✍ La larga agonía de la Argentina peronista [1994]

por Teoría de la historia

El eje de este texto estupendo es la caracterización de la Argentina peronista, aquella que se configura a partir de mediados de la década del cuarenta. La primera contribución importante es el señalamiento de que esa Argentina generó más de un peronismo; los sucesivos peronismos, desde esta perspectiva, no solo correspondieron a distintas etapas en la evolución de esa fuerza sino a fenómenos políticos esencialmente diferentes; Halperin se concentra en el análisis de los dos primeros y prenuncia el tercero, el de Menem. El primer peronismo se extendió entre 1945 y 1955, aunque ya desde 1948-1950 había agotado su impulso transformador y dinámico. El peronismo de la década de 1940 constituyó una revolución social que, como tal, redefinió profundamente las relaciones entre los grupos sociales: bastaba subirse a un tranvía para advertirlo, nos dice el autor. Sin embargo, esta revolución transcurrió en un contexto que hacía muy poco había dejado de ser “provisional”, es decir, una sociedad de frontera en la que las distancias entre las clases sociales, a excepción de los grandes capitalistas y los terratenientes, se percibían como reducidas y cambiantes. Casi al mismo tiempo en que en la Argentina comenzaba a cuajar un perfil de clases, el vendaval del peronismo se encargó de introducir una violenta torsión en las relaciones entre ellas. Esto, aduce Halperin, explicaría en gran medida la circunstancia de que el peronismo, al renovar la política argentina, no haría sin embargo más que perpetuar una modalidad de hacer política, que se venía reiterando al menos desde 1912, en la que se realimentaba en forma sistemática el conflicto de legitimidades irreconciliables. No obstante, hubo una segunda razón que reforzó la tendencia a que el conflicto se reagravara crónicamente, y tuvo que ver no tanto con el peronismo, sino más estrictamente con la concepción de la política del propio Perón. La obsesión del líder por perfeccionar técnicas que suscitaran obediencia y su reticencia a evitar toda forma de institucionalización a fin de garantizar que la “única autoridad segura fuera la suya propia” resultaron en la pérdida de una oportunidad decisiva para re legitimar la política argentina sobre la base del principio de la soberanía popular y el sufragio universal. Como bien apunta Halperin, el primer peronismo alimentó su paradójico fin: la aspiración desaforada de la unanimidad y el consenso generó por un lado victorias electorales cada vez más abrumadoras, y por el otro, actitudes cada vez más irreductibles y radicales del tercio opositor. En 1955, finalmente, la victoria de una heterogénea coalición opositora, marcó la aparición del segundo peronismo y la iniciación del período que a mi entender constituye el momento culminante de la Argentina peronista. En esa Argentina la política transcurrió en dos planos: uno de disenso, en el que el conflicto de la etapa anterior se exacerbó al quedar escindidos en forma tajante dos mundos de la política (el peronista y el antiperonista), y otro de consenso “subterráneo”, en el que capitalistas, sindicalistas y el resto de los actores, con escasas excepciones, coincidieron implícitamente en la fórmula del capitalismo asistido y el Estado subsidiador, fórmula que descansaba tanto en acciones del Estado como en omisiones. Este segundo plano de consenso, quisiera añadir, abarcó no solo qué se buscaba, es decir, la maximización de las rentas sectoriales e individuales a costa del “Estado”, o sea en realidad a costa de los otros actores, sino también cómo se lo hacía. Los actores más significativos recurrieron en forma sistemática al chantaje a las instituciones como su herramienta principal de acción política. El poder de capitalistas y sindicalistas descansó en gran parte en la fragilidad del sistema político. Este fenómeno, como lo ilustró Liliana De Riz, afectó de igual modo a las dictaduras militares y a los regímenes democráticos y semidemocráticos que se sucedieron a partir de 1955. Paradójicamente, los gobiernos que resultarían afectados con mayor virulencia por el síndrome de la Argentina peronista fueron los dos que precedieron su ocaso definitivo en 1989: la dictadura más brutal de todas, que recurrió al terrorismo de Estado para combatir a enemigos externos, es decir la “subversión”, e internos, y el gobierno más intachablemente democrático de la historia política argentina, el de Raúl Alfonsín. Y fue precisamente el gobierno radical iniciado en 1983, que a pesar de las innovaciones que introdujo no se evadió del marco de la Argentina peronista, el que sucumbió a la ilusión