␥ Werner Jaeger [1888-1961]

por Teoría de la historia

Con la muerte de Werner Jaeger, acaecida recientemente, ha perdido el mundo una de las mentes más poderosas en el amplísimo campo de los estudios sobre la Antigüedad helénica y sus infiujos hasta el momento actual en la cultura de Occidente. Ha sido la suya toda una larga vida, -nació el 30 de Julio de 1888, en Lobberich, Renania-, consagrada desde bien pronto con dedicación ejemplar a las tareas de la docencia y de la investigación: ” Privat-Dozent” en Berlín en 1913, profesor en 1914 en la Universidad de Basilea, en 1915 en la de Kiel, en 1921 en la de Berlín, de la que fue Rector por algún tiempo, y emigrado después al Nuevo Mundo, donde profesó en 1936 en Chicago y, desde 1939, en la Harvard University, ha sido Jaeger, a través de sus lecciones, seminarios, conferencias y publicaciones, como también por medio de la importante revista de historia, filología y arqueología Die Antike, por él fundada en 1925, el promotor y el principal portavoz en ambos continentes del que ha venido a llamarse “tercer humanismo”. La sola enumeración de los trabajos más importantes de Jaeger tan, conocidos por todos los estudiosos de la filosofía y de la cultura de la Antigüedad, constituye un monumento que justifica su enorme prestigio científico. Merecidamente célebre es su gran obra Paideia, historia de la formación del hombre griego, la cual, pese a no haber quedado concluida según todo lo que abarcaba su proyecto de 5 tomos, con lo que llegaría a estudiar el legado de la Grecia educadora hasta nuestros tiempos, es ya de por sí equiparable a las mayores empresas de la fiilología clásica del siglo XIX. Y su Aristóteles es ciertamente ineludible punto de referencia para todo intento de reconstruir el pensamiento del Estagirita. En cuanto a sus estudios acerca de las relaciones entre la mentalidad y la cultura helénicas y los orígenes de la cultura cristiana, ellos han puesto sobre el candelero de la más viva actualidad cuestiones de suma importancia para ahondar en la génesis de lo mejor de nuestra conciencia y de nuestra civilización. Pero lo más relevante de Jaeger, lo que da unidad espiritual a toda su obra de sabio está en su programa y en sus gestiones, explícitas e implícitas, a favor de un nuevo, auténtico y vital humanismo que haga que nuestra civilización, en vez de abandonar al hombre entre los brazos rígidos e inhumanos de la técnica, aproveche aun y se incorpore para nutrirle la rica y jugosa tradición humanizante que la Antigüedad helénica nos brinda. Implícitamente, la actitud misma de Jaeger en sus investigaciones, tanto por la comprensiva orientación de su hermenéutica como por sus criterios, incluso en la fijación de textos, suponen un gran afán de respetuoso acercamiento al hombre, a la compleja personalidad humana. Formado en los más sólidos métodos de la crítica histórica y filológica, discípulo eminente de Wilamowitz-Mollendorff, su estilo resulta tenso y conciso, y es magistral la rigurosidad científica con que sigue unas líneas de exposición certeramente elegidas y trazadas. Mas, no sólo por la densidad de sus páginas, que brillan siempre con clara solidez y segura selección de lo esencial y típico, ha superado Jaeger la nimia prolijidad del positivismo y su tantas veces abrumador acarreo de datos, sino que mérito principal suyo es el de haber informado su poderosa síntesis con un espíritu de vibrante interés por lo humano de la época actual, proyectando sobre los mil interrogantes que su angustiosa situación plantea la serena sabiduría de la Antigüedad Clásica. Se trata, no sólo de un ilustre filólogo sintetizador, o sea, de aquellos que, según Guthrie, “cada vez nos están haciendo hoy más falta”, sino de un gran profundizador, esto es, y valga la frase, de un humanizador y, por ende, “despositivizador” de la Filología, en lo que el positivismo tuvo -entiéndase bien- de mecanicista, cientificista y antimetafísico, que es tanto como decir, en definitiva, de antifilosófico y antihumano. Los investigadores positivistas -nos dirá en la Introducción a su Demóstenes- tienen por lo general un