␥ Wilhelm Dilthey [1833-1911]

por Teoría de la historia

[…] Wilhelm Dilthey nació en Biebrich, sobre el Rin, en 1833, y cuando llegó a Berlín, hacia 1850, «se hallaba en su punto culminante el gran movimiento por el cual se logró la constitución definitiva de la ciencia histórica y, gracias a ella, de las ciencias del espíritu». Allí encontró a los gigantes de la historia: a Bopp, a Böck, a Niebuhr, a Mommsen, a Ritter, a Ranke, a Jacob Grimm. Se ha subrayado mucho la relación de Dilthey con esas figuras; menos se ha destacado la que él tiene presente ante todas: Trendelenburg, de quien procede en gran parte la visión de la estrecha relación entre el pensar filosófico y la historia viva, pues Trendelenburg «personificaba la convicción de que toda la historia de la filosofía había existido y seguía existiendo para fundamentar la conciencia de la conexión ideal de las cosas». Esto le condujo bien pronto a trasponer a otro plano, y a distinto nivel, un problema que aparentemente era de índole específicamente kantiana. Por la superficie de contacto, el Dilthey de la primera hora parece empeñado en confirmar la labor y la orientación de quienes veían en una vuelta a Kant la única salvación posible de la filosofía frente a la disolución con que el positivismo radical la amenazaba. El mismo rasgo antimetafísico bajo el cual se nos aparece por lo pronto el pensamiento de Dilthey podría confirmar el anterior supuesto. Sin embargo, aun la superficie de contacto queda pronto abandonada. Cierto que Dilthey se propuso «investigar la naturaleza y la condición de la conciencia histórica»; en otros términos, se propuso llevar a cabo una «crítica de la razón histórica» –o, si se quiere, una crítica de la razón pura basada en la concepción del mundo histórico-filosófica. Pero este propósito y la labor realizada para llevarlo a cabo no representaban en modo alguno, como a veces se ha querido suponer, la solución del problema, sino el planteamiento radical del problema mismo. En efecto, la investigación de la razón histórica era en principio tan sólo la manera de eludir un modo de consideración que, como el propio de la filosofía científico-natural preponderantemente positivista, no podía satisfacer a quien buscaba por encima de todo la plenitud de la vida. Y, por otro lado, esta busca no podía tampoco, a su entender, apaciguarse con una pura y simple adhesión a la concepción tradicional teológica, susceptible acaso de una «restauración artificial», pero no de una revivificación plena sin antes haber pasado por la disciplina de una teoría del conocimiento. De ahí la situación por así decirlo incómoda del propio Dilthey dentro de las corrientes predominantes de los últimos sesenta años: como ha indicado certeramente Alejandro Korn «lo separa del siglo XIX su preferencia por las ciencias del espíritu, y del siglo XX su negación de la metafísica». Sin embargo, esta situación no impidió que el «problema» de Dilthey se fuese convirtiendo poco a poco en uno de los problemas filosóficos capitales del pensamiento contemporáneo. Conviene, pues, una vez más precisarlo desde la misma altura histórica desde la cual el propio Dilthey lo veía. Dilthey llegó a la conciencia de este problema ya antes de publicar su casi único libro formal: la “Introducción a las ciencias del espíritu” (1883), del cual como es sabido, quedó terminado sólo el primer volumen. En 1882 había ocupado, en Berlín, la cátedra que dejó vacante Lotze, tras haber sido profesor desde 1866 en Basilea, desde 1868 en Kiel y desde 1871 en Breslau. Durante estos años habían madurado sus pensamientos en el sentido y la orientación que ya no dejó de seguir siempre. Lo muestra, por ejemplo, su “Estudio de la historia de las ciencias del hombre, de la sociedad y del Estado” (1875) donde se declara terminantemente la necesidad de buscar un fundamento seguro para que las antes llamadas ciencias morales y políticas, y ahora cada vez más frecuentemente calificadas de ciencias del espíritu puedan encontrar, para decirlo en los términos de Kant, «el seguro camino de la ciencia». La publicación de la “Introducción” revelaba con plena madurez este propósito, cuyo cumplimiento llenó su vida entera. Los escritos publicados a partir de aquella fecha, sobre todo aparecidos en publicaciones periódicas, y en particular en las “Sitzungsberichte” de la Academia de Berlín, representaban, por consiguiente, el crecimiento orgánico de la misma idea. Citemos por orden cronológico los escritos principales, teniendo en cuenta que luego van