✍ ¿Quién rompió las rejas de Montelupo? [1977]

por Teoría de la historia

Carlo M. Cipolla es el mejor historiador italiano de la economía. Sus obras son bien conocidas por los estudiantes españoles, desde su “Historia de la población mundial” (1964) a su “Historia económica de la Europa preindustrial” (1976) pasando por “Cañones y velas” (1967), “Educación y desarrollo en Occidente” (1970) y la dirección y edición de obras colectivas tan significadas como “La decadencia económica de los imperios” (1973) y la “Historia económica de Europa” (seis volúmenes, 1979). Ahora, Cipolla, como muchos de sus colegas historiadores (Le Roy Ladurie, Duby, Natalie Zemon Davis, Ginzburg) se ha dejado tentar por el “revival” de la historia narrativa que ya preconizaba Lawrence Stone en su célebre polémica con E. Hobsbawn. El pretexto de esta curiosa y generalizada reconversión de la historia hacia un género nuevo, de difícil catalogación, entre el ensayo y la novela, lo ha brindado la antropología. Cipolla es un historiador demasiado comprometido con la realidad que le circunda, como para asumir la antropología con esa mansedumbre a la que me refería. El libro, que acaba de publicar la Editorial Muchnick “¿Quién rompió las rejas de Montelupo?”, es la demostración de que se puede armonizar la tentación antropológica con la inquietud sociológica y plasmar el conjunto en un libro de 160 páginas apasionantes. Montelupo es una pequeña población al lado del Arno, en la Toscana, en la que a comienzos del siglo XVII habitaban unas 150 familias. El impacto de la peste en 1630 en esta localidad le sirve a Cipolla para replantear la asunción de la misma, por parte de las autoridades políticas, de la Iglesia y naturalmente de los habitantes de Montelupo, sus sujetos pacientes, que no pasivos. Para este triple análisis Cipolla necesita de una coartada argumental: la ruptura de las rejas que aislaban Montelupo de su entorno en tiempos de peste por motivos sanitarios. La reconstrucción del proceso de búsqueda de los culpables no aporta la solución al interrogante que sirve de título al libro. Cipolla no logra identificar a los responsables de la ruptura de las rejas. Anticipo ya, pues, a los lectores, la frustración que el propio autor comparte. Pero tras la anécdota, Cipolla nos introduce en la vida cotidiana de un pueblo azotado por la peste durante los meses de julio y agosto de 1630, una peste que, en su tiempo, dio lugar a algunos novelones como los de Bernardo Morando, que describió la peste en Piacenza, o Francesco Pena, que lo hizo en Verona y sirvió de marco a la pareja milanesa protagonista de “Los novios” de Manzoni. Del libro de Cipolla me interesa subrayar tres ideas básicas. En primer lugar, la realidad implacable de la peste, la gran constante biológica del Antiguo Régimen. El jinete del Apocalipsis que asoló Europa desde el siglo XIV. La epidemia de 1630, principal protagonista de la obra de Cipolla, mató en Italia más de un millón de personas. A título de ejemplo, diremos que Milán con 130.000 habitantes tuvo 65.000 muertos y Venecia, con 140.000 habitantes, un total de 46.000. La peste de 1630 fue una peste bubónica -como la tan célebre peste negra de 1348- que mató, por cierto, en Europa a unos veinticinco millones de individuos sobre una población de ochenta millones -que afectó especialmente a Italia. Cataluña, como España, sufriría esta peste, aunque no tendría aquí la misma incidencia catastrófica que en Italia ni, desde luego el impacto caótico de la peste de 1651-1654 que significó para Cataluña unas pérdidas demográficas del 15 al 20 %. Pero la novedad que significa el libro de Cipolla, a mi juicio, está en no reincidir en los aspectos trágicos de la peste ya conocidos ni regodearse en la descripción de las siniestras connotaciones de la misma. Al contrario, la peste, pese a su terrible incidencia, parece asumida con significativa naturalidad por los hombres de Montelupo. La fuerza de la costumbre acababa por tapar la realidad del miedo a la que los holandeses llamaban “enfermedad presurosa”. La cultura popular que se dejó sentir en el sentido lúdico de la vida, pese a todo -serenatas nocturnas, juergas colectivas, etc.