sentido mejor desarrollado para los factores políticos, militares y económicos, que para la personalidad humana, y esto es lo que estaba operando. Y, un poco más adelante asegura: No debemos comprender el esfuerzo de Demóstenes en términos de política moderna. Demóstenes es tan sólo un hombre, pero su historia necesita el contexto de toda la historia emocional e intelectual del estado griego. Es decir, prudente utilización de los innegables logros del positivismo, pareja a la total superación de su carga de prejuicios. E igualmente, una debida atención a los aciertos del historicismo, pero sin incurrir en sus exageraciones relativistas, ya que tras la famosa queja contra “esta noche en la que todos los gatos son pardos”, su Paideia entera es un continuo argumento a favor de la jerarquización espiritual y humanística de todos los valores culturales. También es un acercarse al hombre, su estudio sobre la evolución del pensamiento de Aristóteles, que no permite adentrarnos, a partir de su obra, por los penetrales de la personalidad, ambiente, estudios, aficiones e influencias del Filósofo. Y, en general, la mayoría de las actividades del Jaeger conferencista y escritor, en su aspecto -diríamos- esotérico, responden a sus altos designios humanizadores tomando como base la Antigüedad griega. La proclama explícita de sus propósitos humanísticos se remonta al año 1914, con su discurso de presentación en la Universidad de Basilea, que versó sobre el tema Filología e Historia. Afirmó allí que al auténtico filólogo no solamente le competen las cuestiones gramaticales o el investigar sin más la historia de la civilización, sino que también es de su incumbencia el ser educador de sus coetáneos a partir de sus críticas de los textos y con sus interpretaciones de las obras del espíritu. Frente a las posturas del clasicismo del Renacimiento y del Neoclasicismo, librescas, eruditas y de escasa eficacia para revigorizar nuestra gastada civilización, propugna Jaeger que recabemos de la antigua Grecia con miras a una orientación educadora y práctica las hondas y vitales enseñanzas que todavía puede darnos, sobre los problemas básicos del humano existir el pensamiento de nuestros antepasados en el espíritu. El estudioso de la Antigüedad Clásica ha de preguntarse ante todo: ¿Qué valor tuvo en las épocas postclásicas y tiene hoy todavía para nosotros la vieja Idea griega sobre el Hombre? Jaeger se propuso examinar esta cuestión fundamental en su aspecto histórico a lo largo de las páginas de su Paideia, y en otros opúsculos y conferencias lo ha hecho en forma sistemática. Cuantos se interesen en problemas pedagógicos, morales, políticos, religiosos, teológicos y filosóficos, tienen que volver necesariamente sus miradas hacia la Hélade. Porque es preciso reconocer que la civilización de los países de Europa Occidental y la de todos los demás que a impulso de aquéllos se han ido configurando, forma un único círculo de cultura que podría denominarse “helénica”, por ser su originario centro espiritual el ideal griego acerca del hombre, y la confianza griega en el hombre y en la potencia humanizadora y civilizadora de la “paideia” griega. No pretende decir Jaeger con esto que toda la civilización histórica de los griegos fuese un manantial de progreso, sino sólo aquellos de sus valores espirituales, éticos y artísticos que a través de las edades tuvieron fuerza para impulsar, a los pueblos que estuvieron en condiciones de recibirlos dignamente, hacia nuevas creaciones civilizadoras que hermanaran lo nuevo con lo viejo. El ideal educador del hombre griego consistía en un verdadero equilibrio de todas las facultades humanas, en una medida perfecta, que hiciese al tipo humano equidistante entre el hombre gregario, más próximo a los irracionales, y el individuo aislado que vive cultivando su personalidad para sí solo. Los problemas, tan antiguos como la humanidad, de componer armónicamente los instintos individualizantes con las tendencias sociales, lo mismo que el de la ordenada supeditación de las cosas a la persona humana, los plantearon ya los griegos con filosófica clarividencia. A