✍ Argentina en el callejón [1964]

por Teoría de la historia

Los escritos reunidos en esta edición corregida y aumentada de “Argentina en el callejón”, libro publicado originalmente en 1964 en la editorial Arca de Montevideo, reflejan el esfuerzo de uno de nuestros más grandes historiadores por entender una de las etapas más problemáticas de la vida política del país: aquella que inaugura el golpe militar de 1930, atraviesa los dos gobiernos peronistas y se cierra con el ascenso y la caída del frondizismo. Crónica de revoluciones y restauraciones, de apostasías y retracciones, de demagogias y autorismos, este libro muestra el inexorable avance hacia el desenlace necesariamente catastrófico de esa larvada guerra civil en la que se había ya consumido un tercio de siglo de historia argentina. Buscando alcanzar una visión del pasado que exprese a la vez una preocupación de objetividad y la plena conciencia de lo que ese pasado tiene de significativo en el presente, Tulio Halperín Donghi nos propone en estas páginas un ejercicio de rememoración sostenido por la esperanza de que, al desentrañar algunas claves de nuestra historia, sea posible también vislumbrar el rumbo hacia el cual se encamina finalmente la Argentina.

[Fuente: Editorial Ariel]

Los escritos de Tulio Halperín Donghi, si consultamos Argentina en el callejón o La larga agonía de la Argentina peronista, mantienen esas filigranas que recaen en núcleos evasivos del pasado y del presente, a los que la frase llega con la protectora ironía de la tardanza o con la chanza del detalle que actúa como contrapunto quisquilloso de esos largos lapsos de las “mentalidades históricas”. Pero es imposible desconocer que la descripción de [Félix] Luna, por no evadir el drama, es infinitamente superior a la que hace Halperín del mismo episodio. Había escrito Halperín en el tema que nos reclama: “Esa noche, sofocado el movimiento, ardieron las iglesias del centro de la ciudad, saqueadas por la muchedumbre e incendiadas por equipos especializados que actuaron con rapidez y eficacia: en San Francisco, en Santo Domingo, el fuego se llevó todo, hasta dejar tan solo el ladrillo calcinado de los muros; las cúpulas, levantadas y rotas por la presión de los gases de combustión, dejaron paso a llamaradas gigantescas”. En el mismo punto, consigue Félix Luna mayor espesura con “el espectáculo de los negros muñones”. Por supuesto, Halperín no se luce a través de la imagen alegórica o moralizante, sino con un punzón tan elegante como rizado, y con la detención brusca de los grandes panoramas en nombre de biliosas anotaciones, como una que desliza respecto del lenguaje de Balbín, al que describe malignamente con sus “párrafos sinuosos a los que hubiera sido excesivamente cruel buscar un sentido”. Halperín Donghi busca en la propia consagración de los planos paradojalistas de su escritura el mismo movimiento insoportable que descubre en la historia. Por ese movimiento, no pretende dar orientación a alguna cosa que se mueve con sentido, contribuyendo en realidad a ofuscar ese mismo sentido. Lo expone apelando a variados sarcasmos -su forma del juicio moral- pero nuevamente la lograda lámina conceptual de sus textos se sitúa en un plano temporal donde los nombres son entes indistinguibles a la distancia, aunque cuando suelen encarnar los derrapes del texto hacia maledicientes zonas de pitorreo y malhumor satírico, despierta en el lector el interés y, sin duda, el disgusto por el uso abusivo de injurias señoriales. Por ejemplo, en Argentina en el callejón, al recordar Halperín las transmisiones de radio de Frondizi en campaña, que remedando a Perón “impartía las mismas órdenes tantas veces escuchadas” y las de Elenita Frondizi “buscando sin éxito el timbre de otra voz inolvidable, para proclamar su humilde origen popular y a la vez su orgullo de ser hija del nuevo guía de nuestras masas trabajadoras”, muestra la aguja iracunda de su curiosa vocación por el escarnio y nos permite preguntarnos cómo este hombre ha sido considerado un historiador objetivo y respetado, cuando no respeta a nadie y una de sus artes mayores es la de la burlonería exquisitamente escrita, que no mengua en su veneno secreto, amparado en la gran apuesta churrigueresca de su fraseo. Asistimos en él a un horizonte de ironía en la historia (donde Halperín comprueba que el tiempo escapa a las previsiones de cualquier plan de acción) y una ironía horizontal, echada en el suelo, al ras del nimio acontecer, donde Halperín se solaza con pobres criaturas que acaso desearían caer en manos de un historiador piadoso, antes que en las del que las mortificaría ingeniosamente, aunque de manera injustificada para quien se proclama dueño de objetividades y serios enjuiciamientos. Debería ver un dilatado ciclo de pasiones deshechas antes que la oportunidad para la ácida descortesía. ¿El problema de la voz en la historia argentina -con su mímesis, sus ecos y sus tragedias- no merecía otro tratamiento? Siempre Halperín es superior en el primer escalón del problema, pero puede sucumbir ante escritores acaso menos dotados o esmerados publicistas de buena pluma, que no están dispuestos a vacilar frente a los nombres y títulos inmediatos de la batalla.

[Horacio GONZÁLEZ. Perón. Reflejos de una vida. Buenos Aires: Colihue, 2007, pp. 33-34]