- parece imponerse al miedo lógico a la muerte. En la jerarquía de los miedos de los montelupinos, el miedo a la peste no parece ocupar el primer lugar. La ruptura de las rejas es la expresión de la rebeldía a ese miedo, que condenaba al aislamiento. Entre la alternativa de la mala vida por un hermetismo represivo y ruinoso desde el punto de vista económico, y la amenaza de la muerte, muchos hombres de Montelupo apostaban por la libertad aunque fuera para morir. Toda una lección de vitalismo. En segundo lugar, el proteccionismo sanitario de las autoridades políticas, delegadas del Estado florentino, es también digno de comentario. Cipolla no puede remediar sus simpatías hacia el representante del poder político, el fraile Dragoni, preocupado por la salud del pueblo y dispuesto a aplicar a rajatabla las medidas profilácticas al uso (entierro fuera de las iglesias, prohibición de salir de sus casas a los habitantes, imposición de cuarentenas, limpieza severa, incitación al sudor a los enfermos, tratamientos específicos de las hinchazones, alimentación a base de carne y huevo y agua hervida, etc.), que se revelan como notablemente desarrolladas. Y es que, efectivamente, desde el siglo XIV, el poder político tuvo que asumir el reto del tratamiento sanitario de la peste y métodos diversos de profilaxis sanitarias se publicaron en toda Europa (significativamente, uno de los primeros libros impresos en Barcelona fue la traducción de la obra de Velasco de Taranto: “De epidemia e pesta”, hecho por Juan Vila, cuya primera edición es de 1475 y la segunda de 1507). El problema del pobre Dragoni es que la única medida reconocidamente eficaz contra la peste era la rápida huida al exterior, que generaba un absentismo de la administración municipal con la estela subsiguiente de relajación de vínculos legales y despenalización delictiva, o la rígida incomunicación exterior, tan incómoda como utópica para las clases no autosuficientes. La injusta impopularidad de Dragoni y sus medidas sanitarias no revelaban otra cosa que el eterno divorcio entre la cultura oficial -tan bien intencionada como incomprendida- y la cultura popular, tan viva, como próximos a la muerte estaban sus representantes. En tercer lugar, el culto al irracionalismo que representa en el libro de Cipolla la Iglesia con el párroco Bontadi al frente. La pedagogía del miedo, de que habló Bennassar, es hábilmente aplicada por una Iglesia, fundamentalmente representada por el clero secular contrarreformista, los párrocos herederos de Trento, en forma de procesiones, sermones, manifestaciones corales de diverso signo, todas ellas de efectos fatales por el contagio para la propagación de la peste. Así pues, Iglesia y Estado $_57compiten en 1630 por educar la conducta del hombre de Montelupo ante la peste. Ambas instituciones coinciden en su voluntad de inculcar un miedo al que parecían ajenos los montelupinos. La Iglesia intenta capitalizar el miedo a la muerte con un cuadro fatalista de amenazas y castigos, a lo que constituye, desde su óptica, la única razón del mal: el pecado. El Estado intenta superar el fatalismo eclesiástico propugnando un voluntarismo sanitario, dignos de mejor suerte. Y bajo estas presiones y coacciones, un pueblo que quiere vivir sin las rejas físicas impuestas por el celo sanitario estatal ni las rejas metafísicas de la Iglesia. Esa voluntad de vivir se acabará imponiendo sobre la peste cuya última siniestra huella quedó reflejada en Marsella en 1720. En 1348, ante la peste, la burguesía florentina ociosa pudo huir de la ciudad y entretener su ocio contando cuentos que Boccaccio plasmaría en su “Decamerón”. En 1630, el pueblo de Montelupo se ve condenado al singular estado de sitio que impone la amenaza de la peste y el miedo a la muerte. El lector del libro de Cipolla no sabrá al final de la lectura del mismo quién rompió las rejas de Montelupo, pero posiblemente se sienta cómplice de los montelupinos que lo hicieron, identificado con su impaciencia vitalista, convencido, como ellos, de que la vida, sin libertad, no vale la pena vivirla.

[Ricardo GARCÍA CÁRCEL. “Las rejas de Montelupo”, in La Vanguardia (Barcelona), 10 de enero de 1985, p. 28]