✍ Escuchar a los muertos con los ojos [2007]

por Teoría de la historia

“Un libro cambia por el hecho de que no cambia mientras el mundo cambia”. En esta espléndida frase de Pierre Bourdieu bien podría estar condensada la importancia que tiene la historia del libro y de la lectura no sólo en la comprensión del hecho literario sino también en el estudio de la dinámica de una cultura determinada. No en vano Borges creía que una literatura difiere de otra sobre todo por la manera que tiene de ser leída. Ante lo cual pensaba que si se nos diera la posibilidad de leer cualquier página actual del modo en que la leerán dentro de veinte o treinta años, sabríamos cómo será la literatura de entonces. El énfasis puesto en la lectura como práctica, en la historia de los lectores y en las formas y los contextos de recepción de una obra, en el libro entendido ya no como soporte sino como artefacto cultural que el tiempo va modificando de maneras mucho más complejas que las que a simple vista expone lo amarillento o ajado de sus páginas, son cuestiones sobre las que la historiografía viene demostrando un interés creciente. Un interés que, lejos de proponerse como antídoto a los temores que el advenimiento de la era digital ha sembrado en torno de una supuesta desaparición del libro, les ha dado a la lectura y a las prácticas de lo escrito un estatuto que antes sólo detentaban los autores y sus obras. Sin duda, el francés Roger Chartier es uno de los principales artífices de este cambio. Algo que puede comprobarse en Escuchar a los muertos con los ojos, un pequeño volumen que incluye la lección inaugural que Chartier dictó en octubre de 2007, cuando se hizo cargo de la cátedra que le fue ofrecida en el Collège de France para abrir una enseñanza sobre la cultura escrita en Europa en el período que va entre los siglos XV y XVIII, y que viene acompañada de una conferencia que leyó el año pasado en un congreso en la ciudad de Tucumán, en la que rastrea una obra teatral perdida coescrita por Shakespeare sobre la base de algunos pasajes del Quijote, representada dos veces frente a la corte inglesa en 1613 y de la que no subsiste manuscrito ni edición impresa. Situar la atención en la movilidad de las obras (“de una lengua a otra, de un género a otro, de un lugar a otro”), partiendo de la consideración de un caso que deja leer la difusión que tuvo el Quijote en Inglaterra poco después de su publicación en España, es un ejemplo del tipo de ejercicio erudito al que el autor se entrega. Y eso no sólo le permite plantear los avances de una investigación sobre un encuentro inesperado entre Shakespeare y Cervantes en términos desyeuxauxoreillesde una obra que desapareció sin haber sido jamás publicada, sino también poner en escena algunas de las preocupaciones que guían su trabajo desde hace décadas. Ya sea en las formas de circulación de los textos o en las vacilaciones históricas en cuanto a los criterios de definición de la propiedad literaria (en épocas en que la originalidad no era un valor y el delito de plagio no estaba constituido jurídicamente), o en la complejidad de las relaciones entre la historia de lo escrito y la literatura, Chartier demuestra que su interés por la cultura libresca y sus condiciones materiales va siempre de la mano de una interrogación por el presente. Toda su obra, de hecho, parece provenir de la necesidad de historizar un proceso que hace algunos años ha desembocado (gracias a Internet y la cultura digital) en una revolución sin precedentes. Una revolución que si bien ha transformado las prácticas de lectura y escritura, no ha podido ni podrá cambiar algo tan básico como que solo sea posible escribir y leer una palabra después de la otra.

[Patricio LENNARD. “Cambia, el libro cambia”, in Página/12, 7 de diciembre de 2008]

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