✍ Son memorias [2008]

por Teoría de la historia

El libro de Tulio Halperin Donghi, que termina en 1955 después del golpe que derrocó a Perón, comienza con una reconstrucción detallada de las familias paterna y materna, inmigrantes europeos rápidamente argentinizados tanto por la profesión como por el sentimiento de pertenecer a una república de la que se sentían parte plena, necesaria y reconocida. El hijo de estos padres, nacido en 1926, es educado según los estándares exigentes pero a veces curiosamente experimentales de un humanismo liberal. Halperin escribe sobre estos temas con una piedad filial alejada del sentimentalismo, pero cargada de afecto. Su padre, profesor de latín, y su madre, profesora de literatura italiana, lo pusieron desde el principio en el mundo de libros donde seguiría viviendo. Vista retrospectivamente, la biografía de Halperin se fue acercando a esos orígenes, aunque el historiador hoy, después de sesenta años, desconfía de que “la historia avanza en una dirección que la dota de sentido”. Sin embargo, sus padres imprimieron a su vida una dirección, lo que indica una curiosa solidez en medio de la inestabilidad que le tocó como escena. Al terminar la primaria, su padre le regaló la inevitable Historia de Vicente Fidel López, que Halperin recibe sin rehuir ni temer la profecía; sesenta años después puede escribir tranquilo sobre ese don que, para quienes no llegan a realizarlo a la altura de las expectativas, se convierte en un mandato terrible. Como historiador, Halperin se reconoce un pesimista agnóstico (como lo fue Borges). El mundo al que pertenece, el mundo que le resulta familiar, el mundo de los últimos cinco siglos, ha caducado. Sin embargo, el tono pesimista no domina el libro, porque hubo momentos en el siglo XX en que, pese a las situaciones más extremas, se pensaba que podían evitarse desastres mayores y, sobre todo, devolver las cosas, aunque transformadas, a los cauces que parecían destruidos. Por eso, Halperin comprueba con alguna sorpresa “hasta qué punto había sido moldeado por el contexto en que transcurrieron” sus años de formación. Esto quiere decir que, a pesar de las rupturas, a pesar incluso de la forma en que lo afectó la “revolución peronista”, hubo una continuidad entre lo que sus padres imaginaron acerca del futuro del hijo y lo que ese hijo terminó siendo. Cuando en 1966 renuncia a la Universidad, Halperin no se convirtió en un observador alejado de la Argentina, a quien, en sus periódicas visitas, hubiera que explicarle lo que estaba sucediendo sino que, por el contrario, se esperan sus visitas y sus textos para entender el país en el que no vive de modo permanente desde hace cuarenta años. Y esto no sucede sólo porque la profesión de historiador lo mantiene como miembro lejano pero pleno de la sufrida patria; sucede más bien por una configuración intelectual que combina, como en sus padres, los más vivos intereses cosmopolitas con el más empedernido localismo. Quien busque la dimensión subjetiva en este Bildungsroman deberá sentirse defraudado. Hay una interdicción a que aflore lo que hoy se considera “subjetivo”. Halperin no confiesa por escrito lo que tampoco se le ha escuchado en relatos orales ni en reportajes. Pero una lectura, que no necesite enterarse siempre de las tribulaciones efusivas del yo, reconocerá que los treinta años que abarca este relato definen una subjetividad: universitaria, de la pequeña burguesía culta, antiperonista. El silencio sobre otros pliegues de la subjetividad es una opción deliberada porque se trata de una autobiografía intelectual. Eso es lo que quiso escribir Halperin, lo único que se le ocurre adecuado volver público. Incluso las “autocríticas”, que encuentra demasiado abundantes en el paisaje contemporáneo, son expulsadas por razones que tienen que ver con el recato tanto como con la ironía que no permite adjudicarse un lugar tal en la historia como para considerar que, si se hubiera actuado de modo diferente, todo hubiera sido distinto. Lejos de esa soberbia, Halperin muestra de qué modo él y muchos de sus contemporáneos percibieron los rasgos más originales de la “revolución peronista” con algún retraso, tomando los sucesos vividos como modelo de los que se vivirían poco después, en lugar de reconocer el carácter innovador de cada una de las situaciones. Esta perspectiva es cuidadosamente escéptica sobre lo que puede captarse del presente. El rasgo más sobresaliente de “Son memorias” es el estilo, que ha alcanzado la clásica perfección del artificio. Las frases de Halperin son una especie de leyenda, tanto entre quienes lo leen con atención como entre quienes encuentran en ellas un buen motivo para abandonarlo. Su dominio sobre la frase larga es difícil de encontrar en otro escritor argentino moderno. Su inteligencia y su inclinación irrefrenable a pensar que todo es más complicado de lo que se cree necesitan de esa frase donde los temas no sólo se amplían sino que se deslizan y cambian. La frase de Halperin no avanza por ampliación, sino por la puesta en duda o la atenuación de lo primero que se ha dicho. Su modo es el adversativo, el modo de la objeción. Las descripciones son memorables por el desvío con el que selecciona los recuerdos, que indica una sensibilidad atenta a los aspectos farsescos de la historia. Por ejemplo, la del padre Sepich, sacerdote reaccionario que dirigió el Colegio Nacional Buenos Aires, personaje enteramente menor al que Halperin coloca en el nudo de una serie de enredos con profesores, alumnos y autoridades externas al Colegio. Caracteriza la Marcha de la Constitución del 19 de septiembre de 1945 como un “delirio colectivo” del que el narrador “sólo lograba emerger en algunos intervalos lúcidos siempre demasiado fugaces”. Se priva de retocar unos desvaídos recuerdos del 17 de octubre que, a diferencia del canon habitual, no encuentra a Halperin presenciando de cerca ese nacimiento de la Nueva Argentina ni, mucho menos, adivinando su trascendencia. Estas perspectivas sesgadas aseguran a los lectores que, en “Son memorias”, su protagonista no ocupa un avistadero desde el cual todo queda claro desde el principio. Y los personajes entienden menos, muchos menos, de lo que hoy entiende (y nos ha ayudado a entender) su narrador. Algunos retratos son sencillamente extraordinarios. No sólo el del ultramontano padre Sepich y el de Braudel, sino también los de Eduardo Mallea, Ramón Alcalde y, sobre todo, el del historiador Angel Castellan. Y algunos apuntes, deslizados casi al pasar, terminan con frases que evocan los remates lapidarios de los clásicos latinos: así, esa bibliotecaria de la Facultad de Filosofía y Letras que, peinada como Eva, y debajo de su retrato, “había encontrado compensación imaginaria en esa identificación exorbitante”. La escritura de este libro lleva al extremo la identidad con los rasgos señalados por admiradores y críticos (ambos dicen casi lo mismo, pero marcándolo como cualidad o defecto); pide que se lo lea como a las obras literarias y, sobre todo, que se lo exima de considerarlo como una historia más entre las que ha escrito su autor. Son memorias.

[Beatriz SARLO. “Autobiografía intelectual”, in Diario Perfil (Buenos Aires), 2 de noviembre de 2008]

Anuncios