✍ Los intelectuales en la Edad Media [1957]

por Teoría de la historia

¿Por qué intelectual? El libro que Jacques Le Goff presentó en 1957 fue el inicio de los estudios sobre los profesionales del pensamiento y la enseñanza en los Tiempos Medios. El historiador francés los denominaba intelectuales; el término se proponía desplazar la atención de la investigación, de las ideas a los hombres. Efectivamente, hasta entonces poco se habían preguntado las ciencias humanas por esos hombres de ciencia, por sus necesidades materiales, sus condiciones de vida, de estudio, por su conciencia sobre su propia actividad profesional, por cómo la imaginaban, por cómo se situaban en los esquemas sociales imaginarios; como sucede a menudo, tras el brillo y la importancia de sus construcciones ideológicas, habíamos perdido la dimensión humana real, diferenciada e irrepetible de los autores. Era inevitable recuperarla. Sin embargo llamar intelectuales a esos profesionales era atrevido, al menos porque ellos mismos no se otorgaban ese nombre; se llamaban filósofos, clérigos. Esos términos eran equívocos para designar un nuevo tipo de personaje surgido en el siglo XII, que como grupo alcanza una plena madurez en el siglo XIII y cuyas formas de vida y actitudes serán, además, desechadas y menospreciadas por otra clase de estudios durante los siglos XIV, y XV sobre todo. El hombre que tiene por profesión y oficio pensar y enseñar su propio pensamiento (digamos, pues, el intelectual) es un tipo que sólo aparece con las ciudades, y, por tanto, con la verdadera revolución urbana en el siglo XII. Pensadores, filósofos, se me perdonará la evidencia, naturalmente los había; pero éstos son Sabios y también profesores que viven de su trabajo, que por vez primera dependen exclusivamente de un trabajo intelectual. Pedro Abelardo (al que podemos considerar como el primero de esos nuevos hombres), acosado por sus perseguidores y por sus desdichas, en el descrédito y en la miseria, se expresa como sigue: “Incapaz de realizar trabajo manual alguno, tuve que recurrir al arte en el cual era un experto: me serví de la palabra”. Porque el intelectual se consideró entonces un artesano entre los artesanos de la ciudad; en esa rehabilitación del concepto del trabajo, las escuelas se conciben como talleres, las herramientas de ese trabajador son las ideas, la palabra y los libros; en esa concepción se demuestra la generosidad del intelectual medieval: el conocimiento no debe atesorarse en las bibliotecas de los monasterios, sino que tiene que ponerse en circulación en las ciudades, en los centros de enseñanza enteramente públicos por primera vez. El hecho es que, para decirlo en las mismas palabras del historiador, “antes de la época contemporánea, el intelectual nunca estuvo tan bien delimitado ni tuvo tanta conciencia de sí mismo como en la Edad Medía”. Ahí está lo que nos impresiona de estos pensadores y maestros. La madurez y todo lo que comporta se adquiere en el doscientos, como ya he dicho. Es la época de las universidades, de la institucionalización de las formas de enseñar y de trabajar de los intelectuales: el momento más brillante en cuanto a profesorado, número de alumnos, producción, del escolasticismo como método, de mayor cohesión interna. Verdaderas corporaciones (que se corresponden con el desarrollo corporativo general del mundo urbano), se constituyen en un poder; se problematizan como toda institución. Finalmente, como era de esperar, el intelectual queda inmovilizado en esa estructura y en los hábitos que R160072839genera, se convertirá en un privilegiado. La figura que se diferenciará radicalmente del intelectual es ya el humanista. En fin, sirvan las hermosas y conocidas palabras de Bernardo de Chartres para ilustrar la conciencia que los intelectuales medievales tenían de ser unos hombres nuevos, de cimentar esa nueva obra sobre los antiguos: “Somos enanos encaramados en los hombros de gigantes. De esta manera vemos más y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda o nuestra estatura más alta, sino porque ellos nos sostienen en el aire y nos elevan con toda su altura gigantesca”. La reedición de esta obra de divulgación ya clásica del profesor Le Goff va acompañada de una extensa y sugerente bibliografía, y de un prólogo en el que el autor hace un balance de las líneas de estudio que se han desarrollado en el tema y en el que apunta algunas ideas no presentes en el texto que creo que son de interés.

[Albert SOLER I LLOPART. “Enanos sobre gigantes”, in La Vanguardia (Barcelona), 4 de diciembre de 1986, p. 42]

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