✍ Europa, madre de las revoluciones [1964]

por Teoría de la historia

Desde hace algunas décadas, la presencia de una “historia de las ideas”, comenzó a desarrollar una corriente historiográfica que lleva implícita interrogaciones y dilemas de notoria suscitación europea. Esta corriente no es atributaria de temas de carácter exclusivo; muchos de los puntos que atraen su atención también han interesado, y siguen haciéndolo, sin duda, a la historiografía más tradicional. Pero toda dirección emprendida como vía especializada por un enfoque histórico termina por subrayar los escollos que encuentra en su camino, y aquello que de intromisivo y deformante tienen éstos para la buena marcha de las investigaciones. Importa, además, señalar que en cierta forma, esta disciplina no ha alcanzado aún reconocimiento oficial, y suele verse surcada por senderos que provienen de la historia de las formas literarias, o la historia de las sociedades, sin olvidar el núcleo tan henchido de significación que es el pensamiento político. Un haz de principios renovadores, que con frecuencia son el desarrollo y la explanación de aquellos surgidos en las primeras corrientes doctrinarias de los tiempos modernos, cobraron forma en la filosofía política del siglo XVIII y resultaron expresamente difundidos, con el ímpetu de lo nuevo y combativo, en ese manifiesto de la razón que fue la Enciclopedia. Desde allí, desde esa plataforma doctrinaria que fue el primado de la razón, se impuso una idea del hombre que pudo cobrar forma definitiva y que tendrá la virtud de provocar la alarma de los sectores más conservadores, así como de muchos de aquellos que había propagado con entusiasmo los nuevos principios y advirtieron de pronto la magnitud de las innovaciones que los mismos impulsaban. Así, desde ese cambio operado por los sectores ilustrados, hace su entrada en el siglo XIX un núcleo de ideas que abre un ciclo de mutaciones históricas extendido hasta nuestros días. El libro de Friedrich Heer, que en señalable esuferzo editorial, y con excelente traducción de Manuel Troyano de los Alas acaba de dar a conocer Alianza Universidad, apunta, justamente, a proporcionamos una completísima y profunda visión del mundo de ideas que se agita y desarrolla durante el siglo diecinueve. Aunque en rigor no puede concebirse la revolución francesa sino como un resultado del siglo XVIII, cierto es que ensaya poner en práctica las ideas maduradas en la Ilustración, y surgen de ella, a la vez, algunas líneas que se insertan en la compleja trama del siglo XIX. Pero no debe olvidarse que comparte su sitial con otra revolución cuya trascendencia no ha sido menos significativa para el futuro, como aquella denominada revolución industrial, iniciada en el último tercio del siglo XVIII, y cuya marcha es paralela al ciclo político de las revoluciones. Revolución política entonces, y revolución técnica y económica, son dos de las manifestaciones más visibles de esa transformación que abre el siglo decimonónico. Sin embargo, uno de los síntomas más intensos del extraordinario cambio que se estaba produciendo en la esfera del pensamiento y la sensibilidad, fue el movimiento romántico, por lo que llevaba de implícito rechazo de la exageración de unos principios proyectados a sus últimas consecuencias por el mundo de la Ilustración. Este romanticismo supone una reacción, y como toda reacción adquiere tonos conservadores en su primera fase. Exaltación del cristianismo, adhesión al nacionalismo sublimado, idealización de una Edad Media aún poco redescubierta por cierto, son las primeras posturas del romanticismo. Pero, en definitiva, la revolución romántica no se resigna tampoco a rechazar totalmente el legado de 1789, e intenta refundir ambos: tradición y revolución. La segunda generación de románticos ya es liberal y de ella saldrán los hombres que propagan con fervor los ideales del socialismo utópico, una instancia histórica de dramáticos antagonismos, abre entonces la primera mitad del siglo. Anota Heer, “Estos dramas mueven a fijar la atención sobre la estrecha relación dialéctica en la que se encuentran recíprocamente los adversarios y los principios, los movimientos de avance y de retroceso en nuestro siglo XIX : romanticismo y revolución, revolución y contrarrevolución, revolución y reacción, “derecha” e “izquierda”, progreso y regresión, modernidad y barbarie, se confunden frecuentemente en el espíritu de un mismo individuo”. Este es, precisamente, uno de los grandes problemas señalados en las discusiones internacionales entre historiadores en los últimos tiempos; eludir el peligro de los esquematismos, atento a la enorme complejidad de la vida mental. Cada individuo recibe en su conciencia la interferencia de ideologías diversas, a lo que debe sumarse el peso que tiene toda cultura tradicional. Luego no alcanza el mero método sociológico, frecuentemente aplicado en la elección de criterios valorativos de las mentalidades dominantes. Huir de la simplificación fácil, o de la pereza mental, es una obligación del historiador en el nivel actual de los conocimientos históricos y este es, justamente, uno de los valores del libro de Friedrich Heer. Las diversas corrientes que interfieren en el complejo mundo de las ideas, en la formación de la conciencia histórica de una época determinada, están ampliamente estudiadas. Desde la ordenación plena de una conciencia burguesa hasta la formación de la conciencia revolucionaria, la rica gama de tendencias que aparecen en cada sector, enriquecen el mundo histórico que recorremos de mano del autor. El lector recorre el siglo XIX transitando por un paisaje de ideas que se bifurcan, como senderos, hasta llegar a la fecha clave de 1914. Es la época del «gran salto», el período que proporcionará las pautas definitivas para, junto al legado del siglo XIX, interpretar el siglo XX. Porque, para poder comprender el siglo actual, es preciso haber profundizado en el anterior. Heer cierra su 41F4od8zWHLobra recordando dos cosas. La primera, que sabemos todavía muy poco de ese extenso período durante el cual se produce la incubación de una nueva época; la segunda es la profesión de fe -que transcribe- de esa mujer excepcional que se llamó Marya Soldowska-Curie, “No terminará el siglo XX sin que la sociedad humana haya abolido como institución legal el más grande de los azotes: la guerra”. Tales eran sus palabras en 1899: los acontecimientos inmediatos parecieron dar un mentis a esas esperanzas; sin embargo, todo ser racional debe aferrarse aún a esa profesión de fe como una perspectiva cierta de futuro. Como en el texto se afirma, se trata de un libro de imprescindible lectura para una mejor comprensión de un complejo mundo de ideas que se prolonga hasta nuestros días, y que ya ha logrado acceder a un lugar destacado en la bibliografía especializada por una mezda singular de erudición torrencial y vitalidad, alcanzada, esta última, por la fluidez de la exposición.

[Nelson MARTÍNEZ DÍAZ. “El legado del siglo XIX a la historia de las ideas”, in Tiempo de Historia, Año VI, nº 67, 1980, pp. 128-129]