✍ José Hernández y sus mundos [1985]

por Teoría de la historia

La personalidad conflictiva de José Hernández en sus facetas de periodista, poeta, reaccionario y político circunstancial ha dado origen a innúmeras publicaciones que abarcan desde las de los observadores españoles Azorín, Miguel de Unamuno, Marcelino Menéndez y Pelayo y América Castro hasta las más recientes de Angel Horacio Azeves (“José Hernández, el civilizador”, 1986) y de Tulio Halperín Donghi, quien ingresa con esta obra en un campo de matices históricos y sociales muy diferente al de sus obras anteriores. Situado siempre José Hernández en la frontera de lo político con lo literario, ésta es la vertiente que ha concentrado casi todo el interés. Mal conocido en su dimensión humana e ideológica, con la excepción de algunos estudios, resulta apropiado observarlo desde la perspectiva histórica para proyectarlo como figura epigonal de Sarmiento y Alberdi, por sus objetivos, audacia y originalidad. Los ocho densos capítulos en que está dividida la obra analizan los “mundos” de José Hernández, sus muchas vidas, aunque sólo es válida la del ser humano, recreándolas e interpretándolas. Los titubeos iniciales de Hernández en el periodismo de Entre Ríos, en El Nacional Argentino, desaparecen al convertirse en editor de El Argentino. Derrumbada la Confederación Argentina en setiembre de 1861, retomada por Buenos Aires la tradición del unitarismo rioplatense y relegado Urquiza a un muy distante segundo plano, Hernández escribió con encendido tono opositor sobre el triunfador de la hora, el general Bartolomé Mitre, y la facción extrema del liberalismo porteño de la que fue vocero La Tribuna de los hermanos Varela. La etapa siguiente de Hernández, en Corrientes, es más intensa con funciones judiciales, legislativas y en la redacción de El Eco de Corrientes (1868), siempre en la línea de sostenida oposición a los malabarismos políticos y a las contradicciones militares de Mitre durante la Guerra del Paraguay. Pero donde José Hernández adquiere real proyección como periodista es en la etapa de editor de El Río de la Plata (Buenos Aires, 1867-70). Tulio Halperín dedica a ella el espacio vertebral de su estudio. Muy variados son los asuntos que abarca y critica El Río de la Plata, en particular, los relativos a la política interna, los mal encubiertos intereses de Mitre, la neutralidad de Urquiza, la inexistencia de una política de principios y de una estructura ideológica orgánica en el gobierno nacional. Es muy elusivo el examen de la posición del diario en lo relativo a política externa cuando fue el que en forma más prolija y completa divulgó la furia epistolar desatada en diciembre de 1869, que se conoce tradicionalmente como Polémica de la Triple Alianza. En el tratamiento de reformas eclesiásticas, muy audaces para la época, tuvo influencia decisiva en Hernández el pensamiento del uruguayo Gregorio Pérez Gomar sobre la separación entre el exclusivismo dogmático de la iglesia y el poder temporal. La formulación de una ideología ruralista que Hernández intentó sin éxito desde las páginas de El Río de la Plata conduce a Halperín a digresiones eruditas pero innecesarias que desvían del tema propuesto sólo retomado en las últimas páginas del capítulo que le dedica. El cese de El Río de la Plata, la situación casi clandestina de Hernández en Buenos Aires durante la primera revolución de Ricardo López Jordán que dio fin al feudalismo político de Urquiza en Entre Ríos y al exilio de Hernández en Montevideo, explican las dos series de publicaciones en La Patria (Montevideo, 1874) firmadas con el seudónimo “Un Patagón” que analizan las escasas alternativas de Mitre en el escenario político de América. Se trata de literatura política polémica, ligada íntimamente a los principios del Partido Blanco del Uruguay, que no revela variantes en la ideología de Hernández sino que la reafirma bajo el discreto seudónimo. Martín Fierro, un tema tan transitado, ocupa espacio apropiado en esta obra en cuyo capítulo final se rescata la actuación parlamentaria de José Hernández en la legislatura de la provincia de Buenos Aires. Ese verdadero artillero de la pluma, ahora el “Senador Martín Fierro”, aparece como la antítesis de la otra personalidad de Hernández: es un disciplinado y sobrio político unido a Dardo Rocha, pero de opaca y anodina actuación hasta su muerte prematura en 1886. Tulio Halperín ha recreado a Hernández con vuelo, imaginación y un finísimo y sutil manejo del idioma. En Hernández, insertado en el complejo período histórico que se inicia en 1861, encuentra la esencia del inestable principismo nacionalista argentino y el romanticismo hispánico. Pero por sobre todo, esta obra es una reflexión madura sobre soslayados aspectos de la realidad argentina escrita con nostalgia y vigor.