ellos, y en concreto a muchas de las normas jerarquizadoras de valores que puso en teórico juego Platón, representante máximo, para Jaeger, del genio creador y educador de Grecia y, por lo mismo, de todo Occidente, deberíamos volver. No a su literalidad, ya se entiende, sino a su tesitura esencialista y jerarquizante, a su manera metafísica y humana por antonomasia de enfocar las cosas, y, particularmente, a aquella suma importancia que dieron los griegos a la formación integral del hombre. Este no era para ellos un ser que viviese solo y para sí, sino en el seno de una comunidad y para ella, elevándose a sí mismo en ella. Tenía, en su realidad humana, un fin superior al puramente individualista y al utilitario-técnico-económico. De ahí que hubiera de dársele una formación total, una formación que no se redujese al cultivo de sus facetas individuales, pues éstas no eran su “personalidad”, ya que el concepto mismo de persona es social, implica la existencia de los demás. La educación literario-musical había que simultanearla y entreverarla con la educación “política”, con la educación “para la polis”, para la sociedad. Pero hoy día incluso esta concepción de la sociedad se ha pervertido, en detrimento de sus contenidos espirituales, se ha “masificado”, y las ideas de “política” y de “formar para la política” son de las más prostituidas. En un mundo como el actual, al que para nada importan el ser ni lo esencial, y que se pierde por la sobrestimación de lo meramente cuantitativo, pospuestos los valores más altos, la función del conocimiento queda relegada a la condición material de los instrumentos de trabajo. La noción de “cultura” ha descendido a un nivel “antropológico”, casi a significar una prolongación y un refinamiento de nuestra animalidad, más bien que a exaltar nuestra “humanidad”. Hoy “civilización” significa tan sólo, para muchos, una mera suma de los medios externos y mecánicos de la vida del hombre, equiparándosela a la “prosperity” de la concepción anglosajona, a lo material y cuantitativo, al bienestar físico. Nuestras actuales Universidades, afirma Jaeger, ya no son, a fuerza de detenerse tanto y tan utilitariamente sobre las cosas, los hogares de la teoría, los reductos de la contemplación filosófica del ser y de los valores del espíritu. Se han convertido, por el contrario, en laboratorios de donde sacar el instrumental que necesita el tecnicismo político y administrativo: en ellas se preparan los medios con que destruir todo pensamiento sobre lo esencial y eliminar la misma verdadera vida política. Para salvar a nuestra civilización de su hundimiento hay que retornar a las bases de las que partió, hay que volver al significado perenne de la cultura antigua. Porque, además, como dijo Jaeger en su Conferencia de 1943 en la “Aristotelian Society” de la Universidad de Marquette (EE. UU.), el verdadero humanismo, que SAnto Tomás de Aquino supo continuar en el Medioevo, no es un racionalismo que encierre al hombre en sí mismo al modo del propugnado por Protágoras y el antropocentrismo moderno, sino un humanismo consciente de sus limitaciones pero abierto, mediante la “teología” -en el sentido griego del vocablo-, hacia la transcendencia, hacia una formación centrada en Dios, medida absoluta de todo ; lo cual estaba ya en la “paideia” teocéntrica de Platón y hay que admitir que también Aristóteles lo sostuvo. Es notable y muy benemérito el ardor con que Jaeger ha defendido estas doctrinas durante toda su fecunda vida de verdadero filólogo. Coincide en muchos puntos de preocupación y hasta de temática, aunque no en criterios y orientaciones, con tan eminente representante de la problemática actual como es Heidegger. Ambos han insistido constantemente en restaurar los fundamentos humanísticos y metafísicos de nuestra civilización ; ambos se han ocupado incluso a veces de las mismas figuras señeras del pasado, como son por ejemplo Anaximandro o Hölderlin.

[J. M. G. MORA. “Werner Jaeger. Filólogo, filósofo y humanista”, in Convivium. Revista de Filosofía, 1961, nº 11-12, pp. 175-181]

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