bronislaw Geremek falleció ayer por la tarde a los 76 años en un accidente de tráfico al oeste del país, según informó la policía. Símbolo de la lucha anticomunista de los años ochenta y ministro de Exteriores entre 1997 y 2000, Geremek era europarlamentario desde el año 2004. “Fue una gran figura de la construcción europea y de la reunificación del continente. Un hombre excepcional”, dijo en un comunicado el presidente de turno de la Unión Bronislaw Geremek EXPO [MEP]Europea, Nicolas Sarkozy, pocas horas después. Como otras personalidades de la política europea, el dirigente francés recordó su gran labor como cofundador del Sindicato Solidaridad. Creado en 1980 junto al líder polaco Lech Walesa, Solidaridad se consolidó como la oposición no violenta al autoritarismo comunista impuesto en Polonia por la antigua Unión Soviética. Hijo de un rabino judío ejecutado en Auschwitz, Geremek nació en Varsovia en 1932. Tras sobrevivir a la persecución nazi, estudió Historia e ingresó en el comunista Partido Obrero Unificado Polaco (POUP), que abandonaría más tarde para participar como opositor en el embrión de la democracia. La caída del comunismo y la independencia de Polonia en 1989 le abrieron las puertas del Parlamento, al que perteneció durante 12 años. Como ministro propició el acceso de su país a la ONU, y luego fue elegido europarlamentario por el partido liberal. Conservó su acta pese al enfrentamiento que mantuvo en 2007 con el Gobierno de los gemelos Kaczynski (presidente y primer ministro), cuya polémica Ley de Lustración obligaba a políticos y periodistas a revelar su participación en la etapa comunista. Geremek calificó la ley como una “violación de los derechos cívicos”. El Tribunal Constitucional de su país le dio la razón.

[“Muere Geremek cofundador de solidaridad”, in El País (Madrid), 14 de julio de 2008]

El historiador Bronislaw Geremek era en los años de la dictadura comunista un contacto casi obligado para los enviados especiales que viajaban a Polonia. Brillante analista y certero en sus diagnósticos, Geremek acudía modesto a las citas en cafés de Varsovia, donde con paciencia exponía sus ideas al periodista ignorante que trataba de desentrañar la complicada realidad polaca en vísperas del estallido que dio origen al sindicato independiente Solidaridad. Años después se invirtieron los papeles y era el periodista el que acudía a un lujoso hotel de Madrid a entrevistar al ministro de Exteriores de Polonia en su condición de presidente de turno de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa. De por medio, el derrumbe del comunismo y el fin del orden establecido en Europa por la conferencia de Yalta. Geremek nació en Varsovia en 1932, hijo de un rabino judío. Con siete años, los invasores alemanes les internaron a él y a sus padres en el gueto de la capital polaca, de donde un día sacaron al padre para llevarlo al viaje sin retorno que conducía al campo de exterminio de Auschwitz. El joven, que fue testigo de los sufrimientos de los judíos, se salvó cuando, junto con su madre, un polaco los sacó en 1943 antes de la sublevación del gueto, ferozmente reprimida por las fuerzas ocupantes. Sobrevivió a la persecución nazi en una aldea polaca y su salvador representó el papel de padre el resto de su vida. De regreso a Varsovia, en 1950, con 18 años, Geremek ingresó en el Partido Obrero Unificado Polaco (POUP, comunista), en el que militó hasta 1968, y lo abandonó tras las persecuciones antisemitas y la invasión de Checoslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia. Mientras tanto, ya había estudiado historia y especializado en la Edad Media, viajado a Francia, donde trabajó en la Sorbona. Vio quebrada su carrera académica en Polonia, el nombramiento para una cátedra, como castigo por su salida del partido comunista. Al regreso de una estancia de estudios en Estados Unidos en 1978 se sumó al Comité de Protección de los Obreros (KOR), donde coincidió con otras dos figuras de la oposición polaca con similares antecedentes de judíos y comunistas, Jacek Kuron y Adam Michnik. Cuando estalló la huelga del Báltico todos ellos se sumaron al equipo de asesores de Lech Walesa y de Solidaridad. Como consecuencia de ello, con la declaración de ley marcial el 13 de diciembre de 1981 el régimen internó a Geremek durante un año. En 1983 lo detuvieron de nuevo y las autoridades le sugirieron que abandonase Polonia, posibilidad que se negó a aceptar. En 1985 le expulsaron de su cargo docente en la universidad. Tras la caída del comunismo siguió una carrera política que le llevó a altos cargos. Lech Walesa quiso encargarle la formación de Gobierno, pero el plan fracasó en parte por prejuicios antisemitas que ya se habían manifestado en forma vergonzante en los días de asesor del sindicato. Estos prejuicios eran del todo injustificados, porque no lo educaron en la religión, historia o cultura judías. Con su negativa a someterse a la lustración o caza de brujas que pretenden imponer los Kaczynski, Geremek no hace sino mantener la coherencia intelectual que ha caracterizado toda su vida.

