✍ Intelectuales. Notas de investigación [2006]

por Teoría de la historia

Desde tiempos antiquísimos, es sabido que la distribución de capital (en el su doble acepción de riqueza material y simbólica) no ha sido equitativa en las distintas sociedades, poniéndose de manifiesto en lo que más tarde, desde una perspectiva socioeconómica se llamaría clases sociales o bien desde la sociología de la cultura en algunos grupos o sectores caracterizados por detentar privilegios y de otros por ser objeto de operaciones de violencia sociosemióticas y físicas. Esta asimetría ha configurado gran parte de las tensiones y conflictos que han movilizado la Historia de la Humanidad, así como ha sido el origen de una utopía igualitaria (que podríamos caracterizar como una suerte de relato, de vigencia e intensidad fluctuante a lo largo de los tiempos y de la evolución de las sociedades). Este relato, fuertemente inspirador de fuerzas del pensamiento tanto como de la acción inficionó el statu quo tan conveniente para quienes desean preservar su poder y combaten un ideal más equitativo para los miembros de cualquier tipo de organización o comunidad social. Ricardo Piglia, en un artículo publicado en la revista Los Libros en 1973, en el que se refería a la obra de Roberto Arlt, alertaba sobre la estrecha relación entre bienes culturales y opresión social. Tomando como ejemplo la obra del escritor argentino señalaba: “Arlt supo ver en la desigualdad del acceso a los bienes culturales el modelo concentrado de la injusticia política (a la inversa de Sarmiento, que veía en la disposición de los bienes culturales la solución de la injusticia política)”. De este modo, la larga batalla por el poder de decir y, más aún, de ser escuchado o escuchada, ha sido rica en episodios conflictivos donde hubo víctimas y victimarias. Muchos escritores dramatizaron esos conflictos y otros los encubrieron, más o menos conscientemente. Sin embargo, esa lucha, por el poder de decir y de tener, de disponer legítimamente de derechos, puede ser leída entrelíneas y el encubrimiento desamordazado. Específicamente en el orden de la cultura intelectual y la Historia de las artes occidentales, las diferencias cuantitativas y cualitativas en el acceso a las destrezas y los saberes ha ido mutando de modo sustantivo a lo largo de los distintos períodos. Asimismo, muchos de los hitos de esa evolución han desatado un debate en torno de los deberes y obligaciones que implicarían el ser poseedor de un capital simbólico, que habilite para, de modo denunciativo o simplemente enunciativo, desenmascarar esas formas de opresión y de injusticia. En otras palabras, paralelamente a la emergencia de un colectivo de sujetos definidos o autodefinidos en virtud de una abundancia simbólica, surgía en torno de ellos un conjunto de expectativas, propias y ajenas. También de una sensibilidad por distinta hacia el prójimo y los más postergados. Esa exigencia no entraña una excepción en virtud de que todo sobrante, todo exceso, es visto como lujo, cuando no como despilfarro, y es común que se procure cuando no se exija una fundamentación de esa abundancia, que persigue la legitimación o una autolegitimación de ese excedente (como “negotium” y no como “otium”). Esta circunstancia se vuelve particularmente dramática en las modernas sociedades capitalistas de Occidente, donde la figura de los ilustrados debe encontrar algún tipo de inserción social para no provocar ni sospechas ni desilusiones de utilidad (ya el capitalismo establece un sistema evaluativo en función de costo y gasto/beneficio, regido por una lógica tacaña, evidentemente burguesa, que tal vez Flaubert fue uno de los primeros en poner en evidencia en sus ficciones). Alguien, cualquiera, pero en especial alguien que sabe hacer algo (escribir, pensar, leer, atributos nada despreciables en siglos en los que el analfabetismo cundía) deben ser productivos, rendir cuentas (rendirse, porque si bien es una forma de negociar el derecho a existir también supone renuncias y algún tipo de concesiones). Esa zona de la expectativa social en torno de ciertos sujetos ilustrados que, como tales, deben prestar algún tipo de servicio (al gobierno, a la comunidad, a otros discípulos, a los lectores), encierra la clave entre saber y reconocimiento social y presagia lo que sería el lugar que capitalismo y saberes sociales deberían chocar, ignorarse, conspirar y por fin, tal como podemos asistir en este presente del siglo XXI, ser vencidos por el imperio absolutista del lucro y el filisteísmo. El presente libro de Carlos Altamirano, ya desde el pudor modesto de su título, no se propone ni instalar grandes preguntas ni descifrar enormes interrogantes, de modo oracular. Más bien discurre como la lenta y provisoria experiencia de una búsqueda o, en todo caso, de un work in progress, no conclusiva ni concluida. Intelectuales, eso esperamos, habrá en el futuro, por más que parezcan una especie en extinción suplantada por tecnoburócratas, y deberán enfrentarse a nuevos desafíos teóricos y nuevas definiciones y autodefiniciones, así como a autoimágenes. El texto se presenta como una suerte de status questionis sobre algunos momentos claves en torno del surgimiento de la figura del intelectual occidental. También constituye una recapitulación de opiniones (muchas