✍ La Edad Media [1982-1983]

por Teoría de la historia

La Edad Media, este vasto periodo de tiempo de la historia europea que se inicia en el siglo IV o V y que finaliza a fines del XV o a principios del XVI, no necesita, para los especialistas, reivindicación alguna. Para éstos, no hay duda de que a lo largo de aquellas centurias la humanidad experimentó, en todos los órdenes, progresos extraordinarios. Está claro también que los largos e interminables episodios bélicos que se produjeron en Europa durante aquellos siglos no autorizan a caracterizarlos como una época oscura, turbia, casi salvaje, al menos en mayor grado de lo que lo han sido otras etapas históricas más modernas y sobre todo de lo que lo ha sido el siglo que estamos terminando, que ha vivido los acontecimientos bélicos y los regímenes políticos más atroces e incalificables que haya padecido jamás la historia de la humanidad. Sin embargo, para muchos, la Edad Media continúa siendo una etapa que se caracteriza sólo por sus elementos negativos, y por ser un simple aunque largo periodo “intermedio” entre la antigüedad greco-romana y el Renacimiento del siglo XV. Para quienes así piensan, la Edad Media no aportó nada positivo al devenir humano y fue sólo un profundo e interminable mal sueño, un largo periodo de espera para que volviese a renacer floreciente la cultura, el desarrollo económico y el bienestar de la sociedad. Frente a este sentir, todavía mayoritario, la Edad Media necesita ser reivindicada. Nada mejor para hacerlo que estudiarla seriamente, sin prejuicios, con un criterio abierto y objetivo. Lo hace con creces la obra “La Edad Media” que ha dirigido el historiador francés Robert Fossier y en la que han colaborado relevantes medievalistas de diversas universidades francesas. Los franceses, es bien notorio, dominan como nadie, todavía hoy, la alta síntesis científica y de divulgación. El libro [editado por Crítica en 1988 en tres volúmenes y] dirigido por Fossier constituye la mejor obra general sobre la Edad Media europea que existe en el mercado internacional. Y digo europea porque, como sostiene Fossier, “Edad Media”, es una denominación que no puede aplicarse con propiedad ni a la historia asiática ni a la africana en su conjunto. El libro se plantea, pues, como una historia de Europa, de su formación y de su desarrollo y evolución durante diez largos siglos. Aunque los avances de todo tipo que se produjeron durante estas centurias son muy numerosos, Fossier trata de sintetizar aquellos que alcanzaron mayor relieve y una trascendencia más decisiva en la configuración del mundo y en el devenir del hombre y de la sociedad de todos los tiempos. En primer lugar, “el hombre supo adueñarse del espacio, domesticar la naturaleza, sustituir el esfuerzo de los esclavos por el de los animales”. En segundo lugar, el hombre aprendió “a hacer uso racional del tiempo”. En tercer lugar, “se desprendió de los vínculos paralizantes de la tribu o el clan para fundar la pareja”. En cuarto lugar, inició el dominio de la máquina, con la que enfrentarse al mundo e incrementar la producción de bienes de subsistencia. En último lugar, “creó Europa”, e hizo de ella el más importante, aunque no único, centro del Universo: “El principal hecho”, escribe Fossier, “ocurrido en la historia del planeta entre los años 500 y 1500 es la aparición de la primacía de Europa” y ello a pesar de que la naturaleza no hubiese dotado el subsuelo ocupado por la nueva realidad política de riquezas naturales espectaculares. La Edad Media hizo que este diminuto apéndice de Asia “diera de sí hasta imponerse a regiones remotas, a culturas más viejas e ilustres que la suya”. Por ello, Fossier afirma con rotundidad, no carente de razón, que “el nacimiento de una Europa conquistadora del mundo constituye un gran episodio de la historia humana, que éste es meritorio, que no me sonroja, y que se llama “la Edad Media”. Por si todavía hubiese escépticos sobre la importancia del legado medieval, y no sólo en el campo de las macrorrealidades geopolíticas y en el de la configuración de las mentalidades y formas de vida cotidiana, Fossier aporta nuevas pruebas para desarmar a los incrédulos. La cita es larga, pero más reveladora que cualquier glosa que pueda hacer del pensamiento que ha inspirado a los redactores de la obra. Escribe Fossier, refiriéndose a quienes niegan el pan y la sal a la Edad Media: “No se aperciben de que el camino que toman en el campo, el nombre que leen en un mojón, el brusco recodo de una calle en su barrio, el bosque por el que pasan distraídamente y el trigo que ven madurar constituyen un legado bastante más duradero; o de que al consultar su reloj, al coger el tenedor, al ponerse su abrigo, al endosar un cheque o al utilizar un pañuelo no son más que herederos”, de la Edad Media. Por si a alguien le pareciese que esto son nimiedades, replica: “¿Son también nimiedades el sentido del pecado, el amor conyugal, la polifonía y el profesorado en las ciudades?”