a ser completados por los proyectos, bosquejos, o escritos inéditos, que sólo la aparición de los “Gesammelte Schriften” a partir de 1922 permitieron conocer de modo suficiente. En 1886 aparece el discurso “Imaginación poética y locura”; en 1887, “La imaginación del poeta. Materiales para una poética”; en 1888, “Sobre la posibilidad de una Pedagogía de validez general”; en 1890, las “Contribuciones para una solución del problema acerca del origen de nuestra creencia en la realidad del mundo externo y su legitimidad”; en 1892, “Las tres épocas de la Estética moderna y su tema actual”; en 1894, las “Ideas para una Psicología descriptiva y analítica”; en 1896, las “Contribuciones al estudio de la individualidad”; en 1905, los “Estudios para la fundamentación de las ciencias del espíritu”; en 1900, “El origen de la hermenéutica”; en 1905, “Vivencia y poesía”; en 1907, “La esencia de la filosofía”; en 1910, la primera y única mitad de “La estructura del mundo histórico en las ciencias del espíritu”; en 1911, “Los tipos de la concepción del mundo”. Producción, sin duda, de apariencia fragmentaria, sobre todo si se tiene presente la forma misma, incierta y tanteante, del filósofo, pero producción fragmentaria sólo si se considera que únicamente la expresión rotunda y a la vez sistemática se halla en el polo opuesto de todo fragmentarismo. Mas el carácter fragmentario de la producción de Dilthey obedece a otra causa además de la puramente formal; hay en esta tendencia a lo no sistemáticamente terminado una orientación decidida hacia un modo de filosofar hecho por analogía con el de las ciencias, atento al problema y sin querer forzar su inclusión dentro de la magna y fácil solución del sistema. Así, el fragmentarismo de Dilthey, surgido de muy distintas causas, tiene siempre una misma y única dirección o, si se quiere, obedece a una única constante. Desde este punto de vista pueden ya considerarse como relativamente conciliables las diferentes imágenes que en los últimos tiempos se nos han presentado de la filosofía de Dilthey. Esta no sería el resultado de un talento particular para las investigaciones científico-espirituales y su fundamentación, sumidas en una filosofía relativista de la vida, sino más bien el continuo entrecruzamiento de tres tipos de investigación: el teórico-científico, el histórico-científico y el hermenéutico-psicológico, donde el término «entrecruzamiento» designaría simplemente el necesario desequilibrio de cualquier particular tendencia frente al tema principal, el de la elevación de la «vida» a una comprensión o a una conciencia de sí misma. Podría ser también una integración de la filosofía por medio de cuatro asuntos que, a la vez, podrían ser etapas: una historia de la evolución filosófica como propedéutica; una teoría del saber; una enciclopedia de las ciencias y una teoría de las Ideas del Mundo. Podría ser una auténtica «introducción a las ciencias del espíritu» constituida principalmente por esta obra, a la cual se agregaría, como propedéutica y a la vez corno coronamiento, una dilucidación histórica de la cual la parte de historia de la metafísica del citado libro constituiría un comienzo, fragmentariamente proseguido en sus múltiples investigaciones de historia espiritual, sobre todo en su concepto y análisis del hombre del Renacimiento y la Reforma, y de los siglos XVI y XVII. Esto representaría una verdadera fenomenología del espíritu, pero no en un sentido sistemático-metafísico, sino empírico-evolutivo. La culminación de este movimiento le llevaría a la segunda y última parte de su obra, a la teoría de las concepciones del mundo, fundamento a su vez de una verdadera filosofía de la vida sobre bases hermenéuticas. Cualquiera que sea la interpretación de la historia evolutiva del pensamiento de Dilthey es forzoso, en efecto, reconocer que todos estos temas están inclusos en su obra, y que la separación artificial de cualquiera de ellos la dejaría lamentablemente trunca. No otro es el propósito explícitamente declarado por Dilthey al manifestar en diversas ocasiones que, tras haber descubierto la conciencia histórica engendradora de relativismo, ha descubierto la posibilidad de que esta conciencia histórica es la única capaz de superar el relativismo y, por consiguiente, el mismo historicismo que la ha fundado […].

[José FERRATER MORA. “Dilthey y sus temas fundamentales” (fragmento), in Revista Cubana de Filosofía, vol. I, nº 19, julio-diciembre de 1949, pp. 4-12]

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