veces polémicas, discrepantes) en torno de la constitución de un verdadero campo del saber que podríamos denominar, según sus palabras, la Historia del pensamiento de las élites, la que podríamos leer como un subcapítulo de la Historia Cultural a la que el autor viene dedicando sus investigaciones. En este sentido el discurso de Altamirano es expositivo y asertivo a la vez. En el paratexto que inaugura el volumen, Altamirano nos informa que se trata de un libro que surgió no como una iniciativa editorial o una investigación espontánea, sino como la sistematización inicial de un conjunto de indagaciones sobre el tema en cuestión, producto de una serie de experiencias pedagógicas en el contexto de seminarios universitarios que dictó en nuestro país. Apuntes, notas de clase, lecturas, anotaciones: pistas sobre un objeto de estudio resbaloso, inasible, disperso. Experiencias docentes, diálogos, exposiciones orales: permisos y prohibiciones que admiten o inhiben un tipo de discurso y de intercambios simbólicos. La oralidad, las voces de los otros, que lo escucharon y pidieron de él su voz y su opinión resulta decisiva, como él lo deja trasuntar. Este dato, a la vez, contribuye a cartografiar el perímetro dentro del cual Altamirano se pudo desplazar y, al mismo tiempo, debió limitar su pensamiento: el que imponen las instituciones académicas de paredes hacia adentro. Los recintos, lo sabemos, protegen pero también encierran y pueden ser claustros. La adopción de una enunciación de “experto” posgraduado y la elección y definición un “subgénero editorial” fecundo y de larga trayectoria en nuestro país y el extranjero no es casual: se trata de una clase de libros o estudios redactados por docentes-investigadores, es decir, con inserción institucional específica, como resultado de reescrituras de problemas o asuntos previamente puestos a prueba y desplegados en experiencias pedagógicas como clases magistrales o seminarios. Este volumen, entonces, se suma a una larga tradición de alianzas y rupturas donde lectura, pedagogía y didáctica universitarias, revisión y adaptación editorial funcionan como una suerte de cadena discontinua que funciona como filtro, pero también como posibilidad de conexión con un lectorado competente, el respaldo de editoriales de prestigio y sus campañas de promoción y la circulación (controlada) de discursos sociales críticos. No diría radicalmente críticos, pero sí de revisión y de impugnación de políticas hegemónicas, incluso editoriales. Altamirano empieza por precisar el significado del término “intelectual” apelando a uno de los típicos dispositivos de consenso (y de disenso ideológicos): los diccionarios. Repasa el origen etimológico del lexema, su circulación, así como las diferentes connotaciones semánticas que ha ostentado a lo largo de la historia. Los diccionarios, los sabemos, son demasiados claros y transparentes, narran una historia demasiado rosa para ser verosímil, porque instalan un verosímil de orden semántico bastante discutible. Entre esa espesa selva incierta que parece asaltar a cualquier empresa humanística (como opuesta a la feliz plenitud cándida de las “exactas” o las “ciencias duras”, sospechosamente seguras de todo) habría un hecho de validez incontestable: la que vincularía la noción de “intelectual” con un acontecimiento fechado y localizado, emplazado en Francia en el siglo XIX: el affaire Dreyfus. El mismo, como se recordará, consistió en un caso jurídico-militar que agitó la opinión pública francesa y europea hacia fines del siglo, en el que se vio implicado un ciudadano judío francés. En el mismo se visibilizó, por el tono revulsivo que signó los intercambios entre adversarios así como el funcionamiento de lo jurídico, tanto el antisemitismo cuanto el corporativismo y el seudolaicismo de la institución militar y jurídica francesa. Esas improcedencias en el orden de la jurisprudencia no fueron debidamente denunciadas y, peor aún, encubiertas. La iniciativa de un grupo de familiares y la intervención decisiva del escritor y teórico Émile Zola, brindando su apoyo y exigiendo una revisión sin concesiones del caso, asumiendo como propio un caso del que podía hacerse a un lado, suscitó un verdadero escándalo y cundió en las portadas de los matutinos. La opinión pública y la clase ilustrada se dividió entre dreyfusards y antidreyfusards. De este origen de un episodio espurio en el que un productor cultural toma partido por una causa cívica que considera noble, Altamirano toma el cariz moralmente marcado del nacimiento de la figura del intelectual occidental. Se trata de un nacimiento impetuoso, desgarrado y sucio, pero restituye a los sujetos ninguneados su carácter de semejantes y de ser con derechos humanos, en especial a ser juzgados con garantías. Al respecto señala el autor: “Que la argumentación ética sea tan corriente en el discurso sobre el intelectual nos recuerda que esta figura es irreductible a una categoría socio-profesional, que un intelectual no se define únicamente por una función (lo que es), sino también por una ‘conciencia’, es decir, por una representación de su papel como intelectual” (p. 47). Al parecer, siguiendo las anteriores palabras de Altamirano, una metodología o un procedimiento exclusivamente descriptivos serían imposibles a la hora de asignar los