✍ Los textos de la patria. Nacionalismo, políticas culturales y canon en Argentina [2007]

por Teoría de la historia

En 1915, en el marco de los debates sobre la nacionalidad propios de los años del Centenario, aparecieron de manera simultánea dos colecciones de autores argentinos que proponían dos visiones bien distintas de la tradición cultural argentina. Contra las apariencias de consenso promovidas por el concepto de canon, estas colecciones inaugurales presentaron dos cánones textuales inconciliables. Se publicaron, enfrentadas, durante más de una década. Sus directores, Ricardo Rojas y José Ingenieros, se contaban entre las figuras intelectuales de mayor peso en la época. Tres años antes se había ampliado la democratización del sufragio con la ley Sáenz Peña, y un año después subió a la presidencia Yrigoyen. Y esto sucedió en uno de los momentos que más justificadamente podemos llamar de nacimiento de la literatura argentina. El primer acierto de la investigación que está detrás de Los textos de la patria reside, evidentemente, en la elección de su tema. La estructura del libro, además de eficiente, es sencillísima: una introducción, un primer capítulo centrado en las antologías poéticas del siglo XIX, un segundo capítulo dedicado a la Biblioteca Argentina de Rojas, un tercer capítulo sobre La Cultura Argentina de Ingenieros y un epílogo que se ocupa, más brevemente, de las colecciones posteriores, desde las de Alberto Palcos hasta las de Eudeba y Centro Editor de América Latina en la década de 1960. Los capítulos sobre Rojas e Ingenieros son por supuesto los más importantes (y extensos), pero el primer capítulo es el que permite comprender por qué en 1915 se inició una nueva etapa en la elaboración de nuestro canon literario y por qué las colecciones de Rojas e Ingenieros fueron pioneras. Ese primer capítulo está subordinado a los dos que le siguen, y también se deja leer solo. Es una historia crítica detallada de las antologías poéticas argentinas y americanas que se publicaron durante el siglo XIX, desde La lira argentina (1824) hasta la Antología de poetas hispano-americanos (1892-1895) de Marcelino Menéndez y Pelayo, aunque también se ocupa de las antologías en prosa (el género mucho más pragmático y mucho menos prestigioso que tuvo su modelo en los Trozos selectos de Alfredo Cosson, aquel director del Colegio Nacional que recordamos por Juvenilia), de La tradición nacional de Joaquín V. González y de los manuales de historia literaria argentina para uso escolar inmediatamente anteriores a la de Ricardo Rojas. Este primer capítulo responde por primera vez de una manera suficientemente fundamentada cuáles fueron los textos y autores (y quizá lo más importante: según qué criterios) considerados como canónicos a lo largo del siglo XIX. “Puede afirmarse”, concluye Degiovanni en la página 38 con el laconismo de la credibilidad, “que estos ocho textos constituyen el centro del canon argentino del siglo XIX”. En Los textos de la patria hablan casi exclusivamente los textos. El lector puede buscar inútilmente en el libro, por ejemplo, cierta imagen de Ingenieros: el de La Siringa, el mistificador, el gran fumista. Y los textos, además de exigir sus contextos (historia literaria, pero también política, de la inmigración, de la prensa, del público lector, de la filología, de la sociología) llevan siempre a otros textos hasta tramar una densa y a la vez dilatada conversación que se extiende entre los siglos coloniales (porque la “biblioteca restauradora” de Rojas, según la llama Degiovanni, no excluía el período colonial) y la década de 1920 —o la de 1960, si consideramos el epílogo. El periodismo cultural, aun más que la crítica universitaria, creó el hábito de recibir sin sobresalto y con escepticismo palabras como “polémica”, “batalla” o “disputa”. En Los textos de la patria esas palabras no faltan, pero tampoco quedan injustificadas. En las colecciones de Rojas e Ingenieros, nos dice, se enfrentaron dos sectores sociales en pugna (inmigrantes y viejos criollos), dos posiciones políticas, dos nacionalismos distintos, dos perspectivas epistemológicas (materialista y cientificista en Ingenieros; espiritualista y ligada a una formación humanística tradicional en Rojas), dos disciplinas (sociología y filología), dos alianzas (mercado y Estado), dos públicos lectores y dos circuitos de consumo cultural. Rojas e Ingenieros supieron discutir bajo formas directas. Escribieron, por ejemplo, dos textos (llevaron curiosamente el mismo título, “Historia de una biblioteca”) destinados a reclamar para sí la precedencia de sus respectivos proyectos. Pero sobre todo discutieron indirectamente, a través de alusiones y contrapuntos —que exigen, por lo tanto, las destrezas de un lector atento para