➻ Raymond Williams [1921-1988]

por Teoría de la historia

9780860919439-frontcoverHabíamos llegado a suponer que Raymond Williams estaría perennemente entre nosotros. Desde 1947-1948, fecha en que compartió la dirección de la efímera revista Politics and Letters, no ha dejado de fluir de su pluma una serie ininterrumpida de razonamientos, críticas, ensayos, novelas y estudios varios. Su audiencia ha sido y sigue siendo internacional, pero será la izquierda británica la que en mayor medida le echará de menos. El silencio que a partir de ahora cubrirá su enérgica voz nunca podrá llenarse de igual manera, pues su posición era siempre la suya propia, irrepetible. Siempre permanecía algo distanciado de los demás, y raramente “pertenecía” a una u otra fracción. (En cierta ocasión, a finales de los sesenta, me dijo que de quienes se sentía entonces más cercano era del grupo de la Monthly Review). Ese distanciamiento o, como dirían sus críticos, esa reserva tuvo la ventaja de no involucrarle en las polémicas que dividieron a la izquierda británica. Su presencia se sentía como una presión constructiva y unificante. Su evolución política – no se olvide que fue una persona intensamente política- discurrió por cauces poco habituales. Durante gran parte de su vida pareció habitar un “país fronterizo”, como reza el título de la primera novela que publicó. Su padre fue un obrero ferroviario del Sur de Gales, no lejos de la frontera con Inglaterra, y en su condición de estudiante ingresado en 1939 en la Universidad de Cambridge, cruzó una y otra vez, en ambos sentidos, la frontera que separa la cultura obrera de la cultura académica. También habría de cruzar una y otra vez las fronteras del marxismo. Perteneció por breve tiempo al partido comunista durante su primera estancia en Cambridge, pero su militancia se interrumpió cuando se incorporó a filas durante la guerra; al regresar a Cambridge a finales de 1945 rompió abruptamente con el partido comunista y con las teorías marxistas existentes en materia de literatura y de crítica. La mayor influencia intelectual que recibió fue la del profesor y crítico de la Universidad de Cambridge F. R. Leavis, muchos de cuyos seguidores -los “leavisites” de la postguerra- protagonizaron una inflexión intelectual hacia la derecha. El odio de Leavis por la acción corruptora de los medios de comunicación de masas se estaba convirtiendo, en manos de sus discípulos, en un desprecio elitista hacia “las masas”. Raymond Williams no podía seguir esa trayectoria, pero su confrontación con ella en el marco del discurso de Leavis constituyó una tarea ardua y prolongada, guiada por el propósito de rescatar una tradición alternativa de izquierdas. Esta influencia fue un factor constitutivo de su pensamiento e incluso dejó hasta el final de su vida una huella en su estilo, como se percibe en ciertos latiguillos y usos de la negación, torpes pero que llaman la atención (“The point then is not … “). Finalmente saldó sus cuentas con Leavis en su primera obra importante, Culture and Society (1958). Desde entonces, Raymond se fue desplazando hacia la izquierda y hacia un mayor compromiso político. Se había abierto un espacio intelectual entre laspostcard_raymond_williams3 ortodoxias del comunismo y la socialdemocracia, y él se sintió a gusto en ese espacio, aunque su compromiso práctico fuera con el partido laborista. Se incorporó en 1959 a la redacción de la New Left Review, y a finales de los sesenta fue uno de los promotores del intento de reagrupar a la fragmentada izquierda británica que desembocó en la publicación, en 1968, de un folleto, a la vez analítico y programático, titulado el Manifiesto de Mayo (May-Day Manifesto). Stuart Hall y yo participamos en la publicación del manifiesto, y aquélla fue la primera ocasión en que colaboré estrechamente con Raymond. Yo le admiraba como crítico y escritor, pero lo que me sorprendió en esa colaboración fue descubrir la solidez de sus lecturas y análisis de economía política y su sentido de la penetración del poder capitalista. Era también fascinante observar de qué manera iba basta el fondo de cada problema partiendo de nuevo, en cada caso, de sus elementos constituyentes; e incluso cuando se aprobaba el borrador de alguna parte del Manifesto -sobre sindicalismo o política imperial- presentado por algún otro miembro del colectivo, Raymond lo repensaba una vez más, depurándolo de todo vocabulario recibido y rehaciéndolo en su propio y obstinado estilo. A continuación Raymond fue catedrático y luego dio clases de dramaturgia en Cambridge. Nuestro manifiesto recibió una buena acogida, y empezaron a formarse clubs a lo largo y a lo ancho del país. Pero luego los événements y dramas de 1968 parecieron augurar un camino más apasionante y fácil hacia una revolución breve que la “revolución prolongada” propuesta por Raymond. Por esto regresó a sus tareas intelectuales. Un resultado de ese regreso fue The Country and the City (1973), mi preferido entre todos sus libros. Se trata de un libro singular si se tiene en cuenta que procede de la academia. El punto de vista de la crítica no es el sillón de la casa de campo de recreo, sino el del campesino. Se consideran mixtificación e ideología los poemas ensalzadores de los valores de la vida