significados de un intelectual. Su rango, en cambio, se hallaría tan íntimamente vinculado al de una “misión” ética, a una teleología moral, a una suerte de función de moderador y árbitro, que el intelectual no “es alguien” sino, en cambio, “debería ser alguien que idealmente se comportara de cierta manera ante ciertas condiciones”. Ello conduce a situarse para definir sus rasgos a un enfoque normativo y a un horizonte de expectativas ligado a una praxis de intervención pública. Del intelectual se espera que actúe (que hable o escribe) de determinada manera ante la injusticia o el abuso o los atropellos de poder. Esta circunstancia sitúa la figura del intelectual (aunque parezca paradójico) cerca de las de sujetos venerados, esclarecidos, detentadores de poder en la sociedad: el poder de decir con autoridad y de inteligir lo indiscernible, así como en el ojo de las tormentas políticas y culturales. El lexema “elite” adopta resonancias aparentemente conservadoras, no democráticas, porque siguen siendo sujetos investidos de poder, por más que ese poder sea administrado con fines comunitarios y humanitarios. Como el brujo, la sacerdotisa o pitonisa, el vidente, el clero, como el sabio o el teólogo, (figuras no precisamente propias de la modernidad sino más bien de la Antigüedad Clásica y la Edad Media), el intelectual parecería aproximarse o encarnar el poder del esclarecido. No obstante, Altamirano aclara que la figura del intelectual, en términos contemporáneos, está ligada a procesos de secularización y de modernización de las sociedades, a las que sus intervenciones reformistas cuando no revolucionarias procurarían incidir en lo real con la idea de introducir algún tipo de bienestar o contribución social, en principio agitadora. El intelectual parecería ser una figura tensionada entre dos polos: el privilegio a veces narcisista de sus cualidades y la conminación esencializante y compulsiva a intervenir. A partir de allí, el texto de Altamirano se despliega como una exposición diacrónica, sucinta (y ligamos el discurso expositivo al ámbito docente, germen del libro) en la que por momentos desliza su juicio en torno de algunas de las teorías o definiciones en torno de la figura del intelectual: su origen (que algunos remontan a la Alta Edad Media y otros al Renacimiento italiano), sus atributos, su consolidación, las relaciones con sus pares (íntimas, públicas; solidarias, de alianza o de hostilidad) y sus nexos, muchas veces conflictivos, con las instituciones (particularmente con las academias y las universidades). Si la palabra no estuviera tan cargada de connotaciones escolares y simplistas, el término “manual” sería altamente apropiado para condensar el estilo instructivo e informativo más que de argumentación autorial temeraria. Al tiempo que el lector se sumerge en la glosa de las cavilaciones sobre el tema de pensadores como Marx, Engels, Gramsci, Weber, Sartre, Durkheim, Bourdieu, Said, Baumant, entre otros, resulta interesante verificar el modo como el término “intelectual” funciona como la encarnación, para distintas épocas y formaciones, de valores, saberes, destrezas, expectativas, acciones (lo que muchas veces tendemos a olvidar) deseos o rechazos sociales. Esto es: ser un intelectual supone una actividad del orden del pensamiento, de lo intelectivo (nos referimos a su acepción de especulativo), pero también una pragmática: la escritura, la docencia, ejercer la palabra pública cuando hay demanda o necesidad. En los medios o en las instituciones del saber y la educación, entre otros ámbitos, el intelectual se vuelve portavoz de una facción y se enfrenta, naturalmente, a otra u otras, que le son adversarias. Finalmente, en América Latina, lo propio de la constitución y del comportamiento de los intelectuales (en especial en el siglo XIX), ha consistido en el de funcionar como figuras dadoras de cohesión social en las gestas emancipadoras, en los procesos de organización nacional y en la constitución (por cierto sangrienta) de los Estados-nación. Redactores de proclamas o leyes, líderes y oradores en acontecimientos y mítines políticos, no se trataba de figuras confinadas en gabinetes. En todos los tiempos y latitudes, concluye Altamirano, los intelectuales se han sentido una minoría, un grupo de poder sometido o dominado (siguiendo a Bourdieu) o bien una comunidad de sujetos repelidos por las vulgares y crasas manías burguesas de la acumulación de bienes y la ostentación de riqueza. La pregunta con la que me gustaría cerrar estas líneas, es si la figura del intelectual es axiológicamente positiva de modo dado, portavoz de la cordura y la sensatez o, en cambio, en ocasiones, es posible que encarne la soberbia, el error, el desatino, e incluso el prejuicio cuando no el dogmatismo. Erigirse en juez (del gusto, de la opinión pública, de la opinión de los demás sin haber corroborado ese consenso). Al igual que la oportunidad y el contexto de la enunciación de sus discursos, resulta primordial interrogarse e interrogar a esos seres que solemos investir de capacidades aparentemente superiores que pueden señalar conceptualizaciones erróneas cuando no de ideólogos de fanatismos e intolerancia.

[Adrián FERRERO. “Reseña”, in Orbis Tertius, vol. XII, nº 13, 2007]

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