descifrarlos. Fue una discusión donde cada uno de ellos contradijo al otro sin dirigirle la palabra, a través de específicos procedimientos editoriales: selección de ciertos textos, agrupación en series que confiaban en la contaminación de textos contiguos, añadidos u omisiones que definían sentidos, redacción de prólogos con instrucciones de lectura. Cuando me llegó el libro reprimí el impulso o vicio profesional de revisar ante todo los apéndices que figuran al final y que exponen las listas ordenadas de los títulos correspondientes a las dos colecciones. Comenzar por allí, es decir, por preguntarme qué se puede hacer con esos dos catálogos, hubiera sido (pensé después, tras la lectura ordenada y completa) el mejor recorrido para valorar la respuesta dada por Los textos de la patria. A la pregunta ¿cuál es su tema de investigación?, Degiovanni pudo responder económicamente señalando con el dedo esos catálogos. Se trataba de un objeto de investigación fácilmente delimitable y hasta extremadamente acotado que, sin embargo, poseía la capacidad de expandirse hasta volverse intratable para cualquier investigador, incluso bien informado y entrenado. Comenzar la lectura por los apéndices puede intensificar otra comprobación, porque de esos tan quietos catálogos de libros pasaríamos a un texto ensayístico que sin embargo sabe generar los efectos de un texto narrativo. Las inmóviles colecciones de Rojas e Ingenieros se ponen en movimiento en Los textos de la patria por el lugar que el libro le otorga a la historia, o más exactamente, porque el libro piensa las colecciones bajo la forma de historia valiéndose de su larga duración. Los capítulos dos y tres reconstruyen la historia de la publicación de las colecciones, centrando el comentario en los títulos o autores sobre los que Ingenieros y Rojas coincidieron (al elegirlos) y difirieron (al tratarlos), y a la vez narran otras dos historias: la historia de las mutaciones por las que pasaron los dos proyectos editoriales hasta su final concreción en 1915 y la historia de las también cambiantes teorías de la nación de Rojas e Ingenieros sobre las que se apoyaron y sin las cuales no hubieran sido posibles la Biblioteca Argentina y La Cultura Argentina. Me parece justo agradecerle también a Fernando Degiovanni algo presente en cada página y en cualquier plano del libro: una combinación de la lucidez y la modestia. En Los textos de la patria no pude hallar el menor rastro de autoindulgencia narcisista. Todo parece supeditado al respeto por el lector y al mejor funcionamiento del texto. Se puede empezar a corroborar lo que digo (sé que no es el mejor ejemplo, pero es lo más rápido) abriendo el libro en cualquier lugar y observando la construcción de los párrafos que allí encuentren: párrafos de parejísima extensión que fueron construidos como párrafos, como si el punto y aparte fuera en efecto un punto y aparte que sirviera justamente para separar y crear párrafos, con una frase inicial que suele oficiar de introducción y una última parte que favorece el enlace con lo que viene. Veo lo mismo, para dar otro ejemplo cualquiera y bien diferente, en el exigente nivel de justificación que se impuso para las principales tesis que defiende el libro. Allí donde habitualmente se le ofrecerían al lector, en el mejor de los casos, un par de razones, Degiovanni acumula las pruebas, valiéndose de esa red de textos en diálogo que arma y que le permite cruzar corroboraciones de distinto tipo y con distintas procedencias. Hay otras modestias, como evitar las generalizaciones vistosas y citables pero imprudentes. No obstante, creo que Los textos de la patria no deja de sugerirnos, mediante la paciente acumulación y articulación de observaciones menores, dos claves mayores. Una de ellas es el declive final del patronazgo estatal sobre las letras desplazado por el imperio del mercado: no casualmente el libro termina con proyectos editoriales de difusión masiva como los de Eudeba y CEAL, que a su vez remiten, hacia atrás, a editores como Antonio Zamora o a la colección del propio Ingenieros. La otra clave tiene la forma de una paradoja, quizá la más resistente que propone el libro, y gira en torno a los efectos inesperados del divorcio entre la cultura científica y la cultura literaria: ¿cómo, respaldado en las convicciones positivistas de una sociología que se fundó en el rechazo de lo literario, Ingenieros pudo proponer un canon de la literatura argentina que, invirtiendo a Rojas (y por lo tanto, sin período colonial, sin géneros discursivos residuales como los de la oratoria, con autores como Fray Mocho y Florencio Sánchez) nos resulta ahora tanto más moderno, cercano, familiar?

[Sergio PASTORMERLO. “Reseña”, in Orbis Tertius, vol. XII, nº 13, 2007]

Anuncios