rural y de la retirada al campo, contrastándolos con pasajes del más abrupto análisis social y económico del desarrollo del capitalismo agrario. El análisis, a mi juicio, era razonable, y mucho mejor que algunos de los entonces aportados por parte de historiadores agrarios. Se inspiraba considerablemente en precursores marxistas, pero en uno de sus típicos giros de 180 grados, Williams terminaba el libro con una crítica de la insensibilidad de la tradición marxista hacia el problema de los trabajadores del campo (el “idiotismo” de la vida rural, según palabras de otro “Manifiesto” anterior). La única vez que se me ha solicitado colaboración en The New York Review of Books fue para hacer una reseña de The Country and the City. La revista primeramente “perdió” mi reseña durante varios meses; luego la cortaron porque, según se me dijo, yo había usado ciertos términos que los lectores “no iban a entender”. Cuando me mandaron las pruebas (con la indicación 4004581445_bb18a0108d_zde no modificarlas), vi que la única palabra amputada de todo el texto, o substituida por algún eufemismo, era “capitalismo”. Me las apañé para reintroducirla una o dos veces, y no me han vuelto a pedir colaboración. Raymond Williams lograba indisponer a la gente con un paladar literario excesivamente cultivado. Era imposible examinar The Country and the City sin examinar a la vez el capitalismo. Justamente el tema del libro son las reciprocidades entre cultura, economía, poder e ideología. En todos sus escritos de los años setenta y ochenta figura reiteradamente el recordatorio de que el capitalismo es “un sistema”. Expuso la metáfora del tránsito motorizado para describir el conjunto dominante de relaciones y determinaciones sociales en las “viejas sociedades industriales”: “Mirando desde afuera, el flujo de vehículos y su regulación aparecen claramente como un orden social de un determinado tipo, mientras que lo que se vive desde dentro -en el aire acondicionado y la música interior de esa concha dotada de ventanas- es movimiento, elección de la dirección a seguir o búsqueda de fines privados autodeterminados”. La ilusión de la libertad automotivada resta a las gentes capacidad para enfrentarse al determinismo de los procesos macrosociales. El diálogo de Raymond Williams con el marxismo se convirtió en compromiso crítico con la tradición marxista. No hace falta esforzarse mucho para reconstruir su biografía intelectual, puesto que una gran parte de ella viene recogida en una serie de entrevistas con miembros de la redacción de la New Left Review, publicadas en 1979 bajo el título de Politics and Letters. Sus escritos teóricos -por ejemplo, Marxism and Literature (1977)- son una indagación original en torno a las premisas mayores y proceden a una selección crítica de las distintas escuelas del marxismo europeo. Tal vez en el futuro el exigente interrogarse acerca de definiciones y significados que se halla en sus últimos escritos se aprecie como su mayor contribución al avance de la teoría socialista. En sus últimos diez años pueden apreciarse nuevas presiones, tales como la creciente desilusión de Raymond por la ausencia de renovación en las instituciones laboristas, o su interés por las relaciones Norte-Sur y por los temas ecológicos. En Hacia el año 2000 (1983) reconocía la gravedad insoslayable de las dificultades atravesadas por la humanidad: “Los cambios más profundos deberán producirse en las propias viejas economías industriales: no sólo mediante cambios de envergadura hacia la conservación y hacia una producción más duradera y económica, sino también reconociendo que el resto del mundo viene funcionando como un terreno baldío del que se extraen materias primas”. Las economías autoritarias del “socialismo realmente existente” (la expresión es de Rudolph Bahro) deben experimentar cambios semejantes, cuyo “elemento central sería el paso de la ‘producción’, a la ‘satisfacción de las necesidades de la vida’: de una generalidad alienada a unos modos de vida directos y prácticos”. La dificultad, en el Oeste y en el Este, reside en cobrar confianza “en nuestras propias fuerzas y capacidades”. Es entristecedor que Raymond haya muerto en este momento de triunfo de Thatcher y en un clima intelectual que aplaude la agresividad, la competencia adquisitiva y la satisfacción a corto plazo de los consumidores. Su mensaje es seguramente demasiado serio y ajeno a la moda para que pueda llamar la atención del adicto a los medios de comunicación de hoy. Deberemos estar atentos a cómo cambia la moda. Quienes éramos compañeros y colegas de Raymond sentiremos muy penosamente la ausencia de su voz esforzada, paciente y sosegadamente razonadora. Es como si de repente se hubiera esfumado en el paisaje un punto de referencia, un punto en el cual nos hablamos acostumbrado a tomar apoyo al decidir nuestras propias posturas, un punto que se situaba en la zona fronteriza que separa la academia y el movimiento activista. Debemos expresarle nuestra gratitud por sus años de compromiso y de búsqueda persistente.

[E. P. THOMPSON. “En la muerte de Raymond Williams”, in Mientras tanto (Barcelona), nº 34, primavera de 1988, pp. 111-115. Traducción del inglés por J. S. Publicado originalmente en The Nation (Nueva York) el 5 de marzo de 1988]