[Alicia VIDAURRETA. “José Hernández y sus mundos”, in The Hispanic American Historical Review, vol. LXVIII, nº 1, febrero de 1988, pp. 179-180]

En Proyecto y construcción de una nación (1846-1880), cuya primera edición es de 1980, Halperin Donghi describía a un José Hernández absolutamente distante del retrato “oficial”: si al concluir la fiesta del Centenario Rojas y Lugones colocaron al Martín Fierro como piedra basal de nuestra literatura, y en 1975 el Estado convirtió a Hernández en el sustrato del Día de la Tradición, Halperin, en cambio, lo presentaba como un periodista ambicioso que buscaba insertarse en la vida política y que no dudaba para ello en proponerle al partido federal una reformulación tal de su ideología que le permitiera inscribirse en la corriente liberal (que regiría el progreso argentino, de modo que había que impedir que se quedasen exclusivamente con esa bandera los triunfadores); un periodista que se declaraba a favor de la presidencia de Sarmiento (cuando siempre se nos había enseñado lo contrario) y lo apoyaba en el frenesí privatizador de aquellos años (porque había llegado a la conclusión de que no hay peor administrador de cualquier cosa que el Estado). Además, proponía leer el famoso poema en clave económica “para descubrir el lugar del héroe en la sociedad ganadera”. Estas consideraciones no conformaban el objeto central del libro, pero servían como advertencia de que Hernández estaba siendo atentamente analizado por el historiador. Y el resultado de esa indagación se conoció en 1985, cuando la primera edición de José Hernández y sus mundos, felizmente reeditado por estos días. Apenas iniciado el texto, Halperin introduce de manera tangencial el misterio que motivó su investigación: ¿cómo es que un periodista del montón produjo la obra literaria que ha sido identificada tan fuertemente con la argentinidad? Lo más interesante que tiene su libro es que no agota el interrogante sino que, a medida que lo contesta, lo va sosteniendo: Hernández fue un constante misterio. Fue liberal pero es el símbolo del nacionalismo; se manifestó en contra de las facciones pero se volvió faccioso; rechazó la candidatura de Sarmiento y les propuso a los federales apoyar al candidato de Mitre, pero luego se volvió sarmientista e hizo de los mitristas sus principales enemigos. Halperin rastrea la carrera periodística de Hernández y escudriña sus artículos para observar en detalle cómo van mutando o madurando sus ideas, con quiénes discute, a quiénes apoya: el periodista se muestra demasiado “sensible a las tendencias dominantes en el medio al que se incorpora”. El punto clave, entonces, es si sabrá leer a tiempo los cambios. Para analizar la cuestión, nada mejor que su llegada a Buenos Aires y la fundación del diario El Río de la Plata, en 1869: se lo acusa de formar parte del Partido Sarmientista, como denomina La Nación Argentina al oficialismo, porque se muestra próximo al gobierno nacional y a cierta distancia del provincial, oponiéndose a Mitre. De hecho, trabaja a favor de que los federales construyan una amplia alianza que ponga en jaque los proyectos del primer presidente constitucional. Ese intríngulis basta para ver su incapacidad de leer el campo político: por un lado, deseoso de ser candidato a algo, propone que en 1870 los redactores de los diarios más importantes sean candidatos para reformar la constitución provincial, idea que le cae bien a Mitre, que convoca a todos los medios a su casa (incluido Hernández, que no acierta a negarse) y logra que conformen una comisión para armar la lista, previa renuncia de sus integrantes a ser candidatos; por el otro, Urquiza se reconcilia con Sarmiento, y él no forma parte de la delegación que viaja a Paraná porque no se encuentra lo suficientemente cerca de ninguno de los dos; y ante el asesinato de Urquiza evita un pronunciamiento contra López Jordán y lanza la exótica teoría de que Mitre sería el autor intelectual del crimen como parte de un supuesto proyecto secesionista de las provincias litoraleñas que favorecería a Brasil. Hernández pretende que el gobierno nacional persiga a los autores de ese plan siniestro en vez de castigar a unos pobres entrerrianos; en ese delirio gasta sus últimos argumentos y se ve forzado a cerrar el diario y a huir, reconvertido en jordanista. De modo que el fracaso es absoluto. Curiosamente, sólo podrá entender lo que entonces estaba en juego –la supremacía del Estado nacional sobre las facciones– cuando en 1874, en pleno cambio presidencial, la rebelión de Mitre sea la derrotada: comprender el valor del hecho, retornar al plano político y declararse a favor del presidente Avellaneda son tres pasos de la misma danza. Ahora bien, en 1872 ha publicado la primera parte del Martín Fierro. Lo que Halperin nos presenta aquí es sorprendente: de una manera excéntrica, Hernández reitera, en sus artículos, y disfraza, en el poema, el discurso de la Sociedad Rural, o sea los intereses de la clase terrateniente de Buenos Aires. Habiendo perdido toda su encarnadura mítica, el Hernández de Halperin no es más que un hombre ambiguo que trata de forjarse un espacio en las primeras filas de las clases dirigentes.

[Rogelio DEMARCHI. “El misterio de un periodista”, in Radar Libros, Página/12 (Buenos Aires), 14 de mayo de 2006]

Anuncios