✍ Mercaderes del Litoral. Economía y sociedad en la provincia de Corrientes, primera mitad del siglo XIX [1991]

por Teoría de la historia

Durante veinte años, esta indagación reiteradamente interrumpida y tercamente reanudada a lo largo de una trayectoria académica tan rica en quiebres como podían depararla esos años turbulentos, se apoyaba sin duda en un acto de fe en el porvenir de la investigación histórica argentina y en el lugar de su autor, José Carlos Chiaramonte, que ha venido a ser plenamente vindicado por el presente volumen. Éste no se limita por cierto a reunir “trabajos elaborados entre los años 1974 y 1985”; pues esos trabajos, que sucesivamente examinan distintas facetas de la problemática política a la vez que económica dominante entre la disolución del Estado central en 1820 y el comienzo de la construcción de un Estado que se quiere nacional en 1953, deben al interés que los subtiende a todos por lo que hace la peculiaridad de esta etapa, una unidad que la reunión de todos ellos en libro no hace sino poner en evidencia. Si algo torna problemática esa unidad, no es la variedad de los temas abordados, sino la radical transformación sufrida por el clima de ideas a lo largo de estas dos décadas, que el autor ha seguido con el interés apasionado de un observador participante. Hay que celebrar que esa transformación haya afectado, menos de lo que sugerirían ciertas cautelas de vocabulario, los supuestos que estaban en el punto de partida de estos trabajos, y no sólo porque gracias a ello su unidad profunda se mantiene incólume, sino todavía más porque lo construido gracias a la gravitación, por así decirlo, póstuma de unas robustas certidumbres destinadas a disiparse en el camino es una exploración a la vez sólida y sutil de los lazos entre el nivel del desarrollo económico y las peculiaridades del proceso político en una etapa decisiva del pasado nacional. La decisión de hacer de Corrientes el objeto de esa exploración es a su manera también problemática: lo que a lo largo de nuestro siglo atrajo sobre esa provincia la atención de historiadores dispuestos a explorar con criterios muy variados la conexión entre economía y política hacia la que hoy se vuelve Chiaramonte, era la nitidez con que los dirigentes de esta provincia y sólo ellos fueron capaces de articular una propuesta económica alternativa a la que hubo de triunfar gracias al apoyo porteño. Esa desafiante originalidad política era la manifestación de más bulto del carácter atípico de la experiencia correntina, que hace que las enseñanzas que ella puede proporcionar acerca de las otras provincias sólo puedan alcanzarse explorando diferencias más bien que afinidades. La más notable de esas diferencias es la perduración, más prolongada y completa en Corrientes que en el resto del Litoral, del predominio del capital mercantil, cuyas repercusiones sobre los muy variados niveles de la economía, la sociedad y la superestructura política e ideológica son desentrañadas aquí de modo muy convincente. Esa perduración se refleja en una economía productiva más indiferenciada que diversificada, en que la producción doméstica se resiste a reorganizarse para servir mejor a los sectores mercantiles que dominan la economía provincial, con un éxito que sugiere una limitada capacidad de presionarla por parte de éstos. Un examen exhaustivo de los distintos factores de producción, que registra para todos ellos una penetración igualmente limitada de la economía de mercado, es seguido del de las industrias -construcciones navales y curtiembres- en cuya defensa se movilizó en ocasiones memorables la dirigencia correntina, que confirma también, aunque de modo más matizado, que el proceso que subtiende la anómala trayectoria política de esa provincia no constituye un avance -frustrado o no- hacia el capitalismo. Más que la anticipación del futuro, es el arcaísmo socioeconómico el que ofrece la clave de la originalidad que Corrientes exhibe también en el plano político: el proteccionismo favorecido por la dirigencia correntina es demasiado universal para que sea posible adivinar tras de él la defensa de un cierto modelo de crecimiento, más bien que la de una economía provincial crónicamente deficitaria. Y él encuentra adecuado sustento doctrinario en ese neomercantilismo napolitano cuya gravitación en el mundo hispánico el autor ha contribuido a aquilatar mejor, pero que en este caso viene a ofrecer, como única alternativa aún tenida por respetable al pleno liberalismo económico, una coartada ideológica para soluciones considerablemente más arcaicas que las sostenidas por Genovesi o Galliani. Pero para José Carlos Chiaramonte ese proteccionismo no ofrece el elemento central, ni tampoco el más original, del proyecto político correntino. Más le interesa el surgimiento en esta provincia decididamente marginal de estructuras institucionales más complejas y menos toscas que en otras litorales. El contraste con Santa Fe, que a diferencia de Entre Ríos está tan arraigada como Corrientes en la experiencia institucional de la colonia, y cuenta con una élite letrada quizá menos reducida que la de esta última provincia, y sin embargo se somete sin resistencia al poder personal y vitalicio del patriarca de la Federación, es particularmente revelador. Pero si Corrientes sólo conocerá el caudillaje de base rural varias décadas más tarde que sus vecinas meridionales, la explicación ha de encontrarse de nuevo en su arcaísmo socioeconómico; en un eco quizás inadvertido de una de las intuiciones de Alberdi, Chiaramonte ve también en la transición que reemplaza a una élite arraigada en las fortalezas institucionales erigidas por el régimen colonial con otra que encuentra base más tosca pero más robusta en el dominio económico y militar de su ámbito provinciano, uno de Jos signo~ de