de que los problemas se solucionarían removiendo el barniz autoritario de la política nacional y reemplazándolo épicamente por uno alternativo, el de la institucionalización. En cambio, durante los años de Alfonsín se agudizó el proceso de desorganización de la economía que se había iniciado en 1975 y que los militares y el ministro Martínez de Hoz no habían conseguido revertir a pesar de las reformas de 1978. Lo que desde la perspectiva del Estado se configuró como una renovada crisis fiscal y un total descontrol inflacionario, se podría percibir también como la sumatoria de los asaltos efectivos que llevaron a cabo los distintos agentes sociales sobre la soberanía estatal en materia monetaria y fiscal. Porque la Argentina peronista articulada a partir de 1955 podría ser concebida como un proceso de aprendizaje colectivo en el que se fueron perfeccionando mecanismos defensivos sectoriales e individuales que, paralelamente, fueron carcomiendo la efectividad de la acción estatal. En este proceso se mantuvieron equilibrios mínimos en materia del comportamiento de las variables económicas y del nivel de violencia y desinstitucionalización política, mientras ese aprendizaje de carácter negativo no fue completado; una vez que sí lo fue, el consenso subterráneo al que alude Halperin se tomó visible y, por lo tanto, se deshizo. El último episodio de la Argentina peronista fue quizás el triunfo electoral de Carlos Menem en 1989. En esas elecciones el candidato victorioso apeló por última vez al tradicional discurso populista de oposición. El período que constituye a mi entender el tercer peronismo se inauguró a partir de los cambios que se dieron en la Argentina de la etapa posthiperinflacionaria. No es mi intención analizar en profundidad este momento; solamente me formularé una pregunta a partir de los párrafos finales del libro de Halperin. Como apunta el autor, la institucionalización democrática fue propuesta por Alfonsín como una aventura al pueblo argentino. El encantamiento no duró demasiado y la fórmula menemista, en la que la apelación a las virtudes cívicas no desempeñaba un papel significativo, resultó mucho más atractiva en un contexto en el que la evaporación de la moneda había devaluado igualmente a los políticos. Sin embargo, las instituciones sobrevivieron a pesar de la prueba a que las sometieron la crisis económica, la insurgencia militar del período 1987-1990 y el retorno al poder de un partido que en el pasado había demostrado escaso apego a las reglas democráticas. Por cierto, el gobierno peronista ha manejado esas reglas mucho más discrecionalmente que su predecesor: resaltan episodios como la manipulación del poder judicial y el acoso presupuestario a gobiernos provinciales opositores. De todas maneras, el gobierno de Menem no ha quebrantado las instituciones, si bien ha contribuido a degradarlas. Sin embargo, cabe preguntarse si la mediocridad de la democracia argentina, que se hace más visible por algunos rasgos desagradables del menemismo, no es parte de un proceso más general, común a otros regímenes de la región y de fuera de ella, en el que la redefinición del lugar de la política de las sociedades contemporáneas ha tenido un efecto contradictorio. La democracia se ha estabilizado, pero a costa de la pérdida de relevancia de las instituciones políticas en la vida cotidiana de las mayorías.

[Marcelo CAVAROZZI. “La Argentina peronista. Agonía y continuidades (a propósito del libro de Tulio Halperin Donghi)”, in Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Tercera serie, nº 12, II semestre de 1995, pp. 117-119]

Nota bene. La publicación de esta obra por Tulio Halperin Donghi en 1994 suscitó un importante debate historiográfico que se plasmó a través de cuatro reseñas escritas por cuatro historiadores argentinos en el Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”. Junto con la reseña de Marcelo Cavarozzi que acercamos aquí, aparecieron publicadas en ese mismo número “Conversando con Halperin Donghi”, de José Nun, “Tulio Halperin Donghi. La Larga agonía de la Argentina peronista”, de Luis Alberto Romero y “Acerca de La Larga agonía de la Argentina peronista de Tulio Halperin Donghi”, de Silvia Sigal. Tras estos cuatro ensayos, el Boletín incluyó luego una réplica del propio Halperin Donghi, titulada “Respuesta a cuatro amigos”. Recomendamos, pues, la lectura de estos cinco textos para comprender el sentido de las diferentes aristas que tuvo este debate en aquella época.

Andrés G. Freijomil

Discusión en torno de La larga agonía de la Argentina peronista de Tulio Halperin Donghi en el Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (1995).