. Esta actitud de rechazo es un fenómeno característico de Europa: “[…] ni en el Islam -por supuesto-, ni en la India, ni siquiera en la China contemporánea, se le ocurre a nadie liquidar la herencia del pasado, tal vez porque no se ha producido en tales civilizaciones ese fenómeno artificial y pasajero de ‘rechazo’ que nosotros llamamos ‘la Edad Moderna’, verdadero foso o ‘depresión’ de tres siglos”. Llegar a este conocimiento profundo de aquellos siglos no ha sido fácil para el historiador, que ha tenido que recurrir en los últimos años a técnicas y a instrumentos que fueron desconocidos o menospreciados en el pasado. El medievalista ha sabido hacer su particular revolución metodológica y ha sabido aprovecharse de los avances de otras ciencias sociales y de la naturaleza incorporándolos como auxiliares a su tarea de reconstruir el pasado. Hoy no bastan ya los textos o documentos escritos, que fueron la única base de los estudiosos del pasado medieval hasta hace sólo algunos decenios. El medievalista recurre hoy también a la filología, a la estadística, a la demografía, a la psicología, a la antropología social, a la arqueología, a la fotografía aérea, a la edafología, a la geología, a la polinología, a la climatología, a la antropología científica, a la dendrocronología, a la informática, etcétera. El estudio de un periodo de tiempo tan dilatado, como lo es la Edad Media, exige un gran esfuerzo de periodización, tanto a efectos pedagógicos de exposición como de contenido y de descripción de lo que fueron las coordenadas que marcaron los caracteres predominantes de cada momento. El título que Fossier ha dado a cada uno de los tres volúmenes del libro sintetiza de manera muy acertada lo que fueron las tres grandes etapas de la historia europea de aquellos siglos. El primer periodo, que abarca los años que van de 350 a 950, fue el de “La formación del mundo medieval”. Entre 950 y 1250 se produjo “el despertar de Europa”. Los años comprendidos entre 1250 y 1520 fueron “El tiempo de la crisis”. Nunca tan pocas palabras sirvieron mejor para resumir con tanta exactitud tantos siglos de historia. Y, por último, una cuestión de límites cronológicos sobre la Edad Media. Éstos no aparecen con nitidez ni en lo que respecta a los inicios ni en lo que se refiere al término final. Si partimos de la base de que, como dice Fossier, las “civilizaciones no mueren; envejecen y acaban transformándose en otra […]”, no es fácil marcar hitos cronológicos precisos, porque esta mutación social, económica, cultural, de las mentalidades es lenta y dura en ocasiones muchos decenios e incluso siglos. Me parece, por ello, no sólo hábil sino también inteligente y exacta la maravillosa imprecisión con que Fossier describe el inicio del periodo medieval: “La Edad Media, escribe, es la continuación natural de la Antigüedad; entre 330 y 360, todavía no estamos en ella; después de 460, seguramente sí”. El fin del periodo viene marcado, más que por una fecha precisa, por un fenómeno que se gesta entre los últimos decenios del siglo XV y los primeros del XVI. Me estoy refiriendo a la aparición del Estado, “monstruo que sustituye al esquema divino y que maneja las clases a su gusto […]”. La idea de Estado no es nueva, pero sí lo que va a entenderse por tal a partir del siglo XVI. “En realidad”, escribe Fossier al respecto, “la idea de Estado es de todos los tiempos, lo que importa es verla apoderarse de las fuerzas armadas, de la fiscalidad, de la justicia, intervenir en los gremios, controlar las finanzas y los reglamentos de los grupos donde los hombres se creían a salvo, municipios, gremios, cofradías”. Cuando esto ocurre, y el Estado ha 35601598sustituido a los órdenes privilegiados de la nobleza, el clero y el patriciado urbano, nos hallamos ya en otra época, que hemos calificado de “moderna”. No sería justo silenciar el nombre de quienes han escrito, junto a Fossier, que ha sido mucho más que el director, la obra que comento, porque a veces los nombres dicen tanto como la descripción del contenido. Son éstos: Michel Rouche, Evelyne Patlangean, Henri Bresc, Pierre Guichard, Jean-Pierre Poly, André Vauchez, Alain Ducellier, Robert Mantran, Jacques Verger, Catherine Asdracha y Charles de la Roncière. ¿Y por qué no habría que decir también que la obra se halla enriquecida por un muy útil glosario de términos técnicos, por una cronología de datos políticos, de hechos económicos y sociales, y de fenómenos culturales, por una amplia y moderna bibliografía, por un índice onomástico y por numerosos mapas que ayudan extraordinariamente al lector? En síntesis, no creo exagerar si afirmo que nos hallamos ante la mejor obra de síntesis que se ha publicado en nuestro país sobre la historia europea de la Edad Media. Aunque puede ser leída con provecho por un lector muy amplio, los universitarios hispanos disponen desde hoy de un instrumento de gran valor para atender a su formación académica.

[Jaume SOBREQUÉS I CALLICÓ. “La formación de Europa”, in La Vanguardia (Barcelona), 17 de marzo de 1989, p. 55]

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