otra transición más abarcadora a la que Corrientes se verá finalmente obligada a incorporarse. La clave utilizada para desentrañar la peculiaridad correntina sirve también a Chiaramonte para entender el marco con el cual ésta contrasta. También el laberinto político en el que las provincias rioplatenses quedan encerradas durante las décadas que separan el derrumbe del laborioso resurgimiento del Estado central aparece en buena medida condicionado por el predominio del capital mercantil, que crea entre las provincias nexos en torno de los cuales se estructura la economía de éstas, pero que resultan demasiado tenues para que sobre ellos puedan consolidarse sólidos nexos políticos. La consecuencia de todo ello son unas provincias que no pueden vivir separadas, pero no saben tampoco cómo vivir juntas. Lo que Chiaramonte viene a ofrecernos a través del ejemplo correntino es entonces una interpretación global de una enigmática etapa argentina, a la que ha logrado dotar de una robusta coherencia. Hazañas como ésta inevitablemente suscitan a la vez la admiración y el disenso: sea permitido aquí razonar brevemente dos motivos para este último. Uno tiene que ver con la presencia de otros factores que pueden haber contribuido a hacer posible tanto la peculiaridad correntina como la capacidad de sus dirigentes para sostenerla en abierto desafío a la provincia hegemónica: en este punto la posición geográfica de Corrientes no deja de ser relevante. Así, en cuanto a la larga supervivencia del influjo político de la élite urbana que contrasta con la abdicación sin batalla de la santafesina es difícil no vincularla con la gravitación en Santa Fe de las milicias de frontera, que contrasta con la limitada militarización rural de una Corrientes en que ella era menos necesaria. Si esa débil base militar autóctona hubo de entregarla al predominio de Andresito y Pancho Ramírez, ella también hizo posible, luego del derrumbe de la República de Entre Ríos, el surgimiento del sistema político cuya originalidad Chiaramonte subraya con entera justicia. Y la excentricidad geográfica de Corrientes, que disipaba el temor de verla surgir como cabeza de un frente interprovincial hostil a la provincia hegemónica, y a la vez tornaba difícil y costoso reducirla a plena obediencia, explica quizá la capacidad de sobrevivir a todas sus derrotas que caracteriza a las tendencias disidentes: es difícil imaginar que en otra provincia Rosas hubiera tolerado el retorno del destierro de un Ferré que no ofrecía garantía más explícita de reconciliación con el orden federal que una escueta esquela de saludo del todo libre de las adulaciones ya de rigor en las comunicaciones con el Restaurador; esa tenue garantía fue sin embargo suficiente para que el habitualmente desconfiado gobernante porteño se resignase a ver a su obstinado enemigo instalarse al lado de su primo Virasoro, bisoño gobernador de Corrientes por gracia de Urquiza. Otro reparo quizá más serio es que, en su preocupación por ofrecer una imagen nítida y coherente de una etapa marcada aún por el predominio del capital mercantil, Chiaramonte no hace entera justicia a lo que en ella anticipa ya la que ha de seguirla. Ello se advierte ya en cuanto a Corrientes: así, por ejemplo, el autor nos dice Jo suficiente sobre la irrupción de importaciones de consumo popular, y su peso en el déficit crónico de la balanza de comercio provincial, para hacer dudoso que la penetración de la economía mercantil en la pequeña producción familiar haya sido tan limitada como sugiere. Pero se advierte mejor aún apenas vuelve la mirada a Buenos Aires, donde se están produciendo las transformaciones decisivas. En cuanto a ellas, y siguiendo la huella de Diana Hernando Balmori, Chiaramonte subraya, de nuevo con entera justicia, la tenaz vitalidad de la “economía familiar de empresa”: en Buenos Aires, como en los demás centros del gran comercio hispanoamericano, los linajes mercantiles diversifican sus actividades económicas para incluir en este caso en ellas el acopio y transporte de frutos, y aun la organización de saladeros, centros de elaboración en que el primitivismo tecnológico no impide un encuadramiento de la fuerza de trabajo de corte insólitamente moderno, y se acusa de haber ignorado este hecho fundamental en un trabajo publicado en versión mimeografiada en 1974, cuyo título (“Manufactura, trabajo a domicilio y modo de producción capitalista”) conserva un sugestivo sabor de época: al parecer se reprocha no sólo haber allí considerado erróneamente al saladero como “una unidad productiva independiente”, sino haber construido a partir de esa noción errónea una imagen demasiado abierta al futuro de una etapa en que la supervivencia de la economía familiar de empresa reflejaba la del predominio del capital mercantil. Ahora bien, es de temer que esa autocrítica sea injustamente severa: sin duda el capital invertido en los saladeros ha sido previamente acumulado en el tráfico mercantil; ello no impide que funcione ahora de modo radicalmente diferente que en esos tráficos. El título mismo de ese trabajo de hace casi veinte años autoriza a adivinar la presencia en él de una cita de Marx entonces difícilmente eludible: desde luego la del brevísimo pasaje de El Capital que distingue los dos modos en que el capital mercantil incide en el desenvolvimiento de la manufactura; es de temer que pese a los ya evocados cambios producidos desde entonces en el clima de ideas esa distinción conserve hoy toda su relevancia.

[Tulio HALPERIN DONGHI. “Mercaderes del Litoral. Economía y sociedad en la provincia de Corrientes, primera mitad del siglo XIX” (reseña), in Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. E. Ravignani”, Tercera serie, nº 6, 2do. semestre de 1992, pp. 182-185]

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