✍ Para leer al Pato Donald. Comunicación de masa y colonialismo [1971]

por Teoría de la historia

Durante el gobierno de la Unidad Popular, en Chile, desde 1970 a 1973. uno de los principales problemas que se plantearon las fuerzas políticas que buscaban un cambio en la sociedad fue el de los medios de comunicación de masas. En ese período se realizaron numerosos trabajos de investigación sobre la cuestión. Armand Mattelart, experto belga en comunicaciones y el crítico literario y novelista chileno Ariel Dorfman escrtbieron entonces un libro analizando las historietas y muñequitos de Walt Disney. Dicho libro, titulado “Para leer al Pato Donald” se publicó primero en Chile, pero fue prohibido luego del golpe militar de 1973. Posteriormente se editó en Argentina donde corrió igual suerte. Singularmente, “Para leer al Pato Donald” estuvo también prohibido en los Estados Unidos durante casi dos años, ya que se impusieron trabas para que la edición realizada en Gran Bretaña circulara en ese país. Ahora acaba de ser editado en España. Este ensayo analítico-crítico sobre los medios de comunicación de masas, en general, y sobre un cómic, en particular, tuvo gran repercusión en el contexto chileno y trascendió las fronteras provocando la aparición del tendencioso titular «El Pato Donald contra Allende» en el France Soir, el periódico de mayor tirada en Francia. Hector Schmucler, director de la revista Comunicación y Cultura, de Buenos Aires, explica de la siguiente forma la trascendencia otorgada a este trabajo sobre el mundialmente famoso personaje de Disney: «Lo indiscutible se pone en duda: desde el derecho a la propiedad privada de los medios de producción hasta el derecho a mostrar como pensamiento natural la ideología que justifica el mundo creado alrededor de la propiedad privada. El cuestionar los pilares de un ordenamiento que reclama puntos de apoyo inamovibles (ahistóricos, permanentemente verdaderos) compromete su estabilidad. Es por eso. que la defensa airada de la manera de entretener señala, por contrapartida, la negativa a aceptar otras, su conformidad con la existente». De allí se deriva que «el problema deja de ser marginal y se vuelve político, muestra su gravedad. La frivolidad deviene cuestión de estado. No es lo mismo el mundo con el Pato Donald que sin él». Porque hablar del Pato Donald es hablar del mundo cotidiano, del deseo, del hambre, la alegría, la tristeza, el amor; en una palabra, la vida concreta de los hombres, de su manera contradictoria de estar en el mundo. Una tira cómica, pese a su carácter de producto subcultural, es una producción intelectual que refleja una visión del mundo y se ordena dentro de un código social. Hay un mundo productor de determinada cultura y de determinado tipo de pensamiento. Pensamiento del cual Donald -y toda la línea de personajes de Disney- vendría a presentarse como metáfora. A partir del Pato Donald, Mattelart y Dorfman se remiten a la cuestión del papel de reproductores de ideología que pueden jugar estas tiras cómicas que en apariencia no tienen esa intención. Es así que la mercantilización de las relaciones humanas es uno de los primeros ejes que orientan su análisis. El afán de dinero de Tío Rico, por ejemplo, explican los autores, es apenas una perversión individual: la del avaro que se fascina en la contemplación de su fortuna, pero no la utiliza. El dinero pierde su relación fetichizante con el poder y se convierte en un problema de psicologia individual. «Hay un desfasaje -dicen Mattelart y Dorfman- entre la base económico-social en que vive cada individuo y el estado de las representaciones colectivas, y es precisamente lo que asegura la eficacia de Disney y su poder de penetración en la mentalidad comunitaria en los países latinoamericanos dependientes ». Porque bajo la cobertura de la animalidad, el infantilismo y el buensalvajismo, los comics están defendiendo la trama de intereses de un sistema social históricamente determinado y concretamente situado: el imperialismo norteamericano. Pero el análisis de “Para leer al Pato Donald” no termina allí. Por el contrario, prosigue hasta mostrarnos la otra cara de la moneda. Donald, el Tío Rico, los sobrinos, el Ratón Mickey, pasan de la historieta al mundo de los niños penetrando imperceptiblemente a través de los canales de la formación de su estructura mental. El modelo de relación de la revista pasa a ser el modelo de las relaciones inmediatas del niño. El mundo cotidiano y el mundo de la fantasía se fusionan y se pueblan con estos actores del Disney World que plantean una representación falsa de la realidad para los actores verdaderos. “Más allá de la cotización bursátil -afirman los autores- las creaciones y símbolos de Disney se han transformado en una reserva incuestionable del acervo cultural del hombre contemporáneo, los personajes han sido incorporados a cada hogar, se cuelgan en cada pared, se abrazan en los plásticos y las almohadas, y a su vez ellos han retribuido invitando a los seres humanos a pertenecer a la gran familia universal Disney más allá de las ideologías». Al abordar la cuestión en el plano de la mentalidad infantil, se puede apreciar cómo los valores del mundo adulto, y más allá, el de los países con una estructura económico-política y social dependientes, aparecen sin disfraz y sin paliativo. En una ocasión, el Pato Donald dice: “Mi perro llega a ser un salvavidas famoso y mis sobrinos serán brigadieres generales. ¿A qué mayor honor puede aspirar un hombre?”. En otra historieta el Tío Rico le dice a Donald: “Bueno, esto es democracia. Un millonario y un indigente girando en el mismo círculo”, cuando ambos han caído en un remolino. Pero no se trata tan sólo de que lo que se dice del niño se piensa del buen salva¡e, y lo que se piensa del buen salvaje se piensa del subdesarrollado; “lo que se piensa, dice, muestra y disfraza de todos ellos -sostienen los autores- tiene en realidad un solo protagonista verdadero: el proletariado”. Y más adelante: “Lo imaginario infantil es la utopía politica de una clase. En las historietas de Disney, jamás se podrá encontrar un trabajador o un proletario. Jamás nadie produce industrialmente nada. Pero esto no significa que esté ausente la clase proletaria. Al contrario: está presente bajo dos máscaras, como buen salvaje y como criminal-lumpen. Ambos personajes destruyen al proletariado como clase, pero rescatan de esta clase ciertos mitos que la burguesía ha construido desde el principio de su aparición y hasta su acceso al poder para ocultar y domesticar a su enemigo, para evitar su solidaridad y hacerlo funcionar fluidamente dentro del sistema, participando en su propia esclavización ideológica”. Para muchos las historietas de Disney siguen perteneciendo a la esfera de una inocente diversión infantil; Mattelart y Dorfman vienen a cuestionar, polémicamente, este criterio. Para ellos la historieta y el ocio, en tanto distintas formas de producción cultural, tienen relación con la historia. Y como señala el prologuista: “Desde la circunstancia chilena donde surgió, Para leer al Pato Donald se define como un instrumento claramente político de denuncia de la colonización cultural común a todos los países latinoamericanos. De allí su tono parcial y polémico, la discusión apasionada que recorre sus páginas, su declarada vocación de ser útil y que le hace prescindir de preciosismos eruditos”.

[Graciela COLOMBO. “Para leer al Pato Donald”, in Tiempo de historia, Año V, nº 51, 1979, pp. 128-129]

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