[José COMAS. “Un historiador comprometido”, in El País (Madrid), 27 de abril de 2007]

Cuando un amigo muere inesperadamente, recordamos su rostro, su sonrisa, las conversaciones que quedaron truncas para siempre. Hoy puedo ver a Bronisław Geremek, que murió en un accidente automovilístico hace unas pocas semanas, en la cárcel de Białołęka y escuchar sus recios gritos desde detrás de las barras de la prisión situada en la calle Rakowiecka. Puedo ver y escuchar a Bronek en Castel Gandolfo, dirigiendo un discurso al Papa Juan Pablo II. También lo veo durante las reuniones clandestinas de “Solidaridad” y durante las negociaciones de la Mesa Redonda de 1989; lo veo en nuestro Parlamento declarando el fin de la República Popular Polaca, y en CNN anunciando que Polonia se unió a la OTAN. Y recuerdo decenas de conversaciones privadas, debates y discusiones a lo largo de casi 40 años. Bronisław Geremek era uno de nosotros, para citar las palabras de Joseph Conrad, escritor a quien admiraba. Fue un activista de la oposición democrática y de Solidaridad, que luchó por la independencia polaca y la libertad humana, y que pagó un alto precio por ello. Fue uno de los que desearon mantenerse fieles a la tradición del Levantamiento de Enero y las Legiones de Józef Piłsudski, a la tradición de los insurgentes del ghetto de Varsovia y el Levantamiento de Varsovia, a los valores del Octubre polaco y de la revuelta estudiantil de 1968, a los valores del KOR (Comité de Defensa de los Trabajadores) y de “Solidaridad”. Geremek sabía que la exclusión y la esclavitud destruyen la dignidad humana y degradan nuestra humanidad. Sabía que las dictaduras conducen a un debilitamiento moral. Valoraba la libertad, el verdadero conocimiento, el pensamiento independiente, el coraje del no conformismo, la belleza del romanticismo polaco, las conductas desinteresadas y la dignidad humana. Reaccionaba con repulsión a la bajeza moral, pero también con temor. Lo vio como una fuente de masas desechables, un depósito humano para movimientos totalitarios. Era tanto un idealista como un pragmático. De niño, fue testigo de la degradación de quienes fueron esclavizados en el ghetto de Varsovia. Salvado milagrosamente del Holocausto, dedicó el resto de su vida a soñar con una Polonia donde las personas vivieran con dignidad y respetaran la dignidad de los demás. Geremek luchó por esta Polonia. Creía que todos pueden mejorar y que debemos alimentar el espíritu de diálogo, la tolerancia y la capacidad de perdonar y reconciliarnos. Quería una Polonia democrática en una Europa fuerte y democrática. Ahora que se ha ido, vemos cuánto de eso logró. Geremek sabía que un sentimiento de identidad y orgullo nacional es algo invalorable, y que en Polonia, condenada a la lucha por la independencia, son virtudes necesarias. Sin embargo, también sabía que en el periodo de entreguerras el concepto del “ser polaco” se usó como una herramienta de agresivo nacionalismo. Para él, “el ser polaco” no denotaba una comunidad biológica ni un linaje de sangre. Lo que era importante era la historia de la nación, se hubiera convertido o no en mitología, en tono de disculpa o de crítica. En relación con el pasado, adoptamos ciertas tradiciones y con su ayuda expresamos nuestras visiones y opciones. Aunque sucesos como el terror de Stalin estaban fuera de la tradición polaca como él la concebía, Geremek sabía que una identidad común exige ser conscientes de la totalidad de nuestra historia, con todo lo bueno y malo. Debemos recordar que hay acciones que hoy rechazamos que fueron también posibles dentro de nuestra comunidad, a medida que trabajamos por hacer realidad lo que alguna vez parecía imposible. Bronek se sentía orgulloso de la terca voluntad de libertad de Polonia, sus logros, la transformación democrática que, gracias al acuerdo alcanzado en las negociaciones de la Mesa Redonda, permitieron un final pacífico de la dictadura. Se sentía orgullo de que Polonia fuera parte de la OTAN y de la Unión Europea, y de los éxitos económicos de los polacos. Sin embargo, también sentía preocupación. Hace un año, junto con Lech Wałęsa y Tadeusz Mazowiecki, advirtió: “Un Estado que considerábamos un bien común se está tratando como un trofeo que los gobernantes intentan ganar. La libertad y la independencia, hacia las cuales buscamos dirigir el camino, no van acompañadas de un sentido de solidaridad, especialmente hacia los más pobres y débiles. Los insultos y las rencillas ocupan toda nuestra escena política y arruinan la confianza de los ciudadanos en el gobierno. Instituciones que deberían proteger la ley se están convirtiendo en herramientas de los gobernantes, y somos testigos de serias acusaciones de abuso de ellas”. Esta declaración iba acompañada de un dramáticomarc-bloch-historiador-y-resistente-geremek-bronislaw_MLA-O-2757959943_062012 llamado a “depurar la política polaca de la suciedad, la ira y el odio”. El ensayo de Geremek acerca de Marc Bloch, el historiador francés y luchador de la resistencia antinazi, se encuentra entre sus mayores logros intelectuales y morales. Al escribir sobre Bloch, se describía a si mismo, especialmente cuando recordaba la definición que Bloch hizo de si mismo, de que era parte de “tradiciones de pensamiento liberal, desinteresado y dedicado al desarrollo humano.” También se describía a si mismo cuando citaba a Bloch: “Vinculado a mi país, alimentado por su herencia espiritual y su historia, incapaz de imaginar otros país donde pudiera respirar con libertad, lo amé y serví con todas mis fuerzas. Soy judío. No lo veo como una razón de orgullo ni vergüenza. Apelo a mis orígenes en un solo caso: cuando encuentro un antisemita. No obstante, quisiera dejar esto como un testimonio honesto: estoy muriendo, del mismo modo como viví, como un buen francés.” Geremek tenía dos mensajes acerca del antisemitismo. El primero, dirigido a Polonia, es que debemos combatir todas las manifestaciones de antisemitismo, incluso cuando son marginales. El segundo, dirigido a la opinión pública occidental, es que no debemos jugar con estereotipos añejos. Bronisław Geremek murió con la conciencia y las manos limpias. Vivió según el credo de Conrad: “Seré fiel”, y también “Seguir el sueño, una y otra vez”. Bronek, tú fuiste fiel.

[Adam MICHNIK. “En recuerdo de Bronisław Geremek”, in Project Syndicate. A World of Ideas